José Ramón Sánchez: El poder y la gracia

Los poca-cosa han procurado confundir a los lectores, haciéndoles creer que todos los poetas cubanos del siglo XXI valen, más o menos, lo mismo, que ninguno resiste la menor comparación con los dioses mayores de nuestro corral literario, que nunca serán grandes, porque el exceso de comunidad impide cualquier diferencia cualitativa, que portándose bien y ya en la ancianidad, les será entregado como un favor inmerecido, el Premio Nacional de Literatura, o cualquier otro Maestro de Manquedades. (Ningún aburrido masticador de palabras está exento de recibirlos.)

Pero podemos decretar el fin de la Era de la Mediocridad. Ya no se aprende solo en el pasado o en el extranjero, el poder y la gracia están aquí: Oscar Cruz construye una poética para los tiempos que corren. Si el ambiente se repite hasta el asco, el uso de las palabras debe cambiar.

Y ha tenido que hacerle la pelea no solo a las duras condiciones de subsistencia, también a la falsa democratización de la literatura: todas esas antologías-sacos donde cabe cualquier cosa que se haya publicado, esos artículos donde se cita a malanga, esas revistas tristes, esos consejos editoriales, esos eventos, esos premios…

No era extraño que ocurriera: el caótico desfile de libritos; los falsos maestros; la adulonería de tantos hezcritores a los funcionarios; la conversión de hezcritores en funcionarios; la prohibición (tácita o no) de ciertos asuntos y lenguajes; la corrección política; la miniaturización regional, de época o temática (poetas del Oriente, poetas albinos, poetas del Casco Histórico, poemas a los relojes de cuco y a los pianos de cola, poetas nacidos después de…); el adoctrinamiento que procura imponer una agenda de buenos sentimientos; el frustrante amiguismo a la fuerza que solemos practicar (no se puede ser amigo de malos poetas: tienes que rebajarte a ellos; Oscar, en cambio, es un verdadero compinche de sabotaje poético); el susceptible celo de que alguien se crea mejor que los demás; en fin, la falta de justicia poética. Que no se mendiga, se coge a la fuerza.

Oscar hace una poesía donde el habla, la mentalidad, la conducta y las tecnologías actuales no son simplemente un tema o una referencia desvaída y pedante, sino el sustrato y orientación de los poemas. Una poesía escrita en tiempo real, a la altura de todo tipo de experiencia exigente, incluyendo la experiencia de la lectura. Una poesía que actualiza su lenguaje y procedimientos, al punto de crear un efecto de máxima resolución posible: como si el lector viviera los poemas al leerlos, como si la lectura de los poemas nos ayudara a comprender de qué material y energía estamos hechos, qué sociedad ponemos a funcionar. Una poesía que, como advirtiera Regino Boti de los Motivos de son, de Nicolás Guillén: “A su sombra buscarán enganche numerosos reclutas”. Y ya aparecen los primeros falsificadores, queriendo escribir a lo guapo. (Hábiles muchachos liricoides, que ahora quieren vestirse de guerrilleros; a los imitadores no les daremos “ni un tantico así, pero nada”.)

Oscar sabe que la poesía puede hablar el idioma de la gente, un idioma tan musical como si la gente hablara en verso. Como si los poemas fueran escritos a medias por el autor que los firma y por aquellos personajes que viven en los poemas. Como si los personajes (incluido el autor) necesitaran el poema para poder dialogar con esos otros personajes que son los lectores.

Después de eso no hay marcha atrás. Después de eso se alcanza el punto de no retorno. Nada de abstracciones irresponsables, nada de tartamudeo. Hechos de palabras como si fueran hechos de sangre. Sin timidez ni flojera. Una versificación rotunda, un buen humor a prueba de los peores disgustos, un diagnóstico social como no se han atrevido a realizar muchos escritores de este país.

La maestranza (Ediciones Unión, La Habana, 2013, Ediciones Aguadulce-Trabalis Editores, San Juan, 2016), son 52 poemas, divididos en un prólogo y tres partes. En el prólogo, titulado “El Mal y la Montaña / Apuntes para una Teoría de la Invasión”, que no es simplemente una parodia de Regino Boti, se nos empieza a entregar una región que se encuentra en el imposible equilibrio del desastre endémico, y cómo el protagonista asumirá su misión. Este poema tiene el desarrollo flexible de un territorio que se levanta y enrosca hacia lo abierto, hacia nuevas adquisiciones de sentido. Lo que constituye, quizá, el principal hallazgo del libro: cada poema, y cada línea, sensibilizan musicalmente (poesía porno-pop, la llama el autor) los significados que entregan. Canciones de diverso registro que cuentan historias desagradables, es decir, agradables al oído y la franqueza.

