‘Archivo y terror’: notas sobre una memoria heredada


Hace más de 30 años, mi padre me contó una historia que durante todo ese tiempo conservé como una anécdota inquietante de la vida cubana en el período revolucionario. Solo tiempo después, con algunas lecturas y conversaciones arriba, comprendí que aquello contenía una reflexión mucho más profunda sobre la naturaleza del poder político, la memoria, individual y social, y la forma en que ciertos sistemas políticos totalitarios y totalizantes logran extenderse más allá de las instituciones para penetrar en la experiencia íntima de las personas.  

La historia ocurrió mientras preparaba su viaje a Estados Unidos en 1993. Es decir, en pleno Período Especial. 

Mi padre, como muchos cubanos de su generación, sobre todo artistas y científicos, había aprendido a convivir con un sistema donde la vigilancia formaba parte de la vida cotidiana y donde determinadas decisiones –cartearse con medio mundo, por ejemplo– podían tener consecuencias difíciles de prever. Por supuesto, ya casi al filo de sus 60 años, mi padre había atravesado por numerosas dificultades profesionales y políticas, que ni son el sentido de estas notas ni agregan nada. 

Poco antes de partir hacia los Estados Unidos, mi padre recibió, en su casa en San Miguel de los Baños, la visita de un coronel de la Seguridad del Estado, con quien había llegado a mantener una relación relativamente “cordial” después de tantos años. Allí lo invitó a ir a su oficina. No se trataba de un interrogatorio, ni de una citación formal. Era, aparentemente, una conversación amistosa antes del viaje. 

En algún momento de aquella conversación, me contó mi padre, el alto oficial le abrió un archivo vertical de tres gavetas –de esos que los cubanos conocemos tan bien en los centros de trabajo– y le mostró su contenido. Allí estaban todas las cartas perfectamente ordenadas y foliadas que mi padre había recibido y enviado a lo largo de 30 años. No algunas cartas seleccionadas, ni una recopilación parcial de las más importantes o con algún contenido importante para la Seguridad del Estado. Toda su correspondencia: en esto el oficial fue definitivo. 

Durante décadas, cada intercambio epistolar con colegas de la ciencia, amigos o familiares –supongo que también nosotros, sus hijos– había quedado registrado y conservado por una institución, el Departamento de Seguridad del Estado o DSE, cuya presencia había permanecido invisible, pero no menos operante. 

Recuerdo que mi padre me contó aquella escena con una mezcla de asombro y terror, que bien vistos, forman una combinación muy lógica. Y me dijo, además, que lo que le impresionó no fue la vigilancia en sí misma. Cada vez que yo iba a visitarlo a su casa San Miguel me decía: “Nansen, creo me han cambiado a quien me vigila, creo que ahora es este”. Se refería a esos “amigos” solícitos que se le “pegaban” por un período de tiempo y después misteriosamente se alejaban sin razón alguna. 

Con todo, lo perturbador no fue esto que él sospechaba, sino descubrir la magnitud y minuciosidad de aquel archivo y, peor, la certeza de que una parte de su vida había sido paralelamente reconstruida y almacenada por otros. Por recibir cartas y paquetes “extraños”, mi padre recibía información hasta de la OTAN, referida a los mares, océanos, corrientes, contaminación, etc.

El propósito del encuentro “amistoso” no había sido mostrarle el control sobre él. La reunión, en horas de la mañana de un domingo, tenía además un propósito concreto. El oficial le propuso a mi padre una forma de colaboración con la Seguridad del Estado –y con Cuba– durante su estancia en Estados Unidos. Si alguien se le acercaba para obtener información sobre el “mundo del azúcar”, en el que mi padre había trabajado por años, debía, si quería, permitir el acercamiento y después informarlo a las autoridades pertinentes. Es decir, a la Seguridad del Estado.

La propuesta no fue formulada como una imposición. Mucho menos, como una amenaza. El archivo estaba ahí y acababa de cumplir su función: entre el pedido y el archivo había un lazo oculto y sutil. La demostración de conocimiento, de “yo te conozco bien”, precedía y gravitaba sobre cualquier solicitud. Antes de pedir, el Poder demostraba lo que sobre ti sabía. 

