¡Horror! Rafael Rojas se rasga las vestiduras, pega un grito desde el balcón de su villa de la colonia Roma. Le sube la presión, le falta el aire. ¡Un trago! ¡Pronto! Las criadas mayas arriban con el Alka-Seltzer y el mezcal.
¿Qué pasa? ¡Cómo que qué pasa! ¡Cuba está en camino de ser recolonizada por los yanquis! ¡El intervencionismo orangees el eterno retorno del plattismo!
Este es el mismo Rojas que hace diez años afirmaba en su Historia mínima de la revolución cubana:
“Si se suman todos los ejecutados, los presos, los exiliados, los guerrilleros rurales y urbanos y los simpatizantes de cualquiera de las organizaciones opositoras se alcanzaría una suma considerable, que no puede ser entendida como ‘minoría’. En todo caso, si los opositores no eran tantos como los 20 000 o 30 000 que defendían al gobierno, sí eran muchos más que los que entre 1957 y 1958 se enfrentaron a Batista. El concepto de guerra civil parece apropiado para describir la polarización que vivió Cuba en la primera mitad de los sesenta y que dejó secuelas duraderas en la población de la isla y, también, en el constante éxodo de cubanos hacia Estados Unidos”.
Si ese es el estimado de su historia para la etapa de la Limpia del Escambray, ¿cuál sería el cálculo de la oposición anticastrista para la época del 11-J? La “minoría” entre comillas ya era la inmensa mayoría y es la misma que hoy pide la intervención.
Por algún motivo oculto, Rojas sigue apañando a los enemigos de la mayoría minimizada y desprestigiando al único presidente estadounidense que ha sugerido la posibilidad de decapitar a nuestros opresores. Su campaña tergiversadora sitúa a Rojas en el campo enemigo de la nueva guerra civil.
Rafael Rojas sabe que esos “exiliados” que suma a su cuenta, son nada menos que la poderosa “comunidad cubana en el exterior”, designada como “activo estratégico” por la matriarca Cristina López-Calleja Hiort-Lorenzen, científica y represora, un recurso exportable, explotable y recolonizable que ha suplido a la economía cubana con al menos 6 000 millones de dólares anuales desde que Miami es Cuba. Vista desde el Palacio de los Jugos, la recolonización no es más que la tributación fiscal sin representación política.
¿Cuántos no renunciaron a tratar de entender a Rafael Rojas el día en que se comportó como un gruppie en un mitin político del procastrista Gustavo Petro? Por Jove, ¡y ese era el experto que escribió la Mínima Historia!
Lector holgazán, ¿por qué sigues leyendo a Rojas más allá del encabezamiento de sus artículos? No hace falta. Los argumentos de Rojas son siempre Las razones de Cuba en versión Cantinflas.
Radio Progreso habla su idioma: Rojas Hijo dice lo mismo que dijo Rojas Padre y dicen Rojas & Hnos. ¿Será la respuesta genérica inducida por la falsa conciencia de la nueva clase?
Rojas es el hijo de Rojitas, rector de la Universidad de La Habana en los tiempos legañosos y grises de la Perestroika. ¿Será que los fresas padecen de las limitaciones ideológicas y mnemónicas propias de su casta? Su último pataleo es la consecuencia obvia del Síndrome Antitrumpista Vulgaris.
La burguesía Rojas reacciona al unísono porque la unanimidad y el continuismo son parte de su herencia espiritual. Ahora Rojas piensa igual que el esbirro Bruno Rodríguez Parrilla, que lo canceló y lo empujó al destierro en tiempos del proyecto Paideia.
Regresen a Nietzsche, queridos lectores, no pierdan tiempo: “El filisteo considera que su propia formación impersonal constituye la verdadera cultura, pues por todas partes encuentra personas instruidas de su misma especie, y las escuelas, universidades y academias están adaptadas a sus exigencias”.
Rafael Rojas es un intelectual filisteo, ergo Rafael Rojas es antiyanqui como Bruno, Silvio, Guanche y Morena.
No olvidemos que el intervencionismo nos regaló el Malecón, pero que eso no fue todo, aunque nos sentemos en las piernas de Teddy Roosevelt cada vez que miramos al mar. Mucho más importantes fueron la ventaja democrática de la Constitución de 1901, el cine, la televisión, Fulton Iron Works, la literatura de Hemingway, el machete Collins, las garantías de la Enmienda Platt, el realismo de Leonard Wood, el hotel Nacional, el hotel Sevilla, el Riviera, el ingenio azucarero, el Yale y el Vivaporrú, la Ley Foraker, José Martí, Rosita Fornés y la electricidad.
