Rita Indiana no está para angelitos



En las tibias dunas enmarcadas por la 71 St. y la 73 St. de Miami Beach[1], mientras se imponía el rotundo atardecer de un día junio de 2025, de cara al mar, e imaginando que del otro lado y a 90 millas se extendía el largo muro del Malecón en El Vedado con su desmejorado skyline, entre las paredes de mi cabeza empezó a hervir una pregunta: 

¿De qué manera estaría operando en la región, y cómo serían sus conexiones con países como Irán, China y Rusia, el atroz binomio Cuba y Venezuela en una década no tan lejana y ubicada en el futuro, algo así como el arco temporal delimitado por el 2030 y el 2040? 

Solía devorar en una bicicleta de carreras GMC Denali un promedio de 60 cuadras diarias en el boardwalkextendido a pocos metros de las dunas. Al finalizar aquel modesto maratón, a una supuesta alta velocidad, me tumbaba en la arena. Además del encuentro espiritual con mis muertos, los orishas que me acompañan y las videollamadas con mi madre, “me reencontraba” con personajes y autores a los que acudía cuando arreciaba el insomnio, es decir, nunca menos de cuatro días a la semana.

Y en aquella poderosa tarde de junio, anterior a la operación quirúrgica del 3 de enero de 2026, en la que un comando de la U.S. Delta Force abdujo a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, y convirtió en un amasijo de carne y tela verde oliva a varias decenas de militares cubanos encargados de la protección, y de la aniquilación del exguagüero dictador si la situación lo requería —al menos eso se comentaba en los días posteriores—, activé el hipervínculo con La mucama de Omicunlé (Periférica, 2015), novela de la escritora dominicana Rita Indiana (1977), que despliega ante el lector un sorprendente tejido temporal. 

Esther Escudero, personaje que no es estrictamente central, nos sitúa de plano en el título y el punto de partida de la novela. A la par, Escudero nos permite establecer la dimensión del arco de tiempo que tendrá a la República Dominicana como escenario principal de una serie de afectos y traiciones. 

Llamada Omicunlé tras un rito afrocubano con el que se convierte en servidora de la diosa del mar Yemayá, la santera asesora a Said Bona, presidente dominicano en ese futuro probable y posible, diseñado por Indiana para un país y una región marcada por el calentamiento global, los desastres naturales, la aniquilación de especies y las líneas duras de la geopolítica.  

“Esther Escudero había nacido en los setenta durante el gobierno de los doce años de Joaquín Balaguer, época sangrienta, ʻcasi tanto como estaʼ, decía sin levantar la vista de la taza, avergonzada de estar tan cerca de un régimen al que los periodistas extranjeros no se atrevían, todavía, a llamar dictadura”, nos dice Indiana en su novela. 

Ese nuevo poder omnímodo, con sus correspondientes cotas de corrupción y dolor infringido a la población, lo detenta Said Bona. Sobre el tejido social y político de la República Dominicana, y sobre el tejido epitelial y el nervioso de los personajes, está corriendo el año 2037.

Pero el punto de inicio del arco temporal se extiende mucho más atrás en el tiempo: al período colonial. 

Este libro acude a elementos propios de la ciencia ficción, la cosmovisión de la religión afroantillana y a la literatura fantástica. En los planos temporales recreados el poder, la corrupción, la política, la identidad y la agencia se combinan para situarnos ante el devenir de Alcide Figueroa, personaje que, cual asombroso o inverosímil elegido, por sobre todas las cosas lo mueve el deseo mientras se desplaza, vive, ama, revive y traiciona a lo largo de los siglos. 

Alcide Figueroa, la mucama de Omicunlé, luego de un robo, una inyección diseñada para el cambio de sexo, y un ritual, deviene elegido que ayudaría a Bona en la solución del desastre ecológico producto de un maremoto. El mar desatado y bravío dañó las instalaciones donde el presidente autorizó la custodia de armas biológicas pertenecientes a la Alianza Bolivariana Latinoamericana. Pero ya mencionamos la centralidad del deseo en el devenir de Alcide.

Al decir de Deleuze y Guattari (D&G), es el deseo una fuerza productiva y creadora. En la novela es potencia pura. Produce realidad, o La Realidad entreverada con lo fantástico, con el absurdo y con la cosmovisión afroantillana, creando así flujos, reflujos, conexiones. 

¿Es Alcide, y todas “las configuraciones” bajo las que operará a lo largo de los siglos, una máquina deseante? 

Animado por las teorías de D&G, consigno que Alcide y “sus configuraciones”, que transitarán de sexo y género, son una potencia no atada a un objeto externo o a una ley. A lo largo de los siglos producirá líneas de fuga que intentan escapar, y escapan, a las codificaciones sociales y políticas. 

¿Es la mucama un sujeto transtemporal, transhistórico y queer en un proceso de modificación constante producto de la transcorporeality (¿transcorporealidad / transcorporeidad?) —porque ni en las peores o mejores pesadillas no man is an island

La académica ecofeminista Stacy Alaimo, autora del libro Bodily Natures: Science, Environment, and the Material Self (2010), propone que habitemos lo que llama transcorporeality

“El espacio-tiempo donde la corporeidad humana, en toda su carnalidad material, es inseparable de la ʻnaturalezaʼ o el ʻentornoʼ. La transcorporeality, como ámbito teórico, es un lugar donde las teorías corpóreas y ambientales se encuentran y se mezclan de manera productiva. Además, el movimiento a través de la corporeidad humana y la naturaleza no humana requiere modos de análisis ricos y complejos que atraviesen los territorios entrelazados de lo material y lo discursivo, lo natural y lo cultural, lo biológico y lo textual”.

