
Ficcionar momentos, eso hacemos si se trata de salvar los recuerdos. De hecho, este complicado ejercicio viene bien ahora mismo frente a lo que hay en la calle, frente a la indiferencia de un poder inamovible que solo ha usurpado y desmembrado una obra monumental: la vida.
Entonces se debe recurrir al rescate de las viejas cintas de video. Vamos a regenerarnos en la observación de otras vidas, para poder rescatar presencias o crear nuevas alternativas de memorias.
Casablanca se visiona mejor si nos acostamos a mirarla en una laptop. La intimidad de los personajes, su fragilidad y resistencia ante el dolor nos recuerda el nuestro, lo que perdimos en antiguos actos, cuando amábamos sin temer, sin cuestionar. Ya nadie se enamora, ya nadie puede dedicarse al amor ingenuo y desprevenido en una ciudad antiamor, en un sepulcro, pero no uno como obra de arte sino ennegrecido por la humedad y la vergüenza. Yo vivo del cine para no morir de inanición.
Antes el cine era un espacio que formaba el gusto, el alma. Entrar a una sala cinematográfica era un acontecimiento. Así, hubo festivales de cine en La Habana que quedaron como imperdibles. Rememoro aquel en los años noventa en que vi The piano y la restaurada y a color Gone With The Wind, que antes solo había visto en blanco y negro.
De la primera, aquella noche en el cine La Rampa, antes de llegar, sentimos el frío invernal golpeándonos el rostro y el pecho, pero no importaba porque íbamos abrigados, con bufandas incluso. Una salida de cinéfilos elegantes, que se vestían para celebrar el séptimo arte, con esa ansia por conocer y atesorar sus valores formales, su esencia.
La manera más fácil de estar en una película era entrar en ella, formar parte del argumento, morar en esos sets, en esas locaciones. Sí, eso era permisible también. Los actores siempre han sido memorables, como si fueran allegados, como si estuvieran con nosotros desde la niñez o desde el momento mismo en que nos enamoramos de la magia que emanan.
La sala oscura puede contener a cientos de espectadores, asemeja un ave negra cobijando a sus polluelos, dándoles calor, protegiéndolos del mundo de afuera. Allí se puede vibrar porque los ojos no se despegan de la pantalla, porque seguramente el compañero de la butaca de al lado está sintiendo lo mismo que tú. El cine se ha vuelto ineludible para mi escritura. Lo he integrado tal como un polluelo no puede prescindir de una de sus plumas.
¿Se hará el Festival de Cine de La Habana este año, en esta cuerda floja, sucia, a punto de romperse? El año pasado se hicieron cosas risibles, calles cerradas con espectáculos, orquestas de música. Salvo por las proyecciones en las paredes del edificio del ICAIC, fue un gasto que generó menos ingresos para las producciones nacionales.
No me interesa ir a festivales, quiero anclarme en lo que hicieron los maestros. He visto demasiado cine, aunque nunca es demasiado para elegir lo que en verdad aporta belleza y sabiduría, aquello que moldea y hace al mismo tiempo catarsis. ¿Podemos disolvernos en una película y aprender a ser mejores después?
¿Qué nos aporta el cine, la imagen subjetiva, elocuente, la perfección y la imperfección, la emoción que sin duda provocará sentimientos? Y esto es tan cierto como que ahora lo busco y lo necesito más.
Se es pobre cuando no se leen libros; el cine ayuda a no morir. He leído libros y luego he visto la adaptación cinematográfica y viceversa. Es posible que en algunos casos sintamos decepción, mientras en otros haya complacencia. Juzgamos y respondemos desde una óptica personal. Se integra y solidifica una mirada, una sofisticación para formar y expresar un punto de vista. Importa el diálogo, la fotografía, los silencios y la música.
De joven era un poco renuente a la variedad. Sin embargo, las posibilidades se abren cuando se puede disfrutar, por ejemplo, del cine asiático sin prejuicios. De adolescente había visto lo de Akira Kurosawa. Gradualmente, por recomendaciones, descubrí a Kim Ki-duk, Hirokazu Koreeda, Ryusuke Hamaguchi, Wong Kar-wai y a la directora Naomi Kawase, por mencionar algunos. Ahora indago, voy a la caza de lo diferente o lo mismo plasmado con otra estética.
Hace meses que no voy a un cine y eso que tengo al Charles Chaplin y a la Cinemateca bien cerca, donde aún hay ciclos de grandes directores. Todo se trastocó cuando vine con el premio gordo: un ácaro o una pulga juguetona se metió entre mis ropas. Parece que quería cambiar de dueño, quizás se cansó de residir con el mendigo.
Los homeless han cogido a la Cinemateca para echar sus siestas. Van a dejar su marca en las butacas, ataviados con ropas asquerosas y su peste. La empleada que vende los billetes no los cuestiona. Total, es mejor que entre esta gente a que no entre nadie. De más está decir que no volví. Desterré a este centro de mis peregrinaciones.
