Retórica para terroristas o las páginas en blanco de la literatura cubana

El dinosaurio de los minicuentos de la literatura cubana lo escribió Rolando Sánchez Mejías hace siglos y dice así: “Olmo se abrocha los zapatos, va a China, vuelve de China y se desabrocha los zapatos”.

Como siempre que se dice dinosaurio, aquí se habla de extinción: extinción del cuento (sea mini, maxi, o medium), de aquella vieja China-vector (u horizonte) y del pujo de la literatura cubana.

Pujo como la acción de pujar, entiéndase (o no).

Hace unos días yo fui a Londres y regresé de Londres en el mismo día y sin siquiera mirarme los zapatos. 

Me olvidé de los zapatos.

También me olvidé de citar en mi columna anterior, titulada “Eres uno de ellos, ¿no?”, al vilamatiano Xavier Nuevo, quien en El arte del saber ligero. Una breve historia del exceso de información (Siruela, 2023), escribía:

“Una cierta modernidad literaria confió en poder emanciparse del yugo de la escritura por el único medio de la propia escritura. Los escritores contra la escritura, también conocidos como los escritores del no o terroristas, hubieran preferido no hacerlo y, no obstante, lo hicieron. Pasaron interminables noches escribiendo sobre no escribir”.

Siruela, la misma editorial que publicó los cuadernos olmescos de Sánchez Mejías, hace varias extinciones. La cita de Nuevo es el inicio de un capítulo titulado “Retórica para terroristas o las noches en blanco de la literatura”, del que yo me apropio ahora convirtiendo en este scroll de página web la interminable noche insular, jardines ya tú sabes.

Fui a Londres a recoger un sobre.

Cero jardín invisible: el contenido de este sobre, material inflamable, tiene que ver con el pasado reciente de Cuba y, por lo tanto, con una posible y postergada reescritura del futuro. 

En los tiempos que corren, con uno o dos portaaviones a la vista, cualquier entrega en falso o pase de manos sin destreza (el arte olvidado del brush pass: la narración del saber contrainteligente, la mochila del informante ligero) puede precipitar acontecimientos que ya sucedieron. Igual que se propaga un fuego.

Es también un documento de epidemiología.

Teórico. Algorítmico.

Con gráficos y curvas y notas al pie.

Incontestable.

“Te espero en la estación de Liverpool Street, Jorgito”, me escribe el falso epidemiólogo, que gusta de llamarse a sí mismo “agente transmisor”.

“Me reconocerás porque estaré leyendo el periódico Granma”, escribe el agente transmisor.

No me explico cómo es que estamos cuadrando esta operación por WhatsApp. Donde él luce una foto de perfil real y un número de ETECSA.

“Si ves que dejo caer el periódico, aborta”, escribe, y yo me imagino abortando sin dramas. Mi archivo, my choice. Mientras la patria, de piernas abiertas, me contempla orgullosa.

La mochila de espionaje ligero que transporto a Londres tiene que caber bajo el asiento del avión. Ryanair, la aerolínea irlandesa low cost que se ha hecho great again en Valencia contra todos los pronósticos, te cobra hasta para ir al baño.

Por las ventanillas de la guagua que me transporta de Stanstead a Liverpool Street no paro de ver mujeres ataviadas con hiyab y con nicab. Las hay también en España, por supuesto, algunas en mi barrio, pero esto es otro nivel. Sobre todo por la sobreabundancia de nicabs, que es la antesala del burka, que es un subgénero del terror.

—Esta ciudad fue la capital del imperio que dio a luz al imperio que hoy se limpia el culo con esto —me dice el falso epidemiólogo mostrándome el Granma de mañana, no el de hoy—. Ahora es la capital de un reino unido musulmán.

La entrega del sobre ya ha tenido lugar, ya tengo el sobre en mi mochila, pero él sigue caminando a mi lado, lo cual me resulta extraño. 

Creo que no lo estamos haciendo bien.

Vamos detrás de una pelirroja cuya minifalda, si fuera un milímetro más corta, se consideraría ropa interior.

—Para las del hiyab, todas estas inglesas son unas putas —dice el agente transmisor—. Para las del nicab, las del hiyab son unas putas: van por ahí enseñando la boca.

—Qué desfachatez —le digo.

—Para las del burka, las putas son las del nicab, que van por ahí enseñando los ojos.

—Provocando.

—Sin embargo, a las del burka y el nicab le tienen sin cuidado estas vestimentas —señala con el mentón no a la minifalda, sino a la blanquísima celulitis de los muslos apenas cubiertos por su ondulación—. Son sus costumbres y hay que respetarlas.

Llegamos al London Bridge. 

En la Edad Media este puente estaba tan abarrotado de comercios que apenas se podía caminar y a los ingleses no se les ocurrió otra cosa que inventar la conducción por la izquierda.

—Nos equivocamos de puente —dice él. 

—¿Tenemos que despistar a alguien? Pregunto.

—Este no es el Tower Bridge. Las torres están del lado de allá, mira.

