Cuando el poder ya solo discute consigo mismo

El artículo de Granma vuelve a ofrecer una explicación total de la crisis cubana: Washington, el exilio, la prensa extranjera y la oposición serían los responsables últimos del deterioro nacional. Sin embargo, una sucesión de calificativos —“cibermercenarios”, “terroristas”, “apátridas”, “agentes de la subversión”— no constituye una demostración. El texto no aporta pruebas verificables de la conspiración que describe; simplemente la da por establecida y exige que el lector la acepte como un acto de fe política.

Es un hecho que Estados Unidos mantiene severas sanciones contra Cuba y que existen grupos del exilio favorables a políticas de máxima presión, incluso algunos que han defendido una intervención militar. Pero también es un hecho que el Estado cubano concentra desde hace más de seis décadas el monopolio del poder político, de los medios nacionales de comunicación y de la organización legal de la vida pública. Cuando no existen elecciones competitivas, libertad de prensa, libertad de asociación política ni posibilidad de alternancia en el poder, resulta intelectualmente insuficiente atribuir casi todos los fracasos nacionales a factores externos.

Los apagones, la escasez de alimentos y medicinas, el colapso de los servicios públicos y la pérdida de confianza institucional son realidades que experimentan diariamente los propios cubanos. Y el dato más elocuente quizá no sea ninguno de esos: en los últimos años, una proporción extraordinariamente alta de la población ha abandonado el país, entre ellos una parte sustancial de sus jóvenes, precisamente el capital humano del que depende cualquier proyecto nacional. Esa emigración masiva constituye un plebiscito silencioso sobre las expectativas de futuro que ofrece el sistema. Ninguna campaña mediática puede explicar por sí sola semejante fenómeno.

El artículo incurre además en una práctica habitual del discurso oficial: convertir toda discrepancia en una amenaza para la seguridad nacional. Así desaparece la diferencia entre periodismo y conspiración, entre oposición pacífica y violencia, entre ejercer derechos civiles y cometer delitos políticos. El resultado es que el Estado termina discutiendo únicamente consigo mismo, mientras priva a la sociedad del debate libre que podría contribuir a corregir sus errores.

Un consejo al autor y a Granma: si están convencidos de que la mayoría de los cubanos respalda el rumbo del país, no teman a la libertad. Abran Cuba al pluralismo político, a la prensa independiente, a la libre asociación y a la participación de todos los cubanos, incluidos los millones que hoy viven en el exilio. Dejen de monopolizar la representación de las fuerzas vivas de una nación que se dispersa por el mundo mientras pierde a buena parte de su juventud y de su talento. 

Ningún proyecto histórico demuestra su legitimidad silenciando a sus críticos o expulsando a sus ciudadanos; la demuestra aceptando competir con otras ideas en igualdad de derechos. Si el socialismo cubano sigue siendo la mejor opción para Cuba, debería poder sobrevivir al debate libre. Si no puede hacerlo, el problema sigue siendo la falta de libertad de los ciudadanos cubanos.



¿Complicidad o protagonismo subversivo en busca de un estallido?

Por Francisco Arias Fernández

Publicado en Granma el 13 de julio de 2026.


Medios o corresponsales acreditados en La Habana a las órdenes de Washington, como la nada amigable ni objetiva agencia efe, se entremezclan con cibermercenarios cercanos al Departamento de Estado, organizaciones anticubanas de la Florida, algunas de corte terrorista, otras abiertamente promotoras de la intervención militar de EE. UU., o incitadoras a la violencia y al estallido social, para calentar el escenario veraniego, ya atizado por los efectos inhumanos de un plan siniestro, a la usanza de los verdugos de Miami encumbrados en el gobierno.

El andamiaje mediático y subversivo se presta para la pesadilla de seguir torturando al pueblo cubano con más bloqueo petrolero, sanciones de todo tipo, amenaza de nuevas medidas, intimidación a los inversionistas extranjeros para sumir al país en la miseria y tratar de ponerlo de rodillas ante la poderosa maquinaria económica y militar de la superpotencia mundial, que aspira a convertirnos en su próxima neocolonia del siglo XXI.

Apuestan a que el martirio provocado por la Casa Blanca y amplificado a su manera por los monopolios de la información, será el detonante seguro para la desestabilización interna y la justificación para la «intervención humanitaria», que inunde de sangre el país y permita reimponer el dominio yanqui sobre la Isla, con misiles y la licencia imperial para linchar comunistas, en días del fascismo renaciente de la mano de los magnates dueños del planeta.

Esperanzados en que los apagones, la falta de combustible, de agua, las carencias de alimentos, medicinas, medios de transporte y otras afectaciones a servicios básicos de la población colmen la copa de la resistencia y deriven en violencia, vandalismo, desobediencia, matonismo y terrorismo, los partidarios de la guerra incitan y convocan desde el norte, en alianza con los agentes de la subversión, al desorden y a desafiar la paz social y la seguridad de nuestro pueblo.

Al mismo tiempo, insisten en el desprestigio del Gobierno y en cuestionar su capacidad para salir adelante ante tantos obstáculos; en sembrar la desesperanza, la confusión, la desunión, la incertidumbre y el odio.

Sin escrúpulos ni límites, incrédulos ante el ejemplo de coraje y de resistencia de todo un pueblo, ante la tortura despiadada a millones de personas, apelan a que el mal tiempo y el sufrimiento devengan detonantes, asociándolos a fechas vergonzosas, a mentiras infladas, noticias falsas, personajes infames, delincuentes y vándalos pagados.

Con la complicidad de apátridas, cazadores de fortunas, en constantes giras internacionales con todos los gastos pagados por fondos del contribuyente desviados por los arquitectos del plan destructivo contra Cuba, llevan su mensaje de muerte e intolerancia, lo mismo a la ONU que al Parlamento Europeo, para tratar de engañar y prejuiciar a la opinión pública y hacerles el juego a títeres y a vengativos.






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