La luz nunca faltó durante la presidencia de Gerardo Machado, ejecutivo de la Cuban Electric Company, una empresa mixta intervencionista si las hubo. El Capitolio Nacional es el colmo del intervencionismo artístico. Mientras que, por el contrario, el gran crimen del recolonialismo es haber permitido que la Isla de Cuba continuara siendo un estado esclavista después de la fracasada intervención de abril de 1961, con derecho a enviar brigadas de médicos encadenados por el cuello a cualquier parte del mundo, debido a que los yanquis se desentendieron del último estado confederado sureño y le permitieron consolidar su mínima revolución esclavista.
El ausentismo yanqui es el auténtico responsable de estos 67 años de castrismo. Desde abril de 1961 se puede hablar de un déficit, no de una plusvalía de intervencionismo en los asuntos internos de nuestra atribulada república; y, alternativamente, de un exceso de intromisión cubana en los asuntos internos de Venezuela, Bolivia y Colombia, este último, el país donde Rojas fue avistado mientras celebraba la victoria de un guerrillero.
No puede haber intervención buena con Patrick Leahy, Susan Rice, Arturo López-Levy y Ben Rhodes, solo porque Rojas lo diga, e intervención mala y desaprobada cuando se trata de Pete Hegseth y Mike Hammer. Es una dicotomía que existe solo en la mente de los Rojas de este mundo. Ha sido la Revolución Cubana la que nos hizo depender de los yanquis de todas las maneras imaginables y, a la altura de 2026, de todas las maneras inimaginables.
Entretenidos con las boberías de nuestro incauto columnista, casi se nos escapa la verdadera transición que sucede bajo nuestras narices, el terremoto epistemológico que Rojas y comparsa son demasiado obtusos para colegir. Hablo de la superación de la etapa Patria y Vida en el imaginario político cubano.
Patria y Vida ha muerto (¡he ahí una idea!) tan repentinamente como apareció en el panorama metonímico cubano. Ya es cosa del pasado, un souvenir en la tienda de matraquillas ideológicas. Sus protagonistas están en la cárcel o el exilio. Pichi Perugorría los expulsó de San Isidro. El mundo se ha olvidado de ellos, el movimiento fue dispersado y empapelado. ¡Pongamos un crespón tricolor en la encrucijada de Damas y Aguacate!
Lo que vino después, lo que está pasando ahora mismo en las calles oscuras de La Habana in extremis, es el movimiento Just Do It. La gente espera con entusiasmo, no una liberación por la poesía y las intervenciones artísticas arrabaleras, el rap o los discursos humanistas de un batallón de diletantes bravíos que le plantó cara a la dictadura en la época de la pandemia.
¡No! Ya todo eso se marchitó. Ellos tuvieron su momento, su primavera en la historia, no los plastifiquemos como estampitas de iglesia. Corramos un velo piadoso sobre San Isidro y su poshistoria.
La realidad actual demanda resolución, denouement: el arte del cierre. Aquellos torpederos y aquellos aviones que nos negaron el 17 de abril de 1961, los queremos ahora, ¡yaaaa! Los héroes de San Isidro fueron magníficos vendedores, nos ofrecieron empaquetada una posibilidad. Toda la gloria para ellos que nos dieron el 11-J. Ahora ha llegado la etapa del Just Do It.
La primera señal es el clon de Raúl Castro que ha salido a la calle agitando una banderita cubana manufacturada en Hialeah, pero esta vez es un Castro de acrílico, hecho en una fotocopiadora 3D, un poco más IA que el nonagenario original.
¡Ningún grupo lo ha reclamado como propiedad artística! Si el superproducido Guerrillero Heroico fue la obra de Feltrinelli, este Raúl mitómano debe ser una tomadura de pelo de Maurizio Cattelan.
Es el último Castro, Der letzte Mensch, y carece del aura de finalismo de los castrati modernos: también Sandro, Paolo y El Cangrejo están por la intervención. El pueblo y la famiglia temen menos a los yanquis que los burgueses filisteos villareños: el pueblo cavernícola solo teme que nuestro Paleolítico no termine nunca. Y está dispuesto a transarse por cualquier variante de un Neolítico.
Según Diario de Cuba, que recoge la opinión de un vendedor de mangos, “los cubanos de a pie no tenemos nada que perder con una intervención de los americanos porque no tenemos nada. Estamos en cero. Nada cuesta probar su sistema, que seguro es mejor que este”.
¡¡¡Un vendedor de mangos!!!
Creo que Rafael Rojas debería pasar el próximo semestre vendiendo mangos en La Lisa, alejarse un poco del asfixiante Centro de Investigación y Docencia Económica de Ciudad México y volver a La Habana para aprender de carretilla las lecciones históricas de nuestros carretilleros.

Diario de la invasión (II)
La invasión es el más tardío de nuestros derechos humanos. Todo imperio se merece un final sinfónico.










