Sparsa animae fragmenta recolligam.
1. La logia de los odd fellows, que en realidad eran dos logias. Vi el derrumbe e inundación de una y el cierre de la otra. Creo recordar un esqueleto y un sarcófago en miniatura entre los escombros, pero a lo mejor me lo estoy imaginando. Las joyas y collarines de mi abuelo, que era odd fellow, están guardados en mi casa.
2. La academia de música, donde ensayaba la banda. Ventanas de cristal, con liras. Partituras copiadas a mano. Un piano inservible. Un pequeño escaparate con instrumentos viejos –saxofones, cornetas, fliscornos– y atriles. Una organización invisible.
3. El puente de la cruz, donde iba a enamorar. Una torre, una cañada llena de basura, columpios, un banquito rodeado de hierba. Gallinas, un gato, la gente pasando y escondiéndose.
4. Un caserón pintado de amarillo donde había estado el prostíbulo del pueblo y que mi abuelo me enseñó con nostalgia. Ese era el bayú, dijo y siguió caminando. Ahora es una casa de familia.
5. El hotelito blanco que siempre pongo en mis novelas, la playa semicircular y llena de cangrejos, las muchachas en bikini, siempre a lo lejos. El Recalo, un bar de ostiones, parecido a un barco, desde el cual se podía vigilar la playa.
6. El techo de la iglesia de Remedios, atestado de murciélagos y gorriones, por cuyo nervio central caminé una vez convencido de que era un pasadizo secreto, y en efecto quizás lo era.
7. La biblioteca. La biblioteca del convento Pasionista. La biblioteca que estaba donde antes hubo un refectorio. La biblioteca que iba invadiendo el resto del edificio. Mi biblioteca, con 300 vinilos y 40 000 libros y miles de revistas, más una sección de raros y valiosos. La biblioteca de cristal, donde no me veían si iba a esconderme, a escondernos.
8. La biblioteca del marino mercante o del hombre que había sido en otra vida marino mercante, cuya mujer era algo vieja pero muy atractiva, y con una hija que era ella, pero no tan linda, aunque sí con sus mismas piernas. La biblioteca mínima que los tres tenían sobre un escaparate, de la cual yo me llevaba libros malos solo por ir a ver a esas mujeres.
9. La biblioteca de la parroquia, dos enormes libreros de cristal, de la cual lo robé todo o casi todo. Total, nadie leía en mi pueblo y los niños tienen poca ética.
10. La biblioteca de mi casa, hoy en ruinas, de libros amarillos y llenos de comején. A veces me mandan esos libros y los abro y estornudo. Es como regresar y me entra pánico. Quisiera ver esos libros quemados o convertidos en nada. No me bastaría regalarlos. Cada libro una historia, una edad, una persona. Quisiera desaparecerlos del mapa, que no los toque más nadie.
11. El templo masónico, donde había dos columnas y tres sitiales y la cabeza de Juan el Bautista. Mandiles, collarines, espadas con las que me batí en duelo contra mi hermano. Una pared llena de retratos, entre ellos el de mi bisabuelo, pomposamente llamado maestro de ceremonias. Un equipo de refrigeración de los años 1920. Un escaparate con enciclopedias. Fotos y frases apócrifas de Martí.
12. El patiecito escondido junto a la torre de la biblioteca, en la Universidad Central, donde almorzaba arroz frío y unos tomates secos, y a veces alguien venía a conversar.
13. El Cuarto de Reflexiones de la Logia Masónica, que nunca vi, al final de una escalera de caracol. Calavera, carteles, testamento: ¿qué deberes tiene el hombre para consigo mismo, para con sus semejantes, para con Dios?
14. El hotel Cosmopolita, frente al parque de mi pueblo, que se fue cayendo a pedazos por culpa de los ciclones y la dejadez, y a cuya demolición asistió todo el pueblo, como en Cinema Paradiso.
15. El hotel Barcelona, al cual se subía por una escalera que estaba junto a la pizzería La Piccola. Pasillos realmente escalofriantes, cuartos abandonados, cucarachas. Allí vivía una buena amiga de mi abuela, y también un disidente cuyo balcón estaba lleno de carteles contra el proceso, y de quien siempre se dijo que pertenecía a la Seguridad del Estado.
16. El hotel Piscina, rebautizado luego –por modestia– como motel La Cañada, que tenía un bar oscuro y refrescante con botellas verdes, rojas y azules, y las únicas luces estaban detrás de esas botellas.
17. El cementerio hebreo, conocido por todos como cementerio de los turcos, porque era de judíos sefardíes que escaparon de la Gran Guerra. Tiene dieciséis tumbas. Algunos nombres: David Esquenazi, Jacobo Ben-Sion, Jesé Behar Isaac. Al parecer hubo también allí una sinagoga y una carnicería kosher, pero nadie sabe ubicarlas.
