La revelación, de Pavel Urkiza.
Eran mil y una noches de su viaje a La Habana
el regreso en bateas y en blancas palanganas
de cruceros que arrían la bandera cubana
para izar la de yankees curiosos y distintos
que estudian sobre el campo antiguas dictaduras
como una especie rara, un capricho o un signo.
Se internó en el Salón de los Pasos Perdidos
buscando resplandores de diamantes robados:
una negra empleada de dientes amarillos
le muestra las salidas de bronce troquelado
con el nombre y la fecha del reino de Machado.
Le dijo: “Aquí escondido, en la entraña del monstruo,
hay un miasma de tubos y falsas plomerías
que conduce al sanctasanctórum de la mugre,
al lugar donde todos en uno convergían”.
Esa noche –trocado, oculto entre las sombras–
espera por los muertos que pasan vacuum cleaner:
difuntos senadores enroscan las mangueras
a los negros tragantes de la senaduría
y arrastran las cabezas de las aspiradoras
por las losas de mármol, ya polvo de República.
En sus fraques crujientes hay un brillo de tumbas;
los botones caídos van a dar a la escoba.
El cepillo de cerdas de las aspiraciones
tiende una trampa sucia al polvo enamorado.
Con plumeros de aves de extintos paraísos
sacuden escabeles de regias esculturas
de diosas que bajaron de secretos Olimpos
para ser empleadas de la Isla de Cuba.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn









