La toma amistosa de Cuba por los yanquis, Parte IV

El cubano es el pueblo más imbécil del mundo. 

Después de la Guerra hispano-cubano-norteamericana los puertorriqueños resolvieron su situación poscolonial de la manera más brillante. Comenzaron a vivir al amparo de un imperio emergente sin preocuparse demasiado por el falso problema de la soberanía. Preservaron su independencia cultural, dialectal y gastronómica, y una posición política estable, honrosa, desinfectada de revoluciones comunistas. 

En 2026, durante quince minutos, Bad Bunny, de Vega Baja, fue el hombre más importante de USA.

En cambio, Cuba optó por, o fue empujada a la soberanía según la concibieron los viejos generales y doctores, reliquia de una guerra patria que había comenzado en 1850 con Narciso López y sus filibusteros. Estábamos en 1898, y los procónsules yanquis lograrían en cuatro años lo que los españoles no habían conseguido en 400. 

¿Por qué rechazar la toma amistosa si estábamos condenados a ser, por cuestiones de destino manifiesto, el último estado esclavista del sur? Nuestra situación durante los últimos 67 años ha sido peor que la de Haití. De hecho, existe una vibrante colonia de cubanos expatriados en Port-au-Prince. 

Luego vino el machadato y la siguiente toma amistosa de Cuba por parte de Franklin Del Ano y su vedette Benjamin Sumner Welles. El embajador yanqui conspiró con los terroristas del ABC para forzar al más ultramoderno de los cubanos a pactar su retirada hacia Coral Gables. 

Sargentos facinerosos tomaron el poder, designaron juntas, tutelaron el desorden y la masacre más horrenda que haya conocido América Letrina: así gobernarían a troche y moche durante décadas. 

La toma había sucedido en tiempo récord y de modo amistoso. Gerardo Machado fue desterrado de su Capitolio y, eventualmente, Jorge Mañach, fundador del grupo ABC y premio El Cangrejo de 1958, continuaría avanzando marcha atrás hasta llegar a Puerto Rico en 1960 y morir allí como una rata. ¡Cojan soberanía!

Compañeros y compañeras: para gozar realmente de la toma más amigable de entre todas las tomas amistosas, tendríamos que transportarnos en el tiempo al período 1956-1959. Hordas de gringos curiosos armados de camaritas remontaban las cordilleras del Oriente y retrataban a un joven guerrero que les concedía audiencias en su campamento de veraneo.

ABC, CBS, NYT y NBC eran las nuevas organizaciones terroristas que difundían desinformación y postales turísticas. Nuestro presidente era Fulgencio Batista, y el flamante embajador yanqui Earl E.T. Smith arribó a nuestras playas en 1958, decidido a resolver la más reciente desguabinación política de la colonia sureña esclavista en perpetua rebeldía.

Habla con eminencias, se entrevista con personas influyentes, consulta a politólogos: el veredicto es unánime. De caer en manos del joven Fidel y su hermano Raúl, entrenado por la Stasi, la desestabilización de América Letrina y partes de Disneylandia estaba asegurada. Debía impedirse a toda costa el derrocamiento del viejo taíno constructivista, ex agente saboteador del ABC, constructor del Palacio de los Deportes, el Sanatorio Anti-Tuberculosis y la Raspadura. 

Mr. Smith escucha. Vuela en el primer avión con rumbo a Washington D.C. y se aparece en el Departamento de Estado. Clama al cielo (raso, con tubos de luz fría) y pinta en pocas palabras el destino atroz de la isla caribeña: comunismo, despotismo, infiltración rusa, Holodomor, Comintern, dengue…

Los funcionarios ríen, dan palmadas sobre los escritorios, tiran trompetillas. ¡Smith había llegado tarde! ¡El Departamento de Estado, en pleno, estaba de acuerdo en la toma amistosa de Cuba! Embargo de armas para el insolente mulato retranquero; alfombra roja para el joven idealista y sus barbudos. 

¡El Departamento de Estado de USA era ya el Instituto de Amistad con los Pueblos!

