Debió de ser a principios de los noventa, cuando el derrumbe de la Unión Soviética empezó a hacerse sentir en Cuba, cuando decidí construir una nave espacial. El plan consistía en reunir cualquier cosa hecha de metal: tuercas, tornillos, barras de refuerzo. También bujías, pomos de puertas, cables sueltos. Arrastré grandes planchas de zinc que el viento había arrancado del endeble tejado de alguien, tuberías de acero oxidadas que había dejado el fontanero del barrio, la llanta y los radios de una rueda de bicicleta. Incluso encontré la placa de circuitos de un televisor en blanco y negro y las tripas desechadas de una radio, y ambas poseían, a mis ojos, la deslumbrante complejidad de un ordenador. En unas pocas semanas, había acumulado material suficiente para formar un impresionante montón de chatarra en el patio de mis abuelos. Su mero tamaño resultaba prometedor: no cabía duda de que podría meterme dentro una vez que lo ensamblara todo.
No puedo señalar un acontecimiento o una razón concretos como origen de mi idea, aparte de un deseo general de explorar y de la convicción de que, con el tiempo, realmente podría llevarla a cabo. Sí recuerdo que me fascinaba el espacio, algo que heredé de mi abuelo. Él me inició desde muy pequeño en la astronomía y la ciencia ficción. Se pasaba horas hablando de los que para él eran los últimos descubrimientos (la información solía llegar a Cuba con años de retraso), de las posibles conexiones entre las culturas antiguas y los extraterrestres, de la carrera espacial entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Hablaba de los logros humanos con un asombro contagioso. Afirmaba que avanzábamos a toda velocidad hacia los viajes en el tiempo y el descubrimiento de otras dimensiones. Una vez vio un documental sobre agujeros negros y durante semanas no habló de otra cosa. Le gustaba citar a Hawking, Einstein y Newton, aunque yo nunca sabía si lo hacía con exactitud. En cualquier caso, me transmitió suficiente vocabulario casi científico como para que desarrollara una curiosidad voraz por el asombroso e implacable mundo que se extendía más allá de nuestro cielo.
Cuando vio el primer montón de basura que empezaba a crecer en un rincón de su patio, soltó una risita y negó lentamente con la cabeza. Le expliqué mi plan con la esperanza de que me brindara todo su apoyo. Por suerte, aquella risa había sido de aprobación. Decidió seguirme la corriente, algo que rara vez habría hecho con otros, pues mi abuelo era un hombre intransigente, que perdía los estribos con facilidad. Era, por decirlo como quizá lo habría dicho él, un hombre que no rehuía la confrontación. Físicamente no imponía. Tenía una estatura media para un cubano, era delgado pero musculoso y caminaba con cautela, de una manera casi contenida, debido a su ojo de cristal. Había sufrido una infección que estuvo a punto de dejarlo ciego y que, durante casi toda mi vida, creí haber provocado yo: la única vez que vi llorar a mi abuelo fue después de que, mientras jugábamos a lo bruto, le metiera accidentalmente un dedo en el ojo izquierdo, el que funcionaba. Yo debía de tener cuatro o cinco años. Cargué con esa culpa hasta hace muy poco, cuando mi madre me explicó que aquel golpe lo obligó a someterse a la operación que, por pura obstinación, llevaba tiempo evitando, una operación que, según ella, le salvó la vista.
Aunque lo quería y lo consideraba mi protector, había un aura mitológica en torno a mi abuelo, sobre todo cuando intentaba imponer su voluntad. A pesar de su aspecto poco imponente, su historia personal y su reputación hacían que, a mis ojos de niño, pareciera treinta centímetros más alto y varios kilos más fuerte. Había desafiado abiertamente a un vecino muy respetado a una pelea con cuchillos por una discusión política (el vecino se negó y, desde entonces, dejó de pasar por delante de nuestra casa). Se había abalanzado sobre uno de mis tíos con un tubo de plomo después de que este, borracho, le gritara a mi abuela (mi abuelo le prohibió volver a entrar en la casa y, tras separarse de mi tía, mi tío nunca volvió a hacerlo). Para que lo ayudara a construir depósitos de agua, contrató a un amigo de la familia que había estado en prisión por matar a puñaladas a alguien durante una pelea, un hombre al que todos en el barrio evitaban y al que mi abuelo —en lo que probablemente consideraba una desafiante demostración de solidaridad masculina— trataba como a un protegido.
