Antonio José Ponte: Garrandés, siempre al servicio de la censura

Alberto Garrandés ha finalizado la publicación de sus memorias en esta revista. Según su recuento, peleó por textos de Atilio Caballero y Amir Valle, se negó a que le prohibieran a José Prats Sariol como presentador de un libro suyo, y perdió su puesto en la embajada española por publicitar la obra de Cabrera Infante.

En mi artículo anterior me referí a su antología Aire de luz. Cuentos cubanos del siglo XX (Letras Cubanas, La Habana, 1999), aunque advertí que no había alcanzado a hojearla. Ahora que he podido hacerlo, quiero hacer una rectificación.

Al final de su prólogo, Garrandés avisa: “Los escritores  Guillermo Cabrera Infante y Norberto Fuentes, de quienes yo había seleccionado ya, respectivamente ‘En el gran ecbó’ y ‘El capitán descalzo’, no aceptan figurar en esta antología”. Es todo. No hay páginas en blanco en lugar del cuento de Cabrera Infante, y el antologador no declara nada que encuentre objetable. Sin embargo, un vistazo al índice de cuentistas seleccionados revela un nexo entre esta antología y la prohibición de la novela de Atilio Caballero. Me explico:

Entre 1995 y 1998 —o 1999, según sea la fuente—, Garrandés fue editor jefe de la redacción de narrativa de la editorial Letras Cubanas del Instituto Cubano del Libro. En 1997 fue censurada en esa editorial, por razones políticas,  Naturaleza muerta con abejas. La mera cronología indica responsabilidad de Garrandés en tal prohibición, aunque su grado de responsabilidad resulte discutible. Según versión suya, fue la presidencia del Instituto del Libro quien determinó que no se publicara la novela, mientras que él mostró cierta resistencia a tal prohibición.

Omar González presidía el Instituto del Libro. Aire de luz, publicada en 1999, seguramente fue preparada uno o dos años antes. Es decir, recién ocurrida la censura de la novela de Atilio Caballero. Llama la atención entonces que, entre los mejores cuentistas del siglo XX, aparezca antologado allí Omar González.

El breve prólogo, donde se reconoce que tuvieron que quedar fuera muchos autores, menciona “la mirada original” del cuentista Omar González. He consultado diversas antologías del género sin encontrarlo representado en ellas, y estoy seguro de que, fuera de Aire de luz, no habrá ninguna que lo ubique en lugar tan meritorio. Adular al escritor encontrable en el comisario Omar González tuvo que serle útil a Garrandés para conservar su puesto de funcionario y hacerse perdonar su tibio desempeño como censor. Aprovechó también la ocasión para adularse a sí mismo y colar en la antología un cuento propio, mientras que desestimó a Atilio Caballero, a quien antologaría una década más tarde, cuando hubiera pasado ya el peligro.

Garrandés se ha referido a las negociaciones con censores que se viera obligado a entablar en Letras Cubanas. A la luz de este ejemplo, donde la novela de Atilio Caballero termina prohibida y no aparece cuento suyo en la antología de cuentística del siglo XX, mientras que Omar González es tomado en serio como narrador y Garrandés consigue autoantologarse y proteger su puesto, me pregunto si el principal beneficiario de tales negociaciones no sería, antes que cualquier autor o libro en aprietos, su propia persona.

Cabrera Infante se había negado a ser antologado en Cuba, pero en 2008 llevaba tres años de muerto y el riesgo de publicarlo en contra de su voluntad debió resultar asumible para Letras Cubanas.

Las primeras entregas de sus memorias se resistían a mentar a Omar González: era el odio que no osa decir su nombre. Al final terminan mencionándolo como némesis, aunque no dan noticia del narrador a quien, en un gesto tan infrecuente, antologara. Garrandés procura quedar, no como el subordinado servil que mostró ser, sino como un objetor de conciencia ante sus superiores.

En 2008, la editorial Letras Cubanas publicó la “Colección Conmemorativa 50 Aniversario de la Revolución”. Tal colección supuso, entre otros títulos, un compendio de discursos de Fidel Castro, la reedición del libro de Marta Rojas sobre el juicio del Moncada, un tomo de semblanzas de Vilma Espín, una antología de cuentos de ciencia ficción compilada por Yoss, otra de Marilyn Bobes de cuentos escritos por autoras, más La ínsula fabulante. El cuento cubano en la Revolución (1959-2008), antología preparada por Garrandés.

