Lo llamábamos Miss Daisy, era un Moskvitch del 67. Azul. A José Miguel, mi padre, se lo vendieron a mediados de los 80. O se lo asignaron. El traspaso aconteció de manos de una Unidad del Ministerio del Interior a las de un oficial de la Seguridad del Estado en servicio hasta el 2003. Ese oficial, mi padre, todavía era capitán. A finales de los 80´s pudo repararlo. A fondo. Y pintarlo. Cintillos niquelados, los faros e indicadores y todo el revestimiento interior originales. Una verdadera belleza. Y fiable.
Miss Daisy: así le puso mi hermana al carro. Aleida es siete años mayor que yo, tiene la misma edad del Moskvitch. Y mi madre, que no era la madre de mi hermana porque la suya falleció en 1991, con hilo de estambre amarillo y la mitad de una cáscara de huevo hizo un adorno para colgarlo del retrovisor. A mi hermana sí le gustaba aquella manualidad sin el espíritu del Moskvitch, sin mucho carácter. El polluelo quedaría pendiendo sobre el salpicadero como un ahorcado cándido, casi atemporal. Hasta la muerte de mi madre.
Ya la vendí, dijo mi padre al entrar. Se quitó la gorra. Azul, con un lamparón de sudor y sal alrededor de la visera. Sobre el sofá, tirada con no poca molestia, la gorra parecía una metáfora. Una mala metáfora, pensé: la letra I mayúscula impresa en blanco sobre la tela. La I de Industriales: ese equipo de béisbol podía fulminar cualquier corazón tras un disgusto en mitad del campeonato.
¿Te fue tan mal?, le pregunté a mi padre. Aleida me hizo una seña. Fue un breve gesto, una alerta. Déjalo tranquilo, dijo.
Debía esperar. ¿Pero cuánto? ¿Cuánto debía aguardar para enterarme si le pagaron mucho menos de lo que quería por Miss Daisy? Mi padre era un mal negociante, Aleida y yo tan malos como el viejo. Entonces lo vi caminar hacia el refrigerador. Alto, obeso, obstinado. Retirado con grados de Mayor, canoso pero no calvo, licenciado en Artes y Letras. El ex oficial secaba con un pañuelo el sudor en la cara y el cuello. De espaldas a mí se abrió la camisa. Azul y sudada como la gorra, pensé de cara a la ventana mientras mi padre, en la mañana, salía junto a mi hermana. No pude acompañarlos, una operación de cordal me obligaba al reposo. Cuando cerraron la verja del jardín crucé los dedos. Por mi padre y Aleida. También por mí.
Antes de abrir el refrigerador, mi padre volvió a secarse con el pañuelo el cuello, la cara, el torso. Tras beber medio litro de agua se encerró en su cuarto. Ni me preguntes, no sé qué le pasó, dijo Aleida. Pero no se ahorró detalles de la conversación entre nuestro padre y los compradores. O el comprador: un hombre cinco o siete años mayor que nuestro viejo.
Tráeme agua, por favor, dijo. Regresé con un vaso y la jarra. Mi hermana se había sentado en el sofá, junto a la gorra estaba la riñonera. Aunque pasaron de moda, el viejo conservaba la suya. Azul. Como el Moskvitch, como la gorra, y como el uniforme de Industriales. Tras beber la mitad del vaso mi hermana tomó la riñonera: Ahí está el dinero… Aleida arrugó el entrecejo, me miró: ¿Y tú cómo te sientes?, ¿tienes la mejilla hinchada? Asentí, pero no dolía. Por cierto, Papá pidió por el carro 1000 CUC por encima de lo acordado, dijo; no me lo esperaba, creo que el comprador se dio cuenta.
Tras terminar el vaso, mi hermana dijo que aquel hombre sonrió luego de mirar fijamente a nuestro padre. Aleida cree haber visto en la cara del comprador algo más que una sonrisa, pero no supo decirme exactamente qué. Mi hermana quedó sorprendida cuando el comprador le dijo a nuestro padre: Josemi, no es poco lo que estás pidiendo.
Aleida notó en mi cara el asombro. El comprador, de quien destacó la cicatriz de una vieja herida en la mejilla derecha y la falta de un trozo de oreja en el mismo lado de la cara, miró a nuestro padre y ambos se quedaron en silencio. Mirándose. El tiempo psicológico debió transcurrir mucho más despacio que en el reloj de pared. Antiguo, de madera preciosa, enorme. Con su péndulo, contrapesos, campanadas. La casa de esa muchacha está quedando bella, dijo mi hermana, parece detenida en el tiempo pero no como un museo, es una casa viva. Justo cuando las campanadas anunciaron la hora en punto, según contó mi hermana en el recibidor apareció una mujer. Negra. De uniforme azul oscuro, delantal y gorro blancos. Se excusó, dejó las tazas de café y el agua, pidió permiso y regresó a la cocina.
Aquel hombre dijo A mi hija le gusta el carro, yo no la entiendo, ella dice que es un auto clásico… Da igual, le gusta, dijo el comprador, según el mecánico está en buen estado.
Mi padre lo miró, pero no le respondió.
Las escenas finales de la venta pueden condensarse en un largo intervalo de tiempo. Allí, dos hijas y dos padres están situados en los extremos de un canje. De súbito, el Miss Daisy cruzó lentamente los meandros de mi memoria. Viajes a la playa; visitas a los campamentos de la Escuela al Campo donde mi madre, mi hermana y yo, cada uno en su momento, doblábamos el lomo bajo el sol; los trayectos de la casa al hospital cuando la madre de mi hermana peleaba a muerte con el cáncer; paseos con Miss Daisy en la ciudad; visitas a mi tío, el hermano de mi madre; otra vez el hospital y mi madre a punto de ser fulminada por el mismo tipo de cáncer que liquidó a la madre de mi hermana. El polluelo colgado del retrovisor y el carro fueron perdiendo el lustre bajo el duro sol.
Al arribar el 2012, el Moskvitch pasaba más tiempo en el car porche que en la calle. El techo del garaje y el del resto de la casa habían aguantado con menos decoro que Miss Daisy los embates del tiempo. Al igual que el Moskvitch, la casa, asignada a mi padre a finales de los sesenta, se reparó en los ochenta. Rejas, el techo, la cerca perimetral, rediseño del jardín, plomería, el piso de granito quedó bien pulido. Toda de blanco la casa salvo las columnas en beige muy claro. Era un enorme inmueble de los 50´s construido en las afueras de la ciudad. Altahabana: mi barrio, mi reino. Para salvar el techo, mi padre decidió vender a Miss Daisy.
