María Zambrano representa una figura interesante en el pensamiento hispánico, no tanto por su influencia en España, pues su largo exilio la privó de poder serlo hasta que sobrevino la transición democrática, pero sí por la que tuvo en Cuba, sobre todo en varios de los miembros agrupados en torno a la revista Orígenes.
Entendida usualmente como discípula de Ortega y Gasset, sin embargo, se desvía bastante de las ideas de quien reconoció como su maestro. Como se ha señalado, su razón poética está más cerca de la Generación del 98 que de la razón vital con la que Ortega esperaba superar el gran conflicto de su tiempo (Bungard, 49), el que enfrentaba racionalismo y vitalismo. El conflicto mencionado, en términos políticos implicaba el de una razón abstracta como la que planteaba dogmáticamente derechos del hombre, frente a un relativismo moral indiferente a la elección entre cualquier autoritarismo y un régimen democrático.
La razón vital que Ortega luego torna en razón histórica es recuperada por Zambrano y opuesta a esta última. La historia, según Ortega, revelaba los errores a los que no debemos volver y de ahí su rechazo a la revolución de 1917 en Rusia, por no haber aprendido nada de los de la Revolución Francesa. El ejemplo más recurrente de estos errores es aquella frase de que la Revolución es como Saturno, donde Kerensky repite a Brissot y Trotsky a Marat. Para Zambrano, sin embargo, la historia es entendida como una caída, en el sentido de la teología agustiniana, una violencia derivada de la fe en el Dios creador del Antiguo Testamento que llevaba al europeo a una continua agitación expansionista. La historia, en otros términos, ha de ser entendida como un producto occidental, algo ignorado por los pueblos del resto del mundo.
En este sentido, la fe en la historia ha creado a Occidente. Este se ha estado creando un mundo paralelo al real. Dicho acto creativo define a Occidente, pero también ha sido la raíz última de su espíritu revolucionario. (La agonía de Europa, 76).[1] La interpretación orteguiana de la crisis de Europa como irrupción del hombre-masa, de la inautenticidad personal como peligro frente a los sistemas políticos democráticos, es desplazada por Zambrano a una interpretación de tipo teológica. Y la solución planteada por Ortega para la crisis de Europa en la segunda parte de La rebelión de las masas, la superación de los nacionalismos europeos para construir un estado nacional paneuropeo, no es siquiera considerada. La solución de Zambrano parece ser una conversión de Europa, un abandono de su violencia creadora, similar a aquella idea de Unamuno de la “africanización de Europa”, en el sentido africano antiguo.
Así también sucederá con su comprensión del problema de España. Su problema no estribaba en tener un déficit como nación. tal como señalaba Ortega en España invertebrada, problema que luego extiende a Europa por su incapacidad de crear un proyecto nacional que evite los nacionalismos. España para Zambrano no padece un déficit de modernidad, más bien ha resuelto el problema de la modernidad planteado por la filosofía. De hecho, ha superado a la Europa moderna al crear El Quijote. O sea, a través de la novela, propone un modo de entender la vida ausente en la filosofía cartesiana, pero no ha podido plasmar esta nueva visión en un nuevo tipo de Estado.
La visión de España propia de Zambrano es tomada por José Lezama Lima y los origenistas como un modelo para la nación cubana. En el caso cubano, el déficit nacional había sido señalado por Jorge Mañach desde 1925. Faltaba, según el ensayista, la “comunión de ahíncos”, lo que Ortega en España invertebrada llamaba el proyecto de vida en común.
La falta de la nación en Cuba pierde importancia para Zambrano, que la había visto como poseedora de un estilo. (El estilo en Cuba, 154). No importaba entonces la falta de estructura nacional si se poseía un estilo. ¿Y cuál era ese estilo? Cuba, al ser una isla, nos dice, era una de las patrias de la metamorfosis, noción que pide a Lydia Cabrera por su estudio etnológico de las religiones africanas en Cuba, donde Zambrano descubre un uso de la razón poética que revele el enigma de España:
Y le pediríamos para entonces que nos ponga en camino de aclararnos este enigma: el español. ¿Es, de los hombres occidentales, el más cercano al mundo de la metamorfosis o el más alejado de ella; el más libre de definición —de identidad— o el que, por tener substancia tan idéntica, no ha tenido las mudanzas? (122).
