El ‘nostos’ norteamericano. Nolan y su postura política en ‘La Odisea’



Según cuenta la tradición, durante el siglo VI antes de Cristo, el tirano Pisístrato mandó a recopilar todas las versiones de dos antiguos poemas épicos en piedra. Los poemas habían sido compuestos por un mítico bardo ciego cuya existencia es un mito en sí misma. 

Uno de los dos poemas narraba la historia de la vuelta de Ulises, héroe en las guerras de Troya e ideador del famoso caballo que terminó el asedio. Numerosos bardos fueron convocados para recitar el poema mientras un grupo de escribas grababa los versos. Cada uno debía retomar donde el anterior se había detenido, de esa forma terminaría completo. 

Platón, en uno de sus diálogos, pone en boca de Sócrates una referencia a que este acto fue llevado a cabo por el hijo de Pisístrato, Hiparco, antes de que este fuera asesinado. No deja pasar la oportunidad para criticar su gobierno. En el texto de Platón, su maestro critica el gobierno de los tiranos porque considera que buscan el engrandecimiento propio y no el del pueblo (he aquí la importancia de que la gente lea más seguido a los autores clásicos).

La historia cuenta que Pisístrato, buscando el renombre de su ciudad y el suyo propio, ideó la posibilidad de crear una versión “oficial” de los poemas homéricos, una de la que sería dueño. Dicha versión sería recitada en voz alta en las Panateneas, las fiestas en favor de la diosa Atenea, vencedora de Troya. Según esta versión, Pisístrato, o bien su hijo, se apropió del canto homérico titulado La Odisea con el fin de ganar fama y renombre. Fue sin dudas un movimiento político.

La Odisea es uno de los textos más importantes de la literatura occidental. Los diversos episodios que componen esta obra ya forman parte del mar del que las ficciones emergen. El enfrentamiento contra Polifemo es uno de los más recordados. Muchos puristas, que buscaban que las mismas palabras de Homero se vieran plasmadas en las pantallas, echaron en falta el momento en el que el héroe renuncia a su propio nombre para declarar que es Nadie quien priva al cíclope, hijo de Poseidón, de la luz de la vista. 

Aquellos amantes de la mitología suspiraron o bajaron la cabeza con desaprobación, al comprobar que no verían ese día el icónico momento en el que el héroe no puede resistir la tentación de adjudicarse la astucia y revela su verdadero nombre para que Polifemo pueda delatarlo con su padre. Lo sé porque yo también lo lamenté un poco.

Este momento le concede ciertos matices a la historia. Le confiere al héroe una dimensión humana, una razón a sus desgracias nacidas del orgullo. Este encuentro es el que provoca la enemistad de Ulises con el dios de los mares, Poseidón. Esta deidad es la que provoca los naufragios, tres ni más ni menos, un número mágico que simboliza el absoluto. Poseidón se siente satisfecho con el tercer naufragio porque simbólicamente no se requiere más. Hay un espejo de fatalidad en el que se refleja el orgullo de Ulises y sus (simbólicamente) infinitos naufragios. Este es el lenguaje de los símbolos y el lenguaje del mito.

Nuestra civilización, una gran parte de ella, no exageremos, se ha levantado sobre los pilares de la helénica y romana. Sus mitos se ocultan muy profundo, bajo los mismos cimientos. Los poemas homéricos tenían un peso enorme en estas culturas antiguas pues en sí mismos entrañan enseñanzas prácticas, el modo en que se debía honrar a los dioses, competir en los acontecimientos deportivos, cómo debían ser tratados los huéspedes o las consecuencias del orgullo. 

Además de estas enseñanzas evidentes, la obra representa los mitos en su estado más puro, mitos que entrañan significados más profundos y opacos. Estos significados están relacionados con una cosmovisión del mundo que hemos heredado y se actualizan a partir de detalles, símbolos y mensajes que siguen atrayendo la atención de los helenistas. Quizás sea por el enorme peso de la obra que su origen es tan nebuloso. Con sus disputas, los antiguos quemaron las señales que hoy podrían ayudarnos a encontrar una respuesta a la pregunta sobre el origen de los poemas.

De este lado del tiempo, nos encontramos con una obra que algunos críticos llaman “acontecimiento cinematográfico”. La Odisea de Christopher Nolan es fruto de su época y contexto. Nace después de El Señor de los Anillos, después de la trilogía de Batman del mismo director y después de la liberación de la inteligencia artificial al público general. 