Por un vecino del barrio, la muchacha, casada y con un niño, supo que el Moskvitch estaba en venta. Nos contactó. Thelma habló con mi padre. Tras asegurarse de que sería una buena inversión rogó a mi viejo esperar un mes. A inicios de agosto tendría todo el dinero.
Me voy para mi casa, dijo Aleida. La acompañé a la puerta, me pidió que hiciera reposo. Mientras nos despedíamos escuché un ruido: mi padre había salido del cuarto.
Después te llamo para saber cómo está, dijo Aleida. Igual no entiendo por qué se siente mal si ni siquiera le regatearon. El beso doble en las mejillas, la frase para la despedida, un abrazo. Por cierto, hermana, ¿papá no mencionó de dónde conocía al comprador?
No, tampoco le pregunté. No creo que hoy sea un buen día.
Asentí. Pero mi hermana dijo no sé para qué pierdo el tiempo contigo.
Fue el de la puerta del baño el ruido que sentí. Mi viejo había salido del cuarto. Se daría una ducha y cambiaría el plato de comida por unas horas de sueño. Tras levantarse, seguro comería una tortilla, vegetales, un par de tostadas. A solas. Así era José Miguel, el ex oficial Ariel, o Josemi según el padre de Thelma. Muy pocos lo llamaban así. Y quienes así lo llamaban eran amigos de la infancia o la adolescencia. O unos pocos y viejos conocidos.
Te traje un poco de medicina, dije mientras le acercaba un vaso. Un doble de Havana Club a la roca para él. Para mí un jugo de mango. Me miró, aquellos ojos agudos. Y sonreí. El viejo todavía estaba en forma. ¿Qué quieres saber?, dijo y miró mi cara, ¿Te duele…? Vamos a brindar por la venta del carro, dije. Chocamos los vasos. Bebió. Como si no te conociera, dijo, y casi sonrió.
Sí, buscaba ganar tiempo. Con mi padre no podía echar mano de una frase cualquiera. Aleida me contó, dije. Y lo vi darse un trago. Largo. Me extendió el vaso. Ponme otro, un trago a cambio de lo que quieres saber.
Cuando regresé, le pregunté sin rodeos ¿de dónde conoces a ese hombre?
Mi padre entrecerró los ojos y bajó la barbilla. ¿Qué debía estar hirviendo en su cabeza? Entonces dijo se llama Ismael. Nos conocimos… coincidimos en Girón y nunca más lo vi, hasta hoy. Mi padre se dio un trago. En su boca quedó un trozo de hielo, luego de triturarlo se levantó. Iría por más hielo y la botella.
De mi padre y su rol en los días del desembarco en Playa Girón tenía el recuerdo de un trozo de tela. Cuando niño la encontré en una gaveta. La tela de un paracaídas. Mi padre y la guerra. O mi padre y una batalla resumida en un trozo de tela y una fotografía de Tirso Martínez. En blanco y negro. Fidel, en la foto, está a punto de saltar desde el lomo de un T-34, pero mi viejo ni siquiera va a bordo del tanque. El otro momento de mi padre y Bahía de Cochinos es el disparo de Fidel desde el SAU-100 después de varios intentos fallidos contra el Houston, uno de los barcos de la Brigada 2506. Mis falsos recuerdos de una guerra donde estuvo mi padre. Nunca le había preguntado de lo que vio y vivió allí. Era de seda la tela del paracaídas estampado con manchas verdes de tonos diferentes.
Coincidimos en un pozo, dijo cuando regresó con la botella, el hielo, y otro vaso de jugo para mí. El pozo no estaba lejos. Varios hombres recibieron la orden de buscar agua. Me eligieron, dijo mientras abundaba en detalles. Entonces, mi falso recuerdo de la guerra a partir de la foto tomada por Tirso Martínez comenzó a cobrar un nuevo orden, un nuevo sentido. Era una mañana cálida y un paisaje áspero, poco amable, donde el mar, al regresar empecinado contra el arrecife, esparcía finísimas gotas de agua y sal. En el paisaje debía incluir no exactamente a mi padre, sino a un joven policía asignado a la 9na Estación, con 21 años cumplidos a principios de mes. En la habitación donde conversamos tengo un flemón incipiente, 38 años, y nunca le pregunté por qué se hizo policía. El 18 de abril su pelotón estuvo de reserva en la Estación. A mi pelotón le tocó asistir a la reunión donde saldrían cinco voluntarios para el Batallón de Combate de la Policía, dijo.
Mientras mi padre hablaba, intenté imaginar el ritmo de trabajo en aquella estación de policías con forma de castillo, los calabozos y los detenidos, las patrullas. En mi cabeza la reunión transcurre en una plazoleta. Allí también está el jefe de la estación. Un Capitán. Con cierta calma mira a los integrantes del pelotón y les habla. En la plazoleta ha caído la tarde y mi padre va de completo uniforme. Ese joven tiene el número de identificación 3076 y no solo es el de menor edad en el pelotón. Allá en la plazoleta, el Capitán comunica la orden llegada a la estación en un telefonema. Cuando arriba a la frase donde pide voluntarios para el Batallón de la Policía, el que esté dispuesto que levante la mano, dijo, solo uno la alzará. Francisco. Es mayor que mi padre, lo dobla en edad, negro, y estuvo alzado en la Sierra Maestra con las tropas de Fidel. Tras aceptar, debe salir de la fila y esperar al resto de los voluntarios.
Mi padre todavía no ha conocido a la doctora que me dará a luz y desde su puesto en la fila mira a los lados. Pero no debería llamarle padre o papá, sino Efectivo 3076. El Capitán sigue hablando y el pelotón es puro silencio. Entonces el Infante 3076 levanta la mano, el Capitán lo ignora.
