La insoportable levedad de ser demasiadas cosas

Hoy no voy a analizar lo que ocurre en ninguna parte del planeta. No habrá geopolítica, ni pandemias, ni guerras, ni ese catálogo de desgracias que uno abre por la mañana con el té —lo siento, no me gusta el café— y cierra por la noche con el omeprazol. 

Hoy quiero centrarme en mí, mirarme el ombligo —sí, el ombligo, esa pequeña cicatriz circular donde empieza el narcisismo con pretensiones filosóficas— y contarles una historia mínima, casi doméstica, aunque con su puntico de tragedia griega, sainete cubano y cultura española.

Hace poco se me ocurrió presentar mi nuevo libroLos límites de la democracia, escrito junto al neurólogo José Castillo, en uno de esos espacios donde suelo aparecer con la camiseta de crítico de danza. El libro es un ensayo en el que intentamos pensar la democracia desde lugares poco habituales: la inmunología, la física, la neurología, la biología de los sistemas complejos. 

Es decir, una rareza. Pero tampoco más rara que un político hablando de humildad, un tertuliano usando datos o un coreógrafo convencido de que mover gente deprisa por el escenario ya constituye una poética.

¡Error!

Porque uno no entra dos veces al mismo sitio con distinta máscara. O, mejor dicho: puede entrar, pero alguien desde dentro grita: “¡cuidado, ese no venía vestido así!”. 

En ciertos territorios culturales, si te conocieron contando fouettés, describiendo frases coreográficas, emocionándote con un silencio escénico o machacando —con cariño, siempre con ese cariño de verdugo ilustrado que algunos llamamos crítica— a quienes confunden la danza con un “corre pa’quí y corre pa’llá” con luces caras, entonces quedas fijado ahí para siempre. Como una mariposa atravesada por un alfiler. 

Bonita, sí. Clasificada, también. Muerta, un poco.

Es decir, me reducen a una arista. Una etiqueta. Un cajoncito con su letrero: “Eduardo, crítico de danza”. Y cuidado con sacarlo de ahí, no vaya a ser que el público se maree, se atragante con el canapé intelectual y descubra que una misma persona puede mirar un arabesque, estudiar un linfocito, escribir una novela y preguntarse por qué las democracias enferman como enferman los cuerpos.

Sería, al parecer, un sacrilegio. Una herejía de salón. Una indisciplina ontológica. 

¿Cómo explicar que quien habla de Balanchine también hace ciencia, intenta arrancarle secretos a la naturaleza y aún cree —ingenuo profesional— que el mundo puede entenderse? 

¿Cómo decirle, sin provocar un cortocircuito, que el mismo que critica a un bailarín por caer tarde en la música también escribe sobre democracia desde la inmunología, la física y la neurología, como si una democracia no fuera solo una constitución bien peinada, sino un organismo vivo, con memoria, defensas, inflamaciones y autoinmunidades?

En la Isla Metafórica —ya saben, Cuba, ese país donde hasta la desgracia tiene vocación de símbolo— eso se entendía muy bien. Si eras del campo, te tocaba recoger boniatos. Nada de pasearte por los escenarios de un teatro capitalino. Si naciste para guajiro, guajiro te quedas, aunque sepas declamar a Racine, tocar el violín o resolver ecuaciones diferenciales mientras cargas un saco de tubérculos. 

La sociedad necesita clasificarte porque, si no te clasifica, se le desordena el almacén. Y no hay nada que asuste más a una institución que un almacén desordenado. Ni siquiera la mediocridad. La mediocridad, de hecho, suele venir bastante bien empaquetada.

Entonces, ¿qué hago?

Como decía otra cubana, ella con voz excelsa, “¡qué culpa tengo yo!”. Qué culpa tengo yo, de verdad. No tengo la culpita ni tampoco la culpona de que me guste descubrir lo que la naturaleza oculta y hacerlo medianamente bien —digo “medianamente” por fingir modestia, esa virtud tan celebrada y tan falsa como los yogures con sabor a tarta de queso. 

No tengo la culpita de haber empezado en la física nuclear y acabar en la biomedicina porque me dio la gana, porque pude, porque el camino apareció y porque uno, cuando está vivo de verdad, no se limita a caminar por la acera que le pintaron otros.

Tampoco tengo la culpona de empeñarme en divulgar la ciencia con columnas que, para sorpresa de algunos y disgusto de otros, hasta gustan. Ni de inventarme historias que luego se leen en forma de novelas. Ni de mirar mucha danza, mucha, demasiada quizá, hasta tener un criterio formado y escribir una reseña que se entienda sin necesidad de anestesia general. 

Pero, no. Si eres científico, debes hablar como manual de instrucciones de una centrífuga. Si eres inmunólogo, no puedes tener oído para una frase. Si escribes novelas, mejor no sepas demasiado, porque el saber, en literatura, levanta sospechas. 

Si vienes de la física, los inmunólogos te miran como si hubieras entrado en su casa con los zapatos llenos de barro cuántico. 

Si trabajas con médicos, algunos se preguntan en silencio —y otros en voz alta, que siempre hay generosos— quién te autorizó a pensar sobre enfermedades sin haber hecho guardias con fonendo. 

Si haces crítica de danza, olvídate de opinar sobre democracia, porque una pirueta y una constitución no caben en la misma cabeza. Se ve que la cabeza humana, para ciertos burócratas del pensamiento, viene con compartimentos estancos como una bandeja de comedor escolar: aquí las lentejas, aquí el pollo, aquí la gelatina de fresa. Nada debe tocarse. 

Dios —para mí, el número Pi— nos libre de una lenteja contaminada por una idea.

Vivimos en un mundo que ama las aristas únicas. El especialista, pero no demasiado brillante. El artista, pero no demasiado culto. El científico, pero no demasiado literario. El escritor, pero no demasiado técnico. El homosexual, pero solo si resulta decorativo. El cubano, pero únicamente si baila, sufre o cuenta anécdotas tropicales con la dosis justa de nostalgia.

Y, por supuesto, el intelectual, pero no vaya a ser que incomode. El crítico, pero sin salirse del programa de mano. El ciudadano, pero sin preguntarse demasiado por los límites de la democracia, que para eso ya están los expertos de siempre, esos señores con cara de haber nacido dentro de un comité.

El problema es que uno mismo, cuando insiste en ser uno mismo, resulta insoportable. No por grandeza, sino por volumen. No cabemos en las etiquetas. Desbordamos. Chorreteamos por los bordes del formulario. Somos, con suerte, una mezcla indecente de lecturas, obsesiones, oficios, fracasos, vanidades, entusiasmos, heridas y ganas de seguir. Yo he tenido la mala educación de no convertirme en una sola cosa. 

¡Qué descortesía! ¡Qué falta de respeto al mercado! ¡Qué manera tan grosera de complicarle la vida al algoritmo!

Mas, he llegado a una conclusión liberadora: el problema no es ser muchas cosas. El problema es pedir permiso para serlo. Así que no lo pediré. Seguiré haciendo ciencia, escribiendo columnas, novelas, ensayos, reseñas de danza y, si se tercia, una oda al croissant triste de las cafeterías de hospital. 

Seguiré saltando de la física a la inmunología, de la democracia a los escenarios, del laboratorio a la metáfora, porque ahí, justo ahí, en ese salto que algunos llaman dispersión, yo reconozco mi forma de estar vivo.

En fin, que voy a seguir haciendo lo que me da la gana. Y quien necesite una sola arista, que estudie trigonometría.