José Legrá: el Puma de Baracoa entre Fidel y Franco



De limpiabotas en Baracoa a dos veces campeón mundial; del boxeo profesional antes de la Revolución Cubana a una audiencia privada con Francisco Franco.

Hay una fotografía que parece una anomalía histórica.

Francisco Franco, jefe del Estado español, recibe en El Pardo a un joven negro, larguirucho y sonriente. El muchacho no nació en España. Habla con inequívoco acento cubano. Viene de uno de los rincones más alejados de La Habana, la ciudad de Baracoa, en el extremo oriental de la Isla. Antes de cruzar el Atlántico había limpiado zapatos, repartido periódicos, vendido maní y peleado por premios que podían incluir un bocadillo y un vaso de leche.

Ahora es campeón del mundo. Se llama José Legrá.

Años después ocurrirá otra escena no menos improbable. Legrá estará de regreso en Cuba y Fidel Castro, según la anécdota que el boxeador contó y que posteriormente recogió La Vanguardia, bromeará con él acerca de su relación con el gobernante español:

—¡Hay que ver cómo te quiere el gallego!

El gallego era Franco.

La biografía de José Legrá parece escrita para poner incómodas las clasificaciones demasiado fáciles. Salió de Cuba después de que el castrismo eliminara el deporte profesional. Se convirtió en ciudadano español durante el franquismo. Franco lo recibió y lo agasajó. Legrá habló siempre del trato personal que recibió de él con agradecimiento. Pero regresó posteriormente a Cuba y fue recibido también por Castro.



Entre los dos países, los dos sistemas políticos y los dos jefes de Estado, Legrá mantuvo una identidad que nunca necesitó demasiadas explicaciones. Era cubano. Era español. Antes que cualquier otra cosa, era el Puma de Baracoa.


Matachín

José Adolfo Legrá Utría nació en Baracoa, entonces provincia de Oriente y hoy provincia de Guantánamo, y creció en el humilde barrio de Matachín.

Hasta su fecha de nacimiento ha quedado envuelta en una pequeña controversia. Durante prácticamente toda su vida se aceptó el 19 de marzo de 1943, fecha que todavía aparece en numerosas biografías y que llevaría a situar en 83 años su edad al morir. Sin embargo, BoxRec señala que documentación española y su certificado de nacimiento establecen como fecha real el 28 de mayo de 1937, lo que implicaría que murió con 89 años. La Real Federación Española de Boxeo y EFE hablaron hasta de 90.

Era el segundo de siete hermanos. Sus padres se separaron cuando tenía unos siete años y desde niño tuvo que trabajar para contribuir a la economía familiar. Fue limpiabotas, repartidor de periódicos y vendedor de maní. La escolarización fue irregular. Una de las biografías más detalladas de Espabox cuenta que él y un amigo preferían a veces colarse por una tubería en el cine El Encanto, donde podía contemplar a boxeadores que parecían pertenecer a otro universo: Sugar Ray Robinson, Archie Moore, Kid Gavilán y Kid Tunero. 

Kid Tunero volvería a aparecer mucho después en su vida. El primer cuadrilátero de Legrá, sin embargo, ni siquiera fue un cuadrilátero. En las playas de Baracoa se organizaban peleas entre muchachos y el vencedor podía recibir un bocadillo, un vaso de leche y un dólar. Para un niño pobre, deporte y comida podían confundirse. 

Según la reconstrucción de Espabox, Legrá nunca perdió una de aquellas peleas. Allí llamó la atención de René Pecado, quien lo llevó al gimnasio La Punta pese a la resistencia de su madre, preocupada por la dureza del boxeo. 

Debutó como amateur en noviembre de 1958. Hizo 23 combates. Ganó 22. Solamente perdió uno, ante Vicente Núñez, en Santiago de Cuba. Baracoa pronto le quedó pequeña.

Con poco dinero emprendió el viaje de casi mil kilómetros hasta La Habana haciendo autostop. Según contó posteriormente, lavaba platos durante el trayecto a cambio de comida. Un camionero llamado Manolo, impresionado por la seguridad con que el muchacho hablaba de su futuro, le pagó los primeros días de alojamiento y alimentación en la capital. Legrá ya había aprendido una cualidad indispensable para la vida que le esperaba. Creer en José Legrá.



La Habana antes del acabose

En La Habana llegó al gimnasio de Luis Sarría, personaje fundamental del boxeo cubano y posteriormente entrenador de Muhammad Ali. Allí se encontró con nombres que hoy parecen una nómina de la aristocracia pugilística cubana: Kid Gavilán, Sugar Ramos, José “Mantequilla” Nápoles y otros boxeadores de primer nivel.

