Héctor Antón: Kafka resucita en La Habana

Todo empezó cuando unos muchachos sedientos e hiperquinéticos que estudiaban grabado en la Escuela de Artes Plásticas de San Alejandro, en La Habana, intuyeron que algo los había separado en la convivencia privada y hermanado en la dinámica del arte contemporáneo. Desde entonces, una amistad sostenida con respeto, admiración y cariño, se encargaría de consolidar un binomio artístico que se mantiene activo hasta los días que corren.

El arte como motivo de discusión reemplazó al goce efímero de la intimidad. Un renovado deslumbramiento colmó a quienes empezaron a dialogar a un nivel más cerebral, para ficcionar juntos. Durante este proceso, iniciado en 2004, Celia González (n.1985) y Yunior Aguiar (n.1984) articularon una metodología de producción visual apta para evitar los clichés del sociologismo vulgar o la politiquería mediática de rumores escandalosos.

Las yuxtaposiciones forzadas o “armonía de contrarios” extraídas de la realidad, útiles para hilvanar una cadena de eslabones disparatados, desatan secuelas que activan el imaginario crítico de Celia-Yunior. Todo para buscar una confluencia entre flujo temporal y espacio detenido, la cifra y sus metáforas, el número y los símbolos que prevalecen en el diálogo cercano o remoto entre los ciudadanos y las instituciones rectoras del país.

De acento contextual, el toque fresco de esta producción visual lo constituyen las obras realizadas junto a otros artistas. Estas colaboraciones eventuales facilitan desechar el mito del artista solitario, tratando de alcanzar la excelencia, y oculto en una nube heroica, reticente a compartir sus hallazgos o fracasos a destiempo.

En el aspecto formal, la operatoria del dueto apropia tanto las acumulaciones del neorrealista Arman, el registro temporal del conceptualista On Kawara, los environments fantasiosos de Ilya Kabakov o el instalacionismo de sátira política explorado por el crítico, curador y artista cubano Antonio Eligio Fernández (Tonel).

Celia y Yunior parecen haber nacido para extraviarse y reencontrarse en un laberinto de contrastes. Esto los conduce a fantasear con el ingenio popular en tareas de sobrevida ante un discurso hegemónico ebrio de parquedad justificatoria, esa mano dura que no cree en lágrimas cuando establece medidas impopulares. En ciertas piezas, masa y poder sostienen un careo silente, a modo de work in progress.

En 2014 tuvo lugar la exposición Pan y Circo en la Escuela de Ballet, situada en las “Ruinas de Circo” del Instituto Superior de Arte de La Habana, proyecto inconcluso del arquitecto italiano Vittorio Garatti, quien años después haría una intervención retro-nostálgica secundada por las derivaciones povera de Kcho.

Pan y Circo aglutinó a una selección de artistas probados, emergentes y desconocidos, convocados por las curadoras Anamely Ramos, Gretel Medina y María de Lourdes Mariño para manipular un espacio no convencional del circuito galerístico. El trío coordinador del acontecimiento diseñó un nexo simbólico para caracterizar no solo las macrorelaciones opresivas de poder, sino también los microespacios disfuncionales del ocio cotidiano.

En una alternativa supuestamente distante de la vigilancia burocrática, ideal para liberarse y experimentar con los demonios, Celia-Yunior probaron fortuna cínica. Sobre la pared mohosa de un aula llena de escombros, estamparon en graffitis una tablilla de barras que describía el crecimiento poblacional de la Isla desde que se realizó el primer censo, en el siglo XVIII, hasta el más reciente, verificado en 2012.

La pieza era una luz con lámparas de emergencia, que destacaba los dos momentos en que se produjo un declive poblacional: en 1899, fin de la Guerra de Independencia, y en 2012, año del último censo. La visualización de datos en la obra -0,01% (2014) sacó de los archivos sellados por la conveniencia ese dilema íntimo que azotaba a Cuba en un período donde la economía fingía regocijarse de un estatus que obviaba el peligro de otro colapso.    

Ante el rojo del barro encima de las letras en rojo que enfatizaban esas cifras, uno recordaba un dicho de la marea pos-estalinista: “El rojo es un color que apaña todas las mentiras”.

¿En qué batalla (no precisamente de ideas) se hallaba el país cuando la natalidad descendió a un escalón similar al de la gesta independentista?

La Nueva Cuba se ha convertido en el territorio equivocado donde impulsar un proyecto de vida con mínimas garantías. A lo que debemos agregar el auge de la prostitución, el despliegue de la homosexualidad y la cantidad de parejas negadas a tener hijos o inclinadas a procrearlos fuera del país.

La contribución de Celia-Yunior a Pan y Circo también denotó la vitalidad de ese otro circo que es la recepción del arte contemporáneo en el ámbito local. No es casual que la pieza -0,01% fuera tildada de gesto solemne, tedioso y nada chic, con un incierto futuro comercial. En este sentido la pieza es totalmente autofágica, ya que cuanto la demerita ante los reclamos de un público fashion vendría a encarnar su razón de existir en su momento, lo cual le garantiza autenticidad.

“Hagan piezas menos densas y más potables”, le aconsejaría a Celia (sin Yunior presente) un aprendiz de artista-empresario, gozando sus quince minutos de fama hegemónica mientras dirigía una tropa de apoyo que ensamblaba una “instalación total”, puramente formal, capaz de impresionar a los sedientos de glamour y poder.

