“Ayer me quedé mirándote pero no sabía que eras tú.
Me encantaría hacer algo de fotografía contigo.
Saludos”.
Ava, 15 de febrero de 2020.
El 14 de febrero de 2020 yo estaba sola. El director de audiovisuales Asiel Barbastro me había invitado a pasar por una filmación que tenía esa noche en Estudio 50, en La Habana. No era la primera vez que Asiel me invitaba a sus rodajes: me invitaba a hacer fotos. No me gusta hacer trabajo de foto fija en filmaciones porque, cuando entregas las imágenes, te hacen firmar un contrato en el que también tienes que “entregar el alma”. Para colmo, durante el rodaje te dicen que te muevas, que no puedes estar conversando con las actrices. Entonces a una se le ocurre que va a borrar todas las fotos buenas y que solo va a entregar fotos regulares, aunque suene a ocurrencia.
Pero en las filmaciones de Asiel no es así. Asiel me invita a hacer fotos y no me pide nada a cambio: ni contrato, ni alma, ni siquiera las fotos. Me deja hacer lo que me da la gana. Y yo aprovecho y hago lo que me da la gana, que la mayor parte del tiempo es hacer fotos, callada, tranquila, y observar.
El 14 de febrero de 2020 no tenía a nadie con quien celebrar y, tarde, decidí irme a Estudio 50. Al llegar no encontré cómo entrar y llamé por teléfono a la fotógrafa Jenny Sánchez —sabía que iba a estar trabajando allí— para que saliera a buscarme. Entré, Asiel me presentó a todo el mundo, me presentó a su esposa y, como siempre, me dijo que me sintiera libre de hacer lo que yo quisiera.
La mayor parte del tiempo estuve con unas muchachas a las que conocía, mientras se maquillaban y se preparaban para grabar. Luego hicieron un llamado para el set, donde se reunieron todos los modelos, y vi a Ava por primera vez. Me quedé deslumbrada por su androginia y su belleza, y le pregunté si podía hacerle un retrato. Creo que disparé una sola vez.
A veces me pasa que veo a una persona y siento que quiero retratarla: retratarla después, retratarla más. Con Ava sentí que era la persona que yo estaba buscando, que la había encontrado. Llevaba tiempo rumiando mi próximo proyecto, como hago siempre antes de empezar una serie nueva: la pienso, le doy vueltas, la conceptualizo, torturo a personas selectas a las que les digo constantemente lo que voy a hacer, lo escribo, hago pruebas y estudios… hasta que ocurre algo que me hace romper el hielo. Ese día, el encuentro con Ava fue decisivo.
Al día siguiente Ava me escribió para decirme que le gustaría hacer algo de fotografía conmigo. Le dije que sí, que le avisaría para mi nueva serie. Para muchas cosas soy muy rápida —por ejemplo, el amor—, pero para mi trabajo soy lenta. Me cuesta tomar decisiones porque siento que todo debe estar demasiado perfecto y casi siempre tengo que repetirme que las cosas hay que hacerlas sin perder el tiempo.
Entonces llegó la pandemia. Dos años después, por fin, retraté a Ava.
Ava (Galería):

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn
























