La caída de Gerardo Machado en agosto de 1933 continúa siendo uno de los episodios más decisivos, más complejos y al mismo tiempo más deformados de toda la historia republicana cubana.
Durante décadas, gran parte de la historiografía oficial y de la narrativa política posterior redujeron aquellos acontecimientos a la imagen simplificada de una insurrección popular espontánea contra una dictadura agotada. En realidad, lo ocurrido en Cuba durante los años finales del machadismo constituyó una compleja convergencia entre crisis económica internacional, agotamiento institucional de la República, radicalización generacional, terrorismo urbano, fractura psicológica del aparato estatal y, sobre todo, intervención diplomática norteamericana en una escala que transformó para siempre la relación entre Cuba y los Estados Unidos.
Sumner Welles, convertido gradualmente en árbitro silencioso de la vida política cubana y en eje verdadero de la transición.
No se trataba todavía de operaciones clandestinas dirigidas por la CIA, organismo que ni siquiera existía en 1933, sino de una modalidad más sofisticada y acaso más peligrosa de control político ejercido desde la embajada norteamericana, mediante la figura de Sumner Welles, convertido gradualmente en árbitro silencioso de la vida política cubana y en eje verdadero de la transición que condujo al derrumbe del régimen de Machado.
El libro Cómo cayó el presidente Machado, de Alberto Lamar Schweyer, publicado originalmente en 1934 bajo el subtítulo revelador de Una página oscura de la diplomacia norteamericana, constituye probablemente uno de los testimonios más importantes y más difíciles de asimilar para comprender aquella crisis.
Lamar no era un observador neutral, ni pretendía serlo. Había fungido como Secretario de Prensa del presidente Gerardo Machado y conocía desde dentro el funcionamiento del poder, las tensiones internas del gobierno y las complejas relaciones entre el régimen cubano y la diplomacia norteamericana. Precisamente esa cercanía convierte el libro en un documento histórico de enorme valor político, aun cuando el texto se deslice muchas veces hacia la defensa apasionada del machadismo.
Lamar escribía desde el exilio parisino, apenas meses después del colapso republicano, cuando todavía los acontecimientos conservaban el temblor inmediato de la tragedia y cuando la memoria política cubana no había sido todavía absorbida por las simplificaciones ideológicas posteriores.
Machado no cayó únicamente por la presión interna de la oposición.
Para Lamar, Machado no cayó únicamente por la presión interna de la oposición. Ni tampoco por el desgaste económico provocado por la depresión mundial, sino debido a que Washington decidió retirarle apoyo político al régimen y utilizar la mediación diplomática de Sumner Welles como instrumento para reorganizar el equilibrio de poder en Cuba. Desde las primeras páginas, el autor insiste obsesivamente en la idea de que la embajada norteamericana terminó convirtiéndose en el verdadero centro regulador de la política cubana durante 1933, desplazando incluso a las propias instituciones republicanas.
Gerardo Machado había llegado a la presidencia en 1925, rodeado de enorme popularidad y con la imagen de un veterano de la Guerra de Independencia capaz de modernizar el país y estabilizar una República corroída por el caudillismo, la corrupción y la fragmentación partidista.
Durante sus primeros años, impulsó una obra pública gigantesca para los estándares cubanos de la época. Bajo su gobierno se levantaron la Carretera Central, la ampliación del Malecón habanero, el Capitolio Nacional y diversas reformas administrativas, económicas y educativas que, incluso muchos de sus adversarios, terminaron reconociendo posteriormente como logros indiscutibles.
La paradoja del machadismo reside precisamente en ese punto, debido a que el mismo hombre que promovió la modernización material de la República terminó encarnando también uno de los regímenes más autoritarios y represivos del periodo republicano.
Mientras la economía internacional conservó cierta estabilidad, el sistema pudo sostenerse relativamente bien, aunque todo comenzó a transformarse con el colapso financiero mundial de 1929 y el derrumbe brutal de la economía azucarera cubana. Cuba dependía casi enteramente del azúcar y el desplome de los precios internacionales provocó un efecto devastador sobre toda la estructura económica nacional.
El prólogo del libro recuerda cifras verdaderamente dramáticas, señalando que las exportaciones azucareras descendieron desde 200 millones de pesos en 1929 hasta apenas 42 millones pocos años después, mientras el azúcar llegó a venderse por debajo de un centavo la libra. La crisis destruyó rápidamente la base social que había sostenido el consenso inicial alrededor de Machado y convirtió el malestar político en desesperación colectiva.