Todo esto viene a decir que yo, un niño tímido cuya personalidad podría describirse como el reverso exacto de la de mi abuelo, lo veneraba y le temía a la vez. Su aprobación de mi empeño en construir una nave espacial significaba tanto para mí porque él, más que ninguna otra persona, podía echarlo todo por tierra con la más simple de las palabras o de los gestos.
La disposición típica de un suburbio de La Habana no se parece a la de su equivalente norteamericano. No hay cercas blancas de madera, ni grandes extensiones de césped o amplios accesos para coches, ni hileras de buzones pulcramente dispuestos a lo largo de una calle silenciosa. En su lugar, hay hileras compactas de edificios deteriorados, casas antiguas cuyas ventanas están al alcance de la mano unas de otras, calles llenas de baches tan estrechas que el tráfico en ambos sentidos se convierte en un desafío. Vivir en Santos Suárez —una zona residencial densamente poblada, encajada entre dos de los municipios más pequeños de La Habana— era una experiencia asfixiante, como si estuviera recluido en un diminuto rincón del mundo. Santos Suárez era un lugar desde el que hasta las estrellas parecían insuficientemente lejanas, como si, al igual que todo lo demás en Cuba, nos hubieran asignado una porción específica del cielo, sin acceso a ninguna otra. Aquella sensación claustrofóbica de aislamiento me hacía querer marcharme.
Un niño, si está suficientemente expuesto a ella, es capaz de comprender las consecuencias de la pobreza extrema: la sensación de que mañana y pasado mañana la lucha será la misma, independientemente de tus esfuerzos o capacidades. Recuerdo una tensión constante entre el ambiente intelectualmente liberal de mi casa y la naturaleza engañosa y plagada de propaganda del rígido sistema escolar cubano. Recuerdo las frustrantes interacciones de mi familia con los vecinos comunistas, todos ellos potenciales informantes del Estado. Por entonces también tenía una vaga conciencia de que la vida en otros países —y particularmente en Estados Unidos— ofrecía un futuro más prometedor, una idea que se volvió más seductora a mediados de la década de 1990, cuando la crisis del Periodo Especial se apoderó prácticamente de todos los hogares y emigrar parecía la mejor solución para todos nuestros males económicos y socioideológicos.
Un niño no debería estar lidiando con esta clase de cuestiones, no hasta el punto de que lo lleven a pensar en abandonar su país. Pero cuando presencias la repentina ausencia de amigos y más tarde oyes hablar de lo bien que les va en Miami, Nueva York, Madrid, Toronto, Ciudad de México; cuando ves fotos de ellos con ropa completamente nueva, viviendo en casas recién pintadas, montados en coches relucientes, sonriendo con una alegría tan desbordante que solo puede proceder de personas que saben que han escapado de toda una vida de penurias y decepciones; entonces las camisas heredadas, los edificios que se desmoronan, los coches viejos que renquean, los rostros castigados por el sol y las consignas socialistas adquieren de pronto una cualidad desmoralizadora. Yo quería marcharme de Cuba porque intuí, desde muy pequeño, que de lo contrario mi yo adulto sería infeliz.
Supongo que construir una nave espacial habría sido una manera de conseguirlo. Sin embargo, nunca establecí una conexión entre emigrar y salir disparado más allá de la atmósfera terrestre. Lo que sí recuerdo es la emoción ante la posibilidad de desafiar unas probabilidades absurdamente adversas. Recuerdo que me imaginaba dentro de un capullo metálico con luces que emitían pitidos, tuberías que siseaban y pantallas que parpadeaban. Recuerdo imaginar cómo sería orbitar nuestro planeta, volver la mirada hacia su inmenso esplendor, desplazarse a la deriva hacia estrellas lejanas. Buscaba una forma de escapar mucho más lejos.
