Volví a olvidar tu nombre

Espero que no leas esto; por eso lo escribo. Quería decirte que he vuelto a pensar en ti en estos tiempos de guerra. Me he preocupado por ti. 

La última vez que coincidimos en el mercado me dijiste “me voy a la guerra” y yo pensé que hablabas de la guerra en sentido metafórico, porque lo dijiste como quien dice me voy a por un café. 

Quedé en silencio, desconcertada, expectante de la traducción de la supuesta metáfora y tu aclaración fue que te habías alistado en el Navy. Te pregunté si me hablabas en serio y me dijiste “te hablo en serio”, que hubieras querido ser Marine, pero que ya con 32 años estabas viejo para ser Marine

“¿No te da miedo?”, te pregunté yo, un poco estúpidamente, quizás, y tu respuesta fue muy convincente: “yo soy balsero, yo vine por mar hace diez años”. Que fue tu manera de decirme que no le tienes miedo a la muerte. Luego agregaste que si algo te daba miedo era pasar el resto de tu vida haciéndole compras a la gente en Miami. 

Me gustaba tu honestidad. En una ciudad con tanta gente pretenciosa era raro —y encantador— toparse con un hombre que no buscara impresionarme con lo que tiene y aspira a tener. 

Supe que eras especial desde la primera vez que coincidimos en Sprouts. Yo andaba en modo marimacha: acabada de salir del gimnasio, un poco despeinada, con licra negra corta, botas blancas Converse churrosas, pulóver oversized con el ángel de Nirvana y mis audífonos negros. 

No recuerdo qué canción iba escuchando; sí que era la lista de reproducción de How You Remind Me, de Nickelback, y que iba cantando enajenada como si no existiera nadie más en el mundo, y que me miraste y te reíste y yo también tuve que reírme. 

Te acercaste y me preguntaste en perfecto inglés qué escuchaba. Me quité los audífonos y te dejé escuchar. 

Estábamos en la parte de las calabazas cuando me dijiste “me voy a la guerra” y que ese era tu último día en el mercado. Yo quería unas calabazas para decorar la casa en el otoño que no existe en Miami. Me hacía ilusión participar del entusiasmo mainstream por las decoraciones con motivos de estación. 

Tú me dijiste que debíamos ahorrar, que habíamos ido a cambiar billetes por monedas para el laundry, y ahora estábamos mirando calabazas que no íbamos a cocinar ni comer.  

Estábamos jugando a ser marido y mujer. Fue idea tuya y yo accedí. Me habías visto tan pronto entré en el mercado —porque teníamos esa suerte para coincidir— y me habías preguntado si andaba sola y podías acompañarme, y al minuto siguiente habíamos empezado a hablar como si fuéramos un matrimonio consolidado que discute sobre finanzas compartidas. 

Por cerca de media hora yo fui tu honey y tú mi darling

Debo decir que fuimos un matrimonio feliz. No tengo quejas. Más bien quiero aprovechar para agradecerte por no reprocharme por comprar calabazas que no necesitábamos. Si hubieras visto qué bonitas quedaron al final, en la mesa auxiliar de madera rústica que tengo en la entrada de la casa, justo detrás del sofá, me hubieras agradecido tú a mí por haber insistido.  

Yo no estaba lista para no volver a verte en el mercado y lo supe en ese minuto. ¿Por qué no me habías pedido el teléfono? Te lo hubiera dado. Tampoco me atreví a pedirte el tuyo. No me salió la pregunta. Pensé que volveríamos a coincidir, en el mercado o en la calle, en mi camino de la casa al gimnasio o del gimnasio a la casa.  

Dos veces me habías visto en ese camino. La primera, no me saludaste. Pensaste que yo iba a pensar que me estabas acosando. Pero cuando me contaste en el mercado, te dije que sí, que me saludaras la próxima vez. Y hubo una próxima vez y ya luego no hubo otra. 

Te despediste demasiado rápido en el mercado. Me dejaste en la fila con una cajera. Me cambiaste el billete de diez dólares en monedas de 25 centavos con otra cajera y te fuiste, como si en ese momento hubiera empezado de verdad una guerra para la que te habían llamado. 

Me gustaba eso de ti, que te llevaras bien con los trabajadores del mercado y te rieras con ellos. Me pregunto si vuelves a cada rato para saludar. Yo casi no he vuelto desde ese día de octubre. Apenas dos veces y las dos veces te busqué, no sé si por hábito o por esperanza. 

También en mi camino de ida y vuelta al gimnasio pienso en la posibilidad de encontrarnos. Hace unas semanas un carro me pitó y se detuvo y luego siguió, porque tenía carros detrás, y me pregunté si eras tú o un cretino. 

No recuerdo cómo era tu carro, ni el color ni la marca. 

Lo peor es que he olvidado tu nombre, otra vez. Yo creo que por eso nunca me pediste el teléfono. Porque cada vez que coincidíamos me preguntabas si se me había olvidado de tu nombre y yo entonces soltaba versiones de tu nombre, pero nunca acertaba. No era falta de interés, solo soy mala con los nombres. No hablaba contigo por amabilidad. 

Primero, me gustó la manera en que yo te gustaba: en cualquier versión en la que me vieras. Siempre me mirabas con las mismas ganas, con la misma ternura. 

Luego, empezaste a gustarme tú en cualquier versión en la que te veía. Pero ninguno se atrevió a más. Yo debí haberme atrevido a más, lo sé.  

Espero que estés a salvo y feliz, mi darling

Recuérdame de vez en cuando. Preferiblemente, en otoño. Frente a las calabazas.