‘Food bloggers’ cubanos en tiempos de carencia 

El panorama socioeconómico de Cuba atraviesa uno de sus períodos más críticos en las últimas décadas. La convergencia de factores como la inflación galopante, la escasez de divisas, las deficiencias en la cadena de suministro y la crisis energética ha transformado la estructura del consumo diario. 

En este escenario, donde la seguridad alimentaria se ha convertido en una preocupación central para la mayoría de la población, ha emergido un fenómeno digital sin precedentes: el auge de los influencers de gastronomía o food bloggers.

Estos creadores de contenido, que principalmente operan en plataformas como Instagram, TikTok y Facebook, se dedican a reseñar establecimientos de comida, desde cafeterías hasta restaurantes privados. Si bien su actividad puede interpretarse como una forma de emprendimiento digital y promoción turística, su ejercicio plantea dilemas éticos profundos. ¿Es moralmente aceptable la exhibición de la abundancia y el ocio gastronómico en una sociedad que enfrenta niveles alarmantes de inseguridad alimentaria y pobreza extrema?

Los algoritmos de estas plataformas no están diseñados para informar o educar, sino para maximizar el tiempo de permanencia (engagement). En su búsqueda de retención, el sistema premia sistemáticamente la estética visual, el lujo y la perfección sobre la relevancia social o la verdad contextual.

Sin embargo, en entornos de profunda desigualdad, como en Cuba, esto genera un efecto de gaslighting digital. El algoritmo no distingue entre la muestra de un estilo de vida y la promoción de una fantasía inalcanzable; solo detecta que lo visualmente atractivo genera más clics, promoviendo así un contenido que ignora las fracturas socioeconómicas de la realidad.

Pero, para comprender la dimensión ética, es imperativo establecer el marco de la realidad cubana actual. La economía de la Isla se caracteriza por una marcada dualidad: por un lado, un sector privado emergente y de servicios orientado al turismo que maneja flujos de divisas; por otro, una población que depende de un sistema estatal con suministros cada vez más erráticos.

Asimismo, la inflación ha pulverizado el poder adquisitivo del salario estatal, obligando a gran parte de la ciudadanía a depender de remesas o de actividades informales para cubrir necesidades básicas. En este contexto, la comida ha dejado de ser un acto de placer social para convertirse en un reto logístico de supervivencia para muchos. 

Por tanto, la aparición de influencers que muestran platos decorados, cafés de altos costos y experiencias de lujo crea una disonancia cognitiva en el espectador promedio. Sus videos en una Cuba en crisis no pueden entenderse solo como un fenómeno de consumo, sino como un proceso de mediación de la realidad que altera la percepción de la propia existencia. Si bien, para analizar la dimensión sociológica y psicológica de este fenómeno, es importante encuadrar la teoría que explique la interacción entre la imagen digital y la psique colectiva. 

Según el teórico político Guy Debord, la vida auténtica se ha desplazado de la “acción” a la “representación” en las sociedades contemporáneas. El espectáculo no es simplemente un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediada por imágenes.

En el contexto cubano, los influencers de comida actúan como arquitectos de este espectáculo. Al reseñar restaurantes o cafeterías, no están comunicando una realidad gastronómica integral, sino construyendo una “hiperrealidad”. Para el espectador que vive la carencia, la imagen del plato decorado y el ambiente sofisticado se convierten en la representación de “lo que debería ser la vida”. Esto genera una alienación profunda: el ciudadano deja de vivir su realidad de escasez para intentar habitar, a través de la pantalla, un entretenimiento que le resulta ajeno. El consumo visual sustituye la posibilidad de la satisfacción real, creando un ciclo donde la imagen de la abundancia puede llegar a ser más potente que la experiencia de la supervivencia.

Por su parte, el psicólogo social Leon Festinger, en Teoría de la comparación social, postula que los individuos tienen un impulso innato de evaluar sus propias capacidades, opiniones y condiciones de vida, comparándolas con las de los demás. Así, plantea dos tipos de comparación: la ascendente y la descendente. 

En el entorno de las redes sociales, el contenido de los food bloggers obliga al espectador cubano a realizar una comparación social ascendente constante. Al observar a individuos con un poder adquisitivo significativamente superior, el usuario mide su propia carencia no solo en términos económicos, sino también de dignidad y estatus social.

En un escenario de pobreza y hambre, esta comparación no es solo informativa; es traumática. Mientras que en una sociedad estable la comparación puede motivar una aspiración, en una economía en crisis, donde los medios de movilidad social están bloqueados, la comparación ascendente conduce inevitablemente a la frustración, la baja autoestima y la depresión. El contraste entre el “yo” que lucha por alimentos básicos y el “otro” digital que disfruta de experiencias gourmet produce una disonancia que erosiona la salud mental de la población, transformando el entretenimiento digital en un mecanismo de castigo psicológico involuntario.

El análisis de la oferta gastronómica en redes sociales revela una desconexión profunda con la realidad material de la mayoría de la población. Mientras los influencers destacan los nuevos “paladares” o cafeterías, los datos de organismos internacionales y monitoreo de seguridad alimentaria pintan un panorama de vulnerabilidad extrema.