La mayoría de los cubanos conocen el nombre de Yuri Gagarin. Sabemos que era ruso, la primera persona que orbitó la Tierra, aunque no siempre recordemos que lo hizo en 1961, que el vuelo se llamaba Vostok 1, que la nave tenía un diseño esférico para protegerla del calor extremo durante la reentrada en la atmósfera y que la misión completa duró 108 minutos. La trayectoria de Gagarin alrededor de la Tierra duró poco más de una hora. Son más de sesenta minutos en el espacio dependiendo de una tecnología que hoy tiene más de medio siglo. Basta imaginar los coches, los aviones, los televisores o los teléfonos de aquella misma época para comprender lo extraordinario que resulta que lográramos semejante hazaña con recursos tan rudimentarios. Solo eso merece auténtica admiración. Debería hacernos sentir, independientemente de la política, de nuestra adscripción nacional o de nuestra relación personal con la ciencia, orgullosos de lo que los seres humanos somos capaces de conseguir, de lo que una persona como Gagarin estuvo dispuesta a hacer.
Como era de esperar, lo convirtieron en un espectáculo internacional. Gagarin era un símbolo no solo del poder de la Unión Soviética, sino de su supuesta superioridad sobre Estados Unidos. A los cubanos nos lo presentaban como un héroe, nuestro héroe. Era un ejemplo de la capacidad del comunismo —mediante la colaboración, el ingenio y el sacrificio— para alcanzar lo imposible. La mayoría de los de mi generación agrupábamos su nombre junto a Laika (el primer animal que orbitó la Tierra) y Sputnik (el primer satélite artificial lanzado al espacio), palabras que, por su sonido y su relevancia, evocaban una sensación de artificio e imposición: una relación entre la inmensa y fría Rusia y la pequeña y tropical Cuba que ahora parece una cruel ocurrencia de algún historiador. No es extraño que esas palabras, al igual que tovarish (“camarada” en ruso) o koniec (“fin”), se convirtieran en objeto de burla en nuestro lenguaje cotidiano: la primera por su evidente connotación comunista; la segunda, porque aparecía al final de innumerables películas soviéticas cuyas tramas quedaban sin resolver. Koniec pasó a significar inexplicable, ilógico, absurdo: la tragedia casi cómica e improbable que suponía vivir en una sociedad cubana dependiente de Rusia.
Sputnik, sin embargo, tiene para mí una importancia mayor. Mi abuelo lo mencionaba a menudo cuando yo era niño. No se refería al satélite, sino a la revista. La versión soviética de Reader’s Digest, mal escrita y aún peor traducida, Sputnikera una de las escasas vías de acceso que teníamos a algo parecido a la cultura popular internacional: noticias científicas y literarias, debates políticos y artículos temáticos, todo ello pasado estéticamente por el tamiz soviético. Como otros miembros de su generación y de la de mis padres, mi abuelo la utilizaba como fuente de información, sobre todo en cuestiones científicas.
Pero la ironía de vivir bajo un régimen despótico impulsado por la propaganda es que, una vez que la fase idealista del proceso se ha agotado y solo quedan la decepción, la pobreza y la opresión, los jóvenes desencantados se sienten atraídos por lo que se les ha prohibido. En el caso de mi generación, eran la mitología y los productos estadounidenses. Consumíamos películas de Hollywood y ansiábamos una Coca-Cola bien fría mientras Fidel Castro hablaba de principios socialistas y de la resistencia de nuestra isla frente a las amenazas imperialistas. A mí me fascinaban más Neil Armstrong y la NASA que cualquiera de las historias soviéticas que nos contaban. No recuerdo haber visto qué aspecto tenía Gagarin ni haber memorizado las fechas de las hazañas espaciales de la Unión Soviética, pero podía cerrar los ojos y visualizar las imágenes icónicas del alunizaje. Reconocía el logotipo de la NASA desde lejos y sabía que el desastre del Challengerhabía ocurrido el año en que nací; conservaba imágenes vívidas de aquellas desgarradoras grabaciones, la densa estela de humo que se expandía tras la nave mientras esta se desintegraba envuelta en llamas.
Hace poco me topé con una pregunta que me pareció importante: ¿qué ocurriría si despojara mi memoria de sus capas contaminadas por la política y me permitiera explorar esta historia espacial soviética?