Pero lo que yo miro es el río. Siempre tuve claro que en mi primera vez ante el Támesis recordaría las palabras de Marlow al inicio de Heart of Darkness, de Joseph Conrad. Y digo en voz alta, suddenly:

And this also has been one of the dark places of the earth

Este también fue uno de los lugares oscuros de la tierra.

Contra la oscuridad: imperialismo. Llegaron los romanos y empezaron a poner orden en el caos de marismas, islotes y pantanos de lo que ahora son lanchitas repletas de turistas. Algunos, eslavos. La mayoría, chinos. 

Los primeros asentamientos protolondinenses tuvieron que remontar las revueltas de las tribus locales, que andaban por aquí desde el tiempo de los menhires. Los historiadores de la época de Nerón describen a los caudillos celtas con encandilamiento. Dion Casio, por ejemplo, soñaba con la reina Boudica: escribió que el pelo rojo le llegaba hasta las caderas y “poseía una inteligencia mayor que la que generalmente tienen las mujeres”.

La mayoría de las mujeres que yo he conocido, y a las que he querido, tienen la inteligencia de Boudica, para bien y para mal. 

El pelo, no. 

Pelirrojas hasta las caderas yo no las he visto nunca.

—Ahora bajamos al Borough Market. Ponte la mochila por delante, Jorgito, y sujétala bien. No te estreses, pero no te detengas.

No entiendo los movimientos, pero allá vamos. 

Quizás nos siguen. No hay explicación argumental, pero sí estrés.

Nos abrimos paso entre la multitud, como moscas que van de un puesto de comida a otro. El falso epidemiólogo contempla las carnes, los quesos, los frascos homemade, con el mismo pasmo de los romanos del siglo primero antes las minifaldas celtas de siglos recientes. 

El market popular en modo museo. La fiesta vigilada por bolsillos extranjeros en fuga: se mira, pero no se toca.

Recuerdo aquello que decía Edmundo Desnoes en Memorias del subdesarrollo y que ya he citado un par de veces: “Los contrarrevolucionarios se convierten en intestinos: tienen obsesión por la comida”.

Pero la palabra, el concepto contrarrevolucionario, fuera de ese periódico Granma que ha llegado hasta el Támesis desde un lugar oscuro del presente —y que aquí sólo sirve para cuadrar un brush pass o envolver restos de mariscos—, ya no responde a ningún contexto legible. 

Es lo que se llama un Oopart (Out of Place Artifact).

Y es una lástima.

Todos los conceptos que hemos perdido.

Que ahora son como astillas dispersas. Splinters, shards.

A la salida del Borough Market, nos damos de bruces con las fachadas cristalinas del rascacielos más alto de Londres y del Reino Musulmán Unido: The Shard. Y el falso epidemiólogo me dice entonces que acaba de acaba de leerse The Shards, la última novela de Bret Easton Ellis.

Así se conectan los puntos. 

—No me gustó, me pareció muy procesada, llena de conservantes…  —le digo—. De Ellis, te recomiendo sus memorias: White.

Es decir, esto y volver al título de esta columna, que quizás no habla de páginas en blanco sino de páginas color Easton Ellis.

Hacia las páginas finales —y muy fechadas— de Blanco, tenemos al autor de American Psycho comentando las redes sociales de un negro nazi llamado Kanye West.

Traduzco a la carrera:

“La gracia de tuits como La autovictimización es una enfermedad, o los elogios al presidente, estaba en que desquiciaban a los opositores de Trump, quienes tenían que haber sido más inteligentes para leer esos textos con el ánimo con que fueron escritos: performances dadá bipolares. Pero al tomarse a Kanye en serio, al pie de la letra, como si fuera un comentarista político en lugar de un fenómeno pop, tergiversaban su sentido oculto para hacerlo encajar en la visión del mundo pos-Trump que habían preconcebido, un futuro distópico y draconiano, mezcla de 1984 y El cuento de la criada”. 

—¿Quién sería el Bret Easton Ellis en español a día de hoy? —inquiere el agente transmisor. Es el tipo de preguntas-prompt que a él le gusta hacer. En cierta medida, su trabajo depende ellas.

—Este año, 2026, ha cumplido un siglo El juguete rabioso, la primera novela de Roberto Arlt —le informo—. Un libro que empieza así: “Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia, entre Sudamérica y Bolivia”.

—Cojones, qué exactitud… Y con catorce años.

Le cuento que el narrador es Silvio Astier, y que en los dos años siguientes enriquecerá los afanes y deleites de la literatura bandoleresca con otras sustancias. Quiere hacer carrera como mecánico de aeroplanos y se presenta a una entrevista en una oficina del ejército.

La escena (imagino que ahora está sucediendo en uno de esos portaaviones que tienen el arrecife cubano a tiro de dron) es más o menos como sigue:

—¿Quiere servirse un vermouth? —me ofreció el capitán sonriendo.

—Muchas gracias, señor, no tomo.

—Y de mecánica, ¿sabe algo?