Por supuesto, mi padre aceptó, aunque después me dijo: “Ni loco voy yo a trabajar para estas gentes que me han jodido toda la vida y de todas las formas posibles”. 

Lo de “estas gentes” no es casual. Una vez, mi padrastro, viejo militante del Partido Comunista de Cuba, me dijo: “Nansen, cuando tú escuches a alguien referirse al gobierno como “estas gentes”, ten por seguro que son “desafectos” (otra palabrita…). 

Durante mucho tiempo, interpreté esa historia como un episodio más dentro de las complejas relaciones entre el Estado cubano y algunos ciudadanos que, por una razón u otra, despertaban sospechas o interés. Hablamos de un tiempo pasado, donde esas historias no circulaban en ningún medio, porque, de entrada, no existían medios independientes. Hoy, en tiempos de redes sociales, sabemos un poco más.

La lectura reciente de Archivo y terrorOperaciones entre literatura, política, teatro y arte (Editorial Casa Vacía, 2019), del miembro de Diáspora(s), Carlos Alberto Aguilera, me llevó a reconsiderar la anterior historia desde otra perspectiva. 

Lo que el libro, en su hibridez, me permitió comprender es que la escena anterior no hablaba solamente de vigilancia. Hablaba, sobre todo, de la relación de esas “operaciones” que se establecen, que se tienden, entre el archivo y el poder. “Operaciones” nombra el conjunto de mecanismos y acoples mediante los cuales elementos separados –literatura, política, teatro, archivo y terror– dejan ser independientes y producen efectos unos sobre otros. 

Cuba es, según Aguilera, en un sentido similar al de La isla que se repite de Antonio Benítez Rojo, e Isla sin fin de Rafael Rojas, “solo una máquina de acoples: un tubo que se inserta a otro tubo y a otro hasta devenir un monstruo en el no-infinito”. 

Este circuito cerrado puede leerse en clave de Sísifo: no hay salida, no parece haber solución. Por esto, para mí lo interesante del libro ya no está en la pregunta: ¿quién ejerce el Poder en forma de terror? Es: ¿cómo circula, a través de qué instituciones, qué ocurre cuando atraviesa la cultura, cuando atraviesa la memoria?

Archivo y terror… es un libro raro, conformado con entrevistas, textos críticos, piezas cerca de lo narrativo y hasta documentos imaginarios creados por el propio autor. Todo esto con una intuición fuerte que recuerda a Foucault: en los totalitarismos, el Poder no solo reprime, también controla la memoria. Es decir, el Poder no produce solo represión; también produce subjetividad, individual y social. La memoria es, quizás, la forma más pura –a veces, también la más distorsionada– de esa subjetividad. 

El Poder no solo destruye cuerpo y psiquis, también organiza recuerdos. Al organizarlos, produce algo cercano al miedo. El archivo y el terror –esta es quizás su idea más desasosegante– no son dos temas distintos. Son lo mismo, visto desde dos lados diferentes. Por eso no es casual que su arco de contenidos se tienda entre Los siervos de Virgilio Piñera y la entrevista final a Rosa Ileana Boudet, quien reconstruye, desde una posición “esquiza”, su posición como estudiosa y como directora de revistas-Estado. Es decir, su posición como crítica y como máquina de censurar. 

En Boudet, quizás, vemos con claridad como en una misma trayectoria intelectual coinciden las dos funciones: preservación de la cultura y administración de esa misma cultura desde las revistas que dirigió. En Piñera, el problema pinta con aristas más complejas: si bien en 1955 escribe su obra antiestalinista Los siervos; en 1960, escribe los artículos de retórica incendiaria –y hasta terrorista– que participaron de ese mismo sentido excluyente de la época. 