Fast-forward siete décadas: la chikunguña y la peste arrasan a la población civil de los pueblos reconcentrados por Valeriano Ruz Smirnoff Castro. Faltan la luz, el agua y la jama, ese maná que llega en paquetes de afuera y que un negro del reparto había vuelto viral, clamando en el desierto: “¡jama, jama, jama!”

El negro que clamó en el desierto habanero había sido arrojado en una jaula, amordazado y maniatado, y obligado a retractarse y admitir: “¡Eppur se jama!”. Era el sistema del mundo patas arriba: Galileo à rebours. En un muro del barrio San Isidro había aparecido un grafito que decía, textualmente: 2+2=5.

Orwell era un comemierda: aquello era el reality en fase de desintegración termonuclear.

Los consejeros cubanoamericanos se personaron, como tantos embajadores antes que ellos, en el State Department. Exigían barajar opciones, remediar la situación desesperada de la Isla sediciosa y ridícula. Al contrario de Puerto Rico, con su problemita de welfare, Cuba parecía haber vaciado no solo las arcas de la Seguridad Social y el Medicare de la Florida, sino las reservas de petróleo de toda Venezuela, la gran nación de la llanura, diez veces del tamaño de Cuba. Coroneles obesos aficionados al oro negro, cansados de saquear diamantes y esmeraldas africanas, lo cocinaban y lo fumaban en pipas de cristal. Era una sustancia enloquecedora.

La recomendación de los plenipotenciarios era una invasión que arrasara con todo. La Opción Cero. No cometer el error de 1898 y dejar en las manos de los ineptos el timón de la nave del Estado. Someter a los isleños, humillarlos, restregarles el hocico en el fango de Bahía de Cochinos. ¡Esos miserables arrastrados cerdos comunistoides! ¡Si no los conocería bien el Secretario Rubio, habitual de la tertulia del Versailles! 

Bombardear la Raspadura, cañonear los malditos edificios de la Plaza Cívica, comenzando por el José Martí de Juan José Sicre. Volar el Palacio de Bellas Artes y todo el arte malo de los últimos cincuenta años. ¡Fuera chikunguña!

¡Ay, pero llegaba tarde, otra vez, la queja de los disidentes y odiadores! La solución trumpista resultó ser amistosa. Por primera vez en la historia de Cuba, la amistad sería un acto de agresión justificado. ¡La amistad sin medida ni clemencia! Porque, según el mandatario y su mandarín cubano, la toma amistosa ya llevaba al menos seis décadas rodando, explicó Rubio en la reunión a puertas cerradas. No había nada que añadir, nada que inventar.  

Los paquetes de comida, medicamentos y chucherías; los 7000 millones de dólares anuales en remesas a las familias que vivían del cuento titulado “El embargo”; los 40 millones de toneladas de quincalla de las mulas; los artistas, dramaturgos y poetas retozando de beca en beca y de residencia en residencia; el oro del USAID arrojado a los almiquíes; curitas, plantas eléctricas, uniformes escolares… La toma amistosa de Cuba estaba completa desde hacía años. ¡Más bien, había que forzar al Exilio a que soltara la teta, que controlara sus impulsos, que dejara de mandar todo el sancocho que engorda al cerdo! 

De hecho, la amistad del pueblo exiliado con sus hermanos y hermanas era tanta que ya reventaba por las costuras. La legislación comunista explotaba la amistad como si fuera el oro de los negros. Los negros de Miami. Doblar el lomo en Opa-locka para que Sandro tuviera su Mercedes, Pichy su botella, Padura su Mantilla. 

Bien mirada, la estructura completa del castrismo ha descansado en la tomadura de pelo que el Exilio se propinó a sí mismo. El recurso del método, según Donald Trump, pondría las cosas en su lugar: “No más regalos sin representación política; no más gravámenes sin derechos civiles”, piedra de toque de cualquier reciprocidad entre ciudadanos del mismo origen.

La toma amistosa es un problema nuestro, una idea cubana por la que Donald Trump nos obliga a responsabilizarnos. Solo la imposición brutal ha podido conseguirlo. El portaviones USS George H.W. Bush no está fondeado frente a Varadero para asustar a los comandantes, sino para hacer despertar a los gusanos.