Descubrí que Yuri Gagarin había nacido en el seno de una familia campesina, en una aldea rusa cercana a una ciudad que más tarde sería rebautizada en su honor. Su padre era carpintero y albañil; su madre, ordeñadora. Durante la ocupación nazi, la familia se vio obligada a vivir durante casi dos años en una choza de barro detrás de su casa, mientras sus dos hermanos mayores realizaban trabajos forzados en Polonia hasta el final de la guerra. De joven, Gagarin se presentó voluntario como cadete de aviación en un aeroclub local y, tras ser reclutado por el ejército, se convirtió en piloto. En 1960, el programa espacial soviético lo seleccionó para formar parte de un grupo de entrenamiento de élite. Fue sometido a un exhaustivo adiestramiento y a pruebas destinadas a medir su resistencia física y psicológica. Debido a que su rendimiento sobresalía frente al de los demás pilotos y a su baja estatura (Gagarin medía apenas 1,57 metros), fue considerado el candidato perfecto para viajar al espacio.
En abril de 1961 ya estaba a bordo de la nave Vostok. Existe una grabación de su voz en el instante exacto en que recibía las últimas instrucciones para el lanzamiento. Se oye primero la estática y después a Gagarin gritando Poyekhali!, que significa “¡Vamos!”: una expresión que marcó, en esencia, el comienzo de la Era Espacial. Pero lo que me intrigó fue el carácter informal de las palabras que Gagarin eligió pronunciar. El comunismo tiene una forma de hacer que incluso lo mundano o vacío suene laboriosamente grandioso. Mientras los estadounidenses revisten el poder y el excepcionalismo de vistosos anuncios televisivos y visiones romantizadas de la democracia, detrás de toda la empresa comunista, incluido su lenguaje, hay una actitud aplastantemente burocrática y militarista. En un momento tan decisivo para los soviéticos, habría esperado que Gagarin sonara oficial, rígido, artificioso. Encontrarme con aquel impaciente “¡Vamos!” despertó algo en mí. Pulsé el botón de reproducción una y otra vez y escuché: Poyekhali! Poyekhali! Poyekhali!
Se me erizó el vello de los brazos. Se me cortó la respiración. Me conmovió de verdad. Aunque todo aquello había sucedido en Europa del Este casi sesenta años atrás, me sentí conectado con ello. Era como si mi historia —o, más exactamente, una historia que es y no es mía, pero a la que estoy irrevocablemente ligado— resonara desde algún lugar remoto y sacudiera a mi yo presente. ¿Cómo definimos lo que es nuestro?, me pregunté. ¿Por qué había reaccionado con tanta intensidad a la voz de Gagarin? ¿Por qué siento la necesidad de contar tanto su historia como mi reacción personal, de seguir explorándolas? ¿Qué estoy intentando averiguar realmente yo, un ciudadano estadounidense nacido en Cuba y atrapado entre mitologías opuestas?
Existe el peligro de que, a medida que envejecemos, nuestro mundo, en vez de hacerse más amplio y estar más conectado, siga siendo relativamente estrecho y fragmentado. Rara vez he conocido en Estados Unidos a alguien —y esto incluye a muchos escritores e intelectuales— que conozca a Neil Armstrong y a Yuri Gagarin, que conozca los detalles del alunizaje y del Vostok 1, que pueda hablar de acontecimientos estadounidenses y soviéticos con un grado comparable de interés, escepticismo o pasión. Nos han hecho creer que la historia de otro lugar es la historia de otros, hasta el punto de que se necesitan dosis extraordinarias de curiosidad y empatía para atravesar esa barrera. Y luego están las narrativas que nos imponen, esas distorsiones unidimensionales destinadas a alimentar nuestro sentimiento de orgullo y pertenencia. Tanto si las rechazamos como si las interiorizamos, esas narrativas acaban inevitablemente entrelazadas con nuestra identidad. Soy cubano, pero las influencias soviéticas en mi sensibilidad, mi cinismo y mi humor, mi percepción del pasado y mi formación son innegables. Persisten en mi conciencia de maneras que la aculturación estadounidense no ha conseguido borrar. ¿Hasta qué punto podemos decidir realmente qué descartamos y qué aceptamos? ¿Cómo concilia una persona nacida en Cuba y residente en Estados Unidos esa sensación de reconocimiento personal —de un vínculo extraño pero visceral— que le provoca la voz de un cosmonauta ruso al que siempre ha asociado con el adoctrinamiento comunista?
