La puta, el anciano y la loba esteparia

Soy una loba esteparia, me rijo por mi propia alienación. 

El instinto solo entiende de razones que nos definen. Somos islas. Al contrario de lo que dijo John Donne, cada ser humano es una isla y no permitimos intervenciones ajenas. Allí nos molemos a golpe limpio y podemos soportar el escarnio, si es preciso. Por ser jueces y condenados, nadie conoce los secretos de la isla; ni aun cuando tañen las campanas del goce. Y es cuando, al menos, por unos segundos, tenemos esa armonía que hemos perseguido y hasta acosado, en alguna medida.

Bien pudiera beneficiar la soledad esteparia, cuando se odia a la gente, a la gente del ahora, a esos de mente ruin, pandillas que asaltan bancos y sustraen paneles solares en un asilo de ancianos. A esos rateros que meten la mano por la ventana de una cocina para robarse una botella de aceite y un poco de arroz. Es, simplemente, la violencia disfrazada, ¡un sálvese o muera! ¡Ay, la Cuba de los dolores y el crimen!

Hay que aislarse entre libros, en las historias de otros para encontrar la bondad perdida. Un reflejo para encandilar lo maligno de este mundo. Nos damos cuenta ahora que no existe solo un Judas al ver la sabiduría y el orden destruidos. 

En esta zona costera hace días no se escuchan cacerolazos, siguen las calles con los efluvios miasmáticos (como el estanque de La caída de la casa de Usher) que la gente sortea al caminar. De noche, las tinieblas y el silencio son un manto que lo cubre todo. Solo hay ladridos de perros, susurros y algún llanto de niño que luego los padres acallan, quizás con una ripiada y descolorida muñeca de trapo porque no pueden ofrecerles ni un mendrugo de pan. En algunas familias se esconde el pan, se pelea por pan, como los perros pelean por un hueso. 

El pan es algo abstracto, caliente y oloroso que se presenta en imágenes, en la ficción, en una película. En ese ámbito alejado se toca con los ojos y se paladea con fruición, juega entre los labios y los dientes. Solía comprar pan en la panadería del Vedado. Mientras hacía el periplo hasta mi casa, engullía dos, tres, cuatro pedazos, en dependencia de su hechura.

Prefiero el pan de flauta y corteza dura, porque recuerda a un falo, duro por fuera y blanco por dentro. Un falo comible y poco duradero, al final. Siempre lo comparaba con el de Alain, el protagonista de uno de los romances más ilustres y repudiados que tuve hace treinta años. Sustanciosa historia con final trágico. A ese tipo había que borrarlo de la lista… Sin embargo, surgen memorias inevitables, polvillo de ausencia y un cierre que no se dio.

Anoten esto: cuando el deber llama a la ensoñación, el hambre y la necesidad no afectan, urge sacarse de adentro el clamor, la incertidumbre. No es hambre de alimentos sólidos. Acontece entonces una lluvia imparable de símbolos y palabras. Tanto en el Libro Rojo, como en el Libro Negro, de Carl Jung, se ha determinado como “confrontación con lo inconsciente”. Experiencias en el mundo de los sueños y la imaginación registradas a lo largo de los años y que posteriormente se convirtieron en análisis y reflexiones de la “memoria activa”, las que el psicoanalista plasmaba en la escritura y la pintura.

En estos trabajos, aludía a la “sombra”, a la importancia de lidiar con ella, no dejar que circunde sin hacerse su amigo, su cómplice. No obstante, ella es el yo que se descubre en variados ropajes. Los personajes que habitan en esos manuscritos se van develando cuando se entablan diálogos, sin miedo, y muchos provienen de alegorías religiosas. ¿Era esto un despertar oculto de su naturaleza interna? Jung lo afirma y lo sostiene. ¿Acaso podríamos lograrlo si nos atrevemos a convocar a los personajes que nos asechan y a la propia “sombra”, espíritu del yo?

La sombra cabría figurar como la depresión, lo más oscuro del alma, martilleando el ritornelo Never more, de Poe, cuando lo mejor sería escapar de la vulnerabilidad. Y es, justamente, la misma sensación con respecto a Miriam y a lo que sucedió.

En cambio, si mi interpretación personal no me engaña, la serpiente es lo inhumano, pagar culpas atrasadas, comportamientos indecentes, actitudes violentas e irracionales. Desear lo peor: la muerte a alguien. Sin remordimientos, como un flashazo.  

Hace tres años, conocí a una copia de Hanna Schygulla, la musa de Fassbinder, una sensual y desinhibida Lili Marleen. La pasábamos bien juntas, nos contábamos todo al detalle, a pesar de la diferencia de edad que mediaba entre las dos. Ella tenía solo 28 años.

De temperamento apasionado, siempre andaba metida en talleres de poesía, pintura, danza, y cualquiera de las artes, pero era inconstante y enseguida cambiaba de alternativa. Le aconsejé que buscara trabajo en algún negocio particular. Alguien la ayudó y trabajó de camarera en un restaurante. Pero le quedaba lejos, gastaba mucho en transporte, además del peligro de regresar sola tarde en la noche. Entonces lo dejó también.

En el edificio frente a su casa había un viejo que se masturbaba mirándola en el balcón. El mirón no tenía la más mínima vergüenza en hurgar en su calzoncillo y mantener la mirada fija, mientras ella tendía ropa o tomaba el sol.

En varias ocasiones, Miriam se desnudó ex profeso, para que el anciano, desde la distancia, hiciera su acto. Un tiempo más tarde, me confesó que le propuso hacerlo observando de cerca su cuerpo desnudo, sin tocarla. Así que comenzó a visitarlo cuando él se hallaba solo en su apartamento, pues su hija se iba a trabajar por la mañana. Él era un jubilado de 75 años, un espécimen abyecto, calvo y con cara de hurón. Se entiende que aquel trueque era, indefectiblemente, por dinero. Ella necesitaba el dinero en esta época en que la insolvencia prevalece y el hambre arrecia.

Nunca estuve de acuerdo, sin embargo. Con ese dinero nauseabundo (dólares), podía sobrevivir. Finalmente, me confesó que aquel juego de degradación la excitaba y tampoco quería renunciar al dinero. La puta y el anciano. Podría haber sido el título de una novela o tal vez de un filme pornográfico. 

La cosa terminó de la peor manera. Un día el viejo, que solía tomar alcohol con otros viejos del barrio, les contó el secreto. Y aquello se convirtió en una bola de nieve que crecía cada vez más, aplastando a mi amiga. Su madre halló un motivo para expulsarla de la vivienda, porque nunca tuvieron una relación sana.

Se volvió una gitana, residiendo con amigos y familiares, hasta que se lió con un artista plástico y vivió con él en La Habana Vieja.

Nunca me he perdonado no haber intervenido en aquel asunto. El arrepentimiento y la culpa vinieron después, al perderla. Por un amigo en común, supe que ella y su marido se habían ido a Nicaragua y luego habían cruzado la selva hasta Brasil. Allá vivieron pasando necesidades, hasta que lograron asentarse y conseguir empleos. 

Acude entonces la serpiente. Una noche soñé con el rostro de Miriam, desfigurado, sin su belleza. Quizás fue un sueño premonitorio. Hace poco me dijeron que Miriam había muerto, por una condición congénita en el corazón. 

En Lili Marleen, la película de Fassbinder, un personaje expresa una frase lapidaria: “Divertido es todo lo que no recuerda a la muerte”. 

Todo cambia en un parpadeo. La vida es un melodrama absurdo.






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