El 11 de julio pasado se presentó en Miami, en el Tower Theater el documental Cuba y la noche de Sergio Fernández Borrás que narra lo sucedido con el Movimiento San Isidro hasta el estallido del 11J en Cuba.
Videos, directas, todo el registro crudo en orden cronológico. Estuve con falta de aire durante toda la proyección. Reí con Camila Lobón, sin cargo de conciencia porque las dos conocemos bien esa manera de reír. Aguanté el llanto. Camila lloró. Todo el tiempo intenté recordar dónde estaba yo en el momento que iba apareciendo en la película: ese día estaba en casa de Larry con Jamila y pusimos una vela para Luis Manuel. Ese día yo estaba allí haciendo fotos. ¿Camila, ya tú estaba presa?
El 11 de julio de 2021 yo no salí a la calle. Estaba enferma de Covid, era la segunda vez que me contagiaba, estaba mal, volada en fiebre y con falta de aire. Una amiga pasó por mi casa a llevarme un termómetro porque había dejado caer el mío al suelo y se me había roto. Llevaba tiempo sintiendo que la fiebre no bajaba. Mi amiga iba en bicicleta a unirse a la manifestación.
Le dije:
—Me voy contigo, una vuelta, hago fotos y regreso.
Ella me respondió que me olvidara de eso, que no iba a llegar ni a la esquina. La sola idea de bajar mi bicicleta el primer piso me dio fatiga. Gente que me quería me había escrito para pedirme que no saliera.
No salí. Estuve pendiente de lo que pasaba en Cuba y también de que lo que pasaba en Miami y en las demás ciudades. Recuerdo la impotencia. Recuerdo el cargo de conciencia por no haber ido para la calle con todo el mundo. A veces pienso que yo hubiese documentado todo, hubiese mandado las fotos a todas partes, que quizás hoy estuviese presa o peor.
Después de que mis fotos se publicaron en varios medios luego de la manifestación del 27 de noviembre del 2020 tuve agentes persiguiéndome. A veces, uno. A veces, dos. La dueña del apartamento donde vivía me llamó para amenazarme con botarme de la renta. Llovían aquellas llamadas de números extraños. Policías tocaban a mi puerta. La gente empezó a aconsejarme que publicara con un seudónimo. Algunas personas se alejaron de mí.
No conozco a Luis Manuel. Los retratos que le hice fueron de esos que yo solía hacer en La Habana, con descaro, me paré delante de él y le hice las fotos. Sin embargo, he soñado con Luis Manuel varias veces. La última vez fue hace poco. Intenté rebuscar en mis diarios a ver si encontraba el sueño. Si mal no recuerdo lo escribí, pero no lo encontré. Lo que recuerdo es que yo estaba presa con él. Estábamos en la misma cárcel. Él tenía el pelo como en mis retratos y teníamos complicidad, nos mirábamos, nos conocíamos, nos sonreíamos. No recuerdo exactamente qué pasaba.
Siempre sueño con Cuba. Sueños angustiosos. Sueños donde vuelvo a estar allí sintiéndome asfixiada. Sueños donde no puedo volver. Sueños donde escapo en balsa y el mar es negro y es de noche. Sueños donde cruzo fronteras, salto alambradas, me arrastro. Sueños en que se repite la angustia, sobre todo de verme lejos, otra vez, de una misma persona, la angustia de la separación.
Es una maldición que no cesa y sobre la que no tengo control. Las cosas que nos afectan siempre van a regresar. Han pasado cuatro años desde que salí de Cuba. Cuando llegué a este país se suponía que yo debía estar feliz y yo estaba feliz pero también yo no estaba feliz. Aquello ni yo misma lo entendía, cómo podía esperar que lo entendiera alguien más. Cuba es otra fiebre, como lo es el amor, otra enfermedad, otra locura viva que no se va, que regresa a meterse, a suceder. Si no despierta, durmiendo. Una constante, dos constantes.
A veces he tenido otro tipo de sueños, como cuando soñé que Humberto López estaba sentado en una silla en el medio de la sala de mi casa y yo parada delante de él le daba un gaznatón con todo el impulso y toda la fuerza de mi brazo derecho. Despertar llorando de un sueño es impactante, despertar riendo también.
Antes de la proyección, Luis Eligio de Omni leyó un poema poderoso donde repetía: hay que luchar hay que luchar hay que luchar. Más poderosas sus palabras al final, cuando dijo que el verdadero problema radica en que adoramos a un ser humano cuando lo que deberíamos adorar es la libertad.
Al salir del cine le di un abrazo a Sergio. Finalmente nos conocíamos en persona. Habíamos tenido una correspondencia donde él me había pedido las fotos del 27N, pero nunca nos habíamos visto.
Luego me fui corriendo a trabajar. Varias horas de fotografía en un evento, donde hay que sonreír, ser amable, alegre, agradable, sacarle la risa a la gente. Hay que luchar.
La mente en el 2021, el cuerpo pesando cada vez más, pero hay que aguantar y hacer lo que hay que hacer. Aguantar es algo que hay que tener dominado. De regreso a casa lloré mientras manejaba. Llorar mientras se maneja es un hábito común.
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