“Parecían judíos en un campo de concentración… lo que algunos con melena. Flacos, con la piel sin brillo, les costaba hasta moverse, pero seguían hurgando entre los huesos resecos, con la ilusa esperanza de encontrar una brizna de carne,” me dijo el vecino que, con la voz trémula y los ojos aguados, se puso hasta poético, por un instante.
Pero ¿adivinan de quiénes estaba hablando? ¡A que no!
No, mal pensados; no de ancianos de mente ida y sin recursos, abandonados en algún asilo para la tercera edad, a lo mejor por su propia familia, ya financieramente incapaz de mantenerlos. No. Estas líneas no versarán sobre ese auténtico problema social de estos tiempos: esos viejitos consumidos, de paso lento y cansino, como a punto de desarmarse, que todos hemos visto hurgando en los repletos latones de basura, olvidado todo pudor ante la imperiosa necesidad, con la mirada perdida y olor a muertos vivientes.
Es duro ser viejo en Cuba, hoy. Muy duro.
Todo mayor de 60 años que aún permanece en el país, y no es miembro del Buró Político del PCC (¡a esos se les distingue por sus hinchadas panzas!), bien podría definirse como una víctima de su propia y ciega fe en las luminosas promesas pasadas de la Revolución. Ya saben: trabaja y sacrifícate dura y disciplinadamente ahora, por construir un futuro mejor… Y no solo tus hijos vivirán en el paraíso terrenal del comunismo perfecto, sino que en tu vejez todas tus necesidades materiales y espirituales serán cubiertas. Porque este gobierno sabe ser agradecido con quienes se lo dieron todo…
Lo malo es que llegó el futuro y es muy distinto del prometido Elíseo: apagones cada día más largos, carestía, inflación, cero transporte, falta de medicinas, hospitales colapsados. Una pensión patética, que no alcanza ni para comprar los alimentos de una semana y obliga a vender los cigarros de la cuota de la bodega para llegar a fin de mes. Y si no se tienen hijos fuera del país (shshsh… ya mejor no les digan “gusanos”: en la crisálida económica del exilio, se volvieron mariposas desde que envían remesas), igual se mueren de inanición. O por una septicemia, consecuencia de una llaga en un pie diabético, mal curada en un Cuerpo de Guardia sin medicamentos ni personal calificado, porque cada día más doctores están abandonando la medicina.
El final. Más lento o más rápido. Sin que ese mismo Estado al que le dedicaste tus mejores años pueda hacer nada por ti. Y, ¡cuidado!, mejor muérdete la lengua y mantente calladito. Porque, si lo acusas de traición, de engaño, de estafa, te responde que la culpa es del malvado bloqueo imperialista y de pronto el traidor eres tú, que no comprendes las complejas circunstancias del momento histórico. Y por decir lo que no corresponde. Lo que ellos no quieren oír.
Ah, ¿cómo comprender? ¿Aceptar que lo negro es blanco y lo blanco, negro… si lo dice el gobierno? ¿Todo con el estómago vacío y la piel sudada por el calor y acribillada por los mosquitos a los que el apagón y los ventiladores parados dan vía libre para campear por sus respetos?
Viejos y jóvenes por igual, hoy casi todos los cubanos somos rehenes del síndrome de la fortaleza sitiada: con el enemigo a las puertas, todo el que hable de que la cosa está mala y tal vez deberíamos cambiar el enfoque del asunto, se vuelve de forma automática un disidente. Un elemento incómodo, cuya voz hay que acallar a toda costa, para que no cundan el desaliento y el pánico. ¿En serio? ¿Más pánico? ¿Más desaliento?
A la población de la Mayor de las Antillas la comienzan a afectar seriamente las secuelas psicológicas de tanta zozobra. Tras 22 horas sin electricidad, cuando al fin llega, todo el mundo se apresura a cargar todo lo cargable: ventiladores de baterías, celulares, y hasta powerbanks y Ecoflows los más privilegiados. Temblando de expectación y preguntándose cuánto durará el milagro.
