V teje el tiempo dorado de La Habana

La amistad es una enfermedad que contagia a unos pocos. La mayoría de la gente busca ligarse a otras por intereses, donde abunda lo más prosaico de la naturaleza humana. 

Pero experimentar lo verdadero es simple. A las personas las unen las vibraciones, aquellas que tocan muy adentro, y es fácil conectarse a una misma idea, a ese sentimiento de apropiación al observar un paisaje, o a ese disfrutar de una obra de arte al unísono. El mutuo entendimiento es una puerta, aunque desaparezca en un instante. 

Sí, la fugacidad se puede atrapar. Los artistas son capaces de retenerla y moldearla cuando están en un estado de gracia. 

Lo esencial no es tanto sentir el dolor ajeno, sino paliar ese desgarro. Luego la satisfacción es imperecedera. Tener amigos es más necesario que una pareja amorosa. Lo creo por convicción. Sé siente más felicidad en poder hablar con franqueza con alguien afín, revelar secretos enterrados para aliviarse y compartir la carga de alguna manera.

Hacía más de un año que no nos veíamos. Ella y yo solo hablamos por WhatsApp. La vida en este país ha separado a las familias, a los amigos, transformándonos en ermitaños, con urgencias primarias. La búsqueda del Santo Grial es ahora tener un plato sobre la mesa cada día. El sálvese quien pueda es un decreto, aunque no se diga en voz alta.

Lo más ordinario ha sustituido a lo espiritual. Sin embargo, podemos rebelarnos. A los artistas se les da bien la inconformidad. Sobre todo, a los que son conscientes de la propia fragilidad en un mundo desordenado y feroz.

Nuestro encuentro ya debía ser inminente. Salí de la casa temprano. Antes había preparado una pasta sencilla, sin tomate y sin queso, con un condimento en polvo que le daba algo de sabor y color, además de trozos de boniato hervido. 

Mientras esperaba, tenía la impaciencia cosida a la camisa. Por suerte, rápidamente cogí un taxi en la calle Línea, uno de esos carros antiguos que en el cine solo usan para recrear los años cincuenta y que cada vez dan más vergüenza, aunque este estaba en buenas condiciones.

Me bajé en el Parque Maceo y busqué un banco para sentarme. Le comuniqué a mi amiga que ya estaba en el sitio acordado. 

El sol comenzaba a calentar, pero a veces se nublaba un poco. Había un grupo de niños retozando y bailando reguetón encima del monumento del general mambí, mientras la profesora estaba sentada conversando con otra mujer. 

Nadie les llamaba la atención. Me gustaría entrar en la cabeza de esta generación para saber qué es lo que tienen en la mente estos muchachos.

V y yo nos conocimos en la Torre de Letras, el proyecto que la escritora cubana Reina María Rodríguez tenía en el último piso del Instituto Cubano del Libro. Los artistas iban a este reducido espacio (creo que se lo asignaron ex profeso, por ser cómodo para algunos burócratas) para expresarse y sentir de cerca la literatura y las demás artes. 

En el recinto, donde apenas cabíamos, pues a veces había gente hasta en el pasillo, escuché los poemas del poeta Juan Carlos Flores, dichos por su propia voz, sin sospechar que años más tarde se quitaría la vida en el balcón de su apartamento en Alamar. Otro más que se sumaba a la lista de poetas suicidas de la Isla, “pecadores” que no irían al cielo. 

El 2011 fue un año de pérdidas. De hecho, mi casa no se suicidó: a mi casa la asesinaron. Por culpa de unos vecinos que quitaron el capitel de una columna, hubo un derrumbe parcial. Después vino la orden de demolición. 

No hubo alternativas. Mis padres tuvieron que mudarse conmigo. A mi hermana la ingresaron en el hospital Fajardo por un colapso nervioso. Nunca apareció una vivienda transitoria para los damnificados. Nunca ningún funcionario se hizo cargo del caso. Otro expediente engavetado, que quizás hayan destruido y botado a la basura.

En medio de aquella barahúnda, la Editorial Extramuros publica mi poemario Los signos y los cantos. Así se fusionan dos cosas: la muerte y algo íntimo que veía la luz como un parto. 

Yo regalaba aquellos ejemplares como si se tratara de las serpentinas que se lanzan en una fiesta. Quería que muchas personas tuvieran el libro. Incluso viajó y cruzó el mar antes que yo misma.

V es parte de un círculo protector que construimos, un milagroso soporífero en tiempos tranquilos. Después de las actividades en la Torre, íbamos a exposiciones, a museos, a la Casa del Chocolate, cuando aún preparaban sabrosas variedades de la bebida afrodisiaca. Nos gustaba la azteca, con pimienta y canela, una mezcla espesa y reconfortante. 

Recuerdo un concierto en la Catedral de la Habana. Mientras el músico tocaba en el órgano la Tocata y fuga de Bach, ella lloraba. Un manto de grandeza nos cubría. Bajo ese manto se podían experimentar disímiles sensaciones. En V se manifestaba una tristeza que fluía junto a la emoción. De su rostro, con esas lágrimas, emergía un destello dorado.

Casi siempre andábamos en grupo. La mayoría de ellos escribía periodismo independiente. Posteriormente, me sume también. Eran días y noches de retroalimentación. Veladas literarias para leer y debatir sobre libros y cultura. Acercamientos que nos permitieron conocer nuestros puntos de vista en aquellos tiempos de La Habana o tal vez un Havana Times.

La inconformidad nos abrió los ojos. Esto se hizo evidente luego de la Bienal 00 en 2018, cuando comenzó el derrumbe y se implantó el Decreto 349, una ofensiva repugnante contra los artistas no vinculados a una institución cultural del Estado cubano. 

Entonces arribó la peste del Covid-19, el reordenamiento monetario, más miseria para los pobres, las protestas del 11 de julio de 2021, el castigo y la cárcel. Y aún hoy continúa una espiral de inflación, hambre y apagones que va hundiendo lentamente la Isla.

De aquel grupo de jóvenes, todos emigraron. En Cuba solo quedamos nosotras. Las dos aferradas a la incertidumbre, sustentando obras para que la fatiga no nos consuma. La Isla nos duele, la sentimos como un hijo que se nos muere sin salvación. 

Después de no vernos desde hace más de un año, sabemos que estas historias quedarán impresas en un legado. Queremos, necesitamos creer en un cambio. Y en la pulcritud de otra vida que ella y yo, como todos y cada uno de los cubanos, nos merecemos.