Pensé que llegaría a tiempo para lograr verlo con vida. Tras regresar a México, me hicieron saber que acababa de morir Salvador Lemis.
Con la cabeza llena de recuerdos y aturdido ante esta pérdida que lamentablemente ya sabíamos inevitable, trato de organizar unas pocas palabras que son de cariño y agradecimiento. Ya no podemos abrazarlo más y con él, en un año 2025 tan duro, también hemos perdido a un talento como el suyo, lleno de vitalidad y siempre sorprendente.
En aquel ISA de los años ochenta, Salvador Lemis supo hacerse su propio mito. Le sobraba encanto para ello y capacidad para escribir textos e historias que llegaron en el momento preciso.
Solo su magia pudo poblar de personajes fabulosos el río cercano a la Facultad de Artes Escénicas. Roxana Pineda fue la protagonista de Galápago, una de las obras que devolvió la frescura no solo de la dramaturgia para niños y jóvenes del país.
A Salvador Lemis no le era extraña la poesía. Todo lo contrario. En esa fábula sencilla, con ecos de El pequeño príncipe y de sus propias memorias y juegos infantiles, muchos encontramos un reflejo que también hablaba de otras texturas y maneras de pensar en los espectadores de otros teatros posibles e imposibles.
Cuentan que, a uno de sus grandes amigos, Rolando Tarajano, un dramaturgo ya muy asentado le espetó: “ese teatro es para hacerlo en las nubes”.
Y así se llamó el grupo en el que Salvador Lemis también dejó un eco y una huella, poco antes de irse a México, de donde ya no volvió nunca a su país natal, Cuba.
Se ganó la vida como dramaturgo. guionista, profesor. Y no dejó nunca de persistir en ser él mismo. Tal vez por eso ya lo extrañamos tanto, un día de noviembre del mismo 2025 que nos arrebató a Osvaldo Sánchez, otro rostro esencial de esa generación de los 1980 que, a golpe de talento y desafíos, logró estremecer a la cultura cubana de ese instante.
Con textos como Galápago, su versión de un capítulo de Momo, con textos breves como Un girasol pequeñito o En mi oreja creció un arbolito, la dramaturgia que hizo para Tarajano a partir de uno de los relatos de su amada Marguerite Yourcenar, o con piezas como La ciruela, que no llegó a estrenarse, o en Tres tazas de trigo, Salvador Lemis nos dejó muchas provocaciones.
Galápago se publicó en la revista cubana Tablas y apareció en una de sus portadas, lo cual difundió esa fábula por toda la Isla y más allá. Recordar esos textos es buscarlo en muchos otros abrazos y proyectos, negado a envejecer, tratando de mantenerse siempre despierto en sus propios sueños.
Así reapareció en nuestras conversaciones, lo mismo en un recuerdo que nos compartía Rubén Darío Salazar Taquechel, que entre las páginas de un libro o una postal. Estaba y no estaba en esa Cuba. O mejor aún: estaba en Cuba siempre, aunque fingiera no saberlo ni darle demasiada importancia.
Cuando apareció la antología Dramaturgia cubana contemporánea, preparada para Paso de gato por Ernesto Fundora, nos alegramos de estar ahí, juntos. Nara Mansur Cao, Raúl Alfonso, el propio Salvador con su pieza La cebra y todos los demás, en un haz que sobrepasaba distancias y diferencias.
Pensar a Cuba desde el teatro, incluso a veces sin mencionarla aparentemente, nos unió en abrazos como el que nos dimos ya en México, donde le presenté con gusto a Marien Fernández Castillo y lo retraté junto a Eugenio Barba, Nelda Castillo y Eberto García Abreu, que ahora me dejó saber de la muerte de este amigo, de este ser iluminado e inolvidable.
Tenerlo en el recuerdo de esos abrazos y momentos compartidos será, para quienes lo vimos sonreír en esos días, también un punto en la memoria donde todos volvemos a abrazarnos.
Por ahora, aunque haya mencionado algunos de nuestros encuentros, lo que importa es cómo lo vamos a rememorar y a preocuparnos por preservar su obra y recordarlo como él merece: hermoso, provocador e irreverente, siempre a la busca de su propio Antínoo, como el emperador desde cuya máscara nos dijo tantas verdades la Yourcenar.
Seguramente, muchos añadirán anécdotas a esta imagen que quiere únicamente despedirlo con otro abrazo: imaginando que él seguirá haciendo teatro en las nubes, en el aire mismo, libre como fue y como siempre supo revelársenos.