Aquellos a los que el preciado fluido eléctrico les llega de madrugada, saben que tienen que saltar de sus camas sin perder un segundo, para poner las bombas de agua, cocinar y hacer todo lo pendiente, mientras dure la cada vez más rara y breve bendición. ¡No es extraño que los cubanos, día a día, durmamos menos y con más sobresaltos!
Pero lo peor es la íntima convicción de que no va a mejorar. Por el contrario, a medida que el año se adentre en el verano, con el calor creciente y la amenaza de huracanes y epidemias trasmitidas por los omnipresentes mosquitos, solo puede empeorar. No se puede seguir así. ¡Necesitamos un milagro! Y ya; ahora mismo.
Cualquiera. Que algún genio de la tecnología criolla logre que las termoeléctricas Guiteras y Felton puedan quemar el pesado y azufroso crudo nacional. Que la generosa Rusia nos done 10 barcos llenos de fuel oil cada mes… ¡O que tiendan un oleoducto directo desde Sebastopol, atravesando los mares Negro y Mediterráneo y luego el océano Atlántico, hasta la necesitadísima Habana, en el Caribe! Que la bondadosa China envíe un millón de metros cuadrados de paneles solares. Que un Premio Nobel de la Física nacido en la Isla descubra cómo obtener energía ilimitada de la cáscara de plátano burro. O algo por el estilo.
Ja. Soy escritor de ciencia ficción, pero ni siquiera yo me creo que ninguna de esas maravillas vaya a concretarse. No en este universo. Utópicos imposibles. Así que queda solo considerar las posibilidades reales. Aunque no sean tan halagüeñas, sino más bien preocupantes. Conflictivas.
Que Marcos Rubio convenza a Trump para invadirnos, al fin… Con lo que se vería cuánto hay de cierto en lo que cacarean tantos embajadores y voceros del gobierno: que los cubanos defenderíamos la patria hasta la última gota de sangre. ¡Qué fácil es hablar de la hemoglobina derramada y el sacrificio ajenos! Desde la altura de los propios privilegios, cuando se está lejos de la primera línea y tampoco se sufren apagones ni hambrunas ¿no?
Ningún cubano quiere ver otra bandera que no sea la suya ondeando en El Morro. Al menos, no como primera opción. Pero, sinceramente, ¿qué más nos queda?
Estamos desesperados. Sí; DESESPERADOS. Así, con mayúsculas.
Los toques de cazuelas y el prender fuego a los basureros como respuesta a los apagones ya no funciona: la policía, astutamente, se niega a aparecer en el escenario de tales protestas, quizás consciente de que no tiene calabozos para encarcelar a todo un barrio, esposas para inmovilizar a tres generaciones de inconformes, ni balas para disparar contra todo un pueblo.
Y nuestro gobierno oscila entre dos actitudes básicas: la de “si no me muevo, no me ven” (o sea, meter la cabeza en la arena como el mítico avestruz, fingir que no está pasando nada para que nada pase) y la de “aquí no se rinde nadie” (la intransigencia absoluta, el “ni un paso atrás”).
Ambas igualmente absurdas: está pasando ALGO. Y muy grande, mayúsculo. Ya la gente no cree, aunque muchos aun callen y finjan. Un pueblo piensa como vive… y, si esto no es vida, ¡no pueden esperar que también dejemos de preguntarnos quién tiene la culpa!
Demasiado tiempo un país entero ha imitado (o seguido, mansamente) a sus líderes, metiendo la cabeza en la arena de la ideología y negando que este modelo socioeconómico hacía agua por todas partes. Pero, con la cabeza hundida no se puede comer… y ahora, de tan dóciles, todos enfrentamos la muerte por inanición.
Estamos llegando al límite de lo humanamente soportable. Si es que no lo rebasamos ya, hace tiempo, sin siquiera darnos cuenta. Si es que no estamos ya todos muertos y esto que vivimos es el infierno que nos ganamos a pulso por nuestros pecados. Mejor no nos pongamos místicos ni depresivos, ¿no?
Más bien pensemos que, como dijera Sofía, la inolvidable protagonista de El siglo de las luces de Alejo Carpentier (el escritor suizo más cubano): ¡hay que hacer algo! Y ya, antes de que sea tarde. Antes de que no haya remedio y Cuba se vuelva una isla de obedientes cadáveres.