En 1960 dio el salto al profesionalismo. Las fuentes discrepan sobre la fecha exacta de su primer combate —EFE registra el 29 de abril y Espabox el 16 de junio—, pero coinciden en que el rival fue Pedro Piñera o Piñeiro, en La Habana, y que Legrá ganó por puntos. En 1960 Legrá ya era boxeador profesional cubano. Y entonces la política se atravesó literalmente en su profesión. En 1962, el gobierno revolucionario abolió el deporte profesional en Cuba.

Para comprender lo que aquello significó para Legrá no hace falta atribuirle una posición política. No consta que saliera de Cuba como militante de una organización opositora ni como perseguido por actividades políticas. Lo que sí consta es algo mucho más concreto: había elegido una profesión y esa profesión dejó de existir legalmente en su país. Decenas de boxeadores cubanos tuvieron que decidir entre abandonar la carrera profesional o desarrollarla fuera de la Isla. Legrá escogió lo segundo.

Recibió, según Espabox, tres posibilidades: una procedente de España a través de Kid Tunero, otra desde México, y una tercera desde Miami vinculada a Angelo Dundee, futuro entrenador de Muhammad Ali. Legrá escogió a Tunero porque había sido el primero en hacerle una propuesta.

Antes de instalarse definitivamente en España combatió numerosas veces en México. Finalmente, el 14 de septiembre de 1963, llegó a Barajas. Lo esperaba Kid Tunero. No había alfombra roja. Había una pensión barata. “Aquí todos son blancos”. Madrid debió de parecerle otro planeta.

Legrá recordaría años después su sorpresa inicial ante el frío y ante una población que le parecía casi enteramente blanca. Un cronista recogió una observación suya de aquellos primeros tiempos: le sorprendía ser prácticamente el único negro que veía y, al mismo tiempo, decía no sentirse discriminado y sentirse querido. También volvió la pobreza. 

Legrá y Tunero se instalaron inicialmente en una pensión y comían barato, a veces un solo plato de legumbres. Allí apareció una conexión que tendría enormes consecuencias: Vicente Gil, presidente de la Federación Española de Boxeo y médico personal de Franco, comenzó a ayudarlos. 

El 26 de octubre de 1963 Legrá debutó en España contra el marroquí Lázaro Ben Layachi —el nombre aparece con variantes en las fuentes— y ganó por KOT en seis asaltos. El público descubrió inmediatamente algo que las estadísticas no explican. Legrá no solo ganaba. Se veía diferente. Era alto para un peso pluma, tenía brazos largos, unos reflejos extraordinarios y un juego de piernas que convertía el cuadrilátero en pista de baile. Podía boxear con las manos bajas, desplazarse lateralmente, entrar, golpear y desaparecer antes de la respuesta.



España empezaría a llamarlo el Puma de Baracoa. En Gran Bretaña acabarían encontrándole otro nombre: Pocket Cassius Clay, el pequeño Cassius Clay. 

La comparación tenía sentido por la velocidad y los movimientos, pero también por otro elemento. El cubano hablaba. Hablaba muchísimo. Sonreía. Bromeaba. Se promocionaba. Y repetía ante los micrófonos: “¡Soy el mejor!”.


Convertirse en español

En 1966 obtuvo la nacionalidad española. Legrá recordaría décadas después que Vicente Gil había sido decisivo: “Para hacer el campeonato de Europa debía ser español, y me arregló los papeles rápido”.

La frase procede de una entrevista de 2017. El 22 de diciembre de 1967, en un Palacio de los Deportes de Madrid repleto, derrotó por KOT en el tercer asalto al francés Yves Desmarets.

Era campeón de Europa. 

Para entonces ya se había convertido en una celebridad española. Y entró en El Pardo.


El Puma y Franco

Aquí es donde la historia deja de ser únicamente deportiva. Vicente Gil no solo presidía la Federación Española de Boxeo: era médico de Francisco Franco. El propio Legrá contó posteriormente que Gil lo ayudaba económicamente al comienzo y lo llevaba a El Pardo.

Un estudio académico de las crónicas boxísticas españolas reproduce estas palabras de Legrá: “Me pagaba la pensión y me llevaba al Pardo. Yo trataba a Franco con mucha prudencia, pero tuve la suerte de caer bien a la familia”. 

