Dulce de cereza

A Mayu.


Anoche la Virgen se acostó en mi cama.

—Vine a revelarte algo —me dijo.

Abuelo enciende un tabaco y se mece en el sillón. Lo miro con sorna y volteo el rostro entre las persianas de la sala por donde se cuela un chorro de luz. 

—No te imaginas el miedo que sentí, mija. Por un instante pensé que era un sueño.

—Hazme el favor —le digo exasperada—. No fastidies con tus historias. 

—Eres igual a tu madre —ahogándose con el humo, tose, carraspea.

—A esa ni la menciones, por su culpa estoy condenada a arrastrar este vicio. Mejor preparo ese maldito dulce que tanto me gusta.

—¿No vas a oír lo que dijo la Virgen? 

Voy hasta la ventana e intento buscar aire, quizás, un poco de silencio. 

—Era mulata, una Virgen mulata vestida de amarillo.

Absorbe el tabaco. 

—Es mulata, te lo juro, la luz tenue de la lamparita de noche me dejó verla. Tal vez pueda ayudarnos. ¿Escucharás lo que dijo? 

—¡Coño, no insistas! Dile a la Virgen que te enseñe una teta, para ver si entiendes. La cosa no consiste en dar un toquecito mágico y tac, la comida está servida, otro toquecito y tac, tenemos zapatos nuevos. 

—Maité, respeta a los santos. 

—¡Los santos que se vayan a singar! 

—Estás perdida, mija —tose. 

—La vida no es una chupeta, ¿oíste? Si dependiera de chupar, a lo mejor fuéramos felices. Pero hay otras cosas más importantes y esas, ni tú ni la que me parió me las enseñaron.

Chupar será tu gran talento. Le sacarás provecho a esa boca, a esos labios jugosos. Aprenderás, como yo, a usar la lengua

Recuerdo su pausada voz designando mi futuro.

El humo. El fanatismo de abuelo. Asfixian. 

Decido ir a la cocina. Las cerezas debajo de la pila y el chorro haciendo espuma contra ellas. Las seduce, las manosea. 

—El dulce debe quedar con el sabor perfecto. 

Las lavo con cuidado para no estropearlas y en la boca secreto más saliva. 

El dulce de cereza es afrodisiaco. Desordena. Perturba. Lo devoraré como si fuera la carne de ellos. No sé lo que sucede, pero las mastico y siento aromas, semen, hombres metiéndose en mi boca. Lamiendo con ese pedazo de carne arisco, tibio, intranquilo. Lamiendo.

Aún no tenía quince años cuando la que me parió colocó la primera cucharada de dulce en mi boca. Pasaron unos minutos y ya estaba encendida. Fui para el cuarto, puse a Amy Winehouse. Encima de la cama abrí las piernas. No pensé en nadie. Concentré un dedo en el clítoris. Hacía círculos. De vez en cuando, lo llevé a la boca chorreándolo de saliva. Me hacía la loca o seguía alucinada. Desde entonces creo que me envicié.

Abuelo siempre ha preguntado por qué hago el mismo dulce. Es mejor que no lo sepa. Prefiero que se imagine y no descubra la realidad de cada noche, cuando doy el portazo y él espera despierto hasta que regrese. 

De día, nadie me toca. Ni yo misma me toco. Ni así soy diferente. He estado leyendo La carne de René, una novela medio enfermiza. 

Imagino a René, veinte años, hermoso, sobre todo con esa timidez que degusto. A veces, trato de endurecer la carne, como él, pero no puedo. Mi carne si está preparada para “el servicio del dolor”No necesito que me den corriente hasta colapsar, la mía hace mucho tiempo que se ablandó. Espero algún día encontrarlo y ablandarle hasta los huesos.

Escucho a abuelo toser. Vuelvo a la sala para llevarle un vaso con agua. Sigue sentado en el sillón. Apenas puede respirar y no se despega del tabaco.

—Maité, la Virgen dijo que hace mucho debería saber algo y que pronto iba a mostrarme.

—De verdad, estás loco, cállate ya. Haces caso omiso de lo que te digo.

—Cada vez te pareces más a tu madre. Heredaste su manera de hablar. Sus gestos. Su alma retorcida —tose.

—Esa fue la que me tocó. Si pudiéramos escoger a la familia, tuviera otra vida. Otros vicios. 