—Cinemática. Dinámica. Motores a vapor. También conozco los motores de aceite crudo. Además, he estudiado química y explosivos.

—¿Y qué sabe de explosivos?

—Pregúnteme usted —repliqué sonriendo.

—Bueno, a ver, ¿qué son los fulminantes?

—El capitán Cundill, en su Diccionario de Explosivos, dice que los fulminantes son las sales metálicas de un ácido hipotético llamado fulminato de hidrógeno. Y son simples o dobles.

—A ver: un fulminato doble.

—El de cobre, que son cristales verdes y se producen al hervir con agua y cobre el fulminato de mercurio, que es simple.

—Es notable lo que sabe este muchacho. ¿Qué edad tiene usted?

—Dieciséis años, señor.

—¿Dieciséis años?

—Sí, señor

—¿Se da cuenta, capitán? Este joven tiene un gran porvenir. 

El oficial del cuerpo de ingenieros se dirigió a mí:

—Pero, ¿dónde diablos ha estudiado usted todas esas cosas?

—En todas partes, señor. Voy por la calle y en una casa de mecánica veo una máquina que no conozco. Me paro y digo: esto debe funcionar así y así, y debe servir para tal cosa… Además, tengo una biblioteca. Si no estudio mecánica, estudio literatura.

—¿Cómo? —interrumpió el capitán—. ¿También literatura?

—Sí, señor.

—Ché, ¿no será un anarquista este?

—No, capitán. No soy anarquista. Pero me gusta estudiar, leer…

Afuera silbaba el viento, y en mi frente se ahondó más el signo de la atención.

Silvio Astier, como todos saben, se convertirá más tarde en Erdosain, el protagonista de las torres gemelas de Arlt: Los siete locos y Los lanzallamas. Cambian los nombres, pero no el signo de la atención sobre la frente, que es el mismo signo de atención con que el falso epidemiólogo mira a todos los transeúntes que pasan cerca de nosotros.

Al final de Los siete locos, Erdosain se despide del Astrólogo, en cuyo círculo conspiranoico acaba de entrar, y este le dice:

—Véngase el miércoles a las cinco. A la noche tendremos reunión. Estarán el Buscador de Oro, el Rufián y otros. Cambiaremos ideas. Acuérdese de que tengo mucho interés en los gases asfixiantes. Hágase un proyecto para una fábrica de cloro y fosgeno. Ah, y a ver si puede averiguar qué diablos es el gas mostaza.

—El fosgeno es oxicloruro de carbono.

—No pierda tiempo, Erdosain. Una fábrica chica. Que pueda servir de escuela de química revolucionaria. Recuerde que nuestras actividades se pueden dividir en tres partes. El Buscador de Oro estará encargado de la colonia, usted de las industrias, el Rufián de los prostíbulos. ¿Qué me dice usted si organizamos una usina que llegue a ser en la Argentina lo que fue la Krupp en Alemania? De lo nuestro pueden salir muchas sorpresas. Somos descubridores que no saben sino en conjunto hacia dónde van.

Erdosain fijó un segundo los ojos en el semblante romboidal del otro, luego, sonriendo burlonamente, dijo:

—¿Sabe que usted se parece a Lenin?

Y antes que el Astrólogo pudiera contestarle, salió.

Esa puerta por la que sale Erdosain es la puerta por la que se entra directo a Los lanzallamas. No hay intersticios.

Más que puertas, son conductos. Cañerías.

El agente transmisor y yo nos despedimos.

—¿Sigues escribiendo, Jorgito? —me preguntó.

—He venido a Londres solo a buscar esta mierda. ¿Qué tú crees?

—No le quites las manos de encima. No te duermas en el avión.

—RyanAir te cobra por quedarte dormido.

—Buen negocio —asintió—. Somos descubridores que no saben sino en conjunto hacia dónde van.

¿Sabes que tú te pareces a Erdosain? —le dije.

Y antes de que el Epidemiólogo pudiera contestarme, me fui.

Caminé rápido hasta Monument Station, donde está la torre que recuerda el Gran Incendio de Londres. A lo lejos, divisé una pantalla que trasmitía un partido de fútbol: Liverpool uno, Chelsea cero.

Me distrajepisé en falso un bordillo, se me deslizaron los pies en el asfalto…

Mientras rodaba por la acera, pensaba en los zapatos de Olmo… ¡No me abroché ni me desabroché los zapatos!

Nadie me ayudó a ponerme de pie. A pesar de que estaba rodeado de gente. 

Me levanté apretando contra mi pecho el sobre cubano. El sobre que aún debía estar dentro de la mochila, ¿o no?

—Are you ok? —me preguntó un anciano con cara de marinero de otros tiempos.

Fine, fine —le digo. 

Tengo la rodilla adolorida y la mano izquierda hecha trizas. 

Fine, fine —le digo—. Pero otro Gran Incendio está a punto de comenzar.

El viejo no entiende lo que digo. Da igual.

Ustedes tampoco.

Y el que menos lo entiende soy yo.