Quizá estemos simplemente a merced de nuestras reacciones instintivas. Quizá lo único que importe sea aquello que nos resulta auténtico, que de algún modo sentimos como nuestro. Pero no consigo librarme de la sospecha de que, incluso en esos momentos de reconocimiento, debo seguir indagando y cuestionando si quiero alcanzar algo parecido a un sentido unificado de mí mismo. En última instancia, encuentro consuelo en los pequeños gestos que nos brinda la historia. En 1969, en plena Guerra Fría, Neil Armstrong y Buzz Aldrin dejaron en la Luna una medalla conmemorativa de la contribución de Gagarin a la exploración espacial. Su reconocimiento y aprecio hacia un compañero astronauta trascendieron la política. Elijo ver ese gesto aparentemente pequeño como una metáfora reconfortante de las realidades complejas y enfrentadas que conforman mi vida de inmigrante.
No fue una simple palabra ni un ademán lo que acabó con mis esperanzas de construir una nave espacial. Mi abuelo caminó de un lado a otro delante de todas las piezas que yo había pasado semanas reuniendo y, con un temblor amenazante en la voz, me ordenó que lo tirara todo. Necesitaba construir un depósito de agua, dijo, y no había razón para que toda aquella basura estorbara. No dio más explicaciones ni ofreció alternativas. No reconoció todo el esfuerzo que yo había invertido. Miró el montón de metal con desdén y exasperación. Su indulgencia con mi sueño había llegado a su límite.
Le supliqué a mi madre que intentara hacerlo entrar en razón. Recuerdo que hubo una breve discusión. Después estaba yo llevando todas las cosas al contenedor de basura de la esquina. Escondí la placa de circuitos en algún lugar de la casa, pero poco después también la tiré, por miedo a que él la encontrara.
Desafiar a mi abuelo no era una opción. Cuando estaba en preescolar, supuestamente vio a mi mejor amigo, Roli, empujarme mientras hacíamos cola esperando que nos dejaran salir del colegio. Yo no recuerdo el empujón. Apenas puedo recordar ningún episodio de hostilidad entre Roli y yo. Pero algo debió de ocurrir, porque de camino a casa (mi abuelo tenía permiso de la madre de Roli para llevárselo con nosotros), nos obligó a pelear. Dijo algo sobre que yo no debía permitir que los demás me faltaran al respeto, sobre que no volveríamos a casa hasta que Roli y yo peleáramos. Nos limitamos sobre todo a agarrarnos y forcejear por el suelo, conteniendo las lágrimas. Una vecina que pasaba por allí llamó animal a mi abuelo. Él le dijo que se metiera en sus asuntos y solo nos separó cuando comprendió que no habría un vencedor.
Roli y yo nunca hablamos de aquel episodio. No se lo contamos a nuestros padres. Nuestra amistad continuó hasta que su familia se mudó a otro barrio, cuando estábamos en cuarto o quinto curso. Tampoco hablé nunca de aquello con mi abuelo. No era de los que se detenían en el pasado, al menos no desde la perspectiva del crecimiento personal: admitir un error, ofrecer o recibir perdón. La vulnerabilidad era contraria a lo que creía y a la forma en que vivía. Lo que más me dolía era su falta de conciencia de sí mismo, su incapacidad para comprender cuánto daño podía causar.
Aunque mi interés por la ciencia continuó incluso después de comprender lo disparatada que había sido la idea de la nave espacial, mi relación con mi abuelo nunca volvió a ser la misma. Una vez que salí de Cuba, apenas hablamos durante más de una década. Hace unos años, él y mi abuela fueron a visitar a mi familia a Miami. El tiempo no lo había tratado bien. Las arrugas se habían apoderado de todo su rostro. El ojo de cristal se le había hundido más en la cuenca. La columna se le había encorvado hacia delante y caminaba arrastrando los pies con lentitud. Después del abrazo inicial y del intercambio habitual entre personas a las que la distancia ha convertido en extraños, me dijo que tenía algo importante que preguntarme. Salimos al balcón de mi madre y cerramos la puerta corredera detrás de nosotros. Nos sentamos uno frente al otro y dejamos que una pausa acentuara la importancia del momento: él para darle solemnidad; yo porque esperaba alguna pregunta insidiosa sobre mi pelo largo, mi decisión de hacerme escritor o mi falta de llamadas. Se desplazó hasta el borde de la silla, con una tensión sorprendentemente nerviosa en la postura, y, con voz tímida, dijo: “Quiero que seas sincero conmigo: ¿crees en los extraterrestres?”.