Esa obsesión por el white cube que enajena a los artistas ansiosos de conquistar los imprecisos límites del mainstream, no es algo que desvele o incida negativamente en la visibilidad de este dueto. Ellos dan la impresión de sentirse cómodos en los ángulos incómodos de la expansión museográfica. Un desarreglo que potencia su interés por cuestionar los códigos petrificados de la Institución-Arte, sin darle la espalda o virarse contra ella en desacato frontal.

Ningún asiento le vino mejor a Modelo escala (2013) que un pasillo de las salas dedicadas al arte cubano en el Museo Nacional de Bellas Artes. Como parte de la muestra colectiva Para quebrar los muros (2013-2014), curada por Aylet Ojeda, Celia-Yunior utilizaron al museo como medio para recalcar el envejecimiento de la jefatura estatal y sus factores humanos en el campo cultural.

En Modelo escala se amontonaban objetos en desuso cuya función histórica los obligaba a permanecer en el mismo puesto de siempre. Sillas, mesas, computadoras, devenían retratos no hablados de quienes los usaron hasta quedar neutralizados por la robotización que genera un esquema de patrón disciplinario. Mientras, en las paredes se desplegaron gráficos que informaban acerca de la edad avanzada de los trabajadores del museo a la hora del registro.

Otra vez los artistas pretendían remover un espacio arquitectónico muerto mediante el objeto como testimonio del sacrificio anónimo, humanización que volvía inoperante la persistencia del tedio y el anquilosamiento como garantía de asalariados longevos. Otra vez el proceso involutivo hacía acto de presencia en las intervenciones de quienes albergan tantas preocupaciones que es imposible sintetizarlas en una sola construcción visual.

Celia-Yunior esbozan una antidialéctica del remiendo político, un movimiento tan circular como irrepresentable. Tal vez sean los arqueólogos de una Neo-Revolución escatológica o los dinosaurios precoces de un compromiso inútil.

Para algunos creyentes en el enmascarado socialismo con rostro humano, Modelo escala apuntaba a una solución apocalíptica, encaminada a fulminar la resaca del entusiasmo colectivo que aún balbucea en los mentideros de una isla flotante. 

Cuba, país de viejos que contemplan la fuga de jóvenes profesionales, de jóvenes desplazados. El quehacer de estos artistas reafirma el estatus de una imaginaria sociedad perfecta, esa que cuando mira hacia el porvenir no hace otra cosa que morderse la cola para reorientar los giros virtuales hacia una inercia real.

En 2015, los cubanos vislumbraron los presagios de una apertura rumbo a un capitalismo de estado con modelo chino. “Mercado sin democracia”, diría el crítico y ensayista Iván de la Nuez. Cierta flexibilidad hacia la propiedad privada devolvió a los nativos la esperanza de que los jerarcas hubiesen perdido el miedo a que los astutos cuentapropistas amasaran puñados de monedas duras.

La sorpresa acaeció cuando un grueso de personajes retirados del Ministerio del Interior (MININT) y el Ministerio las Fuerzas Armas Revolucionarias (MINFAR) pasó a ocupar cargos de peso en firmas y corporaciones, instauradas para viabilizar una distención bélica rentable en términos de maniobras financieras legales.

Moraleja civil: “El discurso jubilatorio: la exigencia se pondría a levitar” (Roland Barthes).

Al concebir Encarnaciones (2015), Celia-Yunior sugirieron que hasta la publicidad pudiera ser el Fantomas de los aparatos de coerción ideológica, diseñados para clonar los referentes institucionales perpetuos así en la paz como en la guerra.

Encarnaciones es un diagrama en forma de embudo donde los diseños corporativos responden a un solo núcleo rector. La pieza reproduce logotipos de empresas vinculadas al MININT y el MINFAR, vinculación resaltada gráficamente. Ambos Ministerios sirven de pedestal a una superestructura concebida para la autofinanciación.

Una mezcla de frivolidad tercermundista y centralización económica que combate los flirteos discursivos en nombre de la sobrevida. Aquí el maquillaje aperturista desaparece ante los hilos visibles de las marionetas y los antiguos perseguidores, ahora vestidos de civil.

Ni cautelosos ni panfletarios, el dúo habanero refuta la noción del artista como ideólogo. En el limbo de los equilibristas, la operación consiste en una quimera sociológica, un ajuste de cuentas simbólico que persigue compensar la escasez de información escamoteada por los medios de difusión masiva.

Mediante esta búsqueda, concientizamos que el promedio de edad de la dirigencia política cubana y sus lustros rigiendo la nomenclatura es casi proporcional al onomástico de los habitantes del país, sin otra salida que vegetar o morir en su lugar de origen.

También nos percatamos de cuán equívoco puede ser el contrapunteo orgánico entre desarrollo como apariencia propagandística y subdesarrollo como esencia mental.

El repertorio ideotemático de Celia-Yunior nos aparta del simulacro artístico con sus trucos para embrujar al mercado y nos devuelve a la crudeza de la vida tal cual. Sin embargo, ellos también disfrutarían verse transformados en celebridades avant-garde y conversar sobre listados de marca en eventos o negociaciones privadas, junto a estrellas que irradian el fulgor de las ventas astronómicas. ¿Acaso no es este el objetivo solapado o evidente de todos los productores visuales cubanos contemporáneos?

Cuánto darían los nativos de a pie, esos sufridores ejemplares cubanos, porque esta manera de ilustrar el naufragio evolucionista perdiera vigencia. Ello devendría argumento para que el sombrío Franz Kafka no resucitara en cada rincón de la Isla, huésped de honor en el retorno del absurdo como emblema de una nación.