He intentado evitarlo.
Lo juro.
He escrito sobre científicos que envejecen, sobre virus que engañan al sistema inmunitario, sobre bailarines que parecen desafiar la gravedad, sobre políticos que desafían algo mucho más básico: la inteligencia.
He escrito incluso una novela donde se menciona a Cuba, pero no se vive en ella.
Mas, se me ve la pluma.
No la literaria. La otra. Y no hablo de eso de ser gay, que también. Me refiero a la marca de origen.
Porque quienes hemos vivido en una dictadura llevamos una especie de tatuaje invisible. Uno de esos que no se hacen en la piel, sino en la forma de mirar el mundo.
Podemos cambiar de país, de idioma, de pareja, de pasaporte o de profesión. Podemos incluso jurar que jamás volveremos a hablar de “aquello”.
“Aquello” siempre vuelve.
Resulta curioso observar cómo escritores que abandonaron sus países hace décadas continúan orbitando alrededor del mismo agujero negro.
Pensemos en Milán Kundera.
Llegó a Francia en los años setenta y allí murió casi medio siglo después. Escribió en francés. Fue recibido como un autor europeo más que checo. Sin embargo, cuando uno rasca un poco bajo la superficie, aparecen siempre las mismas obsesiones: el poder, la vigilancia, la manipulación de la memoria y la fragilidad de la libertad.
La dictadura se había quedado viviendo dentro de él mucho después de que él dejara de vivir dentro de la dictadura.
¿Y los cubanos?
Lo mismo ocurre con Guillermo Cabrera Infante.
Abandonó Cuba en 1965. Murió en Londres un montón de años después. Escribió sobre cine, sobre lenguaje, sobre sexo, sobre humor, sobre la noche habanera y sobre cualquier cosa que le permitiera jugar con las palabras.
Ergo escribió siempre sobre Cuba. Incluso cuando parecía no hacerlo.
Porque una dictadura tiene una habilidad extraordinaria: convierte el país perdido en un personaje literario.
Reinaldo Arenas es otro ejemplo evidente.
Su obra entera puede leerse como una larga conversación con el monstruo que dejó atrás.
No importa que estuviera en Nueva York. No importa que la Isla quedara a miles de kilómetros. La verdadera distancia no era geográfica. Era psicológica.
Y esa distancia nunca terminó de cruzarla.
Daína Chaviano, otra grande, ofrece una variante interesante.
Sus novelas viajan por el tiempo, por el espacio y por territorios donde conviven la fantasía, la historia y lo sobrenatural. Pero debajo de los viajes siempre aparece una pregunta recurrente: ¿qué significa perder un país?
No un territorio. Un país.
Son cosas distintas. Porque los territorios se abandonan. Los países permanecen dentro.
En otra cuerda, encontramos casos más recientes.
Carlos Lechuga, por ejemplo.
Uno podría pensar que un cineasta con ese verbo tan potente, fuera de Cuba terminaría explorando otros temas.
Y lo hace. Mas ahí sigue la sombra: la relación entre el individuo y el poder. La asfixia. La imposibilidad de escapar completamente de ciertos mecanismos de control. La nostalgia mezclada con rabia.
Otro tanto le ocurre a Orlando Luis Pardo Lazo.
Él parece confirmar la teoría de que las dictaduras son inmortales mientras alguien las recuerde. Su obra, escrita desde la distancia física y emocional, demuestra que uno puede abandonar un país, cambiar de ciudad e incluso de vida, pero hay regímenes que continúan llegando puntualmente a la literatura sin necesidad de visado.
¿Por qué ocurre?
Durante años pensé que era una cuestión política. Ahora sospecho que es algo neurológico. Las dictaduras son experiencias extremas. Y las experiencias extremas dejan huellas profundas.
Sabemos por la neurociencia que el cerebro recuerda con especial intensidad aquello que asocia con miedo, incertidumbre o supervivencia.
Un accidente grave. Una guerra. Una enfermedad. Una dictadura. Todas activan circuitos similares.
No es casual que tantas personas sigan soñando durante décadas con calles que abandonaron hace medio siglo. No recuerdan únicamente lugares. Rememoran estados emocionales. Y la literatura es, entre otras cosas, una sofisticada fábrica de recuerdos.
Existe además otro fenómeno: la dictadura se parece muchísimo a un ex tóxico.
Uno sabe perfectamente que la relación fue desastrosa. Que hubo manipulación, mentiras, control, humillaciones. Sin embargo, por alguna razón difícil de explicar sigue apareciendo en las conversaciones. No porque uno quiera volver. Creo que es porque se necesita entender qué demonios pasó.
La escritura funciona entonces como una sesión interminable de psicoanálisis. A veces, exitosa. A veces, no.
Hay quien consigue transformar la experiencia en literatura universal. Otros quedan atrapados en la denuncia perpetua. Y ahí aparece un riesgo considerable. Porque la dictadura es un tema fascinante, pero también puede convertirse en una cárcel estética.
Podemos caer en la tentación de escribir el mismo libro durante cuarenta años. Cambian los nombres. Cambian las ciudades. Cambian los protagonistas. Pero el libro sigue siendo el mismo. La herida sigue siendo la misma.
Quizá por eso admiro especialmente a quienes logran escapar parcialmente de ese destino.
No porque olviden. Porque integran. Hay una diferencia importante.
Olvidar es imposible. Integrar significa convertir la experiencia en una parte del relato y no en el relato completo.
Yo he intentado hacerlo.
De verdad.
Mis novelas no hablan directamente de Cuba. Mis columnas de vez en cuando lo evitan. Mis investigaciones científicas tampoco parecen especialmente vinculadas a la Isla.
Sin embargo, cada cierto tiempo alguien me dice que se nota. Que aparece en una frase. En una ironía. En una desconfianza particular hacia las verdades absolutas. En cierta alergia a los discursos épicos. En la sospecha automática que me producen quienes aseguran tener todas las respuestas.
Y entonces entiendo que tienen razón. Se me ve la pluma. Porque una dictadura no solo te enseña lo que es el poder. Te enseña a desconfiar de él. Te enseña a detectar la propaganda cuando aún está poniéndose los zapatos. Te enseña a reconocer la censura antes incluso de que llegue.
Y, sobre todo, te enseña que la memoria nunca abandona del todo el lugar donde aprendió a sobrevivir. Quizá por eso tantos escritores siguen escribiendo sobre “aquello”.
No porque sean incapaces de pasar página. Porque la página sigue formando parte del libro. Y porque hay experiencias que no terminan cuando uno cruza una frontera. Terminan cuando dejan de escribirse.
Y sospecho que algunas no terminan jamás.

Diario de la invasión (II)
La invasión es el más tardío de nuestros derechos humanos. Todo imperio se merece un final sinfónico.