—Pero, mija, puedes dejar de salir por las noches. Estás a tiempo Maité, ponle frenos a eso. ¿Dime —tose—, sabrá la Virgen lo que estarás haciendo? Prefiero ni pensarlo. Un día me va a dar una cosa. 

—¡Cojones, no jodas! Te mueres de vergüenza o te mueres de hambre. 

Hace una mueca impotente y niega con la cabeza.

—Hoy no me esperes. Acuéstate. Quizás tu virgen vuelva…

No resisto este olor en la cocina. En minutos, bajaré el dulce. La que me parió lo planeó todo desde un principio. Cuando niña, me llevaba al patio por las tardes, el sol se había escondido en el horizonte. Las dos permanecíamos un rato sembrando las plantas de cereza y echándoles agua. Le preguntaba por qué hacíamos eso y decía que a su tiempo lo sabría. Estas plantas son especiales. 

Hoy no es un día cualquiera. Es jueves. Ella decía que los jueves los clientes piden el plato fuerte. Desde la puerta, miro hacia el horizonte y ella se figura lamer al sol, lento. Lo prueba como si fuera dulce. Siento ese olor y sus palabras zumban dentro de mí: ser puta es la mejor manera de sobrevivir

La odio. Aunque el dulce de cereza me desquicie. La odio. Jamás fue una madre normal. No quiso que estudiara una carrera universitaria. Esta vida es dura, pero después lo verás como un trabajo cualquiera

Abuelo tiene razón. Soy ella. Su doble. Sus propios desenfrenos. Una trastornada. 

Un jueves salió y todavía no ha regresado. Tal vez los caminos se le cerraron. Hay ausencias que terminan y otras que no.

Nunca olvidaré el día que me vio haciéndolo. Estaba en el piso del cuarto con la almohada entre las piernas. Fue antes de los trece años. La besaba, me movía dócil, inexperta, y en ocasiones más rápido, hasta llegar a un punto donde el cosquilleo hacía que las rodillas temblaran y apretaba con fuerza. 

Por una hendija de la puerta, ella vio toda la escena. No me regañó, quedé petrificada. Solo dijo que era buena, que mi futuro iba a ser exitoso.

Oscurece y en la cocina ese embaucador olor. Siento deseos de hacerme la loca. ¿Cómo mierda ella supo que el dulce de cereza es afrodisiaco? Tengo que prepararlo todo y salir. Todavía no puedo comerlo. El efecto es muy rápido. Debo esperar el momento oportuno. 

Después de bañarme, me pongo la ropa que uso los jueves. Jamás llevo prendas interiores, desde niña me estorbaron. 

Regreso a la sala. Abuelo seguro que se acostó. Qué bueno, porque si no, también querría hacerse el loco. 

Cierro la puerta con la sutileza de quien no quiere ahuyentar a un pájaro.

El sonido de los tacones sobre el pavimento me acelera el pulso. La brisa mueve las ramas de los árboles. Incita a mirar el cacho de paisaje, las casas antiguas, las verjas de hierro. 

Nunca cojo el bus que va hasta el Bar-Hostal Paraíso, donde lo arriesgo todo. Disfruto caminar. Así tengo la sensación de que alargo un poco la noche. 

La que me parió entrenó mis piernas. Los fines de semana hacía que le diera la vuelta al campo de pelota. Llegaba a casa sin poder explicarme para qué me obligaba a hacer aquello. Apenas podía sostenerme en pie, el sudor corría por toda mi carne inocente. Por eso cuando leo, me identifico con René. Mi carne también ha pasado por un proceso de entrenamiento. 

Resistir es algo básico para este trabajo. Eso lo aprendí desde que me tocó guerrearla bien duro. Contaba esas cosas sin dar explicaciones. Evadía las preguntas y yo no me atrevía a abrir la boca.

Nací para ser puta. Pero no una puta cualquiera. Una puta leída. Preparada en mi oficio. Bar-Hostal Paraíso es un sitio común para cualquier cliente. Pero para mí y otras chicas no es más que un prostíbulo donde venimos a lucharla. 

Es hora de comerme el dulce que traigo en la cartera. Seguro que El Gago, el dueño de este antro, espera que hoy sea la chica domada, primero con él y después con los clientes. El dulce nunca falla. 

Mastico cada cereza. Las trituro. Hoy nadie me elegirá. Estaré con quien prefiera. Será por placer. Me gusta romper las reglas. 