18. La escalera grande de la parroquia, cuya alacena se suponía que era la entrada de un pasadizo que llevaba al colegio de las monjas (un pasadizo lleno de fetos en pomos de vidrio: los hijos ocultos de las monjas, monstruos decorativos).
19. La colección de Coronado, llamada –como en el tarot– La Torre, en la última planta de la biblioteca de la Universidad Central. Solo subí una vez y vi cartas, documentos, grabados, una patente de corso. De allí habían robado muchas cosas, entre ellas un incunable, y todos los bibliotecarios eran cojos. Coronado se había quedado ciego y se decía que tocaba los lomos de los libros como quien toca a una mujer.
20. La torre de un Central a pocos kilómetros de mi pueblo, donde había monedas de otra época enterradas en las ruinas. Mi amigo y yo proyectamos cientos de expediciones para recolectar esas monedas –queríamos alquilar o fabricar nosotros mismos un detector de metales–, pero ninguna tuvo éxito.
21. La farmacia, donde había infinidad de tarros con medicamentos y dos pinturas. La primera mostraba a una princesa babilónica cuidando al rey y untándole ungüentos. La segunda, a un maestro de París o Bolonia, enseñando a sus alumnos los atributos de cada remedio.
22. El salón de fiestas incomprensiblemente llamado Kamakura. El extraño restaurante llamado El Mandarín. La puerta roja del Barrio Chino. Las esculturas negras de la diosa Guan Yin que guardaba mi abuela. El Ganesha con peso enrollado en la trompa. El Buda sonriente, o Budai, sobre la mesa del café.
23. El Villalba, un bar de mala muerte, donde mi padre me obligaba a ir para cambiar veinte kilos por una peseta, cinco pesetas por un peso, veinte pesos por un billete, y así sucesivamente, siempre con máxima suspicacia y pesadez.
24. La casilla de Mansito, donde la caja registradora seguía siendo de los años 1940. La casilla de Muñí, el carnicero que tenía una cota de malla en la mano izquierda. La bodega llena de gatos, la pescadería llena de gatos, las calles llenas de gatos (a algunos los recogí y fueron míos). La barbería frente al parque. La barbería de mi abuelo, con su sillón Koken que un día me pareció ver en otro lugar, tras su muerte.
25. La Marina, un restaurante donde nunca había pescado. El Gallo, donde se vendía exclusivamente alcohol y dulce de guayaba. El Casino de los Chinos. La Colonia Española. El hotel Sevilla. La Silla Turca. Las 36 cámaras del Shaolín.
26. Un restaurante llamado Saramar o Sal-al-mar o quién sabe si Mar-a-Lago, una casona donde servían langosta. Un restaurante llamado El Marino, que frecuentamos a medida que mi padre profundizaba en su tacañería, decorado con anclas y redes y al fondo, aparte, una barra de madera oscura en la que yo me sentaba para alejarme de mi familia.
27. Dos cines. El cine Muñiz, redecorado como escenario de actos socialistas. Y el cine Maceo, convertido sucesivamente en discoteca, academia de dibujo, almacén y casa de una familia que no tenía donde vivir.
28. Dos estaciones de ferrocarril. Una al norte, que funcionaba. Una al sur, El Paradero, que se convirtió en casa particular poco después de que fueran abandonados los coches-motor, llamados carahatas.
29. Dos bancos, pero solo uno me importa. El viejo Royal Bank of Canada, que conservaba su bóveda de los años 1930, una bóveda que pedía a gritos que un convoy de pistoleros del Oeste la arrastrara fuera del pueblo, solo para descubrir que no había nada, que nunca hubo nada.
30. La casa como guarida. La casa como refugio del Minotauro. La casa como territorio para esconder y ser escondido. La casa como campo de batalla. La casa como reino encantado. La casa como inicio y escape. La casa como fuente de agua y sangre. La casa como cajón de trastos. La casa como concilio de fantasmas. La casa como lugar que no existió.
31. La circunvalación, donde esperaba que alguien me recogiera, a veces hasta las diez de la noche, y donde no quiero ver una metáfora de esa época de mi vida, pero lo fue. Fue una metáfora.

Luis Manuel Otero Alcántara: la libertad de un inocente
Por Jorge De Armas
Tras cinco años de prisión, Luis Manuel Otero Alcántara sale de la cárcel de Guanajay. Termina una condena injusta; queda la evidencia de una libertad que nunca debió ser arrebatada.