Abre este último volumen el cuento “En el gran ecbó”, de Guillermo Cabrera Infante. Ya en ocasión de Aire de luz, Cabrera Infante se había negado a ser antologado en Cuba, pero en 2008 llevaba tres años de muerto y el riesgo de publicarlo en contra de su voluntad debió resultar asumible para Letras Cubanas. Asimismo, Garrandés incluyó un cuento de Reinaldo Arenas que había utilizado ya en Aire de luz.

La editorial Letras Cubanas se arroga los derechos sobre ambos textos en un acto innegable de piratería. Preguntado por la publicación de ambos autores, Iroel Sánchez reconoció que los herederos de Arenas no habían protestado, en tanto Miriam Gómez amenazaba con litigiar. Iroel Sánchez sucedía a Omar González en la presidencia del Instituto del Libro.

“Nos amenazó”, dijo de Miriam Gómez. “Solo es un cuento, ¿qué daño puede hacer un cuento?”.

Incluso en su infamia, él podría tomarse por un comisario poco prejuicioso. Cualquiera antecesor suyo en el Instituto del Libro habría aportado una lista de daños a considerar por la publicación de solo un cuento de Arenas o de Cabrera Infante. Pero ahora la censura cambiaba sus procedimientos: se dejaban de tachar autores y obras en pleno, y el poder de exclusión se reservaba para determinadas obras problemáticas. No existía, por tanto, nada en contra de Cabrera Infante, sino de cierto Cabrera Infante.

Y sí, las cosas habrían cambiado, pero los nuevos comisarios no ofrecerían la más mínima oportunidad para reclamaciones. No iban a explicarse. Aprovecharían las negativas de los autores exiliados, teatralizarían ese desdén, harían un melodrama del acto de alcanzar al público lector. Era el momento de que los comisarios forjaran su telenovela.

Letras Cubanas ejercía la piratería editorial movida por un desaforado respeto a la literatura.

Durante una entrevista radial miamense, Iroel Sánchez se sirvió de Aire de luz para oponer el empecinamiento rencoroso de unos escritores exiliados a la generosidad institucional revolucionaria. Eran aquellos autores quienes se negaban a publicar dentro de Cuba, no las instituciones quienes les negaban tal derecho. Décadas de censura institucional se transformaban, mediante esta argucia, en cuestión de autocensura del escritor. Los comisarios políticos lavaban sus tijeras, y a partir de ahí cualquier responsabilidad por ausencia sufrida caería sobre los autores.

Una segunda antología de Alberto Garrandés, La ínsula fabulante, valió a Iroel Sánchez para mostrar cómo la generosidad de las editoriales estatales se imponía al rencor de los autores exiliados, llegando incluso a pasar por encima de albaceas y herederos con el fin de publicarlos. Letras Cubanas ejercía la piratería editorial movida por un desaforado respeto a la literatura.

Al presentar la “Colección Conmemorativa 50 Aniversario de la Revolución”, el presidente Iroel Sánchez declaró: “Nosotros pensamos, viendo las selecciones que los compañeros hicieron, cuánto le deben a la Revolución incluso aquellos que han renegado de ella, aquellos que sin la Revolución no hubieran alcanzado la relevancia que han tenido, incluso no estarían hoy en el lugar al que algunos han llegado por mucho que renieguen de esa obra”.

Se refería a Arenas y Cabrera Infante, a quienes antes vejaran con prohibiciones y, ahora, con inclusiones forzadas. Garrandés no los antologaba, los implicaba. Los hundía en el homenaje a un régimen tan totalitario que exigía la solidaridad de sus antagonistas. Arenas y Cabrera Infante aparecen allí como los cabecillas enemigos capturados en los trionfi romanos: contra sus voluntades y esclavizados, convertidos en símbolos a mayor gloria del Imperio.

