Alemania declaró la guerra a Rusia.
Por la tarde, en la Escuela de Natación.
Franz Kafka,
Diarios, 2 de agosto de 1914.
A veces me pregunto por qué tenemos esta tendencia simplista y en muchos casos destructiva de intentar justificar la existencia. Por qué hallar en la filosofía el pozo del absurdo que justifique grafías hacia el hundimiento de la mente en el desesperado sinsentido que entendemos por realidad. Para qué cuestionar por qué.
¿Soy ignorante? ¿O simplemente estoy cansada? El pecado original de la humanidad es, en mi opinión, la soberbia.
Si fuésemos tan capaces de entender que la existencia se justifica con “ser”, con la maestría que día a día nos enseñan los árboles y las rocas, la sociedad sería riachuelo: habría más historia en las piedras y menos diagnósticos de caligrafía difusa sobre el cadáver de un tronco.
Pero no lo somos. Perdimos el privilegio de ser ingenuos y la humildad del sujeto el día en que el ancestro primitivo comprendió el fuego y en cierta medida —al menos atendiendo a la distopía de mis pensamientos— por eso estamos como estamos. ¿Qué sentido tiene todo esto?
Incluso a mí, a veces, la interrogante me quita el sueño. Mis ojeras son testigo de la mella que deja la ansiedad en la gastada piel del sujeto víctima de la “realidad”. Pero nuestras consideraciones existencialistas tienden a estar vinculadas a la preconcepción subjetiva de una realidad que considera a la “sociedad” sinónimo de “mundo”, en lugar de entenderla como un fenómeno creado por el hombre, impuesto sobre el orden de naturalidad en que habitan las demás especies.
Hoy me siento un poco hippie, al parecer. Por momentos me indigna la venta de la felicidad en las pequeñas cosas: el humo del poema que romantiza una flor, el suspiro de una golondrina, los once minutos de Coelho, un café achocolatado o que te inviten a leer Rayuela. Por momentos me asquean los girasoles, la necesidad de leer en días lluviosos y el acto asesino de convertir la intimidad de los cuerpos desnudos en una victoria para el alma, arrebatándole a la vida su gloria para romantizar la teoría.
Así que de alguna manera por momentos odio mi reflexión recién declarada, porque aparenta exhortarnos a huir a los bosques y encontrar la felicidad en el musgo. Hacerse uno con la naturaleza. Vivir cazando duendes. Estoy enferma de todo esto.
Deberíamos aceptar que la vida no tiene sentido; que no lo tiene el universo; que no hay un motivo; que quizás se trata simplemente de existir. Que el propósito es “ser”. Que perdemos cuando entregamos la vida a la maquinaria del constructo sociopolítico. Que lo que entendemos por realidad no es la realidad, sino simplemente aquello que hemos aprendido.
¿Por qué se escribe sobre esto? ¿Por qué se estudia sobre esto? ¿Por qué tantos conceptos y tan poca aplicación? ¿Por qué nos seguimos prestando? ¿Por qué regalamos la existencia? ¿Por qué hacemos andar la máquina que nos demuele? Y no hablo solamente del ciudadano común que sirve al “poderoso” o a las “élites”. Hablo de todos.
Si volteamos la vista hacia los retazos de la historia aparece una paradoja incómoda: algunos de los autores que con mayor insistencia escribieron sobre la angustia, la desesperación, el sinsentido o el sufrimiento procedían precisamente de posiciones sociales acomodadas. Tolstói nació en la nobleza rusa; Schopenhauer, en una familia de comerciantes ricos; Kierkegaard, en el hogar de un comerciante que había amasado una considerable fortuna.
El poder, el dinero y la posición no garantizan la felicidad y no desde el lugar común de que “el dinero no da la felicidad”. La pregunta es otra: por qué y para qué entregar el tiempo que te corresponde en la Tierra a servir, cumpliendo disciplinadamente el papel que te asignó un sistema que también te drena.
El presidente de los Estados Unidos de América —él no lo sabe— no tiene más libertad por ocupar la cúspide visible del poder. Tiene poder. No es lo mismo. La necesidad de autoridad, jerarquía, dinero o validación constante para confirmar una posición ante el otro también somete. El poder concede capacidad de daño y convierte a unos, además, en victimarios activos, pero no necesariamente los libera de la maquinaria.
Necesito remarcar la intención no poética detrás de estas frases. Me interesa una taxonomía crítica de este existencialismo mundano: no que la felicidad esté en el amor o en las cosas simples, sino que toda partícula del sistema es víctima, por más que el poder le conceda también menor o mayor grado de responsabilidad sobre el daño.
En El proceso, Josef K. ni siquiera necesita comprender la ley para quedar atrapado dentro de ella. En Ante la ley, la puerta permanece abierta y sin embargo el hombre pasa la vida esperando permiso para atravesarla.
Estamos condenados porque hacemos ojos ciegos; porque nos quedamos atascados en lo más evidente, en el vómito de las verdades pretendidamente absolutas, subjetivamente entendidas y nunca modificadas. Porque nos entretenemos en este juego de las casitas, como niños que pretenden haber aprendido las reglas de un juego que nunca tuvo tales reglas.
