Rojo en blanco y negro; el terror velado de un Hangar en Chile 1973

En el cine chileno hay dos películas imprescindibles que construyen en final con puertas que cierran. La primera es Post-mortem (2010) de Pablo Larraín y la segunda, estrenada este año en el Festival de Berlín, es Hangar Rojo del director Juan Pablo Sallato, presentada en su premier norteamericana en el Festival de cine de Miami y galardonada en Guadalajara con cinco premios, rompiendo récord. 

Hangar Rojo es un thriller político sobre la dictadura chilena, llega a un terreno agotado y aprieta donde ya no hay aire. Lo que mejor distingue a esta cinta chilena es que la violencia no organiza el relato, aunque un terror se instale en la audiencia para no abandonarla. 

Luis Emilio Guzman (guionista) y Juan Pablo Sallato logran esta audacia partiendo del punto vista de un hombre que forma parte del engranaje militar mismo (el Capitán Luis Silva) para cuestionar donde comienza la ética humana y acaba el deber. En el cine militar, los cuerpos suelen organizarse alrededor de la invulnerabilidad, del gesto firme. Hangar Rojoopera provocativamente desarmando esta lógica. 

Mientras el golpe militar de septiembre de 1973 desestabiliza Chile, Jorge Silva (Nicolás Zárate), capitán de la Fuerza Aérea, se ve obligado a transformar su academia en un centro clandestino de tortura. En su intento por mantenerse al margen del horror que se desata, la neutralidad de Silva se hace añicos con la llegada de un rival despiadado con una venganza personal pendiente. Por ajuste de cuentas, el coronel Jahn asigna a Silva a los interrogatorios de los prisioneros. La lealtad de Silva hacia Salvador Allende, presidente depuesto, lo ha convertido en objetivo sospechoso. Atado a la disciplina de su cargo, deberá cumplir órdenes. 

La cinta chilena prescinde de la épica histórica en favor de un examen tenso y claustrofóbico de las contradicciones de un hombre en las fuerzas armadas. Sallato descentraliza la representación de la violencia y la desplaza hacia un territorio más incómodo y menos transitado: la perturbación de un punto de vista demasiado cercano a quien, por oficio, está llamado a ejercerla. 

Para entrar en la conciencia de este militar, la cinta se detiene en el punto de vista como potencia radical. Los primeros planos son extremadamente cerrados sobre Silva: la imagen nos permite ver la geografía de su piel y este valor de plano se alterna con una cámara que se apoya en los hombros de Silva mientras recorre el hangar. Sallato no observa a su personaje: se adhiere a él. Los movimientos de cámara figuran como extensión de su estado interior. El hangar deviene en cámara de presión ética, un espacio donde la moral se comprime hasta volverse casi irrespirable. 

El guion de Luis Guzmán comprende con lucidez que este tipo de experiencia no puede ser verbalizada sin traicionarse: Silva no explica, no se redime a través de la palabra. Su silencio es materia dramática, como tantos otros silencios en la cinta.

El primer síntoma de esta provocación en términos fílmicos reside en la no correspondencia entre el título del film y lo que vemos. El hangar rojo aparece parcialmente cifrado pues la cinta apuesta por un exquisito uso del blanco y negro. Este gesto de elisión, este vaciamiento del color, sugieren una entidad irrepresentable. La imposibilidad de ver en su totalidad cifra una toma de posición: Sallato no busca restituir el pasado, sino problematizar su acceso, fracturando la ilusión de completitud que con frecuencia organiza los relatos sobre la dictadura. 

Frente a una tradición que ha encontrado en la exposición directa de la tortura una forma de denuncia, opta por una economía de violencia visual. Lo que importa es su reverberación en la conciencia, un gesto doble que implica al protagonista de la cinta y al espectador. En este desplazamiento, la película abre un espacio nuevo: el de la responsabilidad íntima que encara el capitán Silva, el de la fisura ética que puede o no interrumpir la lógica de obediencia. En situaciones extremas, un hombre educado para los gestos militares se atreve a reconfigurar desde su posición el lugar que puede tener el sujeto en la historia.

La construcción sonora del film refuerza esta operación en lugar de privilegiar los gritos de los prisioneros de la dictadura, se instalan fuertes silencios que, como zonas de latencia, agregan sentido a la claustrofobia del relato que se sostiene en los hombros de Silva, un hombre sobre quien comprendemos, aún frente a situaciones extremas, que no es un criminal.

Lo de Nicolás Zárate no es lucimiento, sino un control absoluto del gesto. Zárate sostiene al personaje de Silva con una intensidad contenida, sin una sola nota en falso. Un aplomo en tensión que se cifra en gestos mínimos: una rigidez, un cigarrillo, una mirada. Solo hacia el final de la cinta este aplomo del personaje se abre en grieta. Se trata de la penúltima escena del filme, donde Silva va a despedirse de su mujer antes de ir a entregarse. Con el cigarrillo entre los dedos, un hombre entrenado para la guerra solloza en los brazos de su mujer. No hay vuelta, el espectador comprende.

Hangar Rojo supera la explicitación del horror, apostando por la exploración de la conciencia atrapada en su propia contradicción moral. Sallato nos coloca más bien al servicio de la opacidad. El resultado es una obra que expande, con rigor y riesgo, las posibilidades de un cine que aún busca cómo mirar su propia historia. 

Hangar rojo es un retrato desgarrador sobre hombres atrapados en la maquinaria del poder, un escalofriante estudio sobre la erosión del alma del soldado.






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