El rostro del Capitán se ha enrojecido. Cojones, gritó, ¿A nadie le da vergüenza que un niño se brinde de voluntario? Qué responder, qué hubiera dicho yo, a mis 38, en aquella plazoleta si hubiera elegido ser un policía. Entreverado en el silencio de los policías se escucha el ruido del tráfico, el del viento enredado en el follaje y los chicotazos de la bandera sacudida por las rachas. Poco más se escuchaba en la plazoleta: el canto de los pájaros, ladridos. Y el Capitán dijo Echemendía, salga de la fila y párese junto al otro compañero. Josemi, ¿tú tienes idea de lo que te espera?, dijo Francisco en voz baja, porque yo sí lo sé, mi ecobio. El Infante 3076 lo miró. Creo que sí, dijo el Infante. Entonces no hay más ná que hablar, y Francisco le dio unas palmadas en la espalda.
No pasó mucho tiempo y se alzó una mano en medio del pelotón. Justo cuando se incorporó el tercer hombre a la pequeña fila de voluntarios el Infante vio que a la derecha del jefe de la estación se levantaron otros dos brazos. Tras la orden del Capitán, el pelotón de reserva rompió la formación y abandonó la plazoleta. Nos entregaron un fusil checo, dijo mi padre, un R-2 con bayoneta y tres depósitos. Tras revisar las armas y los cargadores los voluntarios subieron a los jeeps. Los estaban esperando en el parqueo.
En la estación de policías de Cuba y Chacón la jefatura de la Policía preparaba el Batallón de la PNR. Allí distribuirían a los hombres en varias compañías, que al menos no lo separaran de Francisco resultó un alivio para el Infante. Yo no conocía a más nadie, dijo mi padre, me cambiaron el fusil por una metralleta checa con cuatro depósitos. Teníamos un Colt 38 y una mochila con sus enseres. En una oración subordinada incluye detalles: hamaca, una capa, cantimplora y una palita para cavar trincheras. Nos ubicaron en la 4ta Columna, en el pelotón de apoyo, dijo. Su pelotón era el 45. Hay en su testimonio un salto temporal. Sí, él tiene cierto don, creo. Puedes escucharlo un par de horas sin aburrirte. Montamos en rastras cerradas y salimos para Girón, dijo.
Amanecía. A pesar de la hora la carretera no estaba desierta. En el relato, el Infante 3076 viaja en una rastra cerrada, sin embargo mi padre dijo que había mucho movimiento de camiones militares, artillería, y creo, dijo, creo que tanques transportados en rastras. Llegaron a Jagüey Grande al anochecer. Hicieron una parada, muchos decidieron bajar. El Infante compró cigarros. Fumaba cigarros negros. Ya no, y casi dejó el café. Además compró una gaseosa de limón. Dos, precisó.
Bebía el segundo refresco cuando un hombre se le acercó y le dio los buenos días. Ojalá barran con ellos…, dijo sin que mediaran muchas palabras, fue criminal lo que hizo esa gente. Pero de qué me habla, dijo el Infante. El desconocido lo miró, bombardearon el tramo por donde iban las guaguas, estaban repletas de milicianos, dijo, eran bolas de candela…, algunos salían de las guaguas con la ropa ardiendo. El Infante 3076 dejó la gaseosa a medias. Su corazón latía a mil golpes por minuto. Mataron a muchos, dijo el hombre, qué terrible morir quemado. En el relato de mi padre aquel hombre hizo un breve silencio y dijo así que tú vas para Girón, ¿no llevas una medallita de la Caridad del Cobre? Antes de poner la botella en el mostrador el Infante asintió.
Tras la pausa de mi padre, en su testimonio la breve parada en Jagüey Grande acaba y ordenan a los policías subir a las rastras. La caravana retoma la carretera. Viajaban en un transporte cerrado, sin embargo mi padre en su testimonio ve las guaguas. Ardían. Era dantesco, así dijo. La caravana disminuyó la velocidad al pasar junto a los ómnibus. Al rebasarlos, las rastras aumentaron la velocidad. Hay otro salto temporal y físico y la caravana se detiene. Anochece, están en Soplillar. Nos bajamos y nos acomodamos en los alrededores como pudimos, sin alejarnos mucho, dijo. No puedo decirte que haya dormido, a lo mejor el cansancio me venció y tiré un pestañazo. Yo estaba nervioso, pero bastante controlado. Allí estuvieron hasta el amanecer.
Sobre las cinco o las seis de la mañana despertaron al batallón. El corazón del Infante 3076 debió latir muy fuerte. Otra vez. Formamos y nos quitaron las mochilas y palas, nos entregaron cajas con municiones. Antes de darle un sorbo a su vaso de ron mi padre enarcó las cejas. Ya se ha instaurado el sol en Soplillar. Lo que al tacto en la madrugada transcurrida sobre la hamaca tendida en el suelo parecía arenilla fina, es puro polvo en un terraplén sin asfaltar. Días secos. Polvo blancuzco. Largo terraplén. Al mediodía, la luz del sol rebotaría fuerte sobre aquel camino. Incómodo sería el resplandor. Al batallón lo dividieron en dos columnas, una por cada cuneta, dijo mi padre, en el centro quedó el terraplén.
Con un gesto el viejo se disculpó, necesitaba ir al baño. Mientras esperaba volví a recordar la foto donde Fidel se disponía a saltar del T-34. Para que el tanque llegara a la playa quizá debió transitar por el terraplén donde estuvo apostado el Batallón de la Policía. El terraplén no sale en la foto, da igual. En el escenario recreado en mi cabeza ya se escuchan disparos de artillería. Hay dos cañones antiaéreos a cada lado del terraplén. Creo que de treintaisiete milímetros, dijo mi padre, y las cuatrobocas…
El Infante debe haber visto las piezas de artillería mientras las dos columnas avanzaban por el terraplén. Camina, suda, bebe de la cantimplora. Pequeños sorbos de un agua tibia y son casi niños los artilleros. Ninguno tendrá más de dieciocho años, debió haber pensado el Infante al verlos. Según su descripción, aquellos jóvenes parecen volcados a un aparente juego. Un juego de guerra. Al rato vi un avión, dijo. Sobrevolaba la zona donde debía estar la Brigada 2506. Sol, brisa, salitre, polvillo. La garganta reseca, los labios tan secos como la garganta y rebota la luz de la mañana en el terraplén.