Porque la infancia se trata precisamente de comprender que la alegría va hacia donde no hay leyes y que la vida es todo aquello que carece de sentido. Por eso el infante explota cuando el adulto pretende inyectarle moralidades adustas y éticas contrarias al sentir que se avecina con la propia naturaleza de las emociones y de las respuestas al mundo que circunda a la criatura.
¿Divago? Seguramente. No estoy borracha. Ese es el problema. Estamos atascados porque nos divertimos en la cínica comparación de nuestra cotidianidad con el universo de Matrix, porque nos contentamos con tener razón. ¡¿Para qué quieres tener la razón?!
Si te tomas un segundo y te asomas afuera de esa ventana, vas a entender que no tiene ningún sentido que te cuestiones qué sentido tiene la vida; que te pierdas en la abstracción; que intelectualices la existencia, el nombre de este Dios o la política de Ucrania.
¿Para qué te pierdes en el debate absurdo, en la intelectualidad, en querer saber, ganar argumentos, tener razón? ¿Para qué te tomas esa caja de cervezas si vas a amargarte la noche entera intentando convencer a tu interlocutor de que un psicópata con peluca es mejor que el primer presidente negro de Estados Unidos?
¿Para qué te amargas gritando acerca del comunismo, criticando al mundo entero por ser aquello que tú no comprendes, aquello que simplemente escapa a tu entendimiento porque eres resultado de crianzas y contextos?
Pero es que lo sabes. Estamos en el siglo XXI. Hay globalización y sobreexposición informativa. Hay gente dando su opinión en todos los rincones del mundo. Es difícil pensar sin tener de fondo la musiquita de moda del último reel que salió en Instagram. Lo que no es polémica es política. Y lo que no se puso de moda en el último segundo quedó detrás del último segundo, del último momento en que cerraste el teléfono y apareció una nueva tendencia en TikTok.
Y sabes que todos pensamos que los adultos —porque tengo la absurda manía de excluirme de ellos, como si media población que se cruza conmigo en la calle; como si en las calles de Houston alguien caminara por las calles; como si nadie me llamara “señora”— son absurdos por perder sus horas reproduciendo estereotipos y tener la mente hecha de concreto: del concreto de la época victoriana, cimentado con la Revolución Industrial y los estragos de creerse más culto que nadie por saber lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial, por poder contar la tensión de la Guerra Fría o parafrasear un discurso de cuando ser hombre era como ser hombre y las mujeres ocupaban su lugar y todos se morían de estrés contenido y nadie sabía cómo llegar al orgasmo.
¡Pero lo sabes! Porque perteneces a este siglo y te inyectan en vena que aprendas las diferentes formas de amar; que todo es subjetivo; que lo son tu existencia, tu concepción del mundo, la forma en que te defines dentro de él, la manera en que convives contigo, con tu cuerpo, con el árbol y con la puta manzana que se comió Eva en un trance esquizofrénico, porque se lo propuso una serpiente parlante a la que el mismo Dios omnipotente había permitido entrar en el paraíso.
Todo es un constructo social. Mi idea. El desarrollo de este artículo. Tú y yo. “El tamaño ideal”. Aquí todo es subjetivo. Aquí todos somos constructo. Y lo sabes. Pero ahí sigues. Ahí seguimos.
¿Qué tan difícil es desmontar un sistema que consume y hace infelices a los seres que lo habitan? ¿Cómo puede ser tan difícil regresar a aquello que era, simplemente, natural?
Pero ya deja de hablar de la política como si la política fuese únicamente la gente que maneja los hilos en las altas esferas. Y, por Dios, ya no pierdas el tiempo queriendo desmentir si el hombre viajó o no viajó a la luna, desgastando la poca energía que te queda al final de tu día de mierda como víctima del proletariado oprimido por el sistema, fajándote con un desconocido más mediocre o más amargado que tú que jura que el planeta es plano.
El problema nunca fue solamente quién tiene razón. El problema es lo que sucede mientras tenemos razón. ¡Hay guerra en Ucrania! ¿Pero alguien se da cuenta de lo que esto significa? ¿Por qué la gente sigue hablando en estadísticas?
Como si las vidas fuesen noticia y las noticias fuesen humo. Como si detrás de cada relato no estuviese el dolor y detrás de ese dolor no estuviese la verdad de lo asquerosa que puede ser la humanidad, de lo podrida que está la sociedad, de lo que somos y de lo que nos hemos hecho a nosotros mismos.
Hoy, martes 6 de octubre de 2026, continúa la guerra en Ucrania. Continúa en Cuba un régimen de partido único encabezado por el Partido Comunista. Más de la mitad de los países del mundo todavía contempla excepciones legales que permiten el matrimonio de menores de edad. La estimación más reciente de Naciones Unidas sitúa en torno al 7.8 % de la población mundial —aproximadamente 645 millones de personas— bajo condiciones de hambre.
Hoy ha muerto un niño. Hoy han violado a varias personas. Hoy hay nuevas víctimas de la trata de personas, gente muerta por sobredosis, hijos afectados por la negligencia emocional de sus padres. Gente traumatizada, gente dolida. Historias de terror que son parte de esta realidad.
Esta mañana me tomé un café.