Es una frase importante porque permite precisar la naturaleza de la relación: Legrá tuvo acceso personal al jefe del Estado, fue recibido repetidamente y él mismo consideró que había caído bien a Franco y a su familia. Franco, además, seguía el boxeo.

Antes de que Legrá viajara a Gales para disputar el campeonato mundial contra Howard Winstone, se habló de intentar convencer al galés para combatir en España. Legrá no quería esperar. Su recuerdo del diálogo en El Pardo fue este:

“Excelencia, yo a ese chico le gano allí”.

Franco contestó:

“¡Por España!”.

Y Legrá:



“¡Por España, Excelencia!”

Era una frase pequeña, pero contenía toda la paradoja. Cinco años después de llegar de Cuba casi sin dinero, José Legrá viajaba al extranjero a representar oficialmente a España.


24 de julio de 1968

Howard Winstone no era cualquier rival. Era galés. Era campeón mundial. Y Legrá tenía que derrotarlo en Gales.

La pelea se celebró el 24 de julio de 1968 en el Coney Beach Arena de Porthcawl. Asistieron alrededor de 11.600 espectadores según los registros de BoxRec basados en las crónicas de la época.

Legrá comenzó destruyendo cualquier cálculo prudente. Derribó dos veces a Winstone en el primer asalto. El ojo izquierdo del campeón comenzó a cerrarse. Legrá siguió golpeándolo hasta que el árbitro Harry Gibbs detuvo la pelea a los 2 minutos y 2 segundos del quinto asalto.

El Puma de Baracoa era campeón mundial del peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo. Un periódico español de la mañana siguiente recogió las palabras del presidente federativo Vicente Gil, quien celebró que el título mundial fuera para España y aseguró que la victoria habría complacido a Franco, que presuntamente había visto el combate por televisión. España tenía por segunda vez en su historia un campeón mundial de boxeo. Y aquel campeón había nacido en Matachín.

Manuel Alcántara encontró una de las mejores imágenes para resumirlo. Recordó que Legrá había limpiado zapatos de niño y convirtió aquella madera miserable en una metáfora: las tablas de la caja de limpiabotas se habían transformado en un trono. El estudio de las crónicas de Alcántara recoge también lo que Legrá le había dicho antes del combate:

“Usted no sabe el hambre que yo he pasado. Tengo que vencer”.

Y venció. 


Franco le regaló un Oldsmobile

Después llegó la apoteosis madrileña.

Décadas más tarde, Legrá todavía recordaba la multitud que lo recibió en el aeropuerto. “¡Ave María, cómo estaba el aeropuerto de gente!”, contó en 2017. La policía tuvo que abrirle paso. Y Franco volvió a recibirlo. Legrá aseguraba que le había regalado una vivienda y un automóvil Oldsmobile de General Motors.



Legrá hablaba humorísticamente de uno de los mejores “chaleses” de su vida. Otros periodistas describieron posteriormente la propiedad no como una gran mansión, sino como un piso bastante modesto en el barrio madrileño de San Blas. El regalo del Oldsmobile aparece igualmente en testimonios del propio Legrá. 

Franco y Legrá no necesitaban compartir origen, raza ni historia personal. Los unía algo mucho más simple: el boxeador estaba ganando para España. Y Legrá nunca negó el trato favorable recibido.

Muchísimos años después seguía diciendo que Franco había sido afectuoso con él y que, desde su experiencia personal, no podía hablar mal del trato que le había dispensado.


El estanco que no pidió

Después de convertirse en campeón mundial ocurrió la anécdota que probablemente explica mejor el carácter que sus amigos atribuían a Legrá. La contó de nuevo Joaquín Luna en La Vanguardia tras la muerte del boxeador.

En aquellos tiempos, los amigos de Legrá le aconsejaban que aprovechara su acceso a Franco para pedirle alguna concesión segura: un estanco o una gasolinera podían garantizarle ingresos estables durante muchos años. Pero apareció una llamada desde Cuba.

Era Jorge García Bango, dirigente del boxeo cubano que, según ese relato, había ayudado a Legrá años antes a conseguir el pasaporte necesario para salir al extranjero. Su hermano Rafael García Bango estaba encarcelado en España, condenado a dieciocho años por falsificación de dólares. Jorge le pedía ayuda al campeón. Y Legrá recordó quién le había tendido una mano cuando él todavía no era nadie.

Fue a El Pardo. Sus amigos querían un estanco para él. Legrá decidió pedir por el preso. La Vanguardia relata que, camino de la audiencia, tomó la decisión con una expresión muy suya: “¡Qué cojones un estanco!”