Repito: no es casual el comienzo y el fin de este libro: Virgilio Piñera y Rosa Ileana Boudet. Es precisamente en esa zona de ambigüedad donde la reflexión de Aguilera resulta más sugerente, porque nos permite pensar las fronteras entre cultura y poder, entre memoria y exclusión, como algo poroso, como fronteras movibles. Y, algo que me parece más importante aún y que conocemos bien los cubanos: el terror no siempre es un evento “espectacular2, como en el caso de la Italia fascista, la Alemania nazi o la Unión Soviética de Stalin. A veces, no es más que una acumulación de pequeños gestos, clasificaciones, silencios, señalamientos y exclusiones, que configuran una atmósfera epocal. Una atmósfera difícil de comprender por su condición indefinida y que, precisamente por esto, a los cubanos se nos ha convertido en una de las formas más persistentes del Poder.

Uno de los aspectos más interesantes del ensayo consiste en mostrar que el archivo no es una realidad neutral. De forma general, solemos pensar en él como un espacio destinado a conservar documentos, preservar la memoria o garantizar el acceso al pasado. Sin embargo, Aguilera explora aquellos momentos en que el archivo deja de ser un simple depósito de información para convertirse en una herramienta de intervención sobre la realidad. 

El archivo conserva la memoria y, en una operación más sutil, la organza. Quien organiza la memoria adquiere una forma particular de poder sobre las personas y las sociedades. En la experiencia cubana, que Aguilera expande a otros contextos políticos totalitarios, el Estado decide qué obras y artistas existen, cuáles se olvidan y qué testimonios no pueden existir. Porque, ¿quién sabe si una de las formas más sutiles del terror es la imposibilidad de dejar huellas, mediante el borrado sistemático? 

Varias son las figuras mostradas por Aguilera: Virgilio Piñera, Osvaldo Lamborghini, Reinaldo ArenasHerta Müller y Heiner Müller. Todos son vistos casi como casos “clínicos”: cómo se puede vivir y crear cuando la historia intenta borrarte. En el fondo, no se trata de política: se trata de la lucha para que la experiencia humana y la vida moral, la memoria y la capacidad imaginativa del hombre, no sean borradas. 

Creo, no obstante, que sería un error elemental identificar, sin más, el archivo del que habla Aguilera con el archivo, físico y tangible, que la Seguridad del Estado construyó sobre mi padre. Es decir, no se trata solo de expedientes policiales, mecanismos de vigilancia, cartas archivadas y amenazantes en un mueble viejo y casi en desuso. En Aguilera –también en conversaciones que hemos tenido– el archivo constituye una categoría más amplia que se vincula a las formas en que una sociedad organiza su memoria cultural, política y simbólica. El archivo puede ser una biblioteca, una institución cultural, una colección de documentos o, algo más sutil, una determinada forma de narrar el pasado. 

De ahí mi interés por este libro, porque, en algún sentido, permite revisar el punto exacto en que dos realidades disímiles, pero emparentadas, pueden tocarse. El archivo de la Seguridad del Estado pertenecía al ámbito de lo tangible, de la vigilancia y el terror condensados en un feo mueble de metal. El de Carlos A. Aguilera, pertenece al espacio de la memoria guardada y circulante, a la cultura de la Nación. Sin embargo, existen momentos en que esas fronteras se vuelven permeables y la administración de la memoria comienza a producir efectos sobre la vida de las personas.  

Lo que vi en la historia de mi padre fue precisamente uno de esos momentos: el instante en que un archivo, con todas sus cartas enviadas y recibidas durante 30 años, deja de convertirse en memoria acumulada y se convierte en una forma de poder con su dosis de terror. Por otra parte, el libro –no podía ser diferente– no identifica archivo y terror: no son conceptos equivalentes. El archivo pertenece por su esencia al mundo de la cultura y de la memoria. El terror pertenece al mundo del miedo, de la represión de los cuerpos y almas. 

Sin embargo, lo interesante es cómo Aguilera muestra que, en determinados contextos históricos –totalitarios–, ambos ámbitos pueden volverse permeables. Es decir, que existen “operaciones” que se tienden entre el terror y el archivo, entre la política, la cultura y la memoria. El terror –una forma específica de hacer la política– no se manifiesta solo mediante la fuerza física, el castigo visible, la coerción o la intimidación. A veces, surge precisamente allí donde una estructura de conocimiento acumulado –¿no es esto precisamente un archivo?– interviene en la vida de los individuos. 

