El cañaveral (una pasión en clave de ‘soft porn’)

La redondez de la Tierra es un aserto incontrovertible. El Sol sale por el Este y se oculta por el Oeste. La Paradoja del Observador pone en crisis la idea de la Conciencia Humana. Hay personas que se repiten eso y más a sí mismas para no enloquecer. O para que la locura pase inadvertida.

Y ahora que ya se han tomado 176 medidas, y ahora que (es de presumirlo) se tomarán otras 176 y el Viento de la Libertad soplará sobre nuestras cabezas como un dulce huracán de pequeñas utopías, las cosas serán más bonitas y será cambiado lo que debe ser cambiado y permanecerá lo que debe permanecer, de modo que los perros ladren de felicidad y los gatos maúllen de puro placer en amistosísima alianza con los ratones.

Todos los desastres humanos cuentan con sus fantasmas. Espectros sacados a la luz del día, quiéranlo o no. 

Más o menos desde el año 2001 o 2002 (otra época), he venido pensando que la novela cubana ideal para una adaptación a los códigos del soft porn es Caniquí, de José Antonio Ramos. Una vuelta de tuerca, impuesta a la trama con la debida mala intención (la misma que subyace, acaso, en lo que concibió su autor, José Antonio Ramos), rompe la rosca y deja al descubierto el mito colonial de la relativa euforia de los esclavos negros cuando son solicitados por mujeres blancas. Porque el tal mito estuvo, durante un tiempo, mal escondido por el envés de las solicitaciones, tan coloniales, de los blancos deseando y dominando a las negras.

Dicho eso, convengamos en que hay un pathos raro y difícil en esa jovencita novelesca llamada Mariceli, tan llena de imágenes de martirio y dolor, y siempre rezando a solas en su capilla privada de la fastuosa hacienda de Trinidad que su padre, hombre crudelísimo, gobierna.

Es allí, atisbando a través de un ventanuco, donde la ve Caniquí, el esclavo juido, el rebelde, el objeto de un deseo compartido. Mariceli se azota y con los azotes anhela cerrarle el paso al pecado. Pero el pecado llega. No demora. Y la jovencita se masturba, si no recuerdo mal, con el cabo de la fusta.

La novela de Ramos apareció hace 90 años y el mito que su texto contiene no ha dejado de acrisolarse. Las épocas pasan por él, por su médula y, al permanecer bien atado a la identidad insular, se lo ve como rejuvenecido. 

La identidad insular es aquí tan poscolonial como de Occidente. Siempre hemos sido poscoloniales y muy occidentales, lo que nos endilga, creo, esa condición, estilo Schrödinger, de ser y no ser a la vez. Sospecho que el fanatismo de un lector de la izquierda revolucionaria verá en mis palabras una diminuta provocación. La verdad es que no me importa.

Pues, como decía, tenemos en el texto novelesco a un esclavo rebelde, fornido y corporalmente acaudalado. Un hombre de percepción oscura que ve en Mariceli a la única persona blanca donde se manifiesta la bondad. El soft porn no haría otra cosa que avivar esos signos, licuarlos en la sensibilidad de quien advierta en la seducción una brecha por donde entren y salgan los demonios.

Imaginemos un poco, en cuanto al soft porn, una parte de las vidas de esas criaturas hiperestésicas. He aquí lo posible y lo imposible. ¿Las notas de un director de cine? Algo así. Estas podrían ser las secuencias centrales:

Uno. Hay un basurero que cobraría el aspecto de un escenario para representar aquel último gran delirio de la hija del hacendado, un delirio donde el esclavo Caniquí perseguiría a Mariceli sin prisas, sin saña, con la mansedumbre lenta de quien va tras una persona confundida —perpleja a causa de una imagen fascinante— para entregarle un secreto, o para ofrecerle una luz en medio de las tinieblas. (Colegiar un poco la idea de que no todas las secuencias sean de época, y que la dirección de arte busque lo experimental y lo transhistórico, para lograr que las incongruencias devengan congruentes).

Dos. Hay un momento de confesiones que sembraba numerosas dudas. ¿Cómo le explicaría Mariceli al esclavo que el flagelo se encontraba en su mano fuerte, inmensa, y no en la suya, blanca y débil? ¿Entendería él aquella metáfora de la culpa? No, no iba a entender. Y, sin embargo, él no sería capaz de hacerle daño. Ni después de muerto le haría daño a la niña de sus ojos. ¿Y entonces? Si el centro de la confesión se hallaba en el insólito deseo de ella, su ansia ininteligible, ¿no tendría él que darle la oportunidad? Inconscientemente, desde luego. Porque un esclavo de aquella época no alcanzaría a razonar así. Y sin saberlo, sin darse cuenta, Caniquí rompería el nudo y precipitaría la confesión. Su inocencia, al cabo salvaje, iba a ser su aliada más eficaz.

