El pasado 6 de mayo, la sala Manuel Galich de la Casa de las Américas presentó el panel “Bad Bunny entre el Caribe y la diáspora: cultura, economía, política e identidad”, como parte de una iniciativa de la Cátedra de Estudios del Caribe “Norman Girvan” (Universidad de La Habana), del Programa de Estudios sobre Latinos en los Estados Unidos y del Centro de Estudios del Caribe (Casa de las Américas). Además, moderaron y participaron investigadores de los Centros de Investigaciones de Política Internacional y de la Economía Mundial, así como del de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana.
Panel “Bad Bunny…”. Imagen: página oficial de Facebook de Casa de las Américas (2026).
Según la cobertura de medios oficialistas como Prensa Latina, ACN, Cubarte, CubaSí y La Jiribilla, el cantante puertorriqueño fue leído como fenómeno cultural, económico y político del Caribe contemporáneo, con énfasis en su papel en la resignificación de la identidad latina; sobre todo, entre comunidades migrantes en Estados Unidos. Entre las tesis propuestas, destacó la capacidad de articular performance, discurso identitario y recursos culturales, y su arte como gesto de soberanía cultural y reclamo continental frente a la reducción imperialista.
Sin dudas, la música de Benito Antonio Martínez Ocasio ha impulsado una contranarrativa ciudadana basada en el reconocimiento nacional, la autoestima isleña y la fraternidad continental, en contraste con los discursos contemporáneos de exclusión política dirigidos hacia la región. También resulta apreciable la diversidad de análisis que, desde la composición musical, la estética y los estudios culturales, han surgido a raíz de su espectáculo de medio tiempo en el Super Bowl LX, celebrado el pasado febrero en Estados Unidos. Sin embargo, el Observatorio de Derechos Culturales considera necesario señalar el vacío que dejan este tipo de lecturas cuando no se acompañan de una validación institucional y académica similar hacia artistas y obras que, dentro de la propia Cuba, han construido gramáticas culturales y formas de apoyo popular comparables a las de Bad Bunny.
Panel “Bad Bunny…”. Imagen: página oficial de Facebook de Casa de las Américas (2026).
Es relevante la condicionalidad institucional, que visibiliza la legitimación de una cultura latinoamericana antimperialista e irreverente y, a la vez, criminaliza y condena cuerpos performativos domésticos, de tesis y acción similar. Este es el caso de creadores como Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo, cuyas prácticas artísticas, marcadas por el vínculo entre cultura popular, ciudadanía y denuncia pública, también han alcanzado reconocimiento internacional, incluso a través de premios como el Grammy Latino, pero que hoy guardan prisión en la Isla.
Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo durante la filmación de Patria y Vida. Imagen: Ányelo Troya (2021).
Cultura popular: ¿marca comunitaria o estatal?
Al igual que Bad Bunny ha colocado la cultura popular puertorriqueña en el centro de una escena global de reconocimiento, artistas cubanos como Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo han desarrollado, desde condiciones mucho más restrictivas, una gramática cultural basada en el barrio, el cuerpo, la nación, la música urbana, la reapropiación de símbolos colectivos y el rejuego de la memoria nacional. En las obras de estos artistas, el arte resulta una forma de ciudadanía independientemente de la orilla desde donde se formule: un lenguaje para disputar pertenencia, dignidad y representación frente a discursos oficiales y excluyentes. Entre otros aspectos compartidos, caben:
- la conversión del margen periférico en centro simbólico (el barrio, la pobreza, la mixtura, la calle y la inconformidad social);
- la reinterpretación de representación nacional (la nación como territorio vivo, contradictorio, fuera de la definición común);
- el performance como archivo social (uso de materiales de memoria tradicional y pública para el espectáculo);
- la reapropiación de lenguaje popular (los gestos, símbolos y otros registros toman otra sofisticación más allá de los ámbitos convencionales);
- la comunidad como pieza central de identificación (de fiesta, solidaridad y defensa); y
- el arte como plataforma de visibilidad (identidad latina, crítica a la censura, la desigualdad, la represión, el racismo estructural y la desprotección ciudadana).