“50 Aniversario del Triunfo de la Revolución”, reza un cintillo en la portada de La ínsula fabulante. A inicio y final de ese cintillo, a izquierda y derecha, asoma la estrella que llevaba en sus charreteras el comandante en jefe Fidel Castro. Es de suponer que, en tanto escritor, Garrandés sintiera un respeto filial, cuasi confuciano, por estos dos maestros, Arenas y Cabrera Infante. Pero pudo más en él su vocación de auxiliar de limpieza para comisarios políticos, y dejó asentado que, no importaba a dónde hubiera ido a parar, embajada española o retiro hogareño, seguiría a las órdenes del Instituto del Libro y la censura política.

Iroel Sánchez se mostró tan orondo como si le hubieran antologado un cuento. “No hay uno solo de los compañeros a los cuales acudimos para que trabajaran en esta colección que haya puesto un pero, o que no lo haya acogido como un honor”, confesó.

Enumeró la tropa a su servicio: “Me refiero a Alberto Garrandés, Yoss, Pedro de la Hoz, Radamés Giro, Marilyn Bobes, Omar Felipe Mauri, Félix Julio Alfonso… entre otros. No hubo uno solo de ellos que no trabajara con pasión e intensidad para cumplir su compromiso con las editoriales, y que no le pusiera a este trabajo la mayor seriedad y el mayor empeño. Creo que eso es una muestra también del compromiso que tienen nuestros intelectuales con la Revolución y con la obra de la Revolución, de la cual indiscutiblemente son parte”.

Durante cinco y más décadas, el funcionamiento de la censura política en Cuba ha necesitado de personeros.

No me cuesta imaginar una sonrisa cortesana en el rostro del Garrandés que escuchara desde el público estas palabras. Preveo la coartada a la que vendría a acogerse para justificar sus trapicheos. ¿Acaso no ha afirmado que publicaba en La Jiribilla completamente desentendido de los vulgares ataques de esa publicación? Sostendrá entonces que, al conformar una antología, él se concentra únicamente en el valor literario de los autores, hasta perder de vista la efemérides que dicha antología celebre, e incluso el espinoso asunto de los derechos de autor. (Lástima que esa misma concentración no lo asistiera a la hora de leer a Omar González, que no aparece en La ínsula fabulante porque ya no era el jefe).

Durante cinco y más décadas, el funcionamiento de la censura política en Cuba ha necesitado de personeros como Alberto Garrandés. Y, por descontado, de convencidos comisarios políticos como Luis Pavón, Omar González, Iroel Sánchez, Abel Prieto y Basilia Papastamatiu, por solo citar aquellos que han ido apareciendo en estas discusiones.

Luis Pavón alegó que él cumplía órdenes. Garrandés, con una hoja de servicios mucho más modesta, alardea de su “negativa total a la censura” sin por ello resistirse al encargo de homenajear a un régimen basado en la censura y la persecución del pensamiento. Escribe unas memorias para ser felicitado por su honradez y dignidad intelectual, y de algún modo parece haberlo conseguido cuando Atilio Caballero tilda de “hombre cabal” a quien mantuvo su puesto político de editor jefe en una editorial donde se censura, se apea ahora con que luchaba contra la censura y oculta cómo premió al comisario jefe.

Atilio Caballero menciona la cabalidad de Garrandés y este se apura a aportar avales: “estoy seguro de que sigo siendo (lo sé desde hace mucho, así que no me sorprende volver a enterarme) el hombre cabal que Atilio Caballero cree que soy”.  Le falla el ingenio, se le sale la pomposidad que un memorialista tendría que evitar, pero me ahorraré tratar de sus méritos literarios…

O es José Prats Sariol quien habla de la dignidad y del talento literario de Garrandés y, en su defensa, recomienda dejar “restas y divisiones” a los “fanáticos y mercenarios de la dictadura”. Dada su propuesta, Prats Sariol pareciera interesado en promover la inexactitud y la flojera de pensamiento. Por amistad o agradecimiento por haber sido recordado, prefiere no colegir que quien se presta a componer una antología para la “Colección Conmemorativa 50 Aniversario de la Revolución” no hace otra cosa que desenvolverse, precisamente, como un “mercenario de la dictadura”.

Los hechos están a la vista de todo el que hojee estas dos antologías. Contrario a la cabalidad que le regala Atilio Caballero o a la dignidad que le adjudica Prats Sariol, yo creo que Alberto Garrandés es un canalla. Era un canalla antes de empezar a entregar sus memorias y ahora, gracias a ellas, se ha convertido en un canalla hipócrita.

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