Me propongo a mí mismo un experimento mientras duermo: me convierto en presidente de la República de Cuba. ¿Sueño o pesadilla?
Lo primero es tomarme un analgésico porque el dolor de cabeza está asegurado. Luego, abofetearme por incumplir mi máxima “nunca te metas a político”. Más tarde, gritaría para despertarme de ese mal “sueño”. Y, una vez convencido de que no me puedo salir del papel, implementaría varias cosas.
Te lo digo mirándote de frente: gobernar la Isla Metafórica hoy no es un problema ideológico, es un problema físico, científico.
Literal: energía, alimentos, medicamentos, agua, transporte.
Termodinámica, antes que retórica.
Un país no funciona por consignas. Marcha porque sus sistemas —eléctrico, sanitario, educativo— mantienen un mínimo de equilibrio. Ese equilibrio, ahora mismo, está roto.
Empiezo por lo urgente, que no siempre coincide con lo importante, pero sin lo urgente no hay país.
Energía
Sin electricidad no hay hospitales, ni cadena de frío, ni producción. La red actual es frágil, obsoleta y centralizada. Desde la ciencia —y esto es ingeniería básica— hay que descentralizar. Micro-redes solares en hospitales, escuelas y centros de producción de alimentos.
No es futurismo: es resiliencia.
Los sistemas distribuidos fallan menos que uno grande. Reducir pérdidas, optimizar consumo y priorizar cargas críticas. Menos discurso y más kilovatios.
Aterrizando: implementaría un plan nacional de micro-redes en 24 meses, con prioridad en infraestructuras críticas y participación de inversión internacional supervisada.
Alimentos
La premisa es palmaria: no hay ideología que aguante un estómago vacío.
La agricultura cubana sufre un problema clásico: baja productividad por falta de insumos, incentivos y tecnología.
¿Solución?
Diría que ciencia aplicada sin prejuicios. Introducir agricultura de precisión adaptada a pequeña escala, sensores simples de humedad, mejora genética de cultivos resistentes, biofertilizantes locales.
Hablando “en plata”: abriría el mercado agrícola interno, eliminando intermediación estatal obligatoria y permitiría la libre fijación de precios con regulación básica para evitar acaparamiento.
Y ahora viene algo “incómodo”: liberar la iniciativa individual. La evidencia es clara —y no hace falta un meta-análisis—: cuando quien produce decide, produce más.
Sanidad
Aquí vamos con la supuesta joya que se está resquebrajando.
Quizá el problema no sea la falta de médicos formados, sino las condiciones en que trabajan. Un sistema sanitario es una red compleja: si fallan suministros, salarios y logística, el conocimiento no basta.
Incrementaría salarios sanitarios, vinculándolos a productividad y permanencia. Y garantizaría un paquete mínimo de suministros mediante compras internacionales transparentes.
Implementaría un modelo de priorización clínica basado en datos reales —no en reportes maquillados. Digitalización mínima pero efectiva: registros clínicos unificados, seguimiento de pacientes vulnerables, protocolos claros de triage.
Y una medida impopular: transparencia radical. Sin datos fiables, no hay medicina: hay fe.
Éxodo
El fenómeno más devastador y menos abordado con honestidad. La Isla Metafórica pierde talento como un organismo pierde sangre.
Aquí eliminaría restricciones de entrada y salida, reconocería doble ciudadanía y crearía un estatuto legal de retorno con incentivos fiscales y laborales.
Sería deseable la existencia de programas de colaboración con la diáspora basados en contratos flexibles, investigación compartida, posibilidad real de volver sin castigo ni sospecha. La ciencia es, por naturaleza, transnacional. Negarlo es suicida.
Hasta aquí lo urgente.
Ahora, lo importante.
Democratización del sistema
La Isla Metafórica ha vivido demasiado tiempo bajo un modelo que penaliza la diferencia. Eso tiene consecuencias medibles: menor innovación, menor productividad, menor bienestar.
