Fue al despertarme una mañana, después de un sueño intranquilo. Primero sentí la aspereza en la piel al rozar las sábanas. Luego un crujido seco en las articulaciones al intentar levantarme de la cama. Ese día ya no abrí la puerta con mis dedos sino con un apéndice fino y articulado, que tintineó contra el metal enmohecido.
No hubo asombro. Solo un silencio denso, cargado de polvo y resignación. Sentado en mi butaca de mimbre roto, observé cómo mis uñas se alargaban, se curvaban, se volvían quitina oscura. No dije nada. Seguí escuchando la radio que solo transmitía estática y discursos de un hombre cuyo nombre ya nadie recordaba.
Al salir a la calle, me di cuenta de que no estaba solo. Pude descubrir a algunos, rebuscando en los vertederos de basura, que habían sufrido la misma metamorfosis. Durante un tiempo intentamos ocultar nuestros cambios, pero fue en vano. Señalaban nuestro caparazón y se reían a nuestras espaldas, tal vez imaginando nuestra incapacidad para dormir sobre el lado derecho. Forzosamente, no importa cuántas veces lo intentáramos, volvíamos a caer de espaldas.
Mayor dificultad tenía la acción de sentarnos en nuestros puestos de trabajo. Todos los que continuaban siendo “normales” parecían molestarse con nuestro padecimiento. Poco a poco nos pedían que almorzáramos lejos y se hermanaban en musitar su asco, cuando se apresuraban a abrir las ventanas y respirar aire fresco, distendiendo sus narices poco antes arrugadas. Solo podíamos mirar adelante, por lo que calculábamos mal la dirección y siempre terminábamos tropezando con los objetos y muebles más insospechados y, por supuesto, nunca podíamos llegar antes de las nueve.
Algunos decidieron suicidarse. Otros se empeñaron en salir cada mañana como si nada hubiera sucedido. Ahora hablo en plural, pero en aquel entonces nos sentíamos solitarios y únicos en la desgracia, intentando aproximarnos a todas aquellas puertas que siempre terminaban por cerrarse ante nuestras narices. ¿Dije narices?
Lo peor era que todos lo sabían, comprendían que todo era muy raro, pero solo para sus adentros. Cuerpos afuera, se comportaban como si todo hubiera sido siempre así. Padres impacientes golpeando a sus hijos mutados, retorciéndoles las antenas o patas para que caminaran más rápido, evitando dar la explicación debida a sus preguntas, obsesionados en el castigo a sus faltas, suplicando que desaparecieran, aún de la manera más cruel, camino al almacén de engendros, donde un tipo listo aseguraba que todas aquellas mutaciones serían bien atendidas, aunque al fondo se escuchaba el chasquido brusco de la cuchilla triangular cercenando miembros.
Por suerte, algunos meses después, éramos tantos que aquello se convirtió en algo común. La ciudad se transformaba sin prisa bajo un sol de plomo. Las fachadas coloniales, descascaradas como exoesqueletos viejos, reflejaban figuras que se arrastraban por el Malecón.
No eran cucarachas, ni escarabajos, ni mantis religiosas. Eran algo endémico, único: Insectos de la Espera. Cuerpos adaptados a la penuria, a la inventiva del hambre. Antenas que captaban, no sonidos, sino el eco de barcos que nunca llegaban. Ojos compuestos que veían, en cada grieta del asfalto, un mapa de rutas de escape que se desvanecían en el horizonte.
La burocracia continuaba. Era lo último en morir. En oficinas con ventiladores inmóviles, funcionarios con caparazones grises estampaban sellos sobre papeles que autorizaban la metamorfosis. “Certificado de Transformación Oficial”, se leía, con tinta que se borra. Formularios por triplicado para solicitar alas atrofiadas o permisos para habitar en los túneles húmedos bajo la ciudad.
Y en el centro de todo, la gran Oficina de la Incertidumbre. Un edificio sin puertas, solo un orificio por donde había que deslizarse. Dentro, un jefe incorpóreo emitiendo decretos incomprensibles: “La metamorfosis es un deber patriótico”. “El caparazón es la nueva uniformidad”. “La antena, una herramienta para escuchar las consignas del futuro”.
Nadie protestaba. El miedo también se había transfigurado. Era un fluido espeso que lubricaba las junturas y pegaba los pies al suelo. Las familias conversaban por las noches con un chasquido de mandíbulas, recordando, tal vez, un tiempo en que tenían otra forma, en que bailaban al son de una música que ahora solo era un zumbido distante.
Y el mar, siempre el mar, golpeando contra el malecón.
Un azul imposible, un espejo que devolvía la imagen monstruosa de una isla que, desde lejos, parecía solo un insecto gigante y quieto, varado en el Caribe, esperando una orden que nunca le llegaba para levantar el vuelo o simplemente dejar de ser.