Esta diferencia española es extrapolada por la filósofa a lo hispanoamericano. El mundo hispánico podía estar desecho, sin haber logrado adquirir la forma estatal, dividido en múltiples naciones, cuyo fracaso era notorio, pero había dejado una unidad en lo americano llamada a trascender.
Tal vez la virtud propia de lo español no sea producir Imperios ni Estados, ni estructuras de poder alguno. Que su genio estribe en alguna otra cosa. Y así, mientras el Estado —el imperial y el otro— se encuentran deshechos, esté más llena de vigor que nunca, más en trance de crecimiento que jamás, lo que no llegó a organizarse de ninguna manera bajo ninguna forma estatal (“Isla de Puerto Rico”, 16).
La visión orteguiana sobre España es escéptica, así también es la de Mañach sobre Cuba; la de Zambrano y la de su discípulo Lezama Lima es optimista. No busca reproducir, ni en España ni en Cuba, el referente europeo. Ni tampoco el norteamericano. La construcción de un Estado, fundamental en Ortega, donde desde España invertebrada señalaba la falta de un proyecto de vida en común, es considerada secundaria por Zambrano. El genio de lo español, de lo hispanoamericano, ha de estar en otra parte. Es quizás aquí donde podamos encontrar la clave de varias de las ideas de Lezama Lima sobre Cuba y su destino.
Zambrano no comulgaba con la idea de que la relación con Estados Unidos fuera una donde se expresara un conflicto cultural que no pudiera superarse. Veía en Estados Unidos una nación que había crecido materialmente, pero necesitaba reconciliarse con el hermano del Sur. Y esta reconciliación no venía de reproducir las instituciones norteamericanas, como ocurrió durante buena parte de nuestra historia, fundamentalmente en 1869, con la constitución de Guáimaro, o con la de 1901, sino en reencontrarse con lo que ella llamaba la raíz común de lo americano, que se remonta a Europa.
Aquí no podemos encontrar una idea panhispanista, donde el conflicto entre españoles e ingleses, así lo vemos en Ganivet, es enraizado a la geografía y luego es trasladado por Ramiro Guerra —había un precedente en Martí— al conflicto de Estados Unidos con Hispanoamérica, del que la época imperialista, entre 1898 y 1933, es solo un capítulo: “Esta reconciliación… de las dos Américas. La unidad necesaria hoy más que nunca, en cada instante más urgente. Unidad de propósito y destino: unidad de espíritu y de acción” (18).
De Norteamérica, es decir de los Estados Unidos, ve que “ha sido el coloso que ha ido creciendo rebosante de su propia fuerza. Hoy ya debe saber para qué la necesita y debemos felicitarnos de que la tenga en tan buena medida”. No hay aquí la búsqueda de una identidad contrapuesta a la norteamericana, donde recuperar a España como centro ni tampoco hacer de ese centro a los Estados Unidos.
Lezama Lima, por otra parte, ve en lo americano no un mero epígono, lo americano es completo en sí mismo, posee su propio estilo ya desde la colonia. En el caso cubano, su estilo esta enraizado en lo poético: “Nuestra isla comienza su historia dentro de la poesía. La imagen, la fábula y los prodigios establecen su reino desde nuestra fundamentación y el descubrimiento” (Diaz Canals y Gonzalez Parrado, 219).
Incluso, en el plano meramente literario, encuentra que España no había logrado producir una gran poesía por no saber integrar el paisaje americano, precisamente por no entender esa prolongación de España que significó la colonización de América, resultado de no haber entendido el espíritu clásico basado en la metamorfosis. Aunque Ortega señala en España invertebrada la incapacidad de Castilla para mantener la obra de unificación nacional que había iniciado en 1492, coincidiendo aquí Lezama Lima con el diagnóstico del filósofo español, la solución sigue estando no en la construcción de un Estado nacional. Para Lezama Lima era posible crear una gran poesía sin el estímulo de la construcción nacional, más bien que que esta lo precediera.[2]
Ahora bien, ¿cómo fue recibida esta teorización en Cuba en el plano político? La generación que hizo la revolución de 1930, plasmada en la constitución de 1940, había entendido la construcción nacional como imprescindible. Así se ve en el Manifiesto del ABC al pueblo cubano, donde se rechaza la socialización de la economía, en una época donde el comunismo era visto como alternativa para una parte de la intelectualidad latinoamericana. Esta visión de los autores del manifiesto, donde se encontraban Francisco Ichaso y Jorge Mañach, correspondía a una visión de la historia orteguiana que entraría en conflicto con la posterior visión origenista.