En la primera parte, se describe la sustancia del amor y la civilidad. En la segunda parte, se nos enseñan los quehaceres del arte poético, y, nuevamente, de la civilidad. Y en la tercera parte, se dan los apuntes para una “Entrada Triunfal”: en la ciudad y en la poesía. La Maestranza es el sitio y toma por asalto de la ciudad poética cubana. Muertos Guillén y Lezama, parece que nadie se atrevía a cojonear por su respeto.

Los 18 poemas de la primera parte son un pequeño tratado de sexualidad activa, búsqueda del placer, traición, crimen, enseñanza, autoerotismo, prostitución, sadismo, e incluso algo de pesadilla histórica. De este cuaderno destacaría los poemas “El Amor” (que va del humorismo ligero a la tragedia, sin aviso, de golpe, como los tajos asesinos de un cuchillo, y termina con un ritmo monótono de aceptación); “La Maestranza” (que nos enseña que los personajes pueden ser narrados también en los poemas); “Balas de salva” (tensa celebración del autoerotismo sin complejo de culpa, a pesar de la veta de amargura); “Forever” (mínima crónica de la frialdad y desapego que suele provocarnos la muerte de los otros); “Tramontina” (poema barriotero y procaz que hace emanar la fe religiosa directamente de la prostitución); “Batalla de Mal Sueño” (pesadilla histórica que iguala el heroísmo con la violencia homicida, y convierte el campamento mambí en un harén); y “Gillette 2” (largo monólogo donde el personaje es descrito en negativo por la voz persuasiva que, sin éxito, aconseja que abandone los hábitos de su escritura).

Estos poemas son los más terrenales del libro, son el sustento para el despegue de las poéticas de la segunda parte. Poéticas de variada índole: desde la revisión del canon intelectual cubano a través de algunas de sus figuras capitales, hasta los actos de insumisión imprescindibles para el hacer poético. Véanse los poemas “20 de octubre”, que trabaja a un Fernando Ortiz secuestrado por funcionarios-loros que dominan las instituciones y pretenden decidir el valor de los sujetos culturales; “Pájaros de Manduley”, que parece enjuiciar a José María Heredia y ataca la hipocresía incansable de los homenajes oportunistas; y la serie de cuatro poemas que dedica a Lezama Lima: “La plomada”, que ajusta las cuentas a los cantores de la falsa belleza, que han querido obtener un salvoconducto a perpetuidad reciclando el lenguaje origenista; “Lezama / el pacto”, declaración de independencia frente a una de las figuras más influyentes de nuestra literatura; “Nómina”, que desautoriza, desde la sobriedad (“estábamos a 7, lo recuerdo/ las sillas de la sala eran grises”) a los impostores que viven a costa de Lezama; y “Orígenes hoy”, texto que se despliega como una pantalla de Facebook e instala a Lezama en plena era digital: su sitio está en la Red, interconectado.

Estas múltiples poéticas (e incluyo a “El buen muñeco”, “P&G”, “Lecturas de verano”, e “hilodirecto”) son poemas-resortes que saltan a la cara del lector: a ratos lo divierten, a ratos lo incomodan, con una sacudida que lo sobrepasa.

También encontramos aquí los poemas más patéticos del libro, “Los años de aprendizaje”, pausada rememoración que no renuncia a la violencia expresiva que mejor lo define:

cuando mi madre
me daba por la espalda
un cintarazo, yo solía
maldecirla en mis

adentros. “guárdate
esas lágrimas, pendejo,
para el día que te hagan
falta. esto es para que

aprendas a portarte
como un hombre”. tenía
la violencia fácil. ganas
de enseñarme, como

recta Makarenko.
el lenguaje de los golpes
era hermoso. mi madre
a media voz, con un cinto

entre las manos, diciendo
grandes cosas. mi madre
(azotes que penetran
con más precisión que

un taladro en la madera.
mi madre —planos fijos—,
imágenes cortas y largas,
cuerpo parado frente a mí

diciendo: “respétame,
carajo”. veamos: escucho,
pero nunca entiendo. me
sobrevienen unas ganas

enormes de matar que me
ponen siempre en entredicho.
mi madre, con el cinto
entre las manos,

tuvo la razón. el montón
de estiércol soy yo. la voz
del excremento soy yo. el
rostro del que orina soy yo.