Planteó el caso a Franco. Y, según esa reconstrucción periodística, Rafael García Bango salió de prisión aproximadamente una semana después.

La anécdota estuvo décadas asociada a Legrá. Y contiene una ironía magnífica: después de haber pasado hambre, el hombre que tenía al gobernante de España delante pudo pedir seguridad económica para sí mismo y, según el relato, utilizó el favor para pagar una vieja deuda de gratitud. Nunca tuvo el estanco.




Fidel y el “gallego”

La relación de Legrá con Cuba siguió un camino todavía más curioso. Legrá no se convirtió en uno de aquellos deportistas cubanos cuya salida de la Isla significó una ruptura absoluta. Volvió. Visitó Baracoa. Mantuvo relaciones familiares y afectivas con su país de nacimiento. Según La Vanguardia, Fidel Castro lo recibió en La Habana en dos ocasiones.Durante una de ellas habría pronunciado la frase:

“¡Hay que ver cómo te quiere el gallego!”

El gallego era Franco. 

Las relaciones entre la España franquista y la Cuba revolucionaria fueron considerablemente más pragmáticas de lo que podría sugerir la oposición ideológica entre ambos sistemas. España no se sumó plenamente al aislamiento económico de Cuba impulsado por Estados Unidos, y ambos gobiernos conservaron canales diplomáticos y comerciales. Según El País, el propio Castro reconocería años después que Franco no había roto las relaciones con Cuba pese a las presiones recibidas.

Legrá terminó convirtiéndose, sin proponérselo, en una diminuta encarnación humana de aquella anomalía geopolítica. El muchacho cuya profesión había desaparecido en la Cuba revolucionaria fue convertido en héroe deportivo por la España franquista. 

El Generalísimo lo recibió. El Comandante en Jefe también. Y el púgil José Legrá nunca pareció demasiado preocupado por resolver esta contradicción de cara a los demás.


Perder una corona

El primer reinado mundial duró apenas seis meses. El 21 de enero de 1969, en el Royal Albert Hall de Londres, perdió el título por decisión de los jueces ante el australiano Johnny Famechon. Legrá jamás aceptó completamente aquel resultado. Lo consideró durante años un robo. Pero siguió boxeando.

Se enfrentó, entre muchos otros, al extraordinario mexicano Vicente Saldívar, recuperó la supremacía europea y llegó a ostentar en total siete títulos europeos, una cifra que acompaña prácticamente todos sus perfiles oficiales. 

Podría haberse quedado ahí. No lo hizo.


Once caídas en Monterrey

El 16 de diciembre de 1972, en Monterrey, México, Legrá tuvo una segunda oportunidad mundial. Su rival era Clemente Sánchez. Y ocurrió una de las peleas más extraordinarias de su carrera.



Sánchez no logró dar el límite del peso pluma. El Consejo Mundial de Boxeo determinó que, si Legrá ganaba, sería campeón; si ganaba Sánchez, el título quedaría vacante.

Legrá pesó poco más de 123 libras. Sánchez, 129. La diferencia no sirvió de nada. Legrá lo derribó once veces. Dos en el primer asalto. Tres en el segundo. Una en el sexto. Cuatro en el noveno. Y una más en el décimo. Entonces se acabó. KOT.

José Legrá era, por segunda vez, campeón mundial. No necesitó una decisión discutible. Había tirado al campeón al suelo tantas veces que la estadística parecía una errata.


Éder Jofre

Cinco meses después, el 5 de mayo de 1973, Legrá defendió el cinturón en Brasilia contra uno de los grandes boxeadores latinoamericanos de todos los tiempos: Éder Jofre. Perdió por decisión mayoritaria después de quince asaltos. También esa derrota sería discutida durante años por partidarios del cubano-español. Pero la carrera estaba acercándose a su final.

Faltaba un nombre. Uno enorme. Aunque todavía no lo parecía.


Alexis Argüello

A finales de 1973 Legrá viajó a Nicaragua para enfrentarse a un joven púgil local. Se llamaba Alexis Argüello.

Argüello se convertiría posteriormente en campeón mundial en tres categorías y en uno de los grandes boxeadores latinoamericanos del siglo XX. Contra Legrá necesitó muy poco. Lo derrotó por KOT en el primer asalto. Fue el final.

José Legrá se retiró del boxeo profesional en 1973. Las fuentes presentan pequeñas diferencias en el número exacto de peleas —147, 148 y otras cifras aparecen en bases y perfiles distintos—, pero la reconstrucción difundida por EFE le atribuye 133 victorias, 11 derrotas y 4 empates, con 50 victorias antes del límite. BoxRec conserva pequeñas discrepancias en el registro histórico.