Tres. Para insuflar un poco de aire en sus preocupaciones, la niña, como una sonámbula, saldría de la mansión rumbo al mar de las cañas. A esa hora de la tarde el sol ya estaría bajando hacia el horizonte y la dotación, harta del campo, empezaría a entregar los machetes, y los negros y las negras encaminarían sus pasos hacia los barracones. Caniquí, falto de soledad, desprovisto del sosiego silencioso que necesitaba, se escurriría con negligencia hacia el corazón del cada vez más silencioso cañaveral y se dejaría caer sobre la tierra húmeda aún, la que el sol no tocaba porque los cogollos, apretados arriba, formaban un techo protector. Descansaría allí de los gritos del mayoral y se liberaría de los trapos que lo cubrían. Permanecería desnudo y bien tumbado, aspirando el aroma dulzón de las cañas. (Ojo: filmar la desnudez con cortes anticipados, sin mostrar nada en concreto).

Cuatro. La niña estaría cerca, vagando, muy próxima al esclavo. Un clarear hijo del sol horizontal se filtraría por entre las cañas y ella, feliz de perderse en aquel mundo, entraría en el verdor como quien se entrega a solas, muda, a un mar de pronto misterioso. Toparía entonces con el gigante negro, dormido encima de la tierra. Llegaría hasta él, con el paso de quien se sabe dueña de un secreto a punto de revelarse. Lo vería allí, enorme y tenso y desnudo, ajeno a las crispaciones de la vida diaria, y los ojos de la niña no podrían apartarse ya del objeto que había entrado en sus sueños. (Cámara cenital moviéndose desde la cintura hasta las rodillas. Erección a medias). 

Cinco. El espacio interior es el reino que busco, la nación que debería habitar, a salvo de todo, antes de que Dios me juzgue. ¿Serían esas las palabras que nacían en la boca de la niña blanca mientras, con los ojos cerrados, dejaba caer el zurriago sobre su espalda? Palabras llenas de claridad, pero demasiado literarias. Poco verosímiles (ojo: no hay que decir ese texto en cámara). Apretaba los párpados y todos los movimientos de su cuerpo eran ese caer y alzarse de las disciplinas, al par que su espíritu, sorprendido en la fuga, comenzaba a irse lejos, muy lejos. La fusta temblaba porque la mano temblaba. No sentía dolor. Ya no existía el dolor. Dios le había quitado el dolor porque no podía arrancarle la fusta. Pero Caniquí no sabría esto. En la oscuridad de su cerebro la fusta era tan solo algo malo para la niña de sus ojos. Entonces entraría por la ventana del sagrario y la apresaría en el aire y la arrojaría lejos. Y, sin comprender, sentiría el esclavo el abrazo de la niña blanca, ese apretarse contra él de la doliente semidormida, ese refugiarse ávido de la-fugada-hacia-no-sabía-dónde, sujetándose de su abdomen escueto y poderoso, su pelvis, el calor tan antiguo de su pelvis.

Seis. La respiración se le cortaría, la hierba crujiría bajo sus pies y, sin embargo, él no despertaría asustado, aunque la niña, de bruces frente a él, mostrara en los ojos el terror de quien evita rendirse en un combate que ya estaba durando demasiado para sus pocas fuerzas. No, Caniquí no despertaría aún. La hierba tornaría a crujir, pero su sueño sería mayor. El peso de ese sueño lo mantendría sobre el suelo mullido de hojas y tierra blanda, fresca, vaporosa, bajo una luz como de miel que se escurre. La niña, perdida en el laberinto de las cañas altas, tan altas que la sobrepasaban, comprendería el misterio de extraviarse en una selva dulce y hallarse de repente frente al gigante salvador, el mismo que había arrancado el látigo cruel de su mano para que su espalda, graciosa y suave, tan distante de los soles adversos de la hacienda y el monte, no sufriera más, no se pareciera más a otras espaldas que él conocía tan bien. Y cerraría los ojos, los apretaría con decisión para que no volvieran a girar en torno a la desnudez simple del esclavo.

Siete. ¿Qué haría si él despertaba? ¿Sabría correr lejos de su mano? No le temía a Caniquí. El negro enorme no era su enemigo. ¿Y si se acercaba más y le pedía que la ayudara? ¿Y si se acostaba muy despacio sobre su pecho? ¡Ay, hombre lejano y cercano a la vez! Le pedía a Dios que la ayudara a limpiar su cerebro de pesadillas. Y Dios, que la esperaba justo en aquel umbral, le había dado fuerzas para frotarse hasta caer rendida, atontada dentro de la cárcel de un sueño en medio del cual se encontraba él, Caniquí, dándole vueltas a una estructura vacía, una gran jaula de barrotes inflexibles, una metáfora de hierros suspendida en el aire de una región extraña, la elevada y árida provincia de su imaginación. (Iluminación filtrada, en rojo y verde. Cámara al nivel de la tierra, moviéndose muy despacio).