Creo no forzar nada si digo que la historia de mi padre arriba contada es un ejemplo revelador de esta permeabilidad. Durante años, ese archivo permaneció oculto. Solo acumulando documentos, en un proceso aparentemente sin función visible. Sin embargo, en el momento en que fue exhibido, en que le fue mostrado en aquella “amistosa” conversación, se convirtió en un instrumento activo y una fuente de coerción. Es decir, de terror. 

Aquellas cartas personales y profesionales ya no eran únicamente memoria, que, por supuesto, incluía a su familia, dentro y fuera de Cuba. Eran una demostración de ese poder, con visos de panóptico, que ha sido tan bien explicado por Foucault. El mensaje, no por cordial dejaba de ser claro: sabemos quién eres, conocemos tu trayectoria y hemos acompañado tu vida, y la de los tuyos, durante décadas. El archivo funcionaba como una forma de presencia. 

Esto me llevó a pensar, con respecto a Cuba, una diferencia que considero importante. Durante mucho tiempo los análisis del sistema cubano se concentraron en sus dimensiones ideológicas, amén de sus promesas históricas siempre postergadas, siempre incumplidas. Se estudiaron sus discursos políticos y narrativas patrióticas, sus proyectos de transformación social, que implicaban a una masa homogénea de cubanos revolucionarios. Todo esto resulta indispensable para la comprensión de un proceso que tiene sus peculiaridades con respecto a otros totalitarismos. Pero esto, con ser importante, no agota la experiencia concreta de quienes vivieron y viven dentro de ese universo político. 

Teleología del poder y teología del poder son dos nociones que considero interesantes para reflexionar sobre lo que estamos viendo. La teleología remite a los fines históricos que justifican la acción política. Toda revolución –esta es quizás una de las diferencias fundamentales entre revolución y revuelta– necesita una narrativa precisa orientada hacia el futuro. En el caso cubano fue la construcción de una sociedad y un hombre nuevos, la defensa de la soberanía nacional y la creación de un proyecto colectivo superior: objetivos históricos concretos, pero presentados como una suerte de misión redentora. Esta dimensión, en lo que tiene de espejismo, por no decir de engaño, ha sido fundamental para comprender la legitimidad del sistema y la adhesión que despertó en su momento en amplios sectores desfavorecidos de la sociedad.

Sin embargo, la sociología más elemental reconoce es que la experiencia cotidiana del individuo apenas transcurre dentro de esas grandes narrativas formadoras y teleológicas. Lo que las personas experimentan siempre es algo más inmediato y contundente: experimentan la presencia del poder en su vida diaria, en forma de observación y evaluación. Sumémosle a esto el conocimiento de que decisiones importantes, que afectan la vida de todos, se toman en espacios a los que no se tiene acceso. 

Si vinculo esto con el archivo de mi padre, su historia personal parece relacionada, más que con la ideología socialista, con esa forma de presencia casi absoluta y permanente que caracteriza a ciertos sistemas políticos, sean de izquierdas o derechas. Aquí el poder que se degrada en el tiempo, que cambia de carisma a burocracia, aparece como una instancia –mecánica y maquínica– que registra y acompaña, ya no como un proyecto orientado hacia un futuro redentor. 

El objetivo principal de la reunión con el oficial de la Seguridad del Estado, más que obtener algún tipo de información, parecía tener como función demostrar conocimiento para obtener un resultado posterior. Antes, incluso, de formular una propuesta de colaboración a mi padre, el poder revelaba que quizás había estado allí todo el tiempo esperando este preciso momento.

Permítaseme ahora, mediante una experiencia personal, entrar en esta historia hecha de memoria familiar, de libros que nos llegan desde manos amigas, de lecturas y conversaciones. Es interesante, porque es una historia que ha permanecido en una zona relativamente secundaria de mi memoria y solo ahora reflexiono sobre ella con algún detenimiento. 