La película fue producida en un contexto de agotamiento dentro de la producción hollywoodense, un momento en el que la industria se encuentra balbuceando una y otra vez las mismas películas e historias. Un momento en el que se busca inspiración en todos los medios para conseguir algo que llevar a la gran pantalla.

La obra maneja un nuevo lenguaje simbólico, uno que es tan cercano a nosotros como quizás fue cercano el lenguaje del mito para el pueblo de Atenas. A nuevos dioses corresponden nuevos símbolos y a los dioses del neón, papel y silicio les corresponde el lenguaje de los memes. 

La película se alimenta y construye significados a partir del bagaje que trae cada uno del extenso elenco que aparece en la película. El mejor ejemplo de esto es cómo se sirve de Travis Scott para establecer un vínculo entre aedos y el rap. También se recurre a la filmografía de Matt Damon quien nuevamente interpreta el papel que lleva interpretando desde hace años, aunque esta vez en su forma primigenia. El espacio que hoy media entre Marte y la Tierra no es más grande que el que existía entre el paraíso en Ogigia, la isla de Calipso, e Ítaca. Esa distancia es símbolo y mito. En el plano del meme, el rostro del actor lleva un bagaje de retorno, una broma fácil. 

La inclusión de Zendaya es meme, símbolo moderno que alimenta los algoritmos que generan sin parar publicidad gratis en las redes. No es que estos actores no merecieran los papeles por sus dotes actorales demostradas en más de una ocasión, es que su elección también obedece a este nuevo tipo de simbología. Zendaya es Atenea, la belleza de un país que podría resultar ajeno o propio al espectador estadounidense. La exotización de Atenea sirve a motivos narrativos. Su proximidad, distancia y juventud conforman un personaje diferente al de la obra escrita. 

El fichaje que más ruido hizo fue el de Elliot Page. Esta polémica no tuvo que ver con aptitudes o actuaciones anteriores sino con ser un hombre trans. Después de saberse que este actor participaría en la película, empezó a circular en las redes el rumor de que interpretaría a Aquiles, pero su papel fue el de Sinón, un soldado griego cuyo nombre aparece en la Eneida, obra épica de Virgilio. 

La participación de Elliot parece ir en contra de las tendencias actuales que buscan regresar a terrenos conocidos, roles de géneros definidos y una revalorización de la familia tradicional, como se puede apreciar en otras producciones hollywoodenses como The Last House, The End of Oak Street o incluso The Fantastic Four: First steps. De todas formas, ninguna de estas películas busca ser candidata al Oscar, evidentemente. 

Además de la participación de Elliot, también llamó la atención que Helena de Troya fuera interpretada por la actriz keniana Lupita Nyong’o. Aquellos molestos con el color de piel de la actriz, tuvieron que soportar a Lupita x2, porque también interpreta a Clitemnestra. Esta elección también obedece a las lógicas de la sociedad del meme. Está destinada a provocar su eco en el ciberespacio. 

No se trata de seguir una agenda. Se trata de un producto que sabe muy bien en qué lugar y tiempo histórico está naciendo. El elenco de extras demuestra diferentes procedencias geográficas, orientales, afroamericanos, caucásicos. La elección me parece evidente y acertada. La Odisea de Nolan es un producto norteamericano y, como tal, cuenta con un elenco norteamericano. ¿Cuál sería la razón para no elegir un elenco de extras que represente la diversidad de culturas que posee la población estadounidense? 

Aun así, los rostros de los actores que despiertan polémica, Lupita, Elliot, Zendaya, fueron replicados hasta el cansancio en el aterrador espejo de la IA, un recurso a la mano del que Nolan se apartó conscientemente.

El director se aparta orgullosamente de los efectos especiales realizados con ordenador. Se usaron marionetas, arcilla, trucos de cámara, todo para realizar proezas visuales que generan una leve sorpresa en el espectador cuando se percata de la forma en la que se realizaron. En medio de una guerra mediática en la que la IA intenta mostrarse como una nueva forma de hacer productos visuales, se opta por los efectos especiales prácticos. 

En este punto, vale la pena resaltar otro detalle que ha tenido su eco en la cueva oscura de las redes sociales, el formato IMAX. Esto se vuelve relevante, esta vez no por el hecho de que apenas un puñado de cines sea capaz de reproducir la película como el director quería, sino porque justamente el formato IMAX es analógico. Es un formato que todavía utiliza películas de celuloide. Es otro gesto que busca mirar hacia atrás para establecer una postura.