Incluso, en términos de impacto, sería difícil distinguir entre el orgullo cómplice despertado en la comunidad latina tras el megaevento en USA y la motivación cívica de las protestas del 11J en Cuba, donde se tomó como lema el tema Patria y Vida, de los artistas cubanos. ¿Qué diferencia habría entre el “Together, we are America” del Super Bowl y el “estamos conectados” de LMOA? ¿Qué símbolo juega dentro del honor y cuál es mancillado cuando ambos artistas usan sus banderas nacionales? ¿Cómo la liberación de los cortes de caña en Bad Bunny son más auténticos que las manos liberadas de grilletes de Maykel Osorbo?
Sin embargo, la institucionalidad cubana escoge el repertorio que le es más conveniente:
- el “nosotros” latino vs. Estados Unidos ante la imposibilidad de una colectividad unida en su propio país; y
- la genealogía de una resistencia continental que camufla la represión de reclamos cívicos en su patio.
De este modo, la conflictividad queda desplazada hacia afuera: racismo (estadounidense), represión policial (de ICE), el colonialismo (de USA) y, a conveniencia, se ignora el discurso racializado, la violencia penalista y los pactos iliberales con Rusia que el Estado cubano avanza desde su “otra” cosmovisión. Comunidad, nación y migración parecen poder ser (re)imaginadas por antojo según el poder que se decida cuestionar. Mientras el extranjero es así alabado, los nacionales son vigilados, impugnados desde el descrédito, cancelados y procesados judicialmente. Aquí la ironía juega incluso en contra del discurso “progresista” del panel: se destaca al músico premiado por el mercado mientras que otros jóvenes, afrodescendientes y pobres, son criminalizados.
Manifestantes del 11J con un cartel donde se lee “Patria y Vida”. Imagen: Reuters (2021).
El panel en Casa de las Américas acata sin vacilar esta contradicción y acepta que el derecho a participar en la vida cultural dependa de la obediencia política; que la cultura popular sea emancipadora solo cuando confirma la narrativa oficial; que la alteridad solo pueda alzarse contra el imperio extranjero y no desde la denuncia del hambre, la censura, la vigilancia, la violencia policial o la desigualdad racial dentro de Cuba. La institucionalidad cultural cubana celebra así a Bad Bunny como figura de resistencia frente a la colonialidad estadounidense y cancela las formas de expresión que nacen de sus propios márgenes urbanos, mientras normaliza formas de dependencia cultural, mediática y simbólica con otra potencia autoritaria.
Es importante destacar que, ante esta dicotomía, el panel sobre Bad Bunny no debe ser descartado como frivolidad ni celebrado sin reservas como gesto progresista. Su importancia radica, justo, en lo que (no) revela. Muestra que las instituciones culturales cubanas pueden reinterpretar el poder político de la música urbana mientras permita renovar el relato latinoamericanista. Pero también evidencia los límites canceladores cuando lo popular no resulta simbólicamente administrable y se vuelve incómodo por el disenso.
Maykel Osorbo alza su puño en un gesto liberador durante protesta en el barrio de San Isidro. Imagen: página oficial de Facebook de Maykel Osorbo (2021).
El ODC subraya el absurdo de priorizar la calidad artística y social de un proyecto sobre otro cuando de conveniencia política se refiere. Alerta, a su vez, sobre el régimen opaco de autorización/validación vs. censura/deslegitimación que entraña la política editorial de la institucionalidad cultual cubana.
El ODC también denuncia la crítica selectiva al colonialismo; sobre todo, si se convierte en coartada para aceptar la influencia iliberal de otras potencias y promover otra forma de dependencia, esta vez hacia Moscú. Un enfoque verdaderamente descolonial no puede limitarse a sustituir una hegemonía por otra. En su defecto, el ODC exige condiciones concretas de libertad cultural, diversidad informativa, participación comunitaria y autonomía creativa dentro de Cuba.
El ODC advierte, por último, sobre la complacencia de una intelectualidad asistida dentro del país que debe su existencia a concordar con este aparato condicionado de poder, reproduciendo en el campo académico las taras que la política cultural promulga.

Los intelectuales de la Guerra Fría
- I. El liberalismo contra sí mismo
- II. Judith Shklar: Contra la Ilustración
- III. Isaiah Berlin: El Romanticismo y la plenitud de la vida
- IV Karl Popper: Los terrores de la historia y el progreso
- V Gertrude Himmelfarb: Cristianismo judío
- VI Hannah Arendt: La libertad blanca
Por Samuel Moyn












