‘Fachosfera’ y fascismo: una imperativa aclaración semántica



Desde hace por lo menos un siglo, los comunistas no han encontrado mayor acusación o insulto contra sus adversarios políticos que el calificativo de “fascistas” que, en las últimas décadas y particularmente en España, se ha abreviado en la palabra “fachas”. Los rojos de todo pelaje se lo adjudican a voleo a cuantos se les enfrentan. 

El presidente del precario y corrupto gobierno socialista español ha popularizado el término “fachosfera” con el que pretende describir un conglomerado de sectores de oposición, que incluye a personas y medios de comunicación, tertulianos, etc., que denuncian sus políticas. El resultado es que el vocablo y sus derivaciones se han desvalorizado y han perdido sentido, sobre todo entre muchos jóvenes “progres” que lo utilizan con manifiesta impropiedad.

El fascismo —que tuvo una cierta importancia y auge desde mediados de los años veinte del pasado siglo hasta la derrota de las potencias del Eje en 1945— nunca fue una tendencia de derechas, si la entendemos como conservadora. Por el contrario, siempre fue un movimiento populista, hermano gemelo del marxismo-leninismo, algo así como la otra cabeza de la misma hidra: el desplome de valores tradicionales que se produjo como secuela inevitable de la Primera Guerra Mundial. 

La única diferencia entre comunismo y fascismo (incluida su vertiente nazi) es que el primero liquida la propiedad privada y el Estado asume el control absoluto de la economía, en tanto el segundo entabla una alianza orgánica con el gran capital que, naturalmente, lo inviste de una potencia formidable. 

En la actualidad, el único régimen realmente fascista que existe en el mundo es el de China (y, en un distante segundo plano, el de Vietnam). Siguen llamándose comunistas, pero hace muchos años que no lo son. 

Llamarles fascistas a los partidos antisocialistas que existen en las democracias occidentales no pasa de ser un denuesto falaz, una manera simplista de intentar desacreditarlos valiéndose de un remoquete muy sobado que muchos repiten sin tener idea de lo que significa. 

Fascista es también, en gran medida, por su propio carácter y estructura, el régimen de Irán, que merecería ser destruido para bien de toda la humanidad y sobre todo para la felicidad del pueblo iraní. Pero la llamada izquierda internacional hace causa común con ese régimen, porque sigue apegada a las fórmulas del estatismo autoritario por una especie de nostalgia dictatorial en oposición a Occidente.

Lo que están pidiendo a gritos los jóvenes que se profesan de izquierda es un curso de alfabetización política, a ver si dejan de repetir consignas vacuas y trasnochadas y de insultar a los demás con adjetivos que se adecuarían más a la militancia que profesan que a la de sus adversarios. 

El fascismo es un fenómeno muy serio y peligroso —por este segundo aire que ha tenido en la sociedad postcomunista— que no debe ser tomado a la ligera, ni prodigarle ese nombre frívolamente a cualquier movimiento que insista en volver por el cauce de la tradición. El fascismo es cualquier cosa menos tradicional.

Habría que desmontar también las definiciones de “derecha” e “izquierda” que plagan hasta la fatiga el debate político actual en las democracias liberales. Donde único funcionan con propiedad es en el Parlamento británico, ya que la derecha es siempre el gobierno (la bancada que se sienta a la derecha del presidente de la Cámara de los Comunes) y la izquierda es naturalmente la oposición, no importa de qué signo político. Conservadores y liberales —y más tarde los laboristas— se han ido alternando en esas posiciones a lo largo de los últimos dos siglos.

Creo que una antinomia más ad hoc e inteligible sería la de socialistas vs. liberales, incluyendo entre estos últimos —curiosamente— algunos postulados del conservadurismo. 

Se trata de dos fórmulas: aquella en que predomina la gestión estatal frente a la que prioriza la iniciativa privada, así de sencillo. Esto aliviaría el discurso político de calificativos arbitrarios y dejaría claramente, a la vista del electorado, las alternativas reales y posibles.