El sacrificio y la obediencia ciega tienen que tener un límite. No podemos hacer como los lemmings. Esos prolíficos roedores que, cuando su población se vuelve demasiado grande, siguen a los guías de la manada y saltan al agua, donde mueren todos ahogados, pensando que se salvarán.
Un pueblo entero no puede ser obligado a cometer suicidio por inacción. Morir por no hacer nada. Morir por no decirlo: ESTO YA NO FUNCIONA, si es que funcionó alguna vez, fuera de los cerebros ilusionados de nuestros gobernantes. Y, si ellos no tienen el valor de decir públicamente “nos equivocamos, metimos la pata, acepten nuestra renuncia, prueben ustedes a hacerlo mejor, si pueden”; si ellos insisten en reprimir a todos los que se atreven a señalar las manchas que ya están devorando la luz del sol; y si hasta un ingenioso humorista va preso por parodiar al Discovery Channel para criticar la insoportable situación, ¿entonces qué…?
Por suerte o por desgracia, no tenemos armas con las que iniciar una sanguinaria guerra civil: bien que se preocuparon nuestros líderes de que hasta las escopetas de caza fueran un privilegio reservado a unos pocos.
También es ilegal criticar el socialismo. No existe separación de poder judicial, legislativo y ejecutivo, como en toda verdadera democracia. En consecuencia, y como el gobierno y el Partido y la Revolución son una única y monolítica entidad, carecemos de instancias neutrales a las que apelar contra sus desmanes.
No hay una Corte Suprema a la que se pueda recurrir para protestar contra el crimen de lesa humanidad que este tambaleante Estado está cometiendo contra su propia población. Como mismo una vez Fidel Castro acudió a denunciar a Fulgencio Batista, por el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952.
Entonces, como un día dijo Lenin, glosando a Chernishévski: “¿Qué hacer?”
Paradójicamente, creo que la respuesta podría tenerla… Quevedo. Y no me refiero al poeta y dramaturgo Francisco de Quevedo histórico, sino a su avatar novelístico, personaje infaltable en las novelas del capitán Alatriste, del español Arturo Pérez Reverte.
Ese Quevedo, ante cualquier situación que parecía desesperada, solía suspirar y decir: “no queda sino batirse”.
Así pues… no queda sino batirse, cubanos. Decir BASTA, HASTA AQUÍ LLEGAMOS, NO AGUANTAMOS MÁS.
Y algo pasará, entonces. Porque tiene que pasar. Aunque muchos vayamos a prisión por el inaudito crimen de atrevernos a disentir, a no cantar con el coro oficial de alabanzas y de empecinada negación de la realidad. Porque todo tiene un precio, en esta vida, ¡incluso la vida! Y porque nada gratis vale realmente la pena.
Se tenía que decir y se dijo.
Ah… y si, después de esta enorme y desesperada digresión, todavía les interesa saber de quiénes hablaba mi vecino, al que cité en el primer párrafo, así sea.
Era de los leones del Zoológico de 26. Lo impresionaron por lo esqueléticos y consumidos, sin comida ni ánimos ya para rugir. Como hebreos en Oświęcim, la localidad de Polonia en la que funcionaba el campo de concentración nazi de Auschwitz; atrapados tras las rejas, incapaces ya de luchar por su libertad, enfrentando la muerte por inanición.
Y eso fue hace unos meses, cuando aún Maduro gobernaba en Venezuela, así que en Cuba no faltaba tanto el petróleo y los apagones tampoco duraban nunca más de 20 horas. Hoy, que todo está peor, me da pánico hasta pensar cómo pueden estar esos infelices felinos cautivos.
Sospecho que muy bien podrían ya no estar. Haber pasado ya a mejor vida, si existe algo así como el cielo de los leones. Porque hasta el recio metabolismo de supervivientes natos de los reyes de la selva tiene un límite.
Ojalá los cubanos no lleguemos a nuestro límite de la misma manera: inermes, entre rejas, sin ánimos siquiera para rugir.

Diario de la invasión (II)
La invasión es el más tardío de nuestros derechos humanos. Todo imperio se merece un final sinfónico.