Ocho. Dormido aún bajo la tamización de aquella luz irreal, incrustado en un sueño donde, completamente solo, se veía suspendido a gran altura —encima de un valle rodeado de montañas y preso entre barrotes—, el negro alcanzó a oler la emanación del cuerpo de la niña. Aquel olor, dentro de sus visiones, se transformó en presencia visible de su cuerpo avanzando, delgado y pequeño, hacia la jaula que colgaba. Su ama estaba allí, en el borde mismo del precipicio, y se acercaría al peligro para salvarlo de la caída. (Corte a la mano de Mariceli). La mano se adelanta débilmente hacia la gruesa cuerda en tensión que sostiene la jaula y se crispa donde el nudo es más espeso y abultado. Ambigüedad, superposición de formas. El pene de Caniquí y la cuerda nudosa de la jaula. (Usar fundidos). Caniquí no abre los ojos todavía, pero presiente una forma ligera y suave que va hacia él. Huele entonces el perfume de su niña, huele su piel, sus cabellos, y algo de aquella luz amasada por las cañas se posa en sus párpados. Es un toque sutil, pero eficaz. Nada se oye. Nada, salvo el ruido sobrenatural (ruido de incendio) del sol hundiéndose en la tierra. Entreabre los ojos y ve a la niña tocándolo con su mano breve. La mano, muy blanca, se siente como una brasa fría.

Nueve. Adustos, con caras de preocupación, las perras y los perros de la cultura van a criticarme. Qué ridículos. Dirán que soy un pornógrafo. Me paso todo eso por los cojones. Flor de Majagua asegura que el presupuesto no va a alcanzarme. Sonríe malévola. Y, sin embargo, se me acerca con una fotografía impresa. La agita. “La pinga de ese actor es la maravilla de las formas”, susurra.

Diez. Abre el esclavo los ojos y ve el rostro trémulo, la sonrisa iniciándose donde antes había una expresión de angustia. Piensa que el ensueño volvía a empezar, pero de manera más extraña y peligrosa. Ya no hay jaula con barrotes de inflexible hierro, ni precipicio, ni silencio. Los grillos empiezan a canturrear, las hormigas a acarrear trozos de azúcar cuajada, el viento de la noche incipiente a soplar encima del océano afelpado de los cogollos. Otro era aquel sueño donde la realidad se sumergía en él hasta desaparecer, como en un naufragio pavoroso. Recuerda el esclavo el principio de su descanso sobre la hierba fresca de la tarde, en el interior del inmenso cañaveral. Puede recordar el comienzo de su viaje a la luz verde y subterránea, el aroma empalagoso, su dejarse ir a las quimeras después de abrir su cuerpo a aquella gran soledad que nadie podría quebrantar.

Once. Una fascinación que convocaba remolinos de bienestar atravesaba su gran cuerpo negro y desnudo mientras ella, sin dejar de mirar la tensión enorme, deshacía nudos y se acercaba más y más a él, semejante a una niebla inevitable. (Que no se me olvide decirle a Elsy que voy a reescribir ese libro, de la A a la Z). ¿Cómo era que la niña estaba allí, metida de lleno en su sueño? Él no había evocado su presencia. No había tenido pensamientos favorecedores de su aparición. Y su mano, tan fría y tan real en su andanza por los nudos del gran calabrote, ¿por qué no se apartaba? ¿Por qué no dejaba de hacer aquello? Tal vez el sueño nuevo era ese: un ir y venir de aquella mano breve y obstinada por sobre la gruesa maroma, moviendo en un sentido u otro el revestimiento, arriba-abajo, arriba-abajo, y pensando quizás que su deber de cristiana consistía en salvar por fin al esclavo, alejarlo de la muerte, procurarle un instante de felicidad en medio del verde quieto y suave del cañaveral. (Producción me pregunta si la actriz debe llorar mientras masturba a Caniquí. Ignoro si ese detalle es o no importante).

Doce. Fue entonces cuando el negro empezó a ver el sol interior de aquel extraño paisaje que ascendía desde dentro de sí como los astros que están a punto de estallar. Se recostó de nuevo sobre la tierra, entrecerró los ojos y vio claramente la índole de todo el episodio. Mariceli, la hijita de Don Lorenzo, había acudido a su escondite verde porque estaba decidida a conocer de veras, sobre el trasfondo de su angustia, lo que otras mujeres decían de él. Y era tanto lo que se comentaba entre las blancas de la villa —hijas de notables y esposas de prohombres ocupados en el progreso— que había vencido su irresolución y acudía ahora sin temerle al fantasmagórico cubil del esclavo. Ya estaba convirtiéndose en un testigo de los portentos de Caniquí. Y, como las demás, ya estaba junto a él, con la gruesa maroma oscura en su mano fina, preguntándose qué relación tenía lo prohibido con el infortunio humano, y este con la semilla de bondad que el Mal ignora cuando ha venido a sembrarse en un cuerpo extranjero, un cuerpo bárbaro. Y la tristeza se aposentó en él al comprobar que su niña era también una mujer curiosa y lasciva. Pero la maroma, enderezándose sólidamente en la mano de Mariceli, ¿qué indicaba? 

