Ralph Gibson, M.J. in Little Mirror, 1980.
Comienzan las entrevistas de la invasión.
Después de varios años intentando borrarme de internet, después de tentar olvidos en el matadero mediático, la invasión hace resucitar mi nombre. Todavía soy yo.
Me contactan de todas partes. Es fácil. No he cambiado mi número desde marzo de 2013. Como en Cuba, he tenido solo un teléfono. Y es público, como en Cuba.
A la vuelta de 13 años de exilio, trato de responderles con menos momentum. Pero es en vano. Me desbordo desde el instante cero. Hablar me dispara el espíritu. Crepito de la cabeza a los pies cada vez que abro la boca. Lo mejor para mi salud mental sería callar hasta que termine la invasión.
Ante un micrófono en público, trafico narrativas al límite que yo mismo voy armando al instante, sin saber de dónde vienen ni a dónde van, hasta traspasar una raya que ningún cubano antes ha cruzado.
Sobrevienen visiones súbitas y, también, sus cadáveres. Los pongo físicamente en palabras. Los materializo con la metralla de una desesperación recién nacida y a la vez tan anciana. Emito, luego existo. No puedo controlarlo. Como el sol, no espero tu aprobación o reprobación. Cuando estoy hablando es como si tú no existieras.
A veces, hago inminente la invasión. A veces, la invisibilizo.
Lanzo conceptos espontáneos al azar. “Transición no democrática”, por ejemplo. Por ejemplo, “intervención unipersonal”. Ambos, de pronto, tan anticuados.
Conecto cables y provoco cortocircuitos, como si estuviera en el puesto de mando de la invasión. Arengo a mis contemporáneos desde el frente de guerra o me retiro con ellos a la retaguardia. Me contradigo, por supuesto, que es nuestro último recurso para no caer en contradicción.
Al hablar, cobra pleno sentido el siniestro silencio de los demás. Mi voz desata un ruido sinfónico. Al menos, mientras agito como un loco la batuta tardía de la invasión.
No lo hago exclusivamente por mí. Tú también eres responsable de mi plusvalía sonora. Hay una lasca de la invasión que nos ensordece a todos, tras haber sido sus testigos durante décadas. Una invasión que fue la promesa perenne del castrismo. Que le dio forma de plaza sitiada a nuestras biografías. Un fascismo familiar. De adultos, es lógico que no sepamos vivir en su ausencia.
Los Estados Unidos tienen una deuda pendiente con los más de veinte millones de cubanos que desde 1959 han estado vivos durante la Revolución. Pero las deudas de Estados Unidos con Cuba se quedan siempre pendientes. Las democracias tienen la triste tendencia a no democratizar. Me temo que este diario de la invasión se esté escribiendo en el aire.
Dan ganas de ponerse a gritar obscenidades en vivo en cada una de las entrevistas de la invasión. Me contengo apenas. La otra noche se me fue una especie de premonición: a Marco Rubio le quedan pocos días como Secretario de Estado. Después de soltarlo, las entradas del diario encajaban mejor.
Donald Trump será quien viaje a La Habana para ser congratulado por la carencia crónica de la invasión. Quien espera lo mucho, que espere lo demasiado.

Diario de la invasión (III)
El sitio de donde nunca ningún cubano será excluido es un diario de la invasión.