En el escenario que en mi mente recreo hay un cielo sin nubes y a lo lejos el mar rompe contra el arrecife. Es demasiado áspero el paisaje de rala vegetación. De unos parcos tonos sepias a un verde tenue transcurren los colores de la hierba según se la lejanía respecto del arrecife. El avión vuela en una diagonal descendente hacia el extremo derecho de la escena. La aeronave gira en dirección al mar. Antes de llegar al borde de la costa llueven paracaídas justo sobre el territorio ocupado por una brigada dispuesta a tomar la cabeza de playa. Yo no distinguía si eran hombres o suministros, o ambos, dijo mi padre. Entonces los niños reciben la orden, todavía el Infante 3076 los cree abandonados a un juego. Eran ráfagas continuas los disparos de las cuatrobocas. Los cañones de treintaisiete milímetros disparaban con cierta pausa, dijo y se dio un trago.
De los ojos de mi padre creí traducir una intensidad. No se resume en euforia, sino en una mezcla caótica donde caben azoro, miedo, incredulidad, nerviosismo, incertidumbre. ¿Más una dosis de conformidad o resignación? De esa intensidad puedo imaginar a los oficiales gritando los comandos a ejecutar. Órdenes, palabrotas, vítores para soliviantar al batallón. Pero todo lo anterior está matizado en mi cabeza por lecturas, películas, series.
Sin embargo, no hay ficción en lo narrado por mi padre. Aunque mi cabeza matizara o magnificara cuanto iba pasando en los alrededores de una playa dispuesta a ser tomada y a la vez defendida, no podía evitar ese lugar común donde jefes y efectivos en gritos sucesivos eligen entre la Patria y la Muerte acaso porque el pensamiento binario es el que se entiende de manera expedita. Un comandante o un capitán no puede gritarle a la tropa ¡no hay Patria sin virtud!, pero sí ¡Patria o Muerte! Patria y virtud quedan para el terreno del diario, el ensayo, el discurso, me digo.
En el frente de guerra quizá no sería un comando muy claro para que el batallón de la policía siga adelante. Avanzan a lo largo de los socavones. Todavía no habíamos entrado en combate, dijo mi padre, pero comenzaron a escucharse explosiones y ordenaron tendernos en la cuneta. Disparos de morteros. En este punto del relato sí es la adrenalina la que lleva al Infante 3076 a sacar la cabeza. A la derecha y hacia el fondo de la escena que mentalmente voy reconstruyendo está el mar, un poco más cerca el arrecife. Ocultas y a la izquierda deben estar las baterías de morteros. El terraplén casi parte en dos el escenario recreado en mi cabeza. Puesto que nadie le advierte, el Infante se asoma y ve las explosiones. En el mar las primeras, después en el arrecife. Luego en una zona donde la vegetación de la costa es una alfombra áspera bastante rala.
Según un observador apostado en lo alto de un tanque de agua potable las baterías de morteros iban corrigiendo el tiro. Distancia y elevación. Pruebas de ensayo y error donde el sonido no solo aviva el temor, resulta también atroz por esa cercanía en aumento. Entonces alguien, tumbado a su lado, tomó al Infante por la camisa. Y me halaron, hacia abajo, dijo mi padre. ¡Josemi, cojones, agáchate!, le gritaron. Y el que trece años después sería mi padre se hizo un ovillo y la lluvia de polvo y piedras tras los estallidos arreció.
Todo es cuestión de suerte, me dije. Puro azar. Pero no se lo comento, porque en allá en el terraplén tiene solo 21 años y está en el fondo del socavón como un animal asustado. Eran las primeras horas de la mañana y el polvo seguía suspendido sobre el terraplén. Si te quedas en el lugar un proyectil puede matarte, me dijo mi padre, si avanzas, también, pero hay más probabilidades de sobrevivir. Entonces dieron la orden.
¿Mi padre me contaba una historia épica o trágica? En el relato el batallón avanza, a la par algunos policías mueren o la metralla los hiere, la aviación todavía no ha detectado y liquidado al que informa hacia dónde debe disparar la batería de morteros de la Brigada 2506. Las dos filas a ambos lados del terraplén van ganando metros. Es bastante recta la ruta a seguir, pero más adelante el terraplén se tuerce. La vanguardia se arrastra en silencio, al llegar a la curva encontrarán una emboscada. Sumarán nuevas bajas. Muchas, dijo mi padre. Mientras, arrecian las ráfagas en ambos bandos. Para mi padre el ruido de la guerra tomó la tesitura o el tono de una melodía grave. O un enjambre muy grande, un ruido muy fuerte, dijo.
Allí la única defensa contra los morteros era avanzar, dijo antes de darle un sorbo a su vaso. El negro Francisco me decía hay que seguir y jugársela, no hay de otra, mi ecobio…, avanzar rápido. El bombazo le cae arriba a la batería cuando es muy cerrado el ángulo. Dale, Josemi, levántate. Corrían. Tropiezos. Explosiones. Y se tiraban al fondo de la cuneta. Lluvia de piedras y el fino polvo mezclado con el salitre y la pólvora resecando la nariz y la garganta. Respirabas mejor si te pegabas a la nariz un pañuelo mojado con agua. Solo un poco mejor. Y levantarse tras filtrar un par de bocanadas. Una breve carrera, tropiezos, y otra vez la lluvia de morteros y el polvo.
Avanzaban despacio. Nos hicieron muchas bajas, dijo. En la escena que sigue un proyectil impactará en la cuneta, no será demasiado cerca. Pero da igual. Las esquirlas matarán a varios policías que viajaron con el Infante 3076 en la misma rastra. Iban delante en la columna a lo largo del terraplén, a poco menos de cien metros. El Infante al levantarse vio la discontinuidad en la línea de hombres. ¡Josemi, no te quedes como una estaca!, gritó Francisco y otra vez apuró el paso.
Delante estaban los cuerpos. Polvo, sangre, cuerpos heridos, rostros desfigurados. Mucha sangre sobre el uniforme de Quintana. Blanco, de entradas pronunciadas, y aquellos ojos tan claros. Tenía una herida en la frente y dos en el torso, dijo mi padre. Cuando me paré a su lado vi que no estaba muerto aunque lo parecía. La sangre le brotaba de la frente y le había manchado buena parte de la cara y el cuello. Las esquirlas le rajaron la camisa y se le incrustaron en el pecho. ¡Ambulancia…, traigan la ambulancia!, gritó el que iba detrás del Infante 3076.