El error decisivo de Machado fue político y se relacionó directamente con la reforma constitucional de 1928.
Sin embargo, la economía por sí sola no basta para explicar la caída del régimen. Otros gobiernos latinoamericanos sobrevivieron situaciones igualmente graves durante aquellos años de depresión mundial. El error decisivo de Machado fue político y se relacionó directamente con la reforma constitucional de 1928, que permitió su reelección y alteró profundamente la percepción pública del gobierno.
Hasta entonces muchos cubanos habían tolerado sus tendencias autoritarias bajo el argumento del progreso material y la estabilidad nacional, aunque después de aquella reforma comenzó a consolidarse la imagen de un gobernante dispuesto a perpetuarse indefinidamente en el poder. La oposición encontró entonces una bandera moral extremadamente poderosa y logró presentar la lucha contra Machado como una defensa de la Constitución y de la tradición republicana frente al continuismo personalista.
El problema para aquella oposición consistía en que los viejos caudillos republicanos tampoco despertaban demasiado entusiasmo entre las nuevas generaciones urbanas. Lamar describe con evidente ironía el fracaso de la insurrección encabezada en 1931 por Menocal y Mendieta, cuya derrota reveló no solamente la debilidad militar de la oposición tradicional, sino también el agotamiento del viejo modelo insurreccional cubano heredado de las guerras del siglo XIX.
La derrota tuvo consecuencias profundas, debido a que demostró que las revoluciones rurales clásicas ya no podían triunfar contra un ejército moderno relativamente organizado y además aceleró una ruptura generacional dentro del propio campo opositor.
A partir de entonces, comenzó a emerger una nueva clase política integrada por estudiantes universitarios, jóvenes profesionales, periodistas y miembros de la clase media urbana, que ya no confiaban ni en Machado ni tampoco en los viejos líderes republicanos.
El Directorio Estudiantil Universitario, y posteriormente el ABC, expresaron aquella mutación histórica y encarnaron el nacimiento de una nueva sensibilidad política, influida tanto por la crisis del liberalismo clásico como por el clima ideológico radical de entreguerras.
Lamar describe el surgimiento del ABC como la aparición de una sociedad secreta integrada principalmente por sectores medios urbanos y jóvenes intelectuales deseosos de sustituir toda la estructura política republicana.
Aquella generación comprendió rápidamente que resultaba imposible derrotar militarmente a Machado mediante métodos tradicionales, debido a que el ejército continuaba siendo fuerte, disciplinado y relativamente leal al gobierno.
El objetivo ya no consistía solamente en destruir físicamente al régimen, sino en generar una atmósfera permanente de inseguridad y caos.
Entonces apareció el terrorismo urbano como nueva estrategia de combate político. Bombas, atentados, asesinatos selectivos y sabotajes comenzaron a formar parte de la vida cotidiana habanera. El objetivo ya no consistía solamente en destruir físicamente al régimen, sino en generar una atmósfera permanente de inseguridad y caos capaz de producir presión psicológica tanto sobre el gobierno como sobre Washington.
Aquí comienza verdaderamente el papel decisivo de los Estados Unidos en la caída de Machado. Resulta importante recordar una vez más que la CIA todavía no existía en 1933, puesto que sería creada oficialmente en 1947, después de la Segunda Guerra Mundial. La intervención norteamericana en Cuba durante aquellos años se produjo principalmente a través del Departamento de Estado, de la embajada norteamericana en La Habana y especialmente mediante la figura de Sumner Welles, enviado por Franklin Delano Roosevelt como mediador de la crisis cubana.
La importancia de Welles radica en que encarnó una nueva forma de hegemonía norteamericana en América Latina. Durante la época clásica de la Enmienda Platt, la intervención estadounidense había sido directa, militar y visible. Después de 1933, comenzó otra modalidad más sofisticada de control político basada en la mediación diplomática, la presión psicológica y la manipulación institucional. Roosevelt deseaba inaugurar la llamada Política del Buen Vecino. Para ello, necesitaba demostrar que Washington podía controlar las crisis latinoamericanas sin necesidad de enviar marines.
Lamar convierte a Sumner Welles en el personaje central de todo el drama cubano y lo describe como una figura espectral que atraviesa silenciosamente la tragedia nacional. Según su interpretación, la revolución cubana de 1933 salió literalmente “de las manos taumaturgas de Benjamín Sumner Welles”, frase reveladora tanto del resentimiento del autor como de la percepción generalizada acerca de la influencia norteamericana en aquellos acontecimientos.
