Cuando, el pasado 3 de enero, un equipo de fuerzas especiales norteamericanas, en un ejemplo de manual de operación militar quirúrgica, capturara al presidente Nicolás Maduro en el propio palacio de Miraflores caraqueño, toda Cuba contuvo el aliento.
Aún seguimos así, hay que decirlo.
Salir a las calles de La Habana o de cualquier otra ciudad de la Isla, hoy, causa una impresión muy rara: todas están casi vacías de vehículos automotores. ¿Transporte público? Cero. O casi tendiente a cero. Apenas si circulan algunas motos eléctricas y un ómnibus de cada ruta, los mejores días. Y no solo por los fríos de febrero, algo a lo que ya estábamos desacostumbrados.
Es que no hay combustible. Con el cese de los envíos de crudo desde Venezuela, la situación de la mayor de las Antillas, que ya era grave, se volvió gravísima.
Incluso las zonas que hasta 2025 no sufrían apagones empezaron a tenerlos de seis, ocho y hasta doce horas, como el resto del país.
Luego, la pesadilla paró y la cosa ha mejorado un poco en las últimas semanas. Nos llega, al menos semanalmente, un barco cargado del oro negro que tanto requiere Cuba para seguir funcionando. Y mejor no averiguar mucho de dónde viene.
Esto no significa normalidad plena, ni mucho menos. Que quede claro.
La Feria Internacional del Libro, dedicada este año a Rusia por segunda vez en menos de dos décadas (¿será que ya no nos quedan países amigos a los que invitar?) fue suspendida…, no, pospuesta por tiempo indefinido. Que no es lo mismo, pero sí es igual.
En idéntico limbo quedó el tradicionalmente suntuoso Festival del Habano, siempre criticado por su derroche de lujo para los extranjeros. Porque el horno no está para pastelitos. Y se nota.
Cuando ya han pasado más de tres meses del secuestro del desangelado sucesor de Hugo Chávez, sin que ocurra nada con Cuba, muchos en la Mayor de las Antillas empiezan a sentirse decepcionados: claramente, esperaban “el gran cambio”.
Una incursión similar a la de Caracas, que cargara con nuestra camarilla en el poder. ¡Aunque harían falta muuuchos helicópteros y muy poderosos para llevarse a tanto obeso dirigente! Una intervención militar en toda regla. Marco Rubio como nuevo gobernador de la Isla ocupada. El fin de los apagones y que repartan 100 dólares y 10 libras de carne de res por persona. Y, como mínimo, que la cúpula dirigente cubana entable conversaciones serias con el inquilino de la Casa Blanca, enfrentados al eterno dilema de quien cabalga un tigre: ¿¡cómo bajarse!?
Algo así como: te cambio 100 presos políticos por un petrolero bien cargado. O, si convocamos a elecciones libres y pluripartidistas, ¿nos dejas presentarnos? ¡Porfi…! Y, si perdemos, ¿podemos irnos en paz, sin enfrentar represalias?
Se ha hablado, incluso, de fervientes conversaciones entre El Cangrejo, destacado miembro de la más joven generación del clan de los Castro, y un enviado X norteamericano, en México, un país tradicionalmente neutral, pero con el que Cuba está ahora mismo un tanto resentida, desde que su presidenta dejó de enviarnos petróleo cuando Trump la presionó un poco.
Aunque, ¿se la puede culpar, acaso, por tal prudencia? Nos hemos vueltos unos impresentables, a nivel internacional y, además, nadie se quiere pelear con el cocinero.
Sin embargo, sucesos recientes, como la irrupción de la Seguridad del Estado en El 4rtico, el encarcelamiento y juicio de sus gestores y las continuas detenciones a otros disidentes connotados, así como la errática comparecencia televisiva de nuestro primer mandatario en pleno proceso de adelgazar, en la que aseguró que no cederíamos en nada, han enviado un mensaje totalmente opuesto.
Si hay que tomarse en serio la postura oficial: ¡aquí no se rinde nadie!
Se liberar miles de reclusos, no tanto políticos sino comunes, pero nunca se ha dicho que sea a cambio de ningún favor del imperio, sino solo el reconocimiento público de que nuestro gobierno, ya incapaz de garantizar un mínimo de alimentos a los ciudadanos normales, tampoco puede hacerse cargo de su desproporcionadamente numerosa población penal.
En Brasil, Lula dice que enviará petróleo a cambio de médicos. Bravo por él.
Por otro lado, si Rusia y China no pudieron salvar a Maduro, pese a ser Venezuela cliente militar de una y cliente económico de la otra poderosa nación, ¿tiene sentido que nos fiemos de su respaldo?
Con nuestra obsoleta técnica militar y la actual falta de ánimo para empuñar las armas, las FAR, hoy mismo, no soportarían ni diez minutos de ataque enemigo. Y no hace falta ser Napoleón para darse cuenta.
¿Qué nos espera a los cubanos, en el futuro inmediato? ¿Una descontrolada insurrección popular, que deje chiquitas a las manifestaciones del 11 de junio de 2021, en la que acabarán tomando el poder los más oportunistas, los que más griten, como suele ocurrir?