Legalizaría la pluralidad política, garantizaría elecciones competitivas supervisadas internacionalmente y blindaría la independencia judicial.
No es filosofía, es estadística. Los sistemas complejos —y una sociedad lo es— prosperan cuando permiten diversidad de soluciones.
Descentralización
Transferiría competencias reales a gobiernos locales, con presupuestos propios y mecanismos de rendición de cuentas. Un país no se gobierna desde un único punto sin colapsar. Centralizar es placentero para el poder, letal para la eficiencia.
Si me quedo en ese sillón incómodo que no pedí, abriría espacios reales de decisión. No hablo de consignas reformistas, hablo de mecanismos: cooperativas independientes, pequeñas empresas sin asfixia regulatoria, universidades con autonomía académica.
La ciencia lo llama “variabilidad adaptativa”. Yo creo que es sentido común.
Y entonces llego a lo que me importa de verdad: la ciencia.
Porque si algo sostuvo a mi generación fue esa formación rigurosa, exigente, casi obsesiva. Nos enseñaron bien. Demasiado bien para un sistema que luego sospechaba de lo que podíamos pensar.
Reflotar la ciencia en la Isla Metafórica no es un lujo, es la única salida sostenible.
¿En qué la enfocaría?
Primero, en salud pública y biotecnología aplicada. Cuba tiene tradición en esto. Hay que recuperarla, sin dogmas. Vacunas, diagnóstico rápido, medicina preventiva. No para exportar propaganda, sino para resolver problemas internos.
Segundo, en energía y sostenibilidad. Convertir la crisis energética en un laboratorio nacional.
Tercero, en agrotecnología. Ciencia, para que comer no sea un acto de resistencia. Y sí, mirar al mar: acuicultura sostenible, biotecnología marina, proteínas alternativas.
El cuarto —el más difícil—, en cultura científica. Enseñar a pensar, no a repetir. Permitir preguntas incómodas. Aceptar que la duda no es traición, es método.
Crearía un programa nacional de ciencia con financiación competitiva, evaluación internacional y conexión directa con problemas reales del país.
Financiaría esto con algo que parece sencillo y no lo es: priorización. Menos gasto en estructuras improductivas, más inversión en conocimiento útil. Y abriría la puerta a colaboración internacional, sin complejos.
Está claro que nada de esto se hace sin dinero. Y el dinero no aparece por decreto. Buscaría crédito externo con una lógica casi clínica: credibilidad primero, dinero después.
Renegociación ordenada de la deuda con organismos multilaterales —FMI, Banco Mundial, BID—, apertura a líneas de crédito condicionadas a transparencia fiscal y auditorías independientes, creación de un marco jurídico estable que proteja la inversión.
De hecho, emitiría bonos vinculados a proyectos concretos (energía, sanidad, alimentación), con retorno medible. Y activaría alianzas con la diáspora, mediante instrumentos de inversión seguros.
No se trata de pedir. Se trata de demostrar que cada euro o dólar invertido tiene trazabilidad y produce resultados. Porque en economía, como en ciencia, sin confianza no hay experimento que funcione.
Ahora bien, todo esto suena ordenado porque lo escribo desde la distancia. Gobernar no es escribir. Es decidir bajo presión, con información incompleta y errores inevitables.
Por eso, en medio de este sueño perturbador, hay una imagen que no me abandona. La de aquel profesor de Física, en un aula calurosa, dibujando el mundo con una tiza.
Quizá eso es lo único que haría bien como presidente de la Isla Metafórica: recordar que un país, como una ecuación, no se resuelve con consignas sino con condiciones.
Y justo cuando empiezo a creerme el papel, cuando ya estoy diseñando micro-redes y reformando ministerios, suena el despertador.
El analgésico sigue en la mesilla.
Yo, aliviado, vuelvo a mi única responsabilidad real: entender el mundo, sin tener que gobernarlo.
Porque hay sueños que no están hechos para cumplirse… sino para recordarnos por qué duele tanto la realidad.










