
Como Guillermo Cabrera Infante, yo también me enamoré en la pantalla antes que en la vida. Mis amores, además, a diferencia del gran escritor, fueron muy cubanos, porque las películas y los muñequitos rusos en el cine del pueblo y en el viejo televisor de la casa me hicieron preferir lo nacional a lo foráneo.
Uno de ellos, quizá el primero —lo confieso con la serenidad que da el tiempo—, fue mi invitada de hoy. Y lo digo con total desvergüenza ante mi esposa y Pavel Urkiza, su pareja.
Recuerdo a aquella adolescente delgadita, de pelo negro intenso, que suspiraba por su profesor, mientras nosotros suspirábamos por ella, heroína romántica que pasó de la pantalla a las letras. Recuerdo cómo Wendy Guerra nos dejaba, casi sin que lo advirtiéramos del todo, la intuición de que “solo el amor engendra la melodía”, como si desde entonces ya estuviera pactando una sensibilidad.
Estas impresiones que comparto no tienen una intención crítica o cronológica. Mucho menos pretenden un acercamiento sistemático. Más bien son imágenes propias, hijas de la cercanía a alguien que he conocido toda mi vida y a quien reconocí como autora después. En algunos raros casos, uno alcanza primero una representación de alguien que es íntima antes que literaria. Y entonces la certeza debe reconstruirse continuamente.
Durante un tiempo, Wendy fue para mí una presencia cercana, familiar, la actriz que entraba también por las mañanas de televisión en la casa del padre primerizo que fui, acompañando ese instante frágil y luminoso de comenzar el día.
Estuvo en la clásica película cubana Hello Hemingway, en esa zona donde el cine se vuelve también una forma de educación sentimental. Luego, como ocurre a veces con ciertas presencias que permanecen más en la memoria que en la continuidad, desapareció un poco de nuestra vida cotidiana. Hasta reaparecer, de otra manera, en la portada de un libro de poesía, donde el nombre de la autora resultaba familiar. Más tarde, en esas novelas que muchos empezamos a leer como quien busca algo necesario, compartiéndolas casi en voz baja, como parte de esa experiencia, también muy cubana, de la literatura prohibida.
Tal vez por eso su escritura ha encontrado una forma muy particular: una literatura que no sustituye al lector, sino que lo convoca, que no clausura el sentido, sino que lo deja abierto para que alguien más lo complete. Una escritura de síntesis, de respiración contenida, que por momentos nos recuerda a Ernest Hemingway y al espíritu del haiku, donde lo esencial se dice y lo demás ocurre en el silencio, pero que al mismo tiempo no renuncia a la poesía dentro de la narración, sino que la resguarda como una corriente subterránea que sostiene el texto.
Como apuntaba el poeta Roberto Manzano, hay escritores que son esencialmente poéticos y otros esencialmente narrativos, como hay personas diestras o siniestras, y otros —más raros— que logran ser ambidiestros. En ese cruce parece situarse Wendy, moviéndose con naturalidad entre ambos territorios.
De su obra, resalto el atrevimiento del diario, ese performance solitario, lugar central no solo como recurso formal, sino como una manera de fijar lo inmediato, de atrapar lo vivido antes de que se diluya.
“El diario no es solo un registro de la vida, es un instrumento para vivir”, decía Anaïs Nin. En esa misma línea, Susan Sontag afirmaba que en el diario no solo se expresa lo que uno es, sino que uno también se construye.
Ahí hay algo que dialoga profundamente con esta escritura: una relación con la realidad que no necesita ser explicada, que simplemente está, con su peso, con sus silencios y sus zonas de sombra, en cuya cercanía hay también un gesto de exposición: una forma de riesgo.
Y, por supuesto, en todo aparece Cuba, no como un escenario más, sino como experiencia íntima, como memoria, como herida que se filtra en lo no dicho, en las ausencias, en los desplazamientos. Sus novelas no explican ese país, lo encarnan. Lo dejan existir con sus contradicciones y al mismo tiempo dialogan con una experiencia que muchos conocemos: la de los límites que han enfrentado los escritores dentro de la Isla: la dificultad de decir, de publicar, de sostener una voz propia en determinados contextos, algo sobre lo que Wendy ha reflexionado en distintas ocasiones, sin abandonar nunca el territorio de la literatura ni renunciar a la complejidad.
Desde Todos se van hasta La costurera de Chanel, Wendy Guerra se reinventa y se entrega con desenfado, con ternura y con una melancolía que resiste el vértigo de la página.
La suya es una escritura donde la realidad, aun cuando abruma, termina por exaltar la voz de quien escribe. Wendy, bienvenida a El Caimán ante el Espejo.
* Palabras de presentación en la Tertulia “El Caimán ante el espejo” de Hialeah Public Libraries, el sábado 2 de mayo de 2026.

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Por Samuel Moyn