Nuestros cines han pasado por períodos oscuros, como el medieval, han permanecido meses cerrados por la falta de energía eléctrica. Ahora mismo, según un conocido que hace la programación, hay una o dos tandas solamente, en pocos días a la semana.
Queda un mínimo de estos funcionando, principalmente los del Proyecto 23. Si hay electricidad, se da una tanda. En el Yara ponen dos. Es un riesgo ir y no poder ver nada. Eso sumado a las distancias y a lo caro de tomar un taxi. La otrora capital de los cines ostenta solo un puñado, while must have been destruyed. La Habana y sus más de cien cines es una leyenda. En las marquesinas quedan los nombres borrosos.
En otra ocasión, fui a La Rampa a ver algo que me interesaba y me explicaron que habría función si se vendían billetes, al menos, a diez personas. La sala no abriría con menos asistentes. Por suerte, llegó una veintena y dieron la función con el aire acondicionado flojo, hasta que enfrió un poquito y luego lo apagaron. Rememoro, igualmente, cuando al fin pude ver Jesus Christ Super Star. Esa tarde casi me derrito, pues nunca climatizaron la sala.
Ahora les confieso mis métodos de búsqueda: cuando un amigo me ayuda, y no un amigo cualquiera sino el que tiene inversor y paneles solares, le doy una memoria flash para que me descargue filmes que la mayoría de las veces alguien me recomienda, que descubro promocionados en Facebook e Instagram, o que simplemente sigo por el recorrido de un actor o lo más reciente de un director. Esto, además de leer artículos sobre crítica cinematográfica. De esta manera me sustento. No como vía de escape sino para constatar que aún existe el cine.
¿Y de qué materiales se nutren las masas (al menos los que pueden adquirir el Paquete semanal o ir a una videoteca privada)? Algunos ya se han esquematizado con las banalidades de las novelitas turcas, coreanas, mexicanas y brasileñas. Se mantienen inmersos en el oropel de estos culebrones, habitan en lindos apartamentos, en mansiones confortables, con piscinas y autos de lujo, anestesiados de porquería, mientras tanto el desmoronamiento moral del país continúa su labor silenciosa.
Solía ir a una videoteca particular, el dueño del negocio es el nieto de un ex militar. Es una casa grande donde habitan varias generaciones. He ido por años, el abuelo aún conserva su Lada (no sé si con el precio de la gasolina lo use) impecablemente blanco. Cuando empezó el negocio, no estaba permitido (existía porque sí) y, sin embargo, acudía mucha gente. Se formaban colas. A veces podían pasar hasta 45 minutos y aún no te atendían. Había dos empleados para copiar. Quedó uno. Luego, ninguno. Nos enteramos que los dos jóvenes emigraron. Ahora atiende el dueño.
En ese lugar he podido comprar filmes, juegos y series a través de los años. Se ofertan desde documentales, conciertos, miniseries, hasta Reality Shows. En estos momentos las tarifas han subido, las películas en HD cuestan 300 pesos, las de 4K cuestan 800. Las series de varias temporadas cuestan unos cuantos miles. La peli más barata se puede adquirir por 80 pesos, con doble audio. Copiar un simple disco de música vale 25.
Estos costes no son para los que dependen de salarios bajos y paupérrimas jubilaciones para comer y para mal alimentarse. Resulta imposible recrear la vista y la imaginación con el estómago vacío, segregando ácidos, sin poder echarle algo que sostenga el cuerpo y el cerebro. Aquí urge la comida, pues los intérpretes son los desposeídos de la tierra, con el mismo guion de hace casi 70 años.
Sus directores han creado la excelsa obra de arte de la desilusión, con sets inverosímiles, calles enteras saturadas de cráteres, montañas de basurales, edificios en ruinas y otros a punto de estarlo. La distopia fluye, es el argumento. Los verdaderos y únicos protagonistas son herederos del cine mudo, signados por su expresividad. A ellos no se les escucha hablar nunca. Siguen haciendo muecas a la cámara, demostrando su versatilidad innata. Machacada.
En ellos se intensifican las emociones. Aparece el miedo en sus ojos desorbitados, la desesperanza en las manos que apenas sostienen unos billetes temblorosos. Las ropas raídas, anchas, cubriendo los huesos. Se cumple aquello de la cáscara guarda el palo.
La gran realización aun no termina. La escena final es puro suspenso, digna de Alfred Hitchcock, aunque sin sofisticación, sin glamour.
Confirmo que esta es la producción más larga de la historia. Los directores varían, el productor es el mismo, escondido en su lejana mansión, como un observador desde su torre de cristal. Él es quien aprueba lo que se puede censurar y lo que se puede decir con “claridad”. Aguas más transparentes, imposible.
Seguiré aferrada a mi cine, que es más sano e inofensivo. No quiero ofender a los cinéfilos.

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