A comienzos de los años 2000 me presenté en las pruebas de admisión para ingresar como corresponsal en Prensa Latina. En aquel momento, lo sentí como una posibilidad profesional importante. Realicé los exámenes culturales, psicológicos y psicométricos exigidos por la institución. Recuerdo que una de las psicólogas evaluadoras con las que me reuní me comentó que mis resultados eran muy satisfactorios y, que, desde su perspectiva, no existiría ningún problema para mi incorporación. 

Después de los exámenes, comenzó la espera. Pasaron los días y luego las semanas, sin que llegara una respuesta. No pasó un águila sobre el mar, pasaron cien… Llamé varias veces para preguntar por el estado del proceso de admisión. Siempre obtenía respuestas vagas e inconcluyentes. Finalmente, en una de aquellas llamadas y, supongo que por aburrimiento ante mi insistencia, me comunicaron con un funcionario de jerarquía mayor: Fausto Triana. 

Este, ni corto ni perezoso, me comunicó la llamada, rápidamente, con el que atendía Cuadros en la institución. El hombre, sin nombre, con voz cordial, profunda y bien timbrada, me explicó que mis resultados habían sido excelentes, que había aprobado todos los exámenes en forma sobresaliente y que, en ese sentido, no existía ninguna objeción respecto a mis capacidades intelectuales y psicológicas, pero que yo no podía ingresar en Prensa Latina. Antes de terminar la conversación, donde, en un segundo se me derrumbó el mundo, añadió una frase que aún recuerdo con nitidez, que no le pidiera una explicación porque no podía dármela.

No sé por qué, aunque sin pruebas concretas, en ese momento pensé inmediatamente en mi padre. Solo pensé que aquella negativa carecía de justificación visible. Todo parecía haber salido bien respecto a mis exámenes y, sin embargo, algo impedía mi ingreso. La hipótesis más acertada era que existiera una información previa, una historia anterior a mí, que estaba operando desde el silencio, desde otro lugar que no era precisamente Prensa Latina. 

Nunca pude demostrarlo y, en realidad, tampoco es que me interesara mucho. Cuando se lo comenté a Leonardo Acosta, primo-hermano de mi padre –él era hijo de José Manuel Acosta, hermano de Agustín Acosta y padre de mi padre–, recuerdo que me dijo: “Alégrate. Yo trabajé ahí en los sesenta y de ahí salí detenido por decir lo que pensaba”. 

Con el tiempo, el episodio quedó archivado en mi memoria como una de las tantas experiencias ambiguas de la vida cubana. 

Lo curioso e interesante de todo esto es que fue la lectura del libro de Carlos A. Aguilera la que me hizo pensar en aquel hecho, después de más de 25 años. De pronto, tuve la intuición que podría existir una conexión profunda entre el libro y estas historias personales. 

En una dimensión, existían el archivo y el terror como hechos correlacionables; el terror dejando su huella en la cultura y en la memoria. En la otra, mi padre había visto, había sido amenazado por esa otra forma de archivo perteneciente a la represión que siempre ha ejercido la Seguridad del Estado. 

Yo solo había visto o, mejor, creído ver, sus posibles efectos en mi vida. A él le mostraron la memoria acumulada sobre él, por el Estado, en forma de cartas. A mí, una voz anónima me mostró una decisión cuyos fundamentos permanecían ocultos. En los tres casos aparecía la misma estructura: una instancia capaz de actuar sobre la vida de las personas y sus relaciones, a partir de un conocimiento que ellas podían, quizás, verificar, pero nunca controlar. 

No miento si digo que lo que menos me interesa aquí es determinar si mi interpretación es correcta o falsa. Probablemente, nunca sabré con certeza por qué no fui admitido en Prensa Latina. Tal vez esos puestos de trabajo ya estaban repartidos desde el principio, y yo, y otros que nos presentamos, fuimos solo una suerte “conejillos de indias” que cubrieron las formalidades de una falsa convocatoria. Como sea, creo que lo importante es algo más: comprender cómo determinados sistemas producen experiencias –que después serán recuerdos, más o menos “archivados” – donde la ausencia de explicación se convierte en una forma de poder. 

