Soy uno de los presos políticos de Cuba. ¿Cuándo saldré libre?


Un dibujo de una serie de 2021, cuando Luis Manuel Otero Alcántara estaba sometido a una vigilancia cada vez más intensa.
© Luis Manuel Otero Alcántara, cortesía del artista.



A comienzos de abril, en medio de una creciente presión estadounidense, el gobierno cubano anunció la liberación de más de 2000 presos en lo que la embajada cubana en Washington calificó de “gesto humanitario y soberano”. La embajada afirmó que la amnistía no se extendería a quienes hubieran cometido “delitos contra la autoridad”, una fórmula que suele aplicarse a los disidentes políticos. En otras palabras, no me incluía a mí.

Llevo casi cinco años en prisión en Cuba. Fui detenido en julio de 2021, junto con cientos de personas cuyas manifestaciones en su mayoría pacíficas, expresiones de disenso, críticas a funcionarios públicos y marchas en la calle han sido tratadas como delitos en Cuba. El gobierno cubano ha negado que mantenga presos políticos. Pero muchos de nosotros seguimos entre rejas.

Mi condena debería terminar a comienzos de julio. Dentro de la prisión he oído muchos rumores: que el Estado no me va a liberar, que en la isla se están acabando los alimentos y el combustible, que el presidente Trump va a bombardear Cuba. Aunque la administración Trump ha exigido la liberación de los presos políticos cubanos, no sé si se me permitirá salir en libertad, ni qué me ocurrirá a mí o a mi país.

Pero sí sé que, cuando el gobierno dice que el sistema político de Cuba no está sujeto a debate en unas posibles negociaciones con Estados Unidos, lo que quiere decir es que la disidencia política casi con toda seguridad no será despenalizada y que personas como yo seguirán yendo a la cárcel.

En 2018 cofundé el Movimiento San Isidro, un grupo de artistas, periodistas y académicos que lucha por mayores libertades civiles en Cuba. En mi obra, gran parte de la cual consistía en performances, intenté abordar las contradicciones entre la retórica revolucionaria grandilocuente de mi gobierno y la represión cotidiana, el racismo y la escasez que padecen los cubanos.

Utilicé las redes sociales para hablar con otros cubanos sobre la necesidad del cambio. Cuanto más popular y visible me volvía, más me percibía el Estado como una amenaza; cada vez era más vigilado, hostigado y detenido por cargos como “ultraje a los símbolos patrios”.

En 2021 fui arrestado antes de una de las mayores protestas en mi país en décadas. Técnicamente, mi detención se debió al uso de la bandera cubana en algunas de mis performances, algo prohibido por una ley que regula cómo pueden exhibirse los símbolos nacionales. Ese cargo, junto con desórdenes públicos y desacato, es por lo que he pasado años encerrado en una prisión de máxima seguridad, rodeado de hombres que han cometido delitos políticos y de otros que han cometido delitos violentos.

Mi vida dentro de la prisión dista mucho de ser perfecta. Cada día es un ejercicio de monotonía: la misma campana de madrugada para despertarnos, los mismos recuentos y las mismas cámaras de vigilancia, los mismos canales de la televisión estatal rusa o cubana, las mismas comidas escasas.

Pero es una vida de relativa tranquilidad. Tenemos generadores de gas, así que aquí la electricidad no suele irse como ocurre a menudo en el resto del país. Aunque el agua para las duchas llega a horas irregulares, llega. Puedo hacer llamadas telefónicas vigiladas de unos 10 minutos cada una, y así fue como pude escribir y transmitir este ensayo, con la ayuda de mi amiga Coco Fusco.

Los guardias permiten que nuestros amigos y familiares nos traigan comida adicional del exterior. Tras muchas conversaciones, aceptaron que mantuviéramos nuestros propios peinados, en lugar del rapado típico de la cárcel, para que podamos parecernos más a nosotros mismos cuando recibimos visitas. A veces, los guardias nos dejan ver una película.

Y, lo más importante, me permiten pintar. Es lo que me ha mantenido vivo. Creo que el Estado sabe que, si no pudiera hacer arte, me moriría, y por eso los guardias me dejan hacerlo: para que no me convierta en un mártir. Paso horas y horas al día pintando sobre cartón, en los suelos, en las paredes. Pinto mi desesperación, mi aislamiento, mi frustración. Mis cuadros son como un almanaque: una guía de cada día que he pasado encerrado.

Sé que, para lo que significa ser un preso en Cuba, he tenido suerte. Las autoridades saben que soy conocido fuera de la prisión y no me hacen daño. Los que estamos en esta cárcel hemos trabajado duro —mediante el diálogo y con el ejemplo— para hacer de este un espacio en el que la gente pueda convivir, algo que otros reclusos me han dicho que no siempre ocurre en otras prisiones de la isla.

Sé que los guardias no tienen la culpa de que yo esté aquí. Nuestro sistema político destructivo y disfuncional no es culpa suya.

Pero el sistema sigue ahí. Después de las protestas de 2021, el gobierno cubano aprobó un nuevo Código Penal y la llamada Ley de Comunicación Social, que restringió aún más la libertad de expresión. Ahora, una sola publicación antigubernamental en redes sociales puede llevar a una persona a la cárcel durante meses o años.

Decenas de artistas, activistas y periodistas independientes han huido del país, mientras que muchos de los que se quedan y expresan su descontento y su deseo de un futuro mejor han sido hostigados, detenidos o encarcelados. Incluso cuando las condiciones aquí han empeorado bajo la presión de Estados Unidos, el gobierno ha dejado claro que su control del poder no es negociable.

Lo que eso me dice es que el gobierno sigue teniendo miedo de personas como yo, que no hemos tenido miedo de desafiar la autoridad del Estado. Las flexibilidades que he visto conceder a muchos otros presos —la posibilidad de optar a la libertad condicional, las reducciones de condena, las salidas al domicilio— me han sido negadas. He perdido la cuenta de las huelgas de hambre que he hecho para expresar mi rabia, para mostrarle al Estado que no he cedido a sus intentos de quebrar mi voluntad, para tratar de hacer que el mundo escuche.

En mis momentos más oscuros o más inciertos, intento recordar que mi supervivencia y mi trabajo continuo como artista son símbolos de esperanza y sacrificio para otros cubanos. Pienso en ello como si estuviera intercambiando mi tiempo, como si cada día que paso en prisión no fuera un día perdido, sino otro día más tratando de hacer a mi país más libre y más justo. Como otra de mis performances, pero una que debería haber terminado hace ya mucho tiempo.



* Sobre el autor: Luis Manuel Otero Alcántara es un artista y activista cubano.


* Artículo original: “I’m One of Cuba’s Political Prisoners. When Will I Go Free?” Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.