El salón está lleno. Un aire espeso envuelve a la clientela. Juegan al billar, golpean las bolas, tratan de hacer carambolas o entronerar, depende del juego. Los jugadores sonríen y conversan, entre copas que chocan, levantan, apoyan y mueven en círculos.

El que no apoya, no folla, voceado a coro por un grupo de cinco jóvenes que están arrinconados. Debo lucir inquieta. Me acerco a la barra.

—Sírveme el trago que tomo los jueves —le ordeno al bartender. 

El vaso que secaba lo pone sobre el mostrador y se tira el paño sobre el hombro, haciendo una sonrisa secuaz. 

En forma de panorámica, miro hacia todas partes. Debo captar al que será mi acompañante y me ayude con los otros tragos. Ser precavida. Escoger con mesura a mi presa.

Entra una pareja de jóvenes y se sientan en una mesa que parece que ya tenían reservada. La muchacha tiene el cabello negro y lisado. Los labios bien rojos. Con un vestido adherido al cuerpo que muestra estar en forma. Él usa una blanca camisa de mangas largas, recogidas hasta los codos, y pantalón fino, de ocasión especial. Quizás se hayan propuesto matrimonio, especulo. 

Las palabras en zumbidos no son amables. Miradas eufóricas, pero todavía no es tiempo de elegir. La mezcla del dulce con el trago en pleno efecto. Mis dedos se aferran al vidrio. Desenfoco la vista en el fondo del vaso, como si por unos segundos fuera el líquido y yo, sin el sonido ambiente, sin la gente, sin el bartender preguntándome si pone más bebida. 

Asiento con la cabeza y vuelve la memoria de los días, repetida en dejavú. Esa sensación de no saber cómo va a terminar la noche. Si tendrá un final feliz.

Pienso en la que me parió. En las veces que se sentó en esta misma barra. En los sorbos amargos. Ella decía que los jueves los clientes piden el plato fuerte. Y ahora me pregunto cuál era. Porque el plato fuerte puede ser tantas cosas: una buena mamada, meter un dedo en el culo, un dildo a esos que tienen fantasías, dar un beso de tres, ponerle el bollo en la cara y que otro cliente haga de espectador. 

Para mí, sería fácil porque no uso blúmer. Además, me encanta que me lo mamen. Cuando lo saben hacer excelente, como todos los puntos en el juego de billar. De lo contrario, es por gusto. Les doy bajanda. Echa por ahí para allá, anda, con esa mala lengua y con tu mala técnica. 

También pudiera ser una misma de público, cuando dos hombres se devoran. Eso me excita mucho. Ver cómo un hombre disfruta la pinga de otro. 

—¡Pingaaa, que rico! —gritando desaforado. 

—Sí, así, rico, muy rico. ¡Mantén el ritmo, Baloo…! Sé un buen osoQue no se diga, que eres un gran maestro de la selva. 

¡Ohhh, sí! Mantén el ritmo para que no te duermas como el viejo dormilón Baloo. Y también con su pinga erguida. Colmado de placer. Como dos locos. Drogados con el cocimiento de las hiervas afrodisiacas de la selva, Ayahuasca y Chacruna. Al aire libre…

—Ufff, Ave María purísima —susurro. 

Y que se acabe el mundo. No sé, ahora mismo no se me ocurre más nada. Contaba esas cosas sin dar explicaciones. Evadida de preguntas y no me atrevía a abrir la boca.

—Maité, ¿qué te pasa? Estabas en los marañones de la estancia —dice el bartender.

—Ahí mismo estaba. Haciéndome la loca —y suelto una carcajada.

—Ya veo que andas bien lejos —con una grácil sonrisa.

—Sírveme otro trago, anda, viejo. Lo necesito hasta el fondo. Qué calor. ¿No lo sientes?

—Todos los aires están puesto en dieciséis grados. No entiendo tu sofocación.

—Estás igual que mi abuelo, nunca entiende nada, ni sabe nada. Solo se inventa cosas. Ha cogido últimamente con imaginarse historietas. Dice que la Virgen se le apareció. Que tiene algo muy importante que revelarle… En fin, cosas de viejos chochos. 

—Seguro que ni caso le haces.

—A veces lo ignoro.

Vuelvo a mirar alrededor, en busca de mi presa. Los jugadores de billar marcando puntos. Se pasan dinero entre ellos con sus apuestas. Siempre está el que pierde y el otro que gana. Así es la vida. 

La pareja está feliz. Sonríen. Se besan. Beben. Los jóvenes del grupo bailan. Se divierten. El Gago está sentado en una mesa con dos muchachas. Fuma un puro habano y desde ahí lo controla todo.