Cintio Vitier plantea esta afinidad entre la aurora de lo hispanoamericano que esperaba Zambrano (el “genio español”) y la revolución de 1959. De ahí que la abolición de la República en 1959 fue saludada por Lezama Lima, quien no mucho tiempo después sería pronto víctima de las políticas estalinistas que comenzaron a implementarse a partir de 1962. Así puede verse en sus textos de 1959 a la Revolución como una “era imaginaria” que, en sus palabras, traería de regreso la pobreza de los próceres Félix Varela y José Martí.
La Revolución no era por tanto accidente o capricho voluntarista, respondía a la visión alternativa con que entendía la historia. Aquí hay un eco de la idea anti-historicista de Zambrano, donde la nación vive en un tiempo que no necesita ser superado, como el histórico.
Paradójicamente, Fidel Castro expresa esta idea en 1968, con su discurso de los Cien años de lucha, donde se da una identificación completa del proceso iniciado en 1959 con las revoluciones del pasado, cuando obviamente respondían a circunstancias y móviles distintos. Hasta aquí ha sido posible la instrumentalización del discurso nacional de Lezama Lima y otros representantes de Orígenes, a la cual se pudiera contraponer a Gastón Baquero, muy tempranamente exiliado, quien calificara a la revolución de herejía.
La Revolución Cubana mostró su incapacidad para cristalizar en instituciones. La preeminencia, primero, del líder revolucionario por encima de las instituciones y, luego, de una élite creada por este, hizo fracasar la constitución de 1976, a pesar de ser reformada en 1992, haciendo imposible que pudiera funcionar un sistema económico sin fuertes subsidios externos, así como la presente de 2019, que no ha podido garantizar los derechos que consagra bajo un partido único.
En caso de una reforma de esta última constitución, o su reemplazo por alguna en un futuro cercano: ¿Qué pueden enseñarnos Zambrano y Lezama Lima? ¿Acaso su instrumentalización, por un discurso que da a la revolución de 1959 la carta de independencia a Cuba, desechando el más de medio siglo republicano como neocolonia o protectorado, invalida lo que fue inspiración para la juventud intelectual de los años cuarenta?
Lo primero sería el abandono de la idea de un destino latinoamericano o hispanoamericano en oposición a los Estados Unidos, como hemos visto antes.
Lo segundo estaría en apelar a la razón poética, a recuperar el pasado que no llegó a ser. Al rechazar el racionalismo, en el que engloba casi toda la filosofía, excepto algunas escuelas como la pitagórica, Zambrano vio la necesidad de recuperar una historia donde esté presente todo lo que fue y hasta lo que pudo llegar a ser. Como explica Roberto Sánchez Benítez: “Mientras que el filósofo conquista seguridad y verdad e impone a la realidad la forma del conocimiento…, el poeta persigue la… menospreciada heterogeneidad” (166). Esto nos llevaría a abrirnos a la imaginación política, a ese pasado que perdimos.
A través del conocimiento poético, “el español —y los hispanoamericanos— seríamos capaces de conservar la fluidez de la vida, ya que permite a la vez un equilibrio individual y comunitario. De otra manera, el racionalismo por sí solo nos conduciría al absolutismo, al dogmatismo, a actitudes reaccionarias, enemigas de toda esperanza” (166). Y reducir a la nación dentro de esquemas rígidos, como su identificación con la Revolución a partir de 1959, expresaría lo contrario de lo que tanto Zambrano como Lezama Lima habrían buscado. Así plantea este último que existe: “mucho riesgo cuando hablamos de lo cubano como si fuera una cosa gelée, última, definida. Pudiéramos decir que la más firme tradición cubana es la tradición del porvenir… Pudiéramos decir que el cubano tiene sus catedrales y sus grandes mitos construidos en el porvenir” (219).
Esto es lo que rechazaba Zambrano del liberalismo, su racionalismo, frente al cual propone: “La reconstrucción, la integración de un mundo estructurado; la vuelta a un universo que conexione al hombre sin disolverle ni encadenarle, el retorno a la fe, timonel de la inteligencia y no su prisión; el reconocimiento de la legitimidad del instinto, de la pasión, de lo irracional, ¿no podrían ser la base y la meta de las tareas de nuestros días” (Horizonte del liberalismo, 82-3).
