Valdemar / Voldemort

Para Orlando Luis Pardo Lazo


En el dilatado y alto traspatio que comparten, Ignorancia y Soberbia (bestias tan nocturnas como diurnas) ven crecer su monstruosa capacidad de despreciar al otro. Son vecinas y están siempre dispuestas a festejar. 

Las grandes tragedias clásicas no son alejas a semejantes sentimientos. Aquí abajo se oye un continuo rechinar de dientes. De fiesta en fiesta, en todos los convites que Ignorancia y Soberbia organizan hay un invitado principal: la Gran Ambición de Predominio. Ella no viene sola. Se hace acompañar por un reguero de vasallos que se ejercitan en la ineptitud, la maldad y el ridículo.

Orlando Luis Pardo Lazo y yo estábamos hablando de las momias de Guanajuato, visitadas y filmadas con cámara en mano por un Werner Herzog en estado de entusiasmo (se encontraba en medio de la realización de su Nosferatu, el fantasma de la noche), y olvidé preguntarle al autor de Uber Cuba si había recorrido, como yo en un tiempo ya irrecuperable, las salas del museo. 

Allí las momias descansan y murmuran sus secretos. No son cuerpos clínicamente embalsamados (se trata, ya se sabe, de una momificación natural) y hablan, según algunos, igual que esos moribundos que, al no darse cuenta de que ya pertenecen al Reino de las Sombras, se transforman en perorantes ininteligibles. En tal trenzado de conceptos estábamos Orlando y yo cuando, de repente, apareció su referencia al señor Valdemar.

A fines de 1845, Edgar Allan Poe dio a conocer, como una rareza de las prácticas de hipnotismo, el caso del señor Valdemar. ¿El texto, tan notorio, era, según diríamos hoy, la transcripción/descripción de un falso documental? Supongo que sí. 

Por esa fecha el señor Valdemar andaría por los sesenta años, poco más o menos, aunque se veía muy avejentado debido a alguna enfermedad. Mucho tiempo después, en la novela Harry Potter y la piedra filosofal, de 1997, apareció Voldemort, mago del mal y dueño de los mortífagos. Ignoro si J. K. Rowling, la autora, ha reparado en la casi perfecta homofonía de esos tenebrosos nombres: Valdemar/Voldemort.

Consciente de que estoy, por estos días, leyendo mucho más que antes, me he dado cuenta de que ya no hago fotografías cuando voy por la calle. Las lecturas se lo tragan todo, lo absorben todo, hacen una digestión barbárica y eso me salva de la testificación. 

No tengo que enfrentarme a la grotesca seriedad de los mimos, por ejemplo. De momento me olvido de ellos, a pesar de que gritan, injurian, apedrean y dan vivas a nosequé.

Hay una diferencia perentoria entre fijar el tiempo y suspenderlo. La fotografía tiende a fijarlo, la pintura a suspenderlo. Algo de eso leí en una novela de Jérôme Ferrari. 

No hay que temerle al olvido de ciertas cosas porque el pasado tiende a repetirse. Por ejemplo, cuando Humboldt visitó La Habana dijo que era una de las ciudades más asquerosas que había visto. Consciente de la ventaja que tiene el acto mirar en retrospectiva, me resulta difícil no ver determinados sueños en su calidad de presagios. La verdad es que no sé cómo podría tomármelo de otra manera. Ese, empero, es el problema de contar una historia donde se esconde una certeza crucial, ¿o no?

¿Cabe la posibilidad de que Valdemar se haya mudado, como espíritu reacio a la muerte (más bien estupefacto), al cuerpo de Voldemort? Este sí le teme, y mucho, a la muerte. La aleja de sí por todos los medios a su alcance. Esconde zonas de su alma en horribles objetos encantados que él mismo fabrica, y así la ata a la tierra, al orbe vital de la manifestación. En verdad, Valdemar nunca se opuso a la muerte. Él es una conciencia envuelta en palabras y encerrada en un cuerpo que se descompone. 

(Entre paréntesis: estaba pensando, ahora que una época termina y empieza otra, que el 4 es menos interesante que el 3. Un trío posee una intensidad exhausta, como de hambre por ausencia, que no se da en la a ratos aburrida simetría de un cuarteto. Claro está: todo depende de la identidad de los participantes. A la larga, uno de los ingredientes que no puede pasarse por alto en este viaje de una larga noche hacia el día —Eugene O’Neill— es la cuestión del trío o de la orgía cuaternaria, a 8 manos y 8 piernas. La Muerte Roja no va a sorprender al príncipe Próspero así como así. ¿Cogerlo de mansa paloma? No way, papi.)

Hay una mancha en el techo del dormitorio y la he llamado “El ardid de la mariposa-pelvis”, porque es bastante seguro que sea una suerte de aviso lleno de lucidez e intención. La mancha, que no puede ser ni de café ni de sangre, produce una pareidolia y no deja de constituirse en una tenue llamada, de índole espiritual, acerca de las cosas que hoy me suceden. Y es una pelvis que parece una mariposa con las alas abiertas, o viceversa. Mancha limpia, por así decir. Lo contrario sería el reguero de fétidos estigmas provocados por el cuerpo del señor Valdemar.

Tanque de agua roto desde hace tiempo —agua que humedece y macula—; escritor que no está al corriente de los pequeños desastres. 

He ahí, pues, los hechos en el caso del señor Valdemar. The facts in the case of Mr. Valdemar, así se titula el texto de Poe. Los sistemas fallan, los órganos se arruinan. Van pudriéndose. Pero nadie se atreve a decirle al señor Valdemar que, en realidad, él ya murió. Sus más fieles sirvientes son capaces de asesinar a quien, imprudente, enuncie esa verdad.

“Pipo, ¿y el anillo paʼ cuándo?”, grita alguien.

Hasta el momento nadie sabe cómo es, en tal estado, la voz del señor Valdemar, atrapada entre dos mundos: el de la vida que se apaga con renuencia y el de la muerte que sobreviene lánguida y se apodera de todo. 

La sagacidad de sus percepciones —ahora que ya no se supeditan al tiempo, ni a las reglas de ninguno de esos mundos— le permite al señor Valdemar (¿acaso no vive en una realidad cuántica?) asomarse transformativo, siglo y medio después, a la existencia de Voldemort. 

Es en ese instante cuando imagina que se alza de su cama nauseabunda, llena de líquidos burbujeantes, y se pone de pie. Masculla tembloroso algunas sílabas. Es vestido por sus asistentes y echa a andar.