Mario Ramírez: “El Mal opera a veces desde la consunción de nuestras propias fortalezas”

El escritor y periodista independiente cubano Mario Ramírez nació en Camagüey en 1994, unos meses antes de El Maleconazo habanero, masivas protestas contra el castrismo, calladas con golpes de paramilitares y policías. Desde hace años se dedica a rescatar relatos históricos y culturales cubanos, “convencido de que la identidad de un pueblo se sostiene en su memoria”. 

En 2024 fundó junto a amigos la plataforma independiente Memoria Cívica; donde vuelca su formación académica y también vivencial: “Crecí en un país donde la historia oficial se manipula y se silencia y eso lo llevó a buscar las voces que habían sido borradas”. 

En su ciudad natal se integró al periodismo independiente porque entendió que “la verdad no podía esperar a una autorización del sistema”. El periodismo estatal en Cuba está sometido a la censura y Ramírez necesitaba un espacio para narrar lo que realmente ocurre, dar testimonio de las luchas, ausencias y esperanzas de los cubanos. 

En este momento parteaguas para la historia de la isla, conversamos con él.

¿Qué es Memoria Cívica? ¿Por qué y cuándo nació?

Memoria Cívica es una plataforma donde confluye la reflexión sobre el pasado con el pensamiento y la acción cívica del presente en Cuba. Un libro, un podcast, un documental, un artículo: cualquiera puede ser la vía para entrelazar la historia de la nación con el testimonio actual de una sociedad civil que aspira a un futuro democrático. De esa sociedad y de ese camino hacia la democracia, queremos ser archivo y bitácora. 

Oficialmente el proyecto surgió en 2024, aunque desde antes varios de sus integrantes llevábamos —con cierta dificultad debido al entorno represivo y la censura— varios microproyectos independientes. De modo que Memoria Cívica vino a ser una reunión de esas voliciones personales que ya veníamos desarrollando. 

Nuestra misión es promover la educación cívica y la cultura democrática en Cuba, rescatando y valorizando la memoria histórica, literaria y artística de la nación, y fomentando el diálogo, la reflexión crítica y la participación activa de los ciudadanos en la construcción de una sociedad justa, informada y libre.

Una parte importante de lo que hacen es rescatar la memoria de la República de 1902 y que murió con la Revolución socialista de 1959. ¿Cómo ha tratado el castrismo ese período histórico y otros momentos como cuando Cuba fue parte de España?

El castrismo ha reducido a la República a una caricatura de corrupción y dependencia, ocultando que fue también un tiempo de construcción institucional, de pluralidad política y de avances culturales. Esa simplificación es deliberada: si la República se recuerda en toda su complejidad, se derrumba el mito de que la Revolución fue la única vía posible.

Con respecto al período colonial, el régimen lo instrumentaliza: presenta a Cuba como una víctima eterna de España y de Estados Unidos, para justificar su propio contrapoder. Pero en esa narrativa se encubren las luchas éticas, los debates intelectuales y las experiencias de ciudadanía que existieron antes de 1959.

Ahora Cuba está al centro de muchas conversaciones en los medios y la gente comienza a imaginar, Inteligencia Artificial mediante, cómo sería una nueva Cuba libre de socialismo, ¿por qué invitar a los cubanos a mirar hacia el pasado? ¿Encontrar inspiración en lo que construyeron nuestros ancestros?

Invitar a los cubanos a mirar hacia el pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino de responsabilidad. 

La historia de la República, con sus luces y sombras, nos recuerda que ya fuimos capaces de construir instituciones, de debatir en libertad, de levantar una nación con pluralidad y creatividad. Hay semillas de ciudadanía y de cultura democrática que hoy necesitamos reciclar. 

Mirar hacia atrás es también mirar hacia adelante: entender que la Cuba libre no será una invención de la nada, sino una herencia renovada de lo mejor que ya existió. La inspiración está en saber que no empezamos de cero, que tenemos raíces profundas y que esas raíces pueden ayudarnos a cimentar el futuro. 

Retos y persecución para el florecimiento de proyectos independientes como el que lideras aún pesan sobre la sociedad civil. ¿Qué has vivido personalmente? ¿Qué tus colaboradores y colegas en los últimos años?

En mi caso personal, casi desde que comencé a colaborar en la prensa independiente, experimenté la represión en su grado más vulgar: amenazas directas o indirectas —a familiares y amigos, por ejemplo—, interrogatorios, prohibición de salir del país —a estas alturas, ni siquiera tengo pasaporte, inutilizado desde 2019— y un largo y sutil etcétera. 