Quizás —y lo planteo aquí como una hipótesis— fue este el programa inicial de Lezama Lima, que lo hizo alejarse de las corrientes políticas de la democracia cubana de su tiempo, basadas en la lógica revolucionaria y racionalista, aunque la constitución de 1940 había buscado lograr un equilibrio entre ideologías políticas divergentes: liberalismo, comunismo, nacionalismo económico, y así se respondería aquella vieja pregunta sobre en qué consistía la “historia secreta de la poesía” que, según Vitier, buscaba Lezama Lima.
Si el liberalismo en Cuba ha estado ausente en la práctica durante tantos periodos de su historia por la presencia de regímenes autoritarios, y si la figura del dictador se erigió siempre como orden frente a la desunión, ha sido por la ausencia de “un universo que conexione al hombre sin disolverle y encadenarle”. Este universo fue entendido por los teóricos de la revolución de 1930 como un proyecto nacional y de manera metafísica por los epígonos cubanos de Zambrano.
Es esa metafísica la que se seculariza por cierta corriente de la Revolución para compaginarla con un ordenamiento totalitario de la sociedad, cuando en realidad estaba pensada para ser el fondo donde enraizar los derechos del individuo. De hecho, y aventuro esta última hipótesis como cierre de un tema que aún está por explorar: ¿No podrá ser la permanencia durante tanto tiempo de una ideología de Estado, del marxismo-leninismo-martianismo-fidelismo, por mucho que se haya vaciado de contenido en las últimas dos décadas, el remedo de ese universo?
Referencias:
Bungard, Anna: “El binomio España-Europa en el pensamiento de Zambrano, Ferrater Mora y Ortega y Gasset”. Claves de la razón poética. María Zambrano. Un pensamiento en el orden del tiempo. Editado por Carmen Revilla, Trotta, 1998, pp. 43-54.
Díaz Canals, Teresa, y Lídice González Parrado, compiladoras. Trabajo a la cubana: Fragmentos para un pensamiento sociológico (1). Editorial Universitaria Félix Varela, 2015.
Vitier, Cintio: “María Zambrano y Cuba. Un testimonio”. Claves de la razón poética. María Zambrano: un pensamiento en el orden del tiempo. Editado por Carmen Revilla. Trota, 1998, pp. 25-36.
Zambrano, María. Islas. Edición de Jorge Luis Arcos. Verbum, 2007.
Zambrano, María. “Isla de Puerto Rico. (Nostalgia y esperanza de un mundo mejor)”. Islas. Edición de Jorge Luis Arcos. Verbum, 2007, pp. 3-19.
Zambrano, María. “El estilo en Cuba: La quinta de San José”. Islas. Edición de Jorge Luis Arcos. Verbum, 2007, pp. 153-158.
Zambrano, María. “Lydia Cabrera: poeta de la metamorfosis”. Islas. Edición de Jorge Luis Arcos. Verbum, 2007, pp.117-122.
Zambrano, María. La agonía de Europa. Alianza Editorial, 2023.
Zambrano, María. El hombre y lo divino. Fondo de Cultura Económica, 2020.
Zambrano, María. “La Cuba secreta”. María Zambrano en Orígenes. Editado por García del Gallego, Diego y Castañón, Adolfo. Ediciones del Equilibrista, 1987.
Zambrano, María. Horizonte del liberalismo. Introducción de Jorge Novella Suarez. Alianza Editorial, 2022.
Notas:
[1] “Esta máxima autoridad divina, que por serlo aplacaría del todo al hombre, lo mantendría en quietud, no fue la deseada. Fue la creación lo que el hombre europeo destacara cada vez más frenéticamente. La actividad creadora que hizo al hombre, a ʻsu imagen y semejanzaʼ, creador también. Es lo que de toda religión saca en limpio verdaderamente el hombre europeo, desde San Agustín hasta hoy, en que parece adoptar la modesta máscara de un dios del trabajo. Lugar de encuentro y coincidencia de todos los credos actuales europeos, y la medida más cabal de la ortodoxia y la heterodoxia de ellos”.
[2] Así afirmaba Lezama Lima sobre Martí: “He aquí la prueba más decisiva, cuando un esforzado de la forma, recibe un estilo de una gran tradición, y lejos de amenguarlo lo devuelve acrecido, es un símbolo de que ese país ha alcanzado su forma en el arte de la ciudad. La adquisición de un lenguaje, que después de la muerte de Gracián parecía haberse soterrado, demostraba, imponiéndose a cualquier pesimismo histórico, que la nación había adquirido una forma.” (La expresión americana, 105).