soy el santo y el gachón.
madre, quiero que me cantes
la canción aquella del payaso.
sin perder la paciencia

ni el orgullo, cántame.
si no te la sabes, búscate una.
sé que no servías para el canto,
sin embargo, el cinto,

lo recuerdas. otros
para mí cantaron. guardo
nítidos detalles. para el uso,
restos del amor. tenías

el pelo cano, y el talle
esbelto. casi yo te amaba.
pero […], ahora estoy
tranquilo. como un buey

que duerme bajo la lluvia,
duermo y sueño al lado de
mi madre. su presencia, sin
embargo, no es presencia

del mal. no conozco infancia
más amena… que aquella que
erigí bajo los golpes. digo
esto alegremente: palabras

que no ahogan,
que no admiten otro reino
de palabras. prosiguen sin
dolor, de manera que el dolor

se torna deseable. este
que soy, cobarde aceptación
de lo que fui, como un buey que
duerme bajo la lluvia,

contempla una pequeña flor
crecida en el estanque. tú
lo sabes, perdida flor, perdida
madre. como a un niño

que no entiende otro
lenguaje. a todo el que
me da su amor, le suelo
propinar su cintarazo.

Y “Lo que cuenta”, verdadera batalla donde los perros son las palabras que encuentran su definición mejor:

lo que cuenta es estar parado ahí,
en el borde de las gradas.
los perros frente a ti ladrando.
perros entrenados en el arte de matar.
perros welters con más de treinta libras.
(me gustaba estar ahí). la gente que viene
a estos lugares resulta interesante.
gente desahuciada con un rostro sin vida.
gente que viene por amor: amor a los zapatos,
amor a la ropa, amor al desastre;
y el desastre con su fuerza comenzaba
a interesarme.

los perros en su esencia eran bellos.
más bellos que mis padres,
más bellos que Dios. tenían rojas lenguas
y una forma masculina de babear.
sentí que mi vida estaba ligada a aquella baba,
a aquella forma envilecida de mirarse.
entonces saqué doscientos pesos
y se los puse al perro-nadie, un perro que nunca
había peleado y que lo haría contra uno
que sumaba dieciséis.
un perro invicto y secular como un gobierno.
comenzaron a matarse,
las bocas producían hechos de sangre.
instantes de duro placer.
perros que peleaban por lo posible
y lo imposible del hombre.
miraba las gradas y veía rostros brutales
de gente enajenada, feliz.
gente apostando a un cachorro sin vida.
al cabo de varios minutos
el perro al que había apostado ganó.
subido encima del otro ladraba una y otra vez.
lo cargaron como a un héroe y volvimos
en turba a hacia la casa. íbamos callados.
escuchando cómo ríen, cómo hablan
los que ganan.
esa tarde supe lo que era un perdedor.
vi al perro derrotado en una jaba
sobre el borde del camino.
qué importa que hubiera ganado dieciséis.
la gloria en estos sitios dura poco.
y eso es lo que cuenta.
poco amor o poca vida no es tan malo.
lo que cuenta es saber que has apostado.
que has venido como ellos hasta aquí,
que has venido en la turba a darle diente
a la carne envejecida del amor.

El poema que cierra el libro “Iré a Santiago / Apuntes para una Entrada Triunfal”, funciona como catálogo y advertencia de lo que el visitante-lector encontrará cada vez que vuelva: una fiesta interminable, que no se agota con un par de lecturas, ni con una veintena.

Sé que no es fácil salir intacto de semejante aventura, porque unos cuantos estamos retratados hasta las vísceras; mejor así: la poesía (incluso la más vengativa) hace del mal una cosa mejor, por ejemplo, aprender a reírnos de nosotros mismos. Aunque algunos prefieren no verse y solo se ríen de los demás.

No muchas veces los poetas cubanos (de cualquier época) han sabido hacer poemas tan divertidos como Oscar Cruz, poemas que mezclan a la perfección el poder y la gracia. Poemas que no son un chiste para consumo de adocenados. Tan deleitables como dañinos: hay quien me ha dicho que no puede leer “Forever” por el temor que le causan los accidentes. Tan ejemplares como seductores: los niños les dicen a los padres que esa es la poesía que quieren leer.

El que no quiera poetas-porfíaos, que no ande por ahí golpeando cabezas. Una poesía capaz de reír cultiva a sus lectores sin someterlos. O como el mismo Oscar me ha dicho algunas veces: “vengo a darle libertad a los esclavos”.