El individuo percibe y sufre las consecuencias de decisiones tomadas en espacios opacos e inaccesibles. Intuye la existencia de mecanismos, tantas veces siniestros, que operan sobre su trayectoria vital; pero carece de los elementos, no solo para reconstruirlos y hacerlos visibles, sino, ni siquiera para comprenderlos bien del todo. Esto, como he leído en algún lugar, es causa de la excelente literatura –por su capacidad simbólica y metafórica– que se produce en los regímenes totalitarios. 

Esa represión, ese olvido involuntario, es quizás la causa por la cual la memoria tardó tanto tiempo en establecer la relación. Durante años tuve los hechos, pero no las lecturas y el marco referencial que me permitieran comprenderlos. Más tarde, adquirí algunas herramientas teóricas indispensables. Sin embargo, esas lecturas permanecían relativamente separadas de mi experiencia biográfica. 

Fue la lectura de Archivo y terror de Carlos A. Aguilera –y algunas conversaciones que hemos sostenido por internet– lo que produjo la conexión entre ambas dimensiones. Por Foucault y otros, sabía qué era el archivo y su relación con el conocimiento y el poder. Por Aguilera entendí la conexión con el terror totalitario –en este caso, terror socialista– y su relación con la cultura, la identidad del escritor y la memoria social. Más que información nueva sobre aquellos acontecimientos, el libro me ofreció una forma diferente de pensarlos. 

Interesante, también, fue comprobar una vez más que la memoria individual no funciona como un archivo de exacta cronología. Los recuerdos no regresan necesariamente cuando los buscamos, ni cuando queremos explicar algo a alguien; regresan cuando encuentran un significado en el exterior que los despierta y los trae a la superficie nuevamente. Permanecen dispersos durante años y, de pronto, a partir de una lectura, una conversación o una imagen, comienzan a reorganizarse. Lo que parecía una colección de episodios aislados revela entonces una estructura común. 

Estas notas un poco caóticas no quieren tratar únicamente sobre el totalitarismo en Cuba, los avatares de la vida de mi padre, mi experiencia con Prensa Latina, o el excelente libro de Aguilera. Intentan entender cómo los sistemas totalitarios de poder inscriben el terror, físico o simbólico, en las biografías individuales; y cómo esas inscripciones continúan actuando mucho tiempo después de que los acontecimientos han concluido. Incluso, como el ADN, son capaces de transmitirse de padres a hijos. 

Estas notas también tratan de la escritura como una forma de recuperación de esa experiencia y memoria. El archivo estatal conservaba información para manejar y ejercer presión sobre vidas humanas. La escritura, aliada a la memoria, intenta recuperar esa misma experiencia para comprenderla.

Cuando pienso hoy en aquella oficina donde un alto oficial de la Seguridad del Estado, en una amable conversación con mi padre, le mostró treinta años de correspondencia acumulada, y cuando recuerdo la voz neutra del funcionario que me explicó que yo no podía entrar en Prensa Latina sin decirme por qué, tengo la sensación de estar observando dos momentos distintos de una misma historia. Una historia que sé que no es excepcional, sino una de las tantísimas historias dentro de una sociedad donde la memoria, la información y el poder mantuvieron durante décadas una relación particularmente estrecha.

Leer sobre esto, escribir algunos de estos recuerdos sobre mi padre –dejo otros, por elemental pudor– es una forma modesta de hacer que esas experiencias vuelvan al terreno de la comprensión humana. También, una manera de recordar que ningún archivo, por exhaustivo que sea, posee el monopolio definitivo de la memoria humana. 

Frente a la lógica del control y la subordinación del individuo a un designio superior, humano o divino, existe siempre la posibilidad de reconstruir la experiencia desde la libertad vulnerable de la palabra. También, desde su fuerza.



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La invasión es el más tardío de nuestros derechos humanos. Todo imperio se merece un final sinfónico.

Por Orlando Luis Pardo Lazo