Gilberto Padilla Cárdenas: Por una literatura sin apellidos

Si hay una historia comienza hace poco más de tres años, en julio de 2014, cuando la compañía australiana Search Factory hizo públicas las conclusiones de un estudio en el que se afirmaba que buena parte de las búsquedas que realizamos habitualmente en Google carecen de sentido. Entre las más usuales, el estudio menciona las siguientes: “¿Es Lady Gaga un hombre?”, “¿Cómo hacer que mi gato me quiera?”, “¿Por qué no consigo casarme?”, “¿Existe Santa Claus?”, “¿Cómo ganar la lotería?”. Y por más absurdo que parezca, unas mil personas al mes se preguntan, según la investigación, “¿Cómo esconder un cadáver?”. Millones de usuarios consultan habitualmente en Google cómo consultar en Google.

Pero esta historia comienza cuando usted googlee lo siguiente: “Hay Festival”. Adelante, no sea tímido. Es más, esta historia comienza cuando Amalia de Pombo, directora del Hay Festival Cartagena de Indias, me invita a moderar un panel sobre literatura gay latinoamericana.

En los eventos literarios yo soy generalmente el que se queda solo, sentado a un costado de la mesa, mientras los demás bailan en la inauguración fingiendo que son un trencito. Yo soy ese porque en la vida hay roles que debemos cumplir. Alguien debe ser el académico gringo, y alguien tiene que ser la poetisa omnipresente con el vestido rojo, y alguien tiene que ser el nerd, y alguien tiene que ser el ensayista que fuma como todo un revolucionario, y alguien tiene que ser la traductora de pelo lila que vino desde Berlín especialmente para el coloquio. Yo soy el moderador de la mesa gay. Y no me quejo.

En realidad, sí me quejo, pero no en ese momento, sino cuando me llega la invitación, unas semanas antes. En general mi vida es tranquila, previsible y heterosexual. (“Los heterosexuales”, decía Heberto Padilla en Conducta impropia, “viven una enorme melancolía, echan de menos una cosa cualquiera: un paisaje, un zapato viejo, las cosas más raras…”.) La llegada de una invitación indeclinable —toda invitación con los gastos cubiertos y un plus lo es— a un panel sobre literatura gay funciona en mi cabeza como si me echaran encima una bolsa de hielo. Me tambalea. Pocas cosas en este mundo descansan tanto en la estupidez como eso que llaman literatura gay. Vaya. Lo dije.

Lo primero que hice fue escribirle a la directora del Hay Festival Cartagena de Indias, para pedirle ayuda y preguntarle si el tema era la literatura hecha por gays latinoamericanos, o la literatura para gays latinoamericanos, o más bien, la irrupción de los gays en la literatura latinoamericana, o qué. Y ella de inmediato me escribió de vuelta: Eso mismo.

Lo segundo que hice, entonces, al ver los nombres de los contertulios, fue escribirle a Alberto Fuguet, pidiéndole que por favor me aclarara este asunto de cómo es que la literatura se vuelve gay. Pero igual de confundido o quizás un poco molesto, escribiendo ya su propia intervención, Fuguet no tardó en contestarme: la literatura gay funciona por sugestión, como el aparato digestivo humano: uno caga siempre, me dijo, incluso sin ganas, cuando se sienta en el inodoro. Es cuestión de tiempo.

Créanme: se me estrujaron las meninges.

Para distraerme me puse —como esas urracas que tienen la manía de acumular en su nido toda una serie de baratijas heterogéneas e inútiles— a recopilar anécdotas cuya arbitrariedad me parecía irresistible para tratar el tema. Ejemplo al azar: un amigo me cuenta que la mejor y más valiente —o efectiva— elucidación sobre la literatura gay está en la frase de Lezama: “Me siento como el poseso penetrado por un hacha suave”. ¡Ay!

Por suerte, si algo entendí de la invitación, es que este no sería un coloquio epistemológico, y entonces, a Dios gracias, descarté de inmediato cualquier reflexión académica sobre lo gay. Y llegué, por lo tanto, a ese extraño sustantivo a secas: literatura. Recuerdo que pensé dos cosas. Uno: en aquella idea de Ricardo Piglia de que es literatura lo que leemos como literatura. Dos: en los libros de Pedro Lemebel.