La ciencia, y en particular todo lo relacionado con la astronomía, fue desapareciendo poco a poco de mi vida cuando llegué a Estados Unidos. Al terminar el instituto, ya había decidido que convertirme en astrónomo y trabajar en la NASA estaban descartados. Abandoné la universidad antes de terminar el primer semestre y recurrí al heavy metal como vía de escape y al trabajo manual como medio de vida. Cuando regresé a la universidad a mediados de mis veinte, la escritura creativa se había convertido en mi pasión. La ciencia solo reapareció en forma de breves aventuras con suscripciones a revistas. Todavía tengo en la estantería algunos números de Scientific American sin leer.
He investigado bastante por internet, pero no he conseguido encontrar ningún ejemplar en español de Sputnik. Quizá en algún futuro viaje a La Habana me encuentre con uno, pues esta clase de recuerdos del comunismo tienen la costumbre de no desaparecer nunca del todo. Quizá solo necesite volver a conectar con la persona que, antes de subirse a un avión en 1997, miraba las estrellas y se preguntaba cómo era posible que algunas hubieran muerto hacía tanto tiempo, cómo podemos ver algo que en realidad ya no está ahí.
No creo que mi abuelo vaya a ser nunca esa vía para mí. Si acaso, mi relación con él se ha deteriorado aún más. He descubierto cosas sobre él: cómo traicionó a mi abuela con otras mujeres, los años de maltrato psicológico, los comentarios despectivos que hacía sobre la lucha de mi padre, ya fallecido, contra el alcoholismo. Baste decir que ya no lo respeto como lo hacía cuando era más joven; ahora deseo ser lo contrario de él. Mi madre me dice que pregunta a menudo por mí, por mis logros personales y profesionales. Dice que me quiere. Aun así, la emoción que por defecto me provoca mi abuelo es la ira. En momentos de los que no me siento orgulloso, desearía que mi vínculo con la ciencia no tuviera nada que ver con él. Me alegro de que marcharme de Cuba me liberara de su influencia.
Pero emigrar no consiste únicamente en escapar. También implica una pérdida irreparable. Sé que quien soy hoy no es solo aquello en lo que me he convertido, sino también aquello que ya no está conmigo. Uno aprende a sobrellevarlo. Saber que algo no puede recuperarse acaba dejando atrás el duelo y la nostalgia para entrar en un estado más difícil de definir, un estado en el que la esperanza empieza a abrirse camino de regreso: en mi caso, hacia la infancia, hacia lo que siempre será la versión más auténtica de uno mismo. Allí me encuentro habiendo construido aquella nave espacial. Y, a diferencia de Gagarin, con su certeza de regresar, pronto estoy realmente en órbita, en un umbral casi infinito entre lo conocido y lo desconocido, y más allá, todo el cosmos y su maravillosa abundancia de posibilidades.
* Sobre el autor:
Dariel Suarez (La Habana, 1982) es un escritor cubanoestadounidense. Emigró a Estados Unidos en 1997 y se estableció en Miami. Es autor de la colección de relatos A Kind of Solitude y de la novela The Playwright’s House. Sus cuentos y ensayos han aparecido en publicaciones como The Threepenny Review, The Kenyon Review, Prairie Schooner y Michigan Quarterly Review. Su obra aborda con frecuencia la experiencia cubana, la emigración, la memoria, la identidad y las tensiones entre la vida en Cuba y Estados Unidos.
* Artículo original: “In Orbit”. Publicado en The Threepenny Review. Traducción Hypermedia Magazine.

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.