Los gritos se multiplicaban a lo largo de la cuneta y en sentido contrario al mar. Una cadena de gritos avanzaba hacia la retaguardia del batallón. Los sanitarios corrían por el terraplén. Se lanzaban a la cuneta más cercana cuando arreciaba el bombardeo, luego subían al terraplén hasta llegar al soldado o el oficial herido o muerto. Iban, venían. El uniforme con lamparones de polvo, sudor, sangre. La sangre de los heridos, la sangre de los muertos. Ritmo frenético al que sumaban un grito de alarma o auxilio a las ambulancias para trasladar a los heridos.
Las ambulancias avanzaban bajo el bombardeo. Mientras esquivaban los baches y cráteres en el terraplén levantaban una nube de polvo. Pero el sanitario demoraba y el Infante y otro policía trataron de contener la hemorragia del herido. Apenas pudimos hacer algo, dijo mi padre, cuando Quintana murió sus ojos se apagaron. Perdieron el brillo, como si tuviera una película fina en los ojos, dijo, una membrana que de pronto le nublaba la visión. Era el primer cadáver que veía en mi vida.
A media mañana, entreverada en la sinfonía grave de ráfagas de ametralladoras, cañones y cuatrobocas, emergió un nuevo sonido. Igual de grave. Se imponía en el terraplén. Los tanques se acercaban desde la retaguardia. Alta nube de polvo detrás. Eran tres. Unos T-34, dijo mi padre. A un grupo de compañeros y a mí nos ordenaron avanzar detrás de los tanques. Y los policías salieron de la cuneta, agachados, bajo los disparos que empezaban a impactar en los hierros del tanque. Zumbidos. Breves chispas. Chasquidos. ¡Josemi…!, gritaron. ¡Salgan de ahí, los van a matar!
El Infante 3076 dudó, luego miró a quien le gritaba. Era Francisco. Luego se volvió hacia los que caminaban a su lado. El negro tenía razón, debía regresar a la cuneta, dijo, pero no todos decidieron seguirme. A solo un par de pasos del socavón donde había estado arreció todavía más la intensidad de los disparos… Tras los puntos suspensivos mi padre dijo comenzaron a dispararnos con cañones de setentaicinco milímetros.
Un par de preguntas estallaron en mi cabeza mientras mi viejo hablaba. Y se las dije. ¿Por qué enviaron a un batallón de hombres con muy poco apoyo de armas de alto calibre contra una brigada tan bien pertrechada? ¿Y para qué demorar la entrada de los tanques y la Fuerza Aérea?
Mi padre se encogió de hombros y la nube de polvo levantada por los tanques al avanzar sobre el terraplén quedó trunca, casi de súbito se volvió una columna de humo y llamas cuando los cañones impactaron de manera sucesiva en los tres tanques. Mi padre refiere un zumbido, segundos después el estallido del primer T-34 y varios policías muertos, luego otros zumbidos seguidos de una segunda explosión. El tercero avanzará pocos metros. De ese tanque bajará un tripulante. Tenía quemaduras en la cara y desprendida parte de la piel, dijo. Le di mi cantimplora y se echó un chorro de agua en el rostro. Era un mulato joven.
El sol del mediodía de aquel 19 de abril de 1961 no debió ser menos noble que el de un mediodía en Altahabana a mediados de 2012. Ese sol calentaba el metal de las cantimploras y la poca agua almacenada. Entonces el Infante escuchó la voz de mando del jefe del pelotón de apoyo. ¡Reúnan a varios hombres, tres por escuadra!, gritó a los jefes bajo su mando. ¡Necesitamos agua, que cada uno lleve un par de mochilas y carguen con todas las cantimploras que puedan!
En el grupo enviado al pozo está el Infante 3076. Mi padre dijo que el corazón le dio un vuelco. Como si de pronto se detuviera por un par de segundos y luego se desatara en latidos muy fuertes. Acelerados. Con la intensidad de los cañonazos. Porque debían separarse del batallón y caminar ciento cincuenta o doscientos metros y del bolsillo tomó la medalla de la Virgen. La apretó antes de asomarse y mirar por sobre el terraplén la pura alfombra rala, áspera, con grandes claros de tierra reseca y rocas. Se extendía por varios metros y sí, no lo había pensado, pero que la yerba no estuviera crecida ayudaba bastante en la carrera rumbo al pozo. Bajo la metralla han salido de la cuneta. De prisa. Y el Infante tropieza y casi cae justo después que la vegetación gana un poco de altura.
Corren. Las mochilas son un fardo incómodo. La hierba todavía no es demasiado alta y tampoco mucha. Y tropieza con las piedras escondidas entre la maleza agarrada a la tierra dura y cuarteada y va creciendo hasta parecerse un montecito a poco menos de treinta metros de distancia. Pero todavía deben correr medio agachados. Estallidos. Ráfagas. A ratos se lanzan al suelo, esperan unos minutos y vuelven a levantarse. Tampoco es demasiada la diferencia entre el terraplén y los ciento cincuenta o doscientos metros de terreno descampado. Porque bajo la lluvia de morteros la cuneta apenas protege.
Iban separados cuidando mantener cierta distancia. Tras levantarse al acabar la nueva andanada de los morteros el Infante advierte que solo faltan unos pocos metros para adentrarse en el montecito. Sí, abandonarse a la carrera cuidando no perder el equilibrio por el vaivén de las dos mochilas y las piedras desperdigadas a lo largo del terreno y ya están a la sombra de los arbustos. Todos. Agitados. La garganta reseca por la pólvora, la sal y el polvo. Ardía la piel del rostro y la sal escuece allí donde se han rajado los labios. Sombra, un poco de fresco. Solo un poco de alivio porque la humedad es alta. La ciénaga está cerca y se hace notar con el azote de los mosquitos. Un manotazo en el cuello, otro en la frente, marcas de sangre en la mano.
Ramón, el que iba al mando, ordenó dividirse en grupos de tres. Quienes avanzaban en el extremo izquierdo demoraron muy poco en alertar al resto. Unas piedras alrededor del hoyo a manera de brocal, una vieja cubeta, la soga. Angosto agujero, profundo. Breve y oscuro espejo de agua en el fondo, algunas hojas muertas. Flotaban. Siempre imaginó a los manantiales y los pozos de otra manera. Diferentes, dijo, no sé, nunca de aquella forma.
