“Los pobres no tenemos número: cualquier zapato me sirve”


La mujer cuyo pecado era ser madre.
Charles Chaplin.



“Le pedí mucho a Dios que me llegara una bendición, una ayuda para los niños, ya que yo no puedo… Que bastantes trabajos han pasado, pobrecitos, y me duele verlos así. El mayorcito me ayuda muchísimo. A veces se pone a recoger materia prima para darme dinero para la comida”, imploró una joven madre soltera del barrio periférico Hilda Torres en la provincia de Holguín. 

El Estado no ofrece ninguna protección contra una tristeza como la de ella. Todos lo sabemos: el Estado lo sabe, pero finge que no.

Tocó mis fibras más insolubles cuando vi el video en la cuenta de Facebook del influencer Noly Blak: viviendo en un tugurio con precarias condiciones, con tres niños menores de doce años y en espera de otro. Mostraron cómo duermen sobre pedazos de cartones en el piso, junto a su madre, de donde la propia familia la bota: “Acuérdate de irte de esta casa, que esta casa no es tuya”.

“Le ruego ame… y cuide a este niño huérfano”. Lo dejó escrito una madre en un trozo de papel, junto a su bebé que abandonó dentro de un carro, después de salir del hospital en la dolencia y la incertidumbre, porque no tenía cómo cuidarlo ella sola, en la película El chico (1921) de Charles Chaplin.

Recientemente volví a verla y me remontó en la vivencia de esta familia, pero desde la desidia de un régimen que mira de soslayo a los casos sociales. Para los huérfanos de un sistema fallido, no se avizoran las acciones tangibles que solucionen, ni a corto ni a largo plazo, dichas realidades. 

“Yo soy el que ayuda a mi mamá”, le dijo el niño mayor, Dannier, a Noly Blak. “Engancho la carretilla de la bicicleta y voy a buscar leña para la casa”.

En sus ojos, la angustia de una rutina cada vez más insufrible. Sobre todo, para un niño al que le ha tocado cambiar el juego de las tardes luego de clases y ser feliz, por resolver una problemática que no queda solo en lo familiar, sino en los factores antes aludidos. Arrastra la pequeña y destartalada bicicleta con la carretilla cargada de leña, miseria y hambre, al lado de su hermano menor y su leal perro.

“Yo quiero pedirles a los seguidores una camita para mis hermanos y una bicicletica para cargar leña”.

Desde hace un tiempo la mamá no pudo comprar más carbón por falta de dinero y Dannier le dijo que iba a cargar leña para cocinar. Estas escenas jamás se olvidan. Las revivirá en su memoria una y otra vez, como un raído hueso. 

Percibo a otro padre ausente, de tantos que hay en esta sociedad cubana, sin voluntad de atender a sus hijos. Como en la corta escena de la película donde el verdadero padre (no el vagabundo que recoge al niño de un basurero y lo cría hasta los cinco años) mira el retrato de la madre, tal vez con un poco de morriña. Sin querer, cae al fuego de la chimenea. El padre lo recoge, lo sacude y lo vuelve a tirar para que se termine de quemar, sugiriendo las disparidades entre un hombre y una mujer frente a la sociedad con respecto a los hijos. 

El padre puede esfumarse y arrancar los vínculos, pero la madre tiene que seguir ahí, sin importar su estatus económico y sacarlos adelante, sufriendo muchas veces el ostracismo social por criarlo sola. 

“Los pobres no tenemos número, cualquier zapato me sirve”, le dijo la niña Daniela a Noly cuando le preguntó por su número de calzado. 

¡Ay!, esa frase de una niña, víctima de un indigno gobierno y de las decisiones de sus padres. Tal vez la frase le vino de algún momento en que la madre le dijo que los pobres tienen que conformarse con lo que aparezca: “No hay nada que destruya el espíritu como la pobreza”.

A los días, vi otro video de Noly donde le entregaba a esta hermosa familia una casa con las cosas básicas para vivir, por medio de las donaciones de sus seguidores. Cuando entraron, destilaban esa sensación que solo los que se han “comido un cable”, los que nunca han tenido nada, entienden. 

Estaban a salvo. Ya no iban a acumular el susto dentro esa casa donde comenzaban a latir la tranquilidad y la alegría.

A veces, los pobres tenemos finales felices. La película de Chaplin también tuvo su final feliz: la madre se llevó a su hijo para su lujosa casa. La madre arrepentida recuperó a su hijo o el hijo recuperó a la madre y el vagabundo, sin esperárselo, fue recompensado con irse a vivir con ellos. 

El Estado y el padre no forman parte de ese final feliz. Tampoco en Cuba.