Entre la derecha que expulsa y la izquierda que borra

Salí de la Isla Metafórica —Cuba— hace tres décadas con una maleta pequeña, varios libros mal escogidos, 49 kilogramos de peso, un hambre infinita y una alergia casi clínica a cualquier discurso que empezara con la frase: el pueblo unido

Venía de una sociedad que se definía comunista y que, en la práctica, había perfeccionado el arte de confundir igualdad con obediencia. Allí aprendimos pronto que disentir no era una opinión, sino una sospecha. Que la libertad podía convertirse en una palabra decorativa, mientras alguien decidía por ti qué leer, qué decir y hasta cuánto podías aspirar.

Por eso entiendo —y hasta humanamente disculpo— que muchos cubanos, al llegar a Europa o a Estados Unidos, abracen con fervor el extremo contrario. 

Después de vivir bajo un sistema que anuló la iniciativa individual, la propiedad privada y la discrepancia, resulta casi instintivo nadar hacia la otra orilla. El problema es que, cuando uno huye del fuego, corre el riesgo de enamorarse del hielo.

Y los extremos, aunque se insulten entre sí en televisión y parlamentos, suelen parecerse más de lo que admiten. Se tocan. A veces, se solapan. 

Ambos aman la pureza. Ambos sospechan del matiz. Ambos necesitan enemigos simples para explicar problemas complejos.

Para un inmigrante, esa geometría es peligrosa.

La extrema derecha suele presentarse con un lenguaje de orden, tradición y prioridad nacional. Su argumento parece sencillo: primero, los nuestros. 

El problema empieza cuando uno pregunta quiénes son exactamente los nuestros. Porque casi siempre la respuesta incluye apellidos correctos, acentos aceptables y genealogías suficientemente limpias. 

No nos engañemos, los inmigrantes quedamos entonces en una categoría curiosa: necesarios para trabajar, incómodos para pertenecer.

Se nos tolera, pero no se nos abraza.

La retórica se repite de Madrid a Roma, de París a Miami: el extranjero viene a quitar trabajo, a tensionar la sanidad y deformar la cultura nacional. Es un discurso eficaz porque apela a un miedo primario: la escasez. Si hay poco, alguien tiene que sobrar. Y suele sobrar el que pronuncia mal la erre, el que no distingue entre ce y ese.

Pero la ciencia social lleva décadas desmontando esa simplificación. La inmigración no destruye automáticamente empleo, ni colapsa por sí sola el Estado del bienestar; depende de políticas públicas, integración y mercado laboral. 

El problema no es el inmigrante, sino la mala gestión. Pero está demostrado que culpar al recién llegado es intelectualmente barato y electoralmente rentable.

La extrema izquierda, sin embargo, tampoco ofrece siempre refugio real. Su peligro es más elegante, más perfumado y, en ocasiones, más universitario. 

Habla de igualdad absoluta, de fraternidad universal, de una especie de ser humano despojado de ego, ambición, contradicción y deseo. El famoso Hombre Nuevo. Lo conozco bien: crecí rodeado de su propaganda.

Spoiler: no existe. Nunca existió.

El ser humano coopera, sí, pero también compite. Ama la justicia, pero también desea reconocimiento. Quiere comunidad, pero no quiere desaparecer dentro de ella. Diseñar un sistema político ignorando todo ello no es idealismo: es mala antropología.

Cuando se pretende fabricar ciudadanos moralmente puros, se termina vigilando a quienes no encajan. Cuando se decreta una igualdad artificial, aparece inevitablemente una élite encargada de administrarla. Y cuando todo se hace en nombre del pueblo, suele ocurrir que el pueblo es el último en enterarse.

Lo vi en la Isla Metafórica con precisión de laboratorio: todo con la Revolución, nada fuera de ella.

Era una frase política, pero también un diagnóstico psicológico: no se permitía la complejidad humana. Había que ser correcto, útil y permanecer alineado. El individuo era sospechoso; el disidente, peligroso; el ambicioso, casi obsceno.

Por eso me inquieta tanto ver a jóvenes inteligentes defendiendo, con excelente dicción y peor memoria histórica, fórmulas que ya demostraron su vocación por el fracaso.

El inmigrante queda atrapado entre ambos espejos deformantes. Para unos, nunca será suficientemente de aquí. Para otros, debe diluir su singularidad en una fraternidad abstracta donde toda diferencia molesta.

En ambos casos, se le niega algo esencial: la posibilidad de ser una persona completa. Ni amenaza estadística, ni símbolo ideológico: solo persona; con contradicciones, con mérito, con miedo, con derecho a prosperar sin pedir perdón por ello.

Yo no quiero una sociedad donde me acepten por compasión, ni una donde me rechacen por cálculo identitario. Quiero vivir con reglas claras, leyes funcionales y que mis apellidos, orientación e ideas no determine mi la dignidad. 

Eso no es utopía; es civilización.

A veces pienso en mi llegada a Madrid. En aquella mezcla de entusiasmo y extranjería, de gratitud y desarraigo. Descubrir que uno puede amar dos lugares a la vez y no pertenecer del todo a ninguno. 

Esa es quizá la verdadera patria del inmigrante: una geografía emocional hecha de estaciones de metro, recetas heredadas y acentos que nunca terminan de domesticarse.

Quizá por eso desconfío tanto de quienes prometen paraísos absolutos. Ya viví dentro de uno diseñado por otros.

Y aprendí algo importante: cuando alguien asegura tener la solución total para la convivencia humana, conviene revisar dónde guarda las llaves. Porque casi siempre, detrás del paraíso prometido, hay una puerta que solo se abre por fuera.