Uno de los aspectos más interesantes del relato de Lamar consiste en la descripción detallada de las reuniones privadas organizadas por Welles durante los meses finales del régimen machadista.
La embajada norteamericana comenzó a transformarse gradualmente en una especie de gobierno paralelo donde acudían opositores, empresarios, estudiantes, periodistas, militares y figuras desplazadas del poder en busca de respaldo político, legitimidad o simplemente orientación estratégica. Según Lamar, Welles mantenía conversaciones constantes con dirigentes del ABC, con representantes empresariales preocupados por el deterioro económico y también con miembros del propio gobierno cubano.
La embajada norteamericana terminó funcionando como un gran centro de conspiración diplomática.
La embajada norteamericana terminó funcionando como un gran centro de conspiración diplomática, donde cada sector intentaba obtener ventajas para el escenario político que inevitablemente se aproximaba. Lo más inquietante para Lamar residía en la contradicción moral de muchos opositores cubanos que durante años habían denunciado el imperialismo norteamericano y terminaban ahora depositando sus esperanzas en la presión diplomática de Washington.
Las llamadas reuniones de Mediación impulsadas por Welles durante el verano de 1933 constituyen probablemente el núcleo político más importante de todo el proceso. Oficialmente buscaban evitar una guerra civil y facilitar una salida pacífica entre gobierno y oposición. En la práctica, según Lamar, aquellas reuniones sirvieron para desmontar gradualmente la estructura de apoyo político del machadismo. Welles jugaba constantemente con la ambigüedad, ofreciendo a cada sector la impresión de que Washington podía favorecerlo dependiendo de cómo evolucionaran los acontecimientos.
El momento decisivo llegó durante los disturbios de agosto de 1933. Después de varios episodios violentos en La Habana, Welles se presentó en Palacio Presidencial y utilizó abiertamente el fantasma de una posible intervención militar norteamericana para presionar la renuncia de Machado. Particular importancia tuvo la fractura interna del ejército cubano, especialmente alrededor de la figura del general Alberto Herrera, pieza fundamental para garantizar continuidad institucional dentro de las fuerzas armadas. Cuando Herrera terminó apartándose, comenzó el verdadero colapso psicológico del régimen.
La importancia del elemento psicológico no debe subestimarse. Los gobiernos no caen únicamente por hambre o derrotas militares. También se derrumban cuando desaparece la creencia colectiva en su permanencia histórica. Sumner Welles operó precisamente sobre esa dimensión invisible del poder. La sola percepción de que Washington ya no respaldaba a Machado alteró profundamente el equilibrio político cubano y aceleró la desintegración interna del régimen.
Machado renunció finalmente el sábado 12 de agosto de 1933, aunque la caída del presidente no estabilizó en absoluto la República. Ocurrió exactamente lo contrario. El vacío de poder abrió una cadena de gobiernos provisionales, golpes militares y radicalización política que terminaría destruyendo completamente el equilibrio republicano. El gobierno provisional de Carlos Manuel de Céspedes apenas logró mantenerse algunas semanas, antes del Golpe de los Sargentos encabezado por Fulgencio Batista, en septiembre de 1933.
La caída de Machado no representó la salvación de la democracia cubana, sino el comienzo de una larga descomposición institucional.
Muchos historiadores consideran que en aquel momento comenzó verdaderamente la crisis terminal de la República cubana. El propio prólogo de la reedición sostiene que el golpe del 4 de septiembre de 1933 creó el precedente que facilitaría posteriormente tanto el golpe de Batista el 10 de marzo de 1952, como el colapso republicano el primero de enero de 1959. En ese sentido, la caída de Machado no representó la salvación de la democracia cubana, sino el comienzo de una larga descomposición institucional donde el mito revolucionario comenzó a sustituir gradualmente el respeto a la legalidad republicana.
La paradoja más profunda de todo aquel proceso reside en que muchos sectores opositores creían luchar por la soberanía nacional y terminaron produciendo exactamente lo contrario, debido a que la República salió de 1933 más dependiente políticamente de Washington, más militarizada y más inestable que antes. La violencia callejera, el terrorismo político y el golpe militar comenzaron a verse desde entonces como mecanismos legítimos de transformación nacional.
Aquí surge inevitablemente una pregunta contemporánea difícil de ignorar. Al releer hoy las páginas de Lamar sobre la caída de Machado y la intervención diplomática de Sumner Welles, resulta imposible no preguntarse si ciertos mecanismos políticos empleados en 1933 no guardan semejanzas estructurales con algunas de las estrategias actuales dirigidas contra la dictadura castrista.
