Como mujer, no tengo país.
Como mujer, mi país es el mundo entero.
Virginia Woolf
La estirpe de mujeres artistas cubanas de esta generación está asentando prototipos que van más allá de la sensibilidad y del refugio humano para salvarnos del caos que nos persigue.
Es una herencia cultural que dejaremos como reflejo del buen arte para la posteridad y tengo la certeza de ello en la obrade Sirya Arias (La Habana, 1992), con sus cinco piezas de acrílico sobre lienzo de 2×2 metros, que conectan con algunas deidades de la religión yoruba afrocubana: Oshún (“Condición de Isla”), Yemayá (“Sí, fue una mujer”), Shangó (“Tienes que ser una mujer fuerte, a mi madre”), Obbatalá (“Adentro”), Elegguá (“En el mar se acaba el camino”). Las obras forman parte de la exposición personal Tierra que será inaugurada este viernes 17 de abril en la galería _bruta de Madrid (C. Mercedes, 36), con cuatro artistas invitados: Maité Zamora, Mila Oliva, Teresa Yanet y Arnaldo Lescay.
Sumida en lo intrínseco, Sirya Arias va trazando líneas inconscientemente en forma de limpieza espiritual. No puede tomar distancia, porque se convierte en acrílico del mismo matiz. Pinta todo lo que se vuelve tangible, hasta que el tiempo se dilata en ese constante retornar al ayé (Tierra) matria, con los viejos recuerdos de lo que se llevó de Cuba y lo que le va quedando. Y de ese abrazo que no le dio tiempo dar a su madre, a sus amigos. Y la morriña de haber dejado atrás lo que había conseguido, pero que no le era suficiente, porque aspiraba a algo más que una habitación propia.
Sirya Arias engendra una obra simbólica que compone un estilo que transforma la vida ordinaria en milagrosa, y que se manifiesta y recurre en la aterradora emigración, en la cubanía concibiéndose depositaria. La artista fusiona elementosque me hacen pensar en la palabra mar, traslúcida, según la intención con la que nos sugestiona el agua a los que moramos en tierras secas, en los ásperos caminos.
El cuerpo y los pensamientos son aquí como otra expresión de dolor y resistencia. No importa si el padecimiento cambia o si ella lo transforma en grandes líneas. A veces, respira hondo para saber si aún es espesor.
Manos desfiguradas, nerviosas, que claman, esperan, alivian. Cuando las manos se entregan confiadas, ese filtro entre la artista y el espectador, que tal vez asiste impasible, crea magia y complicidad desde la delicadeza de los pinceles. Hasta el más escéptico se dejará seducir por los efluvios del espacio enmarcado.
La fertilidad, el amor, la sensualidad, los colores, los atributos, los rituales, son otros de los elementos que Sirya Ariasmezcla y se asemejan a cada orisha en representación de lo más exótico de la Cuba mística con su niñez, junto a la enigmática mujer en la que ella ahora se ha convertido: “Con las cosas desnudas, siendo ella misma”, en equilibrio entre lo cotidiano y lo adaptativo.
Apreciar estas piezas es irrumpir en el universo de Sirya Arias sin poder escaparnos de lo evidente. Ese universo propio que ella nos lo hace nuestro, donde detallamos la fuerza fascinante de su arte, con la dignidad de esparcirnos verdades delante de los ojos y hacérnoslas sentir profundamente, hasta detenerse en las orillas, donde no puede quedar invisible su talento.
Sirya Arias comparte los fantasmas que la anidan. Y yo me descubro entonces menos sola en nuestra Isla. Me quedo más protegida y, también, ya a punto de remontar vuelo, junto a tantas otras mujeres cubanas.