Para algunos, esta mirada hacia atrás ignoró detalles importantes. La interpretación que se hizo sobre la traducción de Emily Wilson se toma licencias porque sabe lo que hace. Creo que son estériles las críticas sobre la fidelidad, porque nos encontramos ante una obra nueva. Hay pretensión de fidelidad, sí, porque para que el mensaje sea efectivo tiene que pretender servirse de la mismísima fuente de prestigio que es la Odisea. Por eso sorprende que se adaptaran ciertos sucesos menores que algunos lectores recordamos, como la muerte del perro de Ulises o la silla que Antínoo hace rebotar en la poderosa espalda del héroe durante un banquete. 

Por supuesto que se echan en falta algunos momentos como el erótico encuentro de Ulises y Nausícaa o, uno de mis favoritos personales, el momento en el que Ulises, disfrazado de endeble mendigo, descubre unos cuádriceps de fisiculturista ante la mirada incrédula de los pretendientes y antes de asestarle un golpe a un mendigo escaso, ante todo, de modales o buen juicio. Pero la Telemaquia está, la silla está, la muerte del perro también. 

Entonces, ¿qué quedó afuera? Los capítulos que distraen, no de la historia principal, sino del tono épico que el director busca. Tono épico necesario en una película de tal género, una que, por convenciones de género, debe durar cerca de tres horas o más. Un acontecimiento cinematográfico como lo conoce Hollywood.

Esta academia, en este contexto, percibe ciertas cosas como valiosas, como merecedoras de una preciosa estatua de oro con el nombre del tío de una bibliotecaria. Por eso es que la película tiene en su mismo centro a la ley de la hospitalidad. Esta ley se usa como excusa para resaltar el mensaje antibelicista. 

El Ulises de esta adaptación toma un camino diferente al camino del héroe literario. Se trata de un soldado que vuelve a casa después de llevar a cabo una invasión. Muchos pueden añorar la complejidad conocida que poseía el Ulises que leyeron, pero este Ulises está más preparado para conectar con la población del país con la mayor fuerza militar del mundo.

Vale la pena aclarar que este mensaje entra en contradicción con el accionar que tuvieron aquellos involucrados en la producción. La película se sirvió de los paisajes de Dajla, territorio actualmente ocupado por Marruecos, para retratar la paradisiaca isla de Ogigia. La producción pidió permiso a la fuerza ocupante e ignoró a la población autóctona. 

A pesar de las penas de Ulises, la producción de La Odisea guardó un silencio total sobre la militarización y opresión. A pesar de los horrores de Troya, no hubo declaraciones o comentarios sobre la sustitución demográfica o la cárcel para los cineastas saharauis que intentaban denunciar las acciones del gobierno de Marruecos. Se filmó una película que establece una relación con las guerras del pasado distante, pero nunca fueron nombradas siquiera las historias sobre fósforo blanco o campos de refugiados del pasado reciente.

La película de Nolan tiene un emisor claro. Es un director estadounidense que produce desde dicho país, uno con un historial bélico extenso. Está apuntado a un público inmerso en las redes sociales y a una academia que premia ciertos mensajes por sobre otros. Nolan tiene una postura política clara, una que es fácil de apoyar y que se encuentra del lado correcto de la crítica. 

Ciertas acciones del equipo de producción y del director dejan algunas dudas sobre la intencionalidad de dicha posición. ¿Se busca contentar a la academia cinematográfica o se busca hacer una declaración política? 

La Odisea de Nolan no es La Odisea de Homero. Son dos obras diferentes con más de mil años de diferencia. Una fue compuesta por un hombre que creó un poema tan monumental que fue devorado por el mismo. El otro es un director que busca agregar más laureles a su nombre, posicionándose en contra de la tendencia política mundial que busca volver a mensajes y valores gastados. Paradójicamente, esta posición está en consonancia con el gusto de la academia norteamericana. 

Ya veremos de qué forma recuerda la historia al segundo. Quizás dentro de dos mil años sea un testimonio de nuestra época… O quizás en veinte, diez o cinco. 

De todas formas, hay algo sobre lo que se pueden hacer presuposiciones con más fundamento. Nolan se apropia del discurso de Troya, una vez más, para engrandecer su propio nombre. Esta es la misma meta que persiguió Pisístrato y, quizás, la misma que tuvo aquel poeta griego que pudo haber existido y compuesto el eterno poema sobre la vuelta de Ulises. 

Los fuegos de Troya se apagaron hace mucho, pero la gente sigue buscando iluminar sus nombres con el resplandor de las cenizas.






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‘En la Voz de Ellas’

Por Jorge De Armas

Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.