Veinte años después con la nieve le sucedería algo similar. Entonces decidieron organizar el llenado de las cantimploras. Tres de los policías se quedarían vigilando. El Infante, junto a otros dos, abrirá las cantimploras y las entregará a quienes deben llenarlas. También se encargarán de cerrarlas y meterlas en las mochilas. Tras acabar con su parte el Infante decide reponer en su cantimplora cuanto había bebido. Agua fresca en la garganta, la cara. No recuerda si tenía algún regusto el agua y casi empapaba la camisa, muy pronto la secaría el sol y se escuchó un ruido. Ramas quebradas. Todos se miraron.
Lo que acontecerá en el interior del montecito transcurrirá de manera pausada. No solo es el tempo psicológico impuesto por mi padre a esta parte del testimonio. Porque las mochilas pesan y con una seña Ramón ordena dejarlas en el piso. Despacio. Y agacharse. Con otras señas distribuye por grupos a los policías. Calor, mucha humedad, demasiados mosquitos. Los policías caminan despacio, medio encorvados cuidando no hacer ruido, escrutan con la mirada qué pudo provocar el crujido de las ramas, tan fuerte, y no debió ser uno de los tantos cangrejos camino a la costa, confundidos, creyendo escuchar truenos en lugar de los cañonazos.
Mi padre había dejado su cantimplora en el suelo. Abierta. Cuanto escuchaban no era precisamente el murmullo o rumor parco, casi sordo, de un monte donde se extrañaba el canto de los pájaros, las cigarras, el de la brisa enredada en el follaje. Persistía el ruido de los morteros, las ráfagas de la artillería y las ametralladoras y el tempo psicológico de esta parte del relato ya no será el mismo.
Uno de los policías le hace una seña a Ramón. Cree haber visto un bulto confundido en la hojarasca, la vegetación, entre los rayos del sol filtrados a través del follaje. Y las picadas de los mosquitos y la alta humedad y el calor. La mirada escruta allí donde pareció moverse algo. ¿Un puerco jíbaro, una iguana huyendo de la costa?
De súbito crujen algunas ramas en dos lugares no muy distantes uno del otro. Son dos bultos. Demasiado grandes para ser un puerco o un perro jíbaro. Y no hay tiempo para dar el alto. De los seis que están a menos distancia de aquello que se movió, tres disparan. De los tres, dos en una misma dirección; el Infante 3076 hacia la otra. Playa Girón le deparó a mi padre varias primeras veces. Una batalla, un cadáver, el pozo, los disparos fuera de un entrenamiento. También un primer herido del bando contrario y una herida superficial en el brazo. En realidad fue un roce caliente, dijo, aquí en el izquierdo. Entonces el Infante piensa en la medallita de la Virgen del Cobre y se palpa el bolsillo. Euforia. Nerviosismo. Tiemblan sus manos, todavía.
Cuando vio caer al bulto enfundado en un traje de camuflaje dejó de disparar. Un grito, quejidos. Ramón ordenó el alto al fuego y que tres verificaran si aquel de allá está muerto, dijo, con el arma apuntando al herido caminó a su encuentro. Lo acompañaban otros dos policías. Apuntaban al cuerpo tumbado en la hojarasca. Blanco, alto, delgado. Una herida en la mejilla y la oreja medio destrozada. La sangre corría cuello abajo. Que alguien vea qué le pasó a Echemendía, dijo Ramón tras desarmar al herido. Creo que no fue nada, dijo mi padre, y uno de los policías tomó una bayoneta, le rasgó la camisa. Déjame echarte agua, te hago un torniquete y luego vemos al sanitario. Ni te lo seques, le dijeron. Tampoco les hizo falta amarrarle un trozo de tela en el brazo.
Toma, la dejaste en el suelo, y le alcanzaron la cantimplora al Infante. Mientras la guardaba en el estuche sintió picadas en el cuello. Los había olvidado. Pero la plaga importa menos que seguir vivos casi a las dos de la tarde. Y los gritos de un policía que encañonaba al herido lo devolvieron a ese instante donde vivió un intercambio de disparos. Eladio quería cobrarle mi herida, más todos los muertos por el bombardeo, dijo mi padre. Enarcó las cejas, apretó los labios. Yo estaba confundido, dijo. Mi padre me miró, se dio un trago. Qué hubiera hecho yo, qué hubiera dicho. Tampoco sé si hubiera sobrevivido o si hubiera ido a Girón tal como hizo mi padre. Y pensé en la medallita de la Virgen del Cobre, en la herida superficial tras el intercambio de disparos, también en la decisión de no seguir parapetado detrás del tanque.
Eladio quería ejecutar al herido y el Infante, todavía con un ligero temblor en las manos, se acercó al grupo. Este tipo te hubiera matado, Echemendía, dijo Eladio, te hubiera partido el pecho en dos. Y el mayor del grupo, Francisco, se le paró delante a Eladio. Pero no lo mató, lo que Josemi tiene es una heridita en el brazo y ya, y este por desgracia está vivo, dijo el negro mientras señalaba al herido. Está mal matarlo a sangre fría, yo lo hubiera bajáo del caballo como al otro, pero no así a sangre fría, mi ecobio, así creo que no… ¿Y por qué cojones no?, gritó Eladio, pregúntale a Echemendía…
El Infante miró a Eladio, también a Francisco y a Ramón. Ecobio, aquí no hay que preguntarle a nadie, dijo Francisco, no me sale de los cojones que lo mates y no hay más ná que hablar. Levántenlo, échenle agua en la cara y vámonos dijo Ramón. Hay un montón de gente muerta de sed esperando por nosotros. El Infante 3076 solo asintió. Hay en ese silencio preguntas que estallarán cuando arribe a su cabeza un poco de sosiego.
¿Por qué estaban esos dos tipos allí, tan lejos de la playa? ¿Conocían el lugar, eran de la zona? ¿Querían envenenar el pozo? ¿Huir? ¿Esconderse? Demasiadas preguntas las del Infante nervioso y exaltado, y demasiadas preguntas las mías. Que intercambiamos. Que no supimos responder. Y tampoco eran graves las heridas de aquel hombre, sobreviviría, pensó el Infante al mirarlo. A punta de fusil, casi bajo el fuego y medio agachados, tras sucesivas carreras luego de tumbarse en el suelo lo pondrían en manos del jefe del pelotón.