Trece. El amo, sobresaltado a causa del aviso o de un presentimiento infeliz, despertaría de su siesta y buscaría de inmediato al mayoral, le inyectaría su ira, y le ordenaría echarse, con su caballo y sus fieras, sobre el campo y la noche. Y las fieras, como atrailladas por el demonio, avanzarían por la tierra desnuda y escucharían los gemidos. Caniquí volvió a abrir los ojos y le pidió a la niña que no hiciera eso, que lo dejara allí tirado, que no lo obligara, por su Dios, a comportarse así. Pero la niña se acercó a él temblando y lo abrazó. Algo de llanto había en su cara. Con la humedad salada de las lágrimas sentía la dicha de terminar ya, de suprimir ya la razón del rebenque sobre su espalda, de convocar su soledad para entonces arrancarla de raíz. Abrazaba al esclavo diciéndole que él era la única persona con un alma tangible en medio de tantos fantasmas y tanta crueldad. ¿No era Caniquí (o más bien el conjunto extraño de sus ojos, su mirada y su cuerpo ubicuo) su único interlocutor en el mundo de la finca, el mundo real y estrecho, el del mayoral, los perros, la codicia atroz de su padre, su madre indolente y frívola, las esclavas puteadas y chismosas? ¡Caniquí era ella misma! La roca reseca de su alma era la misma roca requemada y sangrante que traía el esclavo dentro de sí. (El renacer del espíritu de Heathcliff, digo yo). ¡De alguna manera ambos eran idénticos, ambos habían padecido las mismas humillaciones, el mismo temblor, los mismos terrores y desasosiegos! En su delirio, en el atropello y la convulsión de las palabras, llegó a pedirle que la llevara a Madre África consigo. ¿No mostraba Caniquí la dignidad de un príncipe extranjero, no era el fanti cazado en las riberas tranquilas del lago Volta, en la Costa del Oro? ¿No conocía él la magia de su tierra, no tenía la fuerza de muchos hombres y la sabiduría de su raza? ¿Por qué no la ayudaba a acabar con todo aquello?

Catorce. Entonces, embriagado, aceptó Caniquí la lenta tibieza de la devoción que su niña le entregaba. Yo estoy dentro de ti y tú estás dentro de mí, le decía una y otra vez al esclavo la voz incansable, y él se dejó caer de nuevo sobre la tierra fresca de la noche y la niña blanca, puro alabastro, yació por un instante en el pecho del esclavo. Quedó inmóvil, apagada su respiración hasta el límite donde empezaba una asfixia sumisa y blanda, y después se irguió a horcajadas y se despojó de su vestido. Un azul cerúleo la envolvió y, cerrando los ojos, tornó a recostarse. Caniquí la recibió y sus brazos la atrajeron con cuidado hacia la profundidad de sí mismo. Ahora el calabrote no era más que la metáfora de un falo oscuro y oloroso a resinas, y ella supo al fin que se encontraba acariciando el sexo de un hombre negro y se dio cuenta, por la altivez del nudo espeso, que necesitaba zafarlo usando su boca pequeña, sus labios, acaso sus dientes. Niña, mi niña, gimió de pronto Caniquí. Y tras estas palabras, que llenaron de ternura a Mariceli, todo el aire del mundo entró en los pulmones del esclavo como si una inspiración lo hubiera poseído. Y la boca de la niña se colmó de algo inesperado y fragante, algo que no podía ser sino un alimento celeste para quienes, bajo la marca odiosa de los perseguidos, habitaban la soledad y el ensueño. 

Quince. Ojo con esto, producción: hay que insistir en el hecho de que la actriz ha de ser una jovencita hambreada por las privaciones de ahora mismo. Mariceli es flaca y de baja estatura. Su desnudez mostraría unas teticas breves y un totico algo peludo, pero sin la menor exuberancia. A Caniquí búsquenlo en el gym de Pedrito el Lobo. A ella, en los solares y las cuarterías de las calles próximas al Torreón de San Lázaro. 

En su momento, para Instagram, Facebook y X: Producciones Black Delta Plus y Quimba-Quimba Entertainment anuncian su próximo estreno…






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‘En la Voz de Ellas’

Por Jorge De Armas

Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.



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