Alcide, ese sujeto “elegido”, definitivamente no es una entidad aislada del entorno físico. Es “un sistema, o una serie de sistemas abiertos”, profundamente interconectada, materialmente liada e inseparable del entorno físico creado por Indiana (al que debemos añadir el universo espiritual o religioso afroantillano), así como de otras formas de vida: animales, plantas, microbios y sustancias químicas benignas o tóxicas, “reconceptualizando las relaciones entre lo natural y lo social, entre lo biológico y lo cultural, fuera de la estructura dicotómica en la que estos términos están actualmente enredados”.

¿La mucama de Omicunlé funciona “dentro de otros enormes sistemas que no puede controlar y a través de los cuales puede acceder y adquirir sus habilidades y capacidades”?

Alcide, o sus configuraciones, no controlan, o no controlan del todo, los sistemas o conflictos que le aguardan en su devenir. Pero echa mano de la capacidad de agencia —la facultad humana de actuar intencionalmente, tomar decisiones y ejercer control sobre la propia vida y el entorno— y justo en ese punto modifica a su favor aquello que aparentemente está predestinado o no parecería no poder controlar.

En su relación con otros personajes crea nuevas formas de vida y pensamiento, potencia la vida en otros individuos a través del sexo, el amor, transacciones comerciales y tráfico de influencias, en oposición a la represión y al control o el cierre que impone un poder dictatorial en el espacio nacional o el doméstico.

En la novela, Europa, África y el Caribe se conectan y despliegan cual escenario de los espacios legales de los imperios, así como el de un tránsito y un tráfico de esclavos, más otra amplia variedad o tipos de mercancías. Tránsito y tráfico transatlántico amparado por una legalidad. También, el tráfico y el tránsito a espaldas de las metrópolis. 

Esas operaciones comprenden los puertos controlados por la Corona y aquellos territorios no cubiertos por la ley y el orden de la metrópolis, y que tenían al Caribe como una zona marítima y terrestre donde tres culturas entroncaron. 

Sí, corsarios, contrabando, más una gavilla de forajidos a contramarcha de las leyes imperiales y coloniales. Visto así, no hay otro modo de ver la geografía de los imperios cual tejidos con enormes agujeros. Ese tejido y sus agujeros forman parte de los planos temporales de la novela de Indiana, porque el distante pasado entroncará con el lejano futuro, sí, el punto donde trama y subtrama se encuentran en un mismo cauce, la antesala del final de la novela.

No fue poca la violencia que tuvo lugar en ese contexto de tráfico, comercio y crimen indistinguibles que fue la economía trasatlántica desde el siglo XVI al XIX. Los sujetos involucrados en dicho encuentro atroz y forzoso dejaron como legado un modo de entender y narrar el mundo a través de deidades, rituales, y relatos de carácter mitológico, simbólico y didáctico, lo cual emerge en La mucama de Omicunlé

La Colonia; el Caribe y Dominicana en la década de 1990; el siglo XXI y el 2027; y un plano temporal más alejado en el tiempo: el 2037; estas cotas de tiempo se irán alternando y el lector advertirá cómo, en el devenir de Alcide Figueroa y Argenis —joven negro enganchado a las drogas, artista visual “de técnica impecable, pero no tiene nada que decir, [y al que por la afición al estilo de Goya, DaVinci, Rembrandt y Durero la profesora en la Escuela de Diseño de Altos de Chavón le dice] mire a su alrededor, carajo, ¿usted cree que la cosa está para angelitos?”—, se entrecruzan la religión afroantillana entreverada en el poder, un poder que ansía el control de los sujetos y del imaginario cultural, político e ideológico dentro de las fronteras nacionales, así como a nivel regional. 

Balaguer, los partidos tradicionales de República Dominicana y Said Bona —el presidente en funciones a lo largo de quince años—; Fidel Castro, la Revolución cubana y su influencia en el hemisferio a través de mecanismos como la Escuela Internacional de Medicina y la asociación con Venezuela; y la “Alianza Bolivariana Latinoamericana”, quienes “perseguían el sueño de la Gran Colombia”, son, resumiendo, actores que detentan y perpetran poder, control, terror, castigo.

Sí, todo el Caribe condensado en la práctica religiosa y en el pragmatismo político a través de personajes como Esther Escudero (Omicunlé); Alcide Figueroa, su mucama; y Eric Vitier, médico cubano graduado en la Escuela Internacional de Medicina, practicante de la religión Yoruba, que concreta, con medicina (un bulbo inyectable) y religión (una ceremonia), la conversión de Alcide en Giorgio, sujeto dispuesto, en compañía de su esposa, a la protección de una playa propiedad de ambos y comprada a partir de prácticas aparentemente legales, proyecto que ambiciona la conservación de las playas dominicanas.

“Giorgio había llenado la copa del pintor y levantaba la suya diciendo: ʻPara que los espíritus de los bucaneros nos traigan suerteʼ. Argenis iba por la segunda jalada, y la yerba hidropónica, de una potencia superior a la que estaba acostumbrado, le dio duro. Giorgio relataba las peripecias de un amigo que llevaba veinte años peinando las playas de Puerto Plata con un detector de metales tras la pista del tesoro del pirata Cofresí”. 

Sí, el deseo cual combustible inagotable de un individuo transhistórico, transgénero, transtemporal, una máquina deseante en cuyo interior hay un móvil perpetuo y que, constantemente, escapará a cualquier tipo de codificación.






Nota:
[1] Este texto forma parte del libro en proceso Miami Grand Prix, proyecto que obtuvo una de las becas de resiliencia otorgadas por Artists at Risken 2026.