Hay que decir que las manifestaciones multitudinarias contra el régimen que se dieron los días 11 y 12 de julio de 2021 (conocidas como 11J) fue un parteaguas, no solo para las luchas cívicas en Cuba, sino también para el aparato represivo, que ha pasado a utilizar métodos de censura y exclusión más violentos, como la cárcel o el destierro. Sin embargo, creo que el trabajo de los gendarmes políticos se ha quintuplicado y ahora deben priorizar la represión de esas iniciativas de la sociedad civil que conectan de forma expedita con el público.

Mientras escribo esto, pienso en los muchachos del proyecto audiovisual independiente El4tico y su detención arbitraria por parte de la policía política. En Memoria Cívica hemos enfrentado amenazas menos frontales y pensábamos que el hecho de estar fuera de los reflectores de la capital —casi la totalidad del equipo vive en Camagüey— aletargaba esa espada de Damocles. 

Pero no es así, para el régimen sí cuentan los likes, las visualizaciones, los comentarios que en un video crítico pueden borrar las fronteras de la ausencia de libertad y cuestionar al poder lo mismo en La Habana que en Holguín. 

La sociedad en general sangra por la cerrazón del sistema. ¿Cómo se vive en la Cuba socialista del siglo XXI? 

Vivir en la Cuba socialista del siglo XXI es habitar una crisis permanente. La vida cotidiana está marcada por la escasez: los hospitales carecen de medicamentos básicos, las farmacias están vacías y las familias dependen de la solidaridad o del mercado negro para sobrevivir. Los apagones son extensos y frecuentes. El transporte público prácticamente no existe.  A esto se suma una crisis silenciosa: el aumento del consumo de drogas y la falta de oportunidades para los jóvenes, que ven cómo el futuro se les escapa. La sociedad vive atrapada entre la represión política y la precariedad material.

Para un observador externo, puede parecer increíble que un país con tanta riqueza cultural y humana esté reducido a esta condición. Pero esa es la realidad: un sistema que prometió dignidad ha terminado por despojar a los ciudadanos de lo más elemental, desde la electricidad hasta la esperanza.

El totalitarismo intentó borrar la herencia cristiana que preeminente en la Isla desde el siglo XVI, instrumentalizar la familia y la retórica de influyentes figuras en la historia cubana como José Martí. ¿De qué modo esto ha calado en la cultura que rodea a las nuevas generaciones de cubanos hoy?

Como cualquier totalitarismo, el cubano intentó desde sus bases un proceso de vaciamiento espiritual y cultural de la nación que se proponía cancerar. 

Es difícil entenderlo desde fuera. A la distancia de los años, parece inaudito que nuestros padres y abuelos no hicieran nada por detener la cancerización, pero así funciona ese mecanismo despiadado, capaz de aniquilar hasta la más sólida de las democracias si no se actúa responsable y profilácticamente. 

Quienes detentaron el poder en 1959 sabían muy bien qué puntos dinamitar dentro de la sociedad cubana para conseguir su propósito. Era impensable que un país con una fuerte herencia cristiana, una cultura del pensamiento poderosa y un concepto robusto de la familia, fuera a hacer metástasis de la forma en que lo hizo la Cuba de los años 1950. Sin embargo, el Mal opera a veces desde la consunción de nuestras propias fortalezas. 

Cuando la fe se convierte en ritual, el pensamiento en estatua y la familia en eslogan político, es posible que sea demasiado tarde. Entiéndase: no fue el socialismo el que creó nuestras miserias de las últimas décadas, sino nuestras irresponsabilidades cívicas las que engendraron el socialismo y, con ello, toda la catástrofe que sobrevino. 

Has reflexionado recientemente sobre la posibilidad de una transición en la Isla. ¿Qué ideas crees que no deben faltar en esa nueva República?

Una transición en Cuba debe estar guiada por principios claros y no por improvisaciones. La nueva República no puede limitarse a un cambio de nombres en el poder, sino que debe garantizar un cambio profundo en la cultura política y en las instituciones.

Lo primero es asegurar la pluralidad política: elecciones libres, partidos diversos y un sistema donde la diferencia no sea castigada. A la vez, es imprescindible construir un verdadero Estado de derecho, con instituciones independientes y una justicia que no responda a caudillos ni a intereses partidistas.

La memoria histórica también debe ocupar un lugar substancial. No se puede levantar el futuro sobre el olvido. Necesitamos reconocer lo que se construyó en la República y lo que se perdió, para aprender de esas experiencias.

Otro aspecto clave es la descentralización. Cuba ha sufrido demasiado el centralismo y es necesario devolver poder a las provincias y municipios, para que las comunidades tengan capacidad real de decisión.

Y, obvio, la nueva República debe garantizar derechos sociales básicos —salud, educación, trabajo digno— y proteger la libertad cultural y espiritual. La familia, la fe y el arte deben recuperar su autonomía y dejar de ser instrumentos del Estado.