La comparación no resulta exacta, debido a que los contextos históricos son profundamente distintos, aunque ciertos paralelismos poseen una fuerza inquietante.
En 1933, Washington concluyó que Machado había dejado de ser útil para la estabilidad hemisférica y comenzó a operar diplomáticamente para facilitar su salida. Hoy, sectores importantes del conservadurismo norteamericano consideran que la permanencia indefinida del castrismo constituye igualmente un obstáculo estratégico para la política hemisférica estadounidense.
Donald Trump convirtió precisamente esa confrontación con el comunismo cubano en uno de los ejes centrales de su discurso político, especialmente dentro de Florida y del exilio cubanoamericano. El endurecimiento de sanciones, la activación del Título III de la Ley Helms-Burton, las restricciones financieras y la retórica frontal contra el socialismo hemisférico buscaron aumentar el costo de supervivencia del régimen cubano y acelerar sus fracturas internas.
El objetivo no consiste únicamente en castigar económicamente al régimen cubano, sino en erosionar psicológicamente la confianza del aparato estatal en su propia permanencia histórica.
La lógica posee ciertas semejanzas con la descrita por Lamar respecto a Machado. El objetivo no consiste únicamente en castigar económicamente al régimen cubano, sino en erosionar psicológicamente la confianza del aparato estatal en su propia permanencia histórica. Sumner Welles operó sobre esa dimensión durante 1933, aislando gradualmente a Machado y haciendo sentir al ejército y a las élites políticas cubanas que Washington había retirado definitivamente su respaldo.
La pregunta contemporánea surge entonces casi naturalmente. ¿Existe hoy un intento semejante de provocar el agotamiento progresivo del castrismo mediante presión económica, aislamiento internacional y desgaste psicológico del aparato estatal cubano?
En cierta medida sí, aunque las diferencias históricas siguen siendo enormes. Machado gobernaba dentro de una República formalmente liberal, mientras el castrismo controla desde hace más de seis décadas un sistema político completamente centralizado, ideológicamente estructurado y apoyado en un aparato de inteligencia mucho más sofisticado que cualquier mecanismo represivo existente durante la República.
El castrismo construyó buena parte de su identidad histórica alrededor del conflicto permanente con Estados Unidos.
Existe, además, otra diferencia esencial. Machado nunca logró convertir completamente el antiimperialismo en núcleo central de legitimación nacional. Por el contrario, el castrismo construyó buena parte de su identidad histórica alrededor del conflicto permanente con Estados Unidos. Cada sanción, cada amenaza y cada declaración agresiva proveniente de Washington puede ser reutilizada internamente por el régimen como instrumento de cohesión política y resistencia nacionalista.
Sin embargo, también resultaría ingenuo ignorar el profundo agotamiento económico, demográfico e ideológico que atraviesa actualmente Cuba. La emigración masiva, el deterioro estructural de la economía, el desencanto generacional y la pérdida progresiva de fe ideológica dentro de la propia burocracia estatal recuerdan, en ciertos aspectos, los procesos de agotamiento sistémico que precedieron la caída de Machado.
Lamar afirmaba que el error más grave de la oposición cubana de 1933 consistió en permitir que la crisis nacional terminara administrándose desde la embajada norteamericana. Su crítica fundamental no iba dirigida únicamente contra Sumner Welles, sino también contra los propios cubanos que aceptaron aquella tutela política con tal de acelerar la caída del régimen. Desde su perspectiva, la verdadera tragedia consistía en que la soberanía cubana quedara subordinada nuevamente a decisiones tomadas indirectamente desde Washington.
La pregunta contemporánea adquiere entonces una resonancia particularmente intensa. ¿Podría repetirse hoy algo semejante, si el castrismo entrara en una fase terminal de colapso político y económico? ¿Terminaría nuevamente la transición cubana dependiendo de negociaciones externas, presiones diplomáticas y estrategias geopolíticas diseñadas fuera de la isla?
La historia de Cuba parece regresar constantemente a ese dilema irresuelto entre soberanía nacional y dependencia estructural respecto a los Estados Unidos. En 1933 fue Sumner Welles. Hoy el escenario posee otros nombres, otros instrumentos y otras formas de presión, aunque la pregunta esencial continúa intacta. ¿Hasta qué punto puede producirse una transformación política profunda en Cuba, sin que Washington termine participando directa o indirectamente en el desenlace final del proceso histórico cubano?

Los intelectuales de la Guerra Fría
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- El culto a la supervivencia
Por Samuel Moyn









