El Escachalatas

Hay una hora exacta en que la ciudad aún no ha decidido si ser escombros o promesa. Esa hora en que la luz se arrastra como un líquido pardo entre los adoquines rotos, y el joven poeta —llamémosle simplemente el vidente— sale a caminar con un cuaderno bajo el brazo y cien pesos en el bolsillo. No es una moneda: es un ritual.

Todas las mañanas, en la esquina de la calle del Polvo y la Avenida de los Objetos Sin Nombre, se encuentra con El Escachalatas. No es un hombre, no es un espectro: es una proyección. Una arruga del tiempo que se le adelanta. Un futuro posible hecho de chatarra y paciencia.

Las calles que habitan ambos son un museo de lo que ya no sirve: radiadores que fueron pechos de casas, manubrios de bicicletas que pedalearon hacia ninguna parte, espejos rotos que aún reflejan el miedo de quien se miró por última vez. 

El poeta camina entre estos restos como quien lee un poema borrado: cada objeto es una sílaba ausente, cada escombro, un verso truncado.

Pero El Escachalatas no recoge chatarra. La interpreta. Con sus manos de hojalata y paciencia, desarma lo inservible para encontrar dentro la forma de lo que nunca fue. 

Es un arqueólogo del porvenir. Y el joven poeta, al verlo, se reconoce: ahí está él, pero con más herrumbre, con más silencio, con esa certeza que solo dan los años de mirar lo que otros tiran.

Cada encuentro se cierra con un gesto que parece menor y es absoluto: el poeta le entrega a El Escachalatas un billete de cien pesos. 

No es limosna. Es un contrato. 

Con ese dinero, el viejo compra una pizza —siempre la misma, siempre en el mismo horno de ladrillo— y la parte en dos mitades desiguales. 

La más grande la guarda para la noche; la más pequeña, la come frente al poeta, mientras el sol sube y dora los cascotes.

¿Por qué una pizza? Porque el pan es memoria, pero la pizza es promesa. Su forma circular recuerda el ciclo: lo que se rompe, lo que se reconstruye, lo que se vuelve a compartir. 

El Escachalatas no habla cuando come; mastica el tiempo. Y el poeta escribe en su cuaderno lo que escucha en ese crujido: una lección sobre la dignidad de lo precario.

El joven poeta teme convertirse en El Escachalatas. Por eso lo visita. Porque en ese temor hay una verdad más honda: ya es él. 

La chatarra que hoy pisa será mañana su paisaje; los objetos indescifrables, su vocabulario. Pero el encuentro matinal le revela algo esencial: no se trata de evitar ser escachalatas, sino de aprender a serlo con gracia.

El viejo no es un fracaso. Es un testigo. Alguien que supo que la poesía no está en la palabra intacta, sino en el rescate de lo deshecho. 

Cuando el poeta le da los cien pesos, no está pagando una deuda: está financiando su propio porvenir. Porque ese billete es el mismo que, en su futuro, El Escachalatas usará para comprar la pizza que compartirá con un joven que se le parece, en una calle llena de polvo y de luz.

Al atardecer, cuando el poeta vuelve a casa, pasa de nuevo por la esquina. El Escachalatas ya no está. Solo queda un círculo de grasa en el suelo, una lata aplastada y, a veces, un trozo de papel con una palabra escrita: «mañana». 

El poeta sonríe. Sabe que el ciclo se repetirá, que él mismo, con los años, ocupará ese lugar. Y que otro joven —tal vez más tembloroso aún— le dará cien pesos para una pizza.

Porque la poesía, como la chatarra, no muere: se recicla. Y en cada esquina de la ciudad un escachalatas espera a su joven poeta para recordarle que el futuro no es lo que viene, sino lo que ya estamos siendo mientras miramos los escombros.






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Por Orlando Luis Pardo Lazo