Gracias, Josemi, dijo el herido al Infante. Y el que todavía no era mi padre lo miró: la mejilla herida, la oreja medio despedazada. Entonces se acordó de la quemadura en el brazo. ¿Y por qué las gracias?, tú no sabes lo que te espera, dijo el Infante. El herido se encogió de hombros.
Casi en el borde mismo del bosquecito Ramón ordenó detenerse. Un avión irrumpía desde el lateral derecho del encuadre recreado en mi cabeza. Un paisaje menos mental que real. El avión es mucho mayor de cuanto imaginé. Su ruido se entrevera en el del bombardeo y las ráfagas. Va perdiendo altura mientras se acerca, el vuelo ya es rasante cuando arriba al terraplén. No sé si era de la Fuerza Aérea cubana o de la Brigada, y mi padre bebe el último trago de Havana Club. No nos disparó, tampoco vi que disparara o lanzara paracaídas en la zona de la playa. Quise preguntarle si era un caza o un bombardero pero no tenía sentido.
Mi padre no suele filosofar. No es dado a las digresiones. Yo sí. Pero luego del trago me miró, apretó los labios, entonces dijo es difícil aguantar tanta presión, tanto estrés durante varias horas. Algunos tuvieron miedo… Sí, cualquiera pudo morir allí. Yo tuve miedo al principio, dijo, un miedo controlado pero miedo al fin y al cabo y avanzaba como los demás. Cuando disparé por primera vez me sentí algo aliviado, pero el verdadero alivio me vino después, cuando regresé a la cuneta. A lo mejor porque ya estaba ahí, en medio del tiroteo, dijo, y porque tenía que hacer algo para poder salir de ahí. Y entregaron las mochilas con las cantimploras y al prisionero, solo entonces se fue reponiendo.
También era una suerte de alivio físico, dijo, pasé un buen rato sin decir nada, sin poder hablar a pesar de las preguntas del que estaba al lado mío. Cualquiera pudo morir allí y estuve a punto de morir dos veces. Me sentí mucho más seguro luego de disparar por primera vez y de sobrevivir por segunda vez, dijo. Todo el tiempo padecí o viví un miedo normal, si es que el miedo normal existe…, supongo que como la mayoría allí.
No entiendo eso que llamas miedo normal, dije. ¿No será otra cosa, no tendrá otro nombre? Se encogió de hombros: No creo, pero no era resignación. Oye, la próstata me está avisando, dijo y sonrió. Mientras esperaba por su regreso del baño recordé la foto donde Fidel salta del tanque. Ya no será la imagen donde encapsularé una batalla y a mi padre. ¿Pero cuál será la imagen del nuevo paisaje que la resumirá?, pensé, ¿la del Infante agachado mientras llena la cantimplora? ¿Mi padre detrás de un T-34 que arderá tras el impacto de un cañonazo?
No hay relato de una batalla donde se excluya la rendición. Según mi padre no fue larga. Menos de setentaidós horas según los libros de texto. Dieciocho horas de fuego cerrado según mi viejo. A su regreso se acomodará para entonces narrar aquello que en la escuela llaman desenlace. Allí mencionó al Capitán Sandino, su rol en el batallón y en el inicio del combate tras descubrir una emboscada en la primera curva que debían rebasar en el terraplén. Durante un tiempo el Capitán Sandino fue el jefe de mi estación, dijo mi padre.
A partir de noviembre de 1965 el Capitán José Q. Sandino será el Jefe del Estado Mayor de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción. Y se lo comenté. Las UMAP…, dijo. Pero decidí no preguntarle a mi padre qué pensaba de aquellos campamentos a donde enviarían a su futuro cuñado. Mi tío. Eso estuvo muy duro, me dijo mi tío Rogelio cierta vez.
Sin muchos detalles me contó cómo los militares amarraron a unos Testigos de Jehová a unos postes. Les ponían una corona de alambre de púas y los dejaban toda la noche hasta el mediodía sin agua y sin comida, dijo, los Testigos eran gente fuerte, terca, querían borrarles de la cabeza a Jesucristo, a Jehová y al arcángel de no sé qué más todas sus costumbres y su manera de pensar, imagínate. Y mencionó el suicidio de Marcos, un mariconcito amiguito mío, Marquitos el Ochentaitrés, dijo, a todos nos dieron un número al llegar al campamento, y en la misma oración habló de un sargento al que le decían Caballo Loco, al parecer estaba medio enamorado de Ochentaitrés.
No lo dejaba tranquilo, dijo Rogelio, pero Marquitos aguantaba. Y yo trataba de imaginar qué hacía Marcos para lidiar con un hombre que en las tardes les disparaba a los perros cuando se emborrachaba y que antes de caer vencido por el alcohol cantaba rancheras.
Un domingo violó a Marquitos, que tenía su compromiso allí: Frank, el Veinticuatro, dijo mi tío Rogelio, a quien el 29 de noviembre de 1965 en la primera formación le asignaron el número cuarentaiséis, primera escuadra, pelotón dos, Compañía número uno del Batallón Treintaitrés en la agrupación Banaguas y nunca quiso contar mucho más de sus tres años de servicio militar obligatorio cortando caña de la mañana a la noche, recibiendo siete pesos mensuales y muy poca y muy mala comida en los dos campamentos de las UMAP en los que estuvo allá en Camagüey.
La tarde comenzó a fatigarse sobre el áspero paisaje y al batallón llegó el rumor de la rendición. La Jefatura dio la orden de avanzar, dijo mi padre, la Fuerza Aérea apoyaría. El mismo encuadre donde está el terraplén, ese paisaje más de una vez recreado en mi cabeza, ahora es sobrevolado por varios aviones. Llegados casi la costa apuntan el morro a la cabeza de playa. Y descienden. En picada. Disparan. Y mi padre se fue a la costa en compañía de una parte del pelotón. Desde el arrecife veían las embarcaciones de la Brigada. Al Infante le pareció que los barcos avanzaban hacia la playa y le dijo al resto del grupo esto no se ha terminado.
La Fuerza Aérea y la artillería arremetieron contra el reembarque de la Brigada. Otra vez la grave sinfonía. El sonido del enjambre, dijo, y con el fuego cerrado los barcos se retiraron. Al regresar de la costa los policías se unieron a la columna. Ya el sol no molestaba, pero sí el calor, el polvo, el salitre y la pólvora. Tras apurar el paso alcanzaron al pelotón para llegar juntos a la comandancia de la Brigada 2506.