Hay personas que tenemos una enorme dependencia del futuro inmediato, que vivimos gracias a la certeza de que ocurrirán pequeñas maravillas en poco tiempo. Por ejemplo: yo sé que en menos de trece meses hay un Mundial de Fútbol, y muchas veces me levanto de la cama solo por eso. O porque en cualquier momento caerá la nueva temporada de Fargo. Son detalles luminosos. Tener que asistir a un panel de literatura con apellidos me predispone en sentido contrario.

No me preocupa la idea de hablar en público, ni de saber por qué diablos me invitan a mí a una mesa sobre literatura gay. Ni siquiera pienso en eso porque ya alguien lo hará por mí. Me agobia saber que tendré que estar allí al menos una hora para discutir algo tan insensato. Eso, por no mencionar la sensación de pánico que me produce ver tan de cerca al ser humano convertido en trencito.

Intentaré ser claro: las tres tipologías humanas que más terror me dan en los eventos literarios son los catedráticos que cuentan chistes, los poetas que declaman y los hinchas de la literatura gay.

Después de días de masticar la impotencia de tener que ir, cuando finalmente llego al Hay Festival toda mi angustia se desvanece. Como dije, funciono a base de futuros felices. Y una vez que estoy ahí, descubro que a la semana siguiente todo habrá pasado y volveré a mi vida de serenidad con algunos dólares adicionales. Eso me alivia mucho, y desarrollo mi papel con cierta dignidad apresurada.

Mi rol en los festivales literarios, como dije al principio, es convertirme inmediatamente en el aburrido del evento. Esto consiste, principalmente, en no hacer lobby, en no acercarme a los cubanólogos, en no participar en las conversaciones que giran en torno a cómo logran sobrevivir los cubanos con un salario medio mensual de 23 CUC —según la Oficina Nacional de Estadísticas—, y en no bailar en la inauguración ni a punta de pistola.

Como todo el mundo sabe, cada rol tiene un antagonista. Por ejemplo: la chica sicalíptica que ocupa el rol “poetisa omnipresente con vestido rojo”, tiene su antagonista en el académico yanqui que cumple el rol de “te invito a un recital en cualquiera de las universidades del Ivy League”. Por tanto, y al igual que en la dramaturgia clásica, hay roles pasivos y roles activos. La poetisa de rojo y yo somos pasivos: estamos ahí para ser vistos y que los demás no intuyan que falta algo. Los roles activos, en cambio, están en las fiestas para ser sentidos y padecidos.

El catedrático gringo es un antagonista activo y debe fastidiar a la poeta. Está escrito. Su consigna secreta, su misión/visión, dice: “Hablo poquito español”.

Yo también tengo un antagonista activo, y lo digo con pesar. Se trata de la traductora medio borracha y de pelo lila que quiere sacar a bailar al aburrido. Esa es su consigna. Sacarme a bailar; a toda costa. No habrá excusa válida, no habrá argumento lógico, no habrá nada que la detenga durante toda la reputísima noche de inauguración. La traductora de pelo lila que quiere sacarte a bailar es capaz de sacrificar su orgullo, es capaz de malgastar cuatro horas de su vida diciendo la palabra “dale”, con tal de hacerte la vida imposible.

Otro antagonista directo de mi rol es el funcionario cubano. Este papel incómodo suelen desarrollarlo mucho los escritores locales con cargos administrativos en el Instituto Cubano del Libro, la Cámara del Libro o la UNEAC. Son tipos normales hasta que promedia la noche, pero se conoce que el alcohol —o el extranjero— los desquicia. Una vez que descubren que por donde pasan se hace un hueco, ven en el fondo del salón a la única persona sentada. Soy yo. Entonces vienen, se invitan, y empiezan.

El funcionario cubiche está generalmente presto. Cuenta chistes sexuales, pega palmadas amistosas. Yo aprieto los dientes y miro la hora, porque sé que falta poco para que la traductora de pelo lila vuelva a intentar llevarme al baile. Es lo que llamo, en términos científicos, “simplificación de antagonistas”. Sé muchísimos trucos como ese.

Todos ellos, y yo también, estamos allí componiendo la coreografía del Hay Festival. Tenemos un mandato y lo cumplimos. A la poetisa omnipresente le ha tocado vestirse de rojo, al catedrático gringo le ha tocado babearse, a la traductora de pelo lila le han dicho que me haga la noche imposible, los narradores gays parecen haber sido seleccionados por su habilidad para emitir un “Uau” agudo y estentóreo cada vez que la música cambia. Y a mí me invitaron a ese panel porque necesitaban un aburrido; alguien que piense con resignación que la literatura, cuando necesita apellidos, es generalmente mala literatura. Como eso que llaman literatura gay.