Carta #17 a Donald Trump

Miami, 20 de mayo de 2026

Querido Donald:

Hoy es 20 de mayo, my President. El día en que Cuba nació como república, allá por 1902, con una bandera prestada y una Enmienda Platt que garantizaba que la soberanía sería —como siempre— más aspiración que realidad. Ciento veinticuatro años en los que la isla ha pasado de colonia española a república tutelada; de dictadura batistiana a revolución castrista; de aliada soviética a socia renuente del caos multipolar. Ciento veinticuatro años demostrando que los cubanos seguimos sin saber gobernarnos: eternos aspirantes a ciudadanos.

Happy Birthday, Cuba. Que los que te quieren te cuiden. Que los gobernados te perdonen.

Y hoy, mientras escribo, se habla de una posible acusación formal contra Raúl Castro por el crimen de las avionetas de Hermanos al Rescate. Febrero de 1996: los MiG cubanos derribaron en aguas internacionales dos avionetas civiles. Murieron cuatro hombres: Armando Alejandre Jr., Carlos Costa, Mario de la Peña y Pablo Morales. Cuatro seres humanos shot out of the sky, siguiendo la orden de dos asesinos empeñados en pasar a la historia a cualquier precio.

Tomás Estrada Palma, el primer presidente de aquella república recién nacida, recibió una advertencia de Theodore Roosevelt que la historiografía totalitaria cubana ha tratado con la discreción reservada para las verdades incómodas: invocar la Enmienda Platt y pedir la intervención norteamericana lo condenaría al escarnio eterno de los cubanos. Roosevelt se lo dijo. Estrada Palma escuchó, asintió y luego dimitió como un cobarde, mientras dos mil marines inundaban las calles de La Habana. Prefirió el escarnio a perder el poder. Clásico cubano, my President: entre la patria y la silla, siempre la silla.

A veces me pregunto si este 20 de mayo de 2026 no estaremos necesitando, precisamente, un Estrada Palma al revés. No el que llama a los americanos para perpetuarse, sino el que entiende que el cambio en Cuba solo puede llegar desde Estados Unidos. Que ningún heroísmo de lancha prestada, ningún cacerolazo nocturno, ninguna épica doméstica tiene masa crítica suficiente para desmontar sesenta y siete años de arquitectura represiva sin que alguien en Washington decida que llegó la hora.

Un Estrada Palma con vergüenza y estrategia. Alguien capaz de usar a este gran país sin venderse a él. Los tenemos, my President: en Miami, en Washington, en Madrid. Lo que no tenemos es quien quiera escucharlos.

My President, juzgar a Raúl Castro hoy es como matar a un muerto. Es condecorar a alguien en su velorio. Es regalarle, en el último acto de su decrepitud biológica, una relevancia histórica que ya no merece. You’re prosecuting a man who’s already prosecuted himself into irrelevance.

El régimen que construyó sigue intacto sin él. Sus generales cobran. Sus nietos negocian. Su fantasma vota. Juzgar a Raúl sin desmontar lo que Raúl edificó es teatro jurídico para consumo del exilio nostálgico. Symbolism without substance: our specialty for 67 years.

Pero mejor hablemos de Marco.

Nuestro Marco, our dear Marco, el hombre que convirtió su apellido en estandarte de cubanía —en símbolo del sacrificio de su padre bartender y de la ética del exilio trabajador— ha tenido que aceptar en silencio que funcionarios chinos alteren su nombre antes de permitirle entrar en la “República Popular”.

En mandarín, “Rubio” no existe. Los caracteres elegidos para transliterarlo —鲁比奥— lo empujan hacia territorios semánticos que ningún secretario de Estado incluiría feliz en su currículum. El matiz cambia según el dialecto y el tono, pero el gesto es suficientemente cruel: nuestro Marco, en chino, suena a insulto de patio de prisión totalitaria.

Es una humillación directa, my President. El hombre que pasó dos décadas diciendo we will not bow terminó firmando documentos con un nombre que, en el idioma de Xi Jinping, equivale aproximadamente a “el torpe”. The irony writes itself, y además en caracteres de pincel fino. Entiendo que la diplomacia exige sacrificios. Entiendo que el pragmatismo suele ser la versión adulta del idealismo. Pero hay algo profundamente simbólico en que el guardián más feroz del nombre de Cuba, el hijo del exilio que convirtió su origen en identidad política, haya tenido que aceptar que 鲁比奥 lo represente ante el único adversario estratégico que realmente les quita el sueño.

Si eso lo hace Marco, ¿qué no harán los demás?

Y ya que estamos con Marco, my President, hay una imagen que no consigo quitarme de la cabeza. En tu Air Force One, nuestro secretario de Estado posó ante las cámaras vistiendo el chándal deportivo con el que el dictador venezolano Nicolás Maduro fue detenido. El gesto pretendía ser triunfal, irónico, calculado para social media. Pero terminó siendo otra cosa: el uniforme de un derrotado con la billetera llena.

Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, hijo del exilio cubano, nieto del anticomunismo más puro, eligió posar vestido como el humillado. Nuestro Marco pudo vestirse de Delta Force y prefirió el crossdressing de dictador derrotado. You can’t make this up.

Y mientras tanto, my President, tú has estado balbuceando.

Existe una diferencia entre hablar con autoridad sobre lo que no se sabe y hablar sin autoridad sobre lo que tampoco se sabe. En estos días de tensión caribeña has perfeccionado la segunda modalidad con una consistencia que merece reconocimiento académico. Las amenazas de guerra contra Cuba —war, esa palabra que te sale con la misma facilidad con que pides extra kétchup— han llenado Miami de un optimismo que huele exactamente igual que los anteriores: a nada.