Abrazos, saludos, risas, dijo mi padre, en fin, todo un espectáculo; estaba contento no solo por haber sobrevivido, también por combatir con gente que ya lo había hecho antes en la Sierra, la Clandestinidad, dijo. Y con el puño medio cerrado se tapó la boca. Sobrevino su silencio. No hay manera de calar a fondo su silencio, aquella forma de apartar la mirada. De suspirar. Quizá su cabeza recreaba aquel paisaje de guerra. Lo intenté. Pero desde Altahabana, recordando de súbito el motivo y la ausencia de Miss Daisy, resultaba demasiado arduo. Debía situarme en su decisión de hacerse policía e ir como voluntario a Girón. Pero solo conseguí un pésimo remedo de aquel estado sentido por él, similar a la de los miembros del batallón, agotados, hambrientos, muchos aún bajo los efectos del estrés sostenido y el miedo.
Muchos se dispersaron en los alrededores de la comandancia de la Brigada 2506. Los jefes del batallón ordenaron revisar la comandancia. Necesitaban un reporte de todo lo reunido allí. Y la requisa tuvo también como saldo cajas de alimentos. Los repartieron entre la tropa en la noche del 19 y en las comidas del día 20, dijo mi padre.
Durmieron allí, al día siguiente ordenaron formar un cerco en la zona del terraplén frente al montecito donde estaba el pozo. Un cerco de espaldas al mar. Mi padre no recordaba si el cerco duró uno o dos días. Pero si sé que el 20 a media mañana pasó Fidel en un jeep, dijo, iba rumbo a la comandancia. La boina verde, espejuelos de pasta negra, la barba toda de blanco por el polvo del terraplén. El Fidel narrado por mi padre es el mismo Fidel a bordo de un T-34 retratado por Tirso Martínez, pero el que está contenido en mi recuerdo tiene el uniforme de campaña sin lamparones de mugre y sudor, lleva las botas lustradas.
En la foto tampoco tiene olor. Nunca me pregunté a qué olía ese Fidel en el tanque y cómo les hablaba a los subordinados, tampoco el de los discursos en la Plaza al terminar el acto. Con mi viejo sucedía lo mismo. Debió oler muy mal. Pero el que suelo recordar de mi padre es el aroma de violetas en la mañana tras el afeitado y nunca le pregunté si antes de conocer a mi madre usaba la misma colonia. Quizá la usó por primera vez tras un regalo de mi abuela paterna. Esa mujer lo estará esperando en la estación de policías de Cuba y Chacón junto a los familiares del resto del Batallón.
Mi padre cuenta que la abuela lloraba. Cuando me vio no me abrazó, dijo, me acariciaba la cara y el pelo. Me miraba, lloraba. Las manos de mi abuela le apretaban los brazos. No pensé verte más, en tu estación me dijeron que te habían matado, dijo la abuela. Lo buscaron en todas las funerarias. Sí, un malentendido.
Antes de marchar a Girón entregó una billetera en la jefatura de la 9na Estación. Dentro tenía un poco de dinero y una manilla de oro. Pedí que avisaran a mi familia y se la entregaran, dijo mi padre, pero pasaron tres días y no sabían nada de mí. Llamaron a la estación, les dijeron que pasaran a recoger las pertenencias del Infante 3076, y no le podían dar más información porque no tenían comunicación con el Batallón de la Policía. Mi abuela había alquilado un carro. Ella se acomodó en el asiento trasero. Cuando el Infante le dijo Mima, que no quepo, si no te corres no puedo montarme, mi abuela lo tomó por el brazo y se lo sentó en el regazo.
Pasó el viaje llorando. Lo besaba. Estás sucio, le dijo, pareces un pordiosero. El uniforme roto, con lamparones de sudor, sal, polvo, sangre. La manga rota y una venda. Llevaba varios días sin bañarme y sin afeitarme, dijo. En la tarde del día 20 harían el viaje de regreso a La Habana, pero a media mañana todavía el Infante 3076 permanecía apostado en el terraplén. La jefatura del batallón no había desmontado el cerco. Pasado poco más de una hora, el Infante vio al jeep que a media mañana iba con Fidel a bordo en dirección a la comandancia de la Brigada. El jeep venía de regreso, la columna de polvo detrás. En el asiento del copiloto viaja Fidel. El Infante lo ve, el jeep esquiva los baches y se sacude cuando el chofer no puede evadir algunos baches del camino. Fidel conversa con quienes viajan detrás. Sudado y sucio, la barba blanca por el polvo arrancado al terraplén, quizá oliendo tan mal como el Infante 3076.
Poco después del mediodía vimos un carro americano, dijo mi padre. Lo detuvimos. El chofer del Chevrolet 55 dijo estoy desarmado. Era un civil, pidió que le permitieran bajarse. Traía comida para nosotros. Detrás vienen más carros, dijo el chofer. Se veía nervioso pero a la vez contento. El hombre dijo que abriría la puerta trasera del carro. El Infante no estaba junto al carro, desde cierta distancia ve cuanto sucede. Francisco sí formaba parte del grupo que paró al carro, dijo mi padre. Francisco sonreía, Josemi, tremendo olor salía por la ventanilla del chofer. Las de atrás iban cerradas para que no le cayera polvo a la comida. Oye, ecobio, le dijo al chofer, métele mano y saca el material. Bullones repletos. Pollos cortados por la mitad, fritos. Traía más en el maletero. Entonces el negro Francisco llamó al Infante 3076.
No recuerdo si al cerco enviaron solo a mi pelotón, dijo mi padre, pero todos los que estábamos allí empezamos a repartirnos la comida. Al poco rato llegaron los otros carros, dijo. Entonces le vi en la cara la sonrisa de un joven rollizo, hambriento, goloso. Cogí dos, dijo. Dos mitades, un pollo entero. Frito, caliente todavía, un verdadero manjar. Me senté debajo de unas matas, a la sombra, a comer.

Pedro Freyre: “Yo quiero ser un instrumento de la paz”
Por Jorge De Armas
“Cuando uno pierde una patria, pierde verdadero poder sobre su futuro”