Lo indiscutible es el núcleo del palmarés: dos veces campeón mundial del peso pluma, siete veces campeón de Europa. Uno de los grandes boxeadores españoles de su generación y uno de los grandes boxeadores cubanos que desarrollaron fuera de Cuba la mayor parte de su carrera.


Colgar los guantes

Los boxeadores aprenden a defenderse de un jab. No necesariamente de un socio. Legrá lo descubriría.

Después del retiro se lanzó al mundo de los negocios: inversiones inmobiliarias, una marca de artículos deportivos llamada Legrá Sport, proyectos publicitarios en Estados Unidos. Muchos fracasaron.



En 1981 explicaba a El País que, después de siete años en los negocios, consideraba aquel ambiente más duro, peligroso y traicionero que el boxeo. Y recordaba lo que el ring había hecho por él: siendo niño parecía destinado a una vida de pobreza; gracias al boxeo había ganado dinero, conocido países y jefes de Estado y sacado a sus padres y hermanos de la necesidad.

La frase tiene algo de premonición. Porque buena parte de la fortuna desapareció. En otra entrevista llegó a recordar que había tenido cerca de ochenta millones de pesetas en el banco. La riqueza que parecía inagotable no lo fue.

También probó otras vidas. En 1969 había protagonizado Cuadrilátero, película dirigida por Eloy de la Iglesia. Décadas después apareció en programas de televisión. Trabajó como relaciones públicas de una empresa de seguridad. En 1976 publicó un libro autobiográfico significativamente titulado Golpe bajo.

En 2003 recibió la Medalla de Plata de la Real Orden del Mérito Deportivo, aunque RTVE recuerda además que ya había recibido en 1968 una distinción al Mérito Deportivo de la institucionalidad deportiva de la época. Seguía siendo reconocible. Seguía siendo Legrá. Solo que ya no había bolsas millonarias esperando al final de la pelea.


El boxeador envejece

Con los años su situación económica se volvió precaria. Amigos del boxeo y del periodismo lo ayudaron. EFE menciona, entre otros, al periodista José María García, al empresario Jesús Capote y al exboxeador Manel Berdonce. Desde 2016 recibió además apoyo del Fondo José Sulaimán del Consejo Mundial de Boxeo.

En sus últimos años sufrió deterioro cognitivo asociado a la edad y terminó viviendo en una residencia de mayores de Madrid. Entonces llegó 2020. El hombre que había sobrevivido a Howard Winstone, Clemente Sánchez, Éder Jofre y Alexis Argüello contrajo COVID-19.

Fue ingresado el 16 de abril en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla. Permaneció hospitalizado once días. Y salió vivo de su pugilato con la pandemia. Resulta difícil resistirse al lenguaje del boxeo: lejos de tirar la toalla, El Puma había ganado otro combate.

Ese mismo año apareció públicamente en la presentación de Arte en el cuadrilátero, la biografía que le dedicó Benjamín Hernández. La Federación Española de Boxeo le entregó entonces un cinturón honorífico de campeón de España: paradójicamente, aquel hombre que había sido campeón europeo y dos veces campeón mundial nunca había obtenido dentro del ring el título nacional español. 


La última campana

José Legrá murió en Madrid durante la madrugada del 15 de julio de 2026, según la información difundida ese día por la Real Federación Española de Boxeo y EFE. BoxRec sitúa el fallecimiento el día 14. 

La noticia produjo inmediatamente una sucesión de obituarios. Unos dijeron que tenía 83 años. Otros, 89. Otros, 90. Era casi un último juego de piernas. El hombre escapaba incluso de la cifra que pretendía encerrarlo. Pero había cosas sobre las que no existía discusión.

Había sido limpiabotas y pasado hambre. Había atravesado Cuba buscando peleas y visto desaparecer el boxeo profesional en su Isla natal. Había llegado a Madrid prácticamente sin nada y obtenido una nueva nacionalidad. Había sido campeón de Europa siete veces y conquistado dos veces el mundo. Había conocido personalmente a Francisco Franco y Fidel Castro. Había ganado una fortuna y la perdió. Terminó sus días modestamente, pero siempre asegurando que El Puma de Baracoa seguía siendo el mejor.

Hasta su último aliento fue el mismo muchachito de Matachín.







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‘En la Voz de Ellas’

Por Jorge De Armas

Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.