“La patria existe donde esté mi hijo, donde estén él y mi esposa, donde la angustia sea expulsada por el cariño y la paz”.
“La patria existe donde esté mi hijo, donde estén él y mi esposa, donde la angustia sea expulsada por el cariño y la paz”.
El ex jugador ruso Korneev critica el próximo partido amistoso entre Rusia y Cuba, mientras que el centrocampista cubano Eduardo Hernández se muestra decidido a afrontar el reto.
Como un mirarse de frente. Como un cuidarnos la espalda. Como un tocarse a dúo desde la pura presencia humana.
Oscar Grandío Moráguez es historiador y politólogo. Autor, entre otros, del libro, ‘Mejor no me callo. Notas ante una transición en Cuba’ (Hypermedia, 2024).
“Puede que no nos dirijamos hacia un colapso general, sino hacia una época tan horriblemente estable como los imperios esclavistas de la antigüedad”.
No estoy incitando al pueblo hastiado de tanta miseria a armarse. Aunque, pensándolo bien, ¿y si cada cubano se construyera una…?
La locura es un territorio al que han sido desterrados millones de seres divergentes del constructo cultural conocido como “normalidad”.
Ya mi país-hogar, tal como lo recordaba, se esfumó. También emigré, aunque mi cuerpo permanezca.
No hay peor astilla que la del mismo garrote. Y después se preguntan por qué las campanas han doblado por Trump.
Me salen piernas en el Banato rumano que describe Herta Müller. Me salen piernas en las tiendas de blusones largos, típicas de California. Me salen piernas en Shanghái y se afincan en aquel hotel chino donde estuve por un mes y que luego fusioné en mi cabeza con aquellos que describe Ted Chiang en algunos de sus cuentos…
Como soy graduado de Química, trato de indagar en la ficción-ciencia de esta nueva enfermedad. Trato de ver qué está pasando ahí “dentro”, donde hay ciertas armonías inarmónicas, secretillos, pozos, exclusas y hasta jardincillos de belleza e impiedad.
“El teatro debe dar respuestas a cuestiones actuales; la gente quiere verse reflejada en esas respuestas. ¿Cómo llegamos a esto si la obra no nos representa? La motivación principal debe ser nuestra gente, toda, no solo un reducido grupo. No nos podemos dar el lujo de ser elitistas, ¡no hoy!”
Quizás no escribo esta columna por mi copa menstrual, como tampoco la escribo por el encierro, o por la tristeza honda. La escribo cuando me pregunto a solas: ¿Por qué esconder mi sangre? ¿De quién la escondo? ¿A quién no quiero hablarle de mi menstruación? ¿Soy capaz de leer mi futuro en “la sangre derramada”?