El exilio se divide entre los que creen que esta vez sí, los que saben que esta vez tampoco y los que ya no creen nada, pero siguen aplaudiendo por reflejo pavloviano. Nadie sabe qué está pasando realmente. Nadie conoce a los interlocutores verdaderos. Nadie sabe si las conversaciones son negociación estratégica o simplemente stalling while the crab rearranges its claws.

El exilio histórico, my President, es una institución con mucho humo y pocas chimeneas. Tenemos próceres, declaraciones y banderas del 68 enmarcadas en la sala. Lo que no tenemos es información. We’re always the last to know and the first to celebrate.

Vivimos en un mundo que odia a Estados Unidos. Europa los tolera con condescendencia. América Latina los resiente con puntualidad litúrgica. África desconfía. Asia los necesita mientras los desprecia. El antiamericanismo es el único idioma verdaderamente universal: el esperanto que sí funcionó. Cuánta razón tiene Orlando Luis Pardo Lazo cuando afirma que Donald Trump y Marco Rubio están en peligro de anquilosar en el poder algo más que al clan criminal de los Castro: están a punto de abandonar, otra vez, a la única nación del planeta que ha mirado a Estados Unidos con esperanza.

Porque en ese mapa de resentimientos y agravios hay una sola nación —una sola, my President— que ha depositado todas sus esperanzas, sin plan B, sin alternativa, sin escapatoria, en los Estados Unidos de América: Cuba, los cubanos. Un pueblo que lleva sesenta y siete años mirando hacia el norte con la fe irracional del que ya no tiene nada más a lo que aferrarse.

En un planeta que quema tu bandera con entusiasmo creativo, los cubanos la guardan doblada con reverencia. En un mundo donde tu liderazgo es cuestionado incluso por tus aliados, el exilio cubano te ha entregado cheques en blanco que ningún otro pueblo te entregaría.

Eso debería significar algo, my President.

Esa fidelidad absurda, esa fe sin evidencia, ese amor sin reciprocidad —unrequited love at geopolitical scale— merece algo más que promesas con fecha de vencimiento y guerras que nunca se declaran.

El director de la CIA aterrizó en La Habana. El Director, my President. No un subsecretario. No un enviado de tercer nivel. No un tipo con nombre en clave y maletín gris. El Director. Y el exilio se enteró por los periódicos, como siempre: tarde y de refilón. Descubriendo otra vez que somos el público de este drama, no sus actores. La visita no fue anunciada, ni explicada, ni condenada por nadie con autoridad suficiente para que la condena importara. Simplemente ocurrió.

Y en medio de amenazas, visitas secretas y guerras balbuceadas aparece ahora la noticia de los trescientos drones. Esa Cuba seca, quebrada, sin petróleo y sin dinero —como tú mismo reconoces, con tu característica delicadeza diplomática— habría adquirido trescientos drones de combate para disuadir un eventual ataque estadounidense.

Trescientos drones, my President.

¿Financiados con qué? ¿Comprados a quién? ¿Operados por quién, si los pilotos más capaces llevan años emigrando en balsas y vuelos chárter?

No lo sabemos.

Lo único evidente es que cuando Cuba anuncia capacidad militar, la pregunta importante nunca es si puede ganar —es obvio que no puede—, sino quién está detrás, quién financia y qué pretende cobrar después. Alguien conoce las respuestas. Y tú, my President, no pareces estar haciendo las preguntas.

Llevamos meses viendo el mismo espectáculo en alta definición: amenazas que no se cumplen, negociaciones que no se admiten, héroes que viajan en avión oficial con nombres alterados y un régimen que sobrevive a todo porque convirtió la supervivencia en ciencia exacta.

Y cada vez que el ciclo se completa, cada vez que la gran promesa termina convertida en same script, different season, me pregunto si alguien en Washington tiene realmente el mapa completo o si todos —tú incluido, my President— navegan con una brújula que apunta hacia donde conviene y no hacia dónde queda el norte.

Mientras tanto, Cuba se muere.

No en sentido figurado. Se muere de verdad: apagones de veinte horas, hospitales sin medicamentos, madres cocinando con cartón porque no hay gas, y jóvenes que, ahora que las balsas dejaron de ser una opción, se refugian en el kímico, en el ron, en el hastío.

Esa gente no está en ninguna mesa de negociación. No habla con la CIA, no compra drones ni tiene apellidos que transliterar al mandarín. Esa gente solo padece, en silencio, el interminable daño colateral de esta geopolítica de machos que se amenazan desde lejos.

El 20 de mayo de 1902 Cuba nació con la tutela de Estados Unidos escrita en su constitución. Ciento veinticuatro años después sigue siendo el tablero donde otros juegan su partida. Los jugadores cambian —España, Batista, la URSS, China, Fidel, Chávez, Raúl, Maduro, tú—, pero el tablero permanece igual, y el pueblo cubano continúa siendo los peones que otros mueven hacia el lado que les conviene.

Pasarás, my President, a la historia de Cuba por haber perfeccionado la estructura del dolor de un pueblo, en lugar de remediarlo. Tú y solo tú eres responsable de la continuidad del sufrimiento de mi pueblo. Tú y solo tú has logrado que el trumpismo sea la fase superior del castrismo.

Dos sistemas construidos alrededor del culto a la personalidad. Dos modelos donde el líder lo sabe todo, decide todo y tolera la disidencia exactamente igual. Dos estéticas del poder que convierten el oro y el mármol en lenguaje político. Dos proyectos que necesitan enemigos externos para justificar el orden interno.

Same religion, different saints.

Hasta pronto, my President. Siempre…

Tu Jorge.


P. S.: El original en inglés de esta carta fue enviado al correo oficial del Presidente de los Estados Unidos.