¿Colapsarán de golpe, como castillo de naipes azotado por el vendaval, todas las estructuras de control y represión oficiales? ¿O nuestros envejecidos líderes al fin se despedirán del poder, al que tantas décadas se han aferrado, con un baño de sangre?
¿Intervendrán los yanquis de algún modo, para evitar la masacre? ¿O luego, para recoger los muertos de las revueltas y poner orden?
Misterio. Puede pasar cualquier cosa, literalmente. Incluso, no pasar nada.
En un país donde no hay una disidencia u oposición organizada (¡es ilegal, ya se sabe, desde la reforma del 2002 a la Constitución), sino valerosas y tercas individualidades que tampoco tienen un programa definido, está claro que no existen estructuras alternativas que puedan ocupar el vacío de poder si el aparato estatal socialista se desmorona de golpe.
Entonces, ¿qué? ¿Solo nos queda abrir los brazos a los yanquis? ¿Cuba como Estado 51 y le ganamos la carrera a Puerto Rico?
Lo único seguro es que vienen tiempos convulsos. Ni siquiera las IAs, el nuevo oráculo, son capaces de responder a la grave interrogante: “¿Qué pasará?
Cada vez más cubanos ponen todas sus esperanzas en el presidente más impresentable e impredecible de los Estados Unidos en muchos años. Atrincherados en la desilusionada seguridad de que esto solo se puede caer o cambiar si lo tumban desde fuera, apuestan a que Donald Trump logrará lo que trece predecesores en la Sala Oval no consiguieron. Tal vez solo porque él quiere que los cubanos regresen a su Isla, como parte de su obsesiva campaña para deportar latinos y devolver a América su grandeza. ¿Quizás se reelegirá para un tercer mandato? A pocos les sorprendería…
Acabar con la Revolución Cubana sería un golpe de efecto para el único presidente yanqui que ha ocupado durante dos períodos no consecutivos el 1600 de la Avenida Pennsylvania. Y aunque esta caída les estropearía el negocio a tantos que en Miami viven de enfrentarse al castrismo incluso sin Castro, ¿no sería, acaso, lo mismo que llevan tanto tiempo reclamando: una Cuba libre?
Al que no quiere caldo, tres tazas. Y al que quiere, lo apedrean con los cubitos de sopa.
No solo las decididas chicas de las gorras rojas que apoyan a los de El 4rtico piensan que el magnate devenido presidente es el único que puede hacer a Cuba grande de nuevo. Para muchos, es el Libertador prometido. La alternativa deseada. La esperanza mecánica naranja. Hope-Clock Orange.
Obviamente, el discurso oficial sigue satanizándolo: es un loco inconsecuente que ansía primero Groenlandia y luego quién sabe qué; si sus sicarios triunfaron contra Maduro fue porque hubo traición interna, porque la HP de Delcy Rodríguez lo sacrificó para seguir ella pegada al jamón; nada parecido puede pasar en Cuba, donde defenderemos nuestro suelo hasta la última gota de sangre; Putin no va a permitir que le quiten su portaviones insumergible del Mar Caribe; China tampoco se va a quedar de brazos cruzados y los chinitos son muuuchos…
Blanco o negro, en fin.
Y resulta casi inevitable comparar tal polarización extrema de opiniones con la actual disyuntiva a la que se enfrentan los que opinan sobre la música de Bad Bunny: si dices que te gusta, pasas por misógino, defensor de la marginalidad y carente por completo de oído musical. Pero, si lo criticas después de su astuto show de medio tiempo en el último Super Bowl, ¡eres un enemigo de los latinos y su lucha: un lacayo del sistema!
¿Acaso no es posible reconocer al boricua de la voz gangosa como lo que es: un talentoso psicólogo y un gran artista, por haber manipulado de tan hábil manera la opinión de todas las izquierdas del continente, volviéndolas aliadas de él, a la vez que resulta un pésimo compositor y un cantante lamentable que, sin autotuning, no daría una…? ¡A ver quién me lo niega!
¡Vaya terrible par de alternativas las que se nos ofrecen ahora mismo a los cubanos!
Ni siquiera es malo conocido contra malo por conocer. Ya quisiéramos. Es local bien conocido contra extranjero por conocer… O no, extranjero del que ya se conoce que es capaz de cualquier cosa.
Como de costumbre, ninguna de las facciones quiere escuchar a la otra: si no estás conmigo, estás contra mí. Si no te gusta Trump, entonces es que apoyas lo que tenemos ahora. Y viceversa: si no te gusta Díaz Canel, es que quieres a Trump en el Capitolio de Prado.
¿Será imposible la objetividad en este asunto? ¿A nadie se le ocurre otra opción? ¿En serio? ¿Tanta fuerza tiene en la psiquis humana, la lógica aristotélica del tercero excluido?
Arreglados estamos… ¡Paren el mundo, que yo me quiero bajar!
Y si no se puede, porque no hay otro, entonces… ¡bajadme, al menos, de Cuba!
Por supuesto, tampoco soy el primero ni seré el último en tener semejante idea en los tiempos que corren, quién sabe si hacia ninguna parte.