Se acerca un mesero. Trae la bandeja de jarras de cerveza, copas vacías en busca de otra ronda. La pone a un lado de mi mano y me susurra al oído. Sonrío. El bartender prepara mojitos y sirve otros tragos de Havana Club y Ritual.

—Hoy no siento la vibra común de los jueves. Está rara la noche, ¿no te parece? 

—Quizás estés sugestionado por algo —le contesto.

Hace un gesto de duda. 

Como si fuera el último trago de la noche, absorbo hasta el final y dejo el vaso vacío sobre la barra, con el vestigio del labial. En la boca solo queda el nerviosismo de la cereza. Adosado a la pared de un pasillo, apenas distingo a René. Bajo de la banqueta y camino, acercándome. 

—¿Me mandaste a buscar, Renecito?

—No sé quién es ese tipo, pero igual podemos gozar.

—Si no eres él, tienes que ser su doble. Así como tú, siempre lo imaginé.

—¿Qué te fumaste, loca? 

No le respondo y lo miro como la leona a su presa. Con una mano, le agarro el pelo. Muerdo su boca, meto la lengua. En un beso extenso, desabotono su camisa. Comienzo a lamerle las tetillas. Todo su pecho. Lamo. Bajo. Me detengo. Lamo. Subo. Lo beso. Estoy ablandando a René, pero alguien me hala selvático por el pelo. Caigo de bruces. 

—¡Eres una mala puta! —grita El Gago y abre la puerta trasera—. ¡Aquí se hace lo que yo diga! 

Se quita el cinturón. Me azota. Patea. Alcanzo a ver a algunos empleados. No veo al bartender. Azota. Reconozco a uno de los jugadores con el taco del billar en la mano. Patea. Azota. Escupe mi cara. Nadie se inmuta.

Estuve tirada en la intemperie, en un vahído momentáneo. Una voz me hace volver en mí. 

—Levántate. Tengo una sorpresa para ti. 

Consigo ver la silueta de una mujer. 

—Levántate, tu delirio te espera. 

La cabeza, en punzadas. Fuertes mareos, como si un tornado me hubiera pasado por arriba. Hago el esfuerzo y miro fijo el vestido amarillo. Se agacha frente a mí y estira los brazos. 

—Ven, te guiaré.

Comienzo a caminar. La mujer se va disipando en la oscuridad. Aún siento que va conmigo. Orienta mis pasos. El Bar-Hostal Paraíso ha quedado atrás. El recipiente del dulce sigue dentro de la cartera. Lo tiro.

Dando tumbos, llego a casa. Está en silencio. Me desplomo en la cama. Adolorida. Las lágrimas, la sangre, ensucian la almohada. Me aferro a ella. Todo da vueltas. 

Ser puta es la mejor manera de sobrevivir. Ahora esa frase es lo que más empalaga. Hace polvo lo que queda de mí. La imagen de René es el único calmante. Si llamo a abuelo, peleará. Hago el esfuerzo por dormir. 

Tengo la carne llena de moretones y el colchón la vuelve aún más vulnerable. No aguanto el roce. Poco a poco, me levanto. 

Con pasos torpes, voy hasta el otro cuarto para saber si abuelo está bien. Empujo la puerta. La lamparita de noche deja ver sobre la cama a una mujer. Se mueve encima de abuelo. En redondo. Frenética. Ávida, se mueve. 

Para un lado. Para el otro. Él se agarra de la sábana y se le escapan gemidos. Ella hace pequeñas cuclillas. Sube y baja suavemente. Enuncia palabras cuyo significado no logro deducir. 

La mujer tiembla. Se arrebata. Se mueve y tiembla. Enciendo la luz. Se vira, asustada.

—¡Ah!, ¿eres tú? —dice la enviciada. 

Mete la mano en la fuente de dulce que está a un lado, sobre la mesita.

—Pruébalo. Esta era la sorpresa. 

De la boca, le chorrea el jugo. Coge el vestido amarillo que cae al suelo desde un costado de la cama y se limpia. 

—Acércate, Maité, no temas —me pide mi abuelo—. Te lo dije: la Virgen es real, el dulce también… Mija, ven. Si esto fue lo que aprendiste de tu madre…

Escucho todo. Perpleja. Al ver el demasiado brillo en sus ojos. 


© Imagen de portada: Sirya Arias.