De acuerdo con reportes de Food Monitor Program y otras ONG, como el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, la inseguridad alimentaria en Cuba ha alcanzado niveles críticos. Los indicadores señalan que una proporción significativa de la población sufre inseguridad alimentaria moderada o grave, caracterizada no solo por la dificultad de acceso a alimentos, sino también por la reducción drástica de la calidad nutricional y la cantidad de ingestas diarias.

La capacidad de compra de las familias cubanas se ha visto erosionada por la inflación, lo que impide el acceso a una canasta básica nutricionalmente completa. A ello se suma la interrupción constante en las cadenas de suministro, redundando en falta de proteína animal, lácteos y productos esenciales en los mercados estatales y no estatales debido a la inestabilidad de las importaciones y a la caída en picada de la producción agrícola nacional. En este panorama, la población con menores ingresos es la más afectada, con mayor incidencia en la tercera edad, dependiendo de una red de ayuda que resulta insuficiente para cubrir las necesidades calóricas diarias.

Se observa entonces un marcado contraste que puede resumirse en tres puntos principales: 

  • Accesibilidad económica: Los sitios que aparecen en el contenido digital operan bajo una lógica de economía de mercado que excluye a la mayoría. Mientras el influencer muestra platos con precios equivalentes a varios días de salario mínimo, e incluso medio, el cubano promedio depende de una canasta básica estatal que presenta desde hace tiempo un desabastecimiento crónico.
  • Calidad nutricional opuesta a estética visual: Los datos de monitoreo alimentario indican un déficit en el consumo de proteínas y micronutrientes esenciales en la dieta cubana actual. Por tanto, el contenido digital de estos creadores ofrece una paradoja al centrarse en productos importados y ultraprocesados de lujo mientras la realidad nutricional lucha ante la escasez de productos frescos y básicos.
  • Brecha de inseguridad alimentaria: La coexistencia de una élite gastronómica hipervisibilizada y una población con altos índices de inseguridad alimentaria agrava la percepción de desigualdad. El contraste no es solo económico; es la colisión entre la abundancia mediada por la imagen y la escasez validada por los datos.

Pero esta fractura económica también implica la emergencia de una clase consumidora en Cuba que opera bajo una lógica de mercado paralela, impulsada principalmente por las remesas externas y la expansión del sector privado.

En primer lugar, las remesas actúan como un flujo de capital externo que inyecta divisas directamente en los hogares, eludiendo los mecanismos de distribución estatal. Esto crea un segmento de la población con un poder adquisitivo desvinculado de los salarios en moneda nacional, más enfocado en la experiencia que en la supervivencia. Mientras la economía estatal se basa en la escasez y la planificación centralizada, esta clase consumidora se rige por la disponibilidad de divisas. Su capacidad de consumo está determinada por la conexión con el exterior, lo que genera una asimetría donde el bienestar no depende de la productividad nacional, sino de la red de apoyo transnacional. De tal modo, esta dinámica crea una burbuja donde el precio del producto es secundario frente a su disponibilidad.

Luego, el auge del sector privado ha facilitado la creación de una infraestructura de servicios que satisface exclusivamente a este nicho. Estos negocios no buscan la cobertura masiva, sino la rentabilidad basada en el alto valor añadido. La clase consumidora que suele frecuentarlos habita un ecosistema de servicios invisible para la mayoría de la población que depende del Estado.

Por otra parte, dentro del entorno de contenidos gastronómicos en Cuba se da una dicotomía lingüística que no solo refleja diferencias de clase, sino también dos formas de procesar la realidad social. Una con un lenguaje de aspiración y lujo, y otra con un discurso de resiliencia.

Los influencers que se centran en restaurantes y cafeterías suelen emplear un léxico orientado a la estética, la exclusividad y el placer sensorial. Su objetivo no es informar sobre la alimentación, sino vender una experiencia de escape. Utilizan términos como “experiencia gourmet”, “maridaje perfecto”, “textura cremosa” o “presentación impecable”. El lenguaje se desplaza de lo nutricional a lo artístico. No se habla de “comer para saciarse”, sino de “degustar” o “disfrutar de un concepto”. El centro de la narrativa es el plato, la decoración y el ambiente. El tono es descriptivo y aspiracional, diseñado para generar deseo de pertenencia en la audiencia.

El discurso crea una barrera de entrada mediante el uso de palabras que implican privilegio. Se habla de “lugares exclusivos”, “el secreto mejor guardado” o “un oasis en la ciudad”. Este lenguaje posiciona al restaurante o cafetería como un destino de lujo que requiere un capital cultural y económico específico para ser validado, matemáticamente imposible para más de la mitad de sus seguidores.

En el extremo opuesto, los creadores que documentan la preparación de recetas de resiliencia o la búsqueda de alimentos básicos emplean un léxico de funcionalidad, urgencia y solidaridad. Aquí, la comida no es un placer, es un recurso. El vocabulario se centra en términos como “lo que rinde”, “a qué precio”, “con esto se come” o “la solución para hoy”. La métrica del éxito no es el sabor, sino la relación costo-beneficio y la capacidad de saciedad. El tono es emocional, con expresiones que denotan esfuerzo, como “buscando qué comer”, “la lucha diaria” o “lo que hay disponible”. Generan una validación de la precariedad mediante un lenguaje que normaliza la escasez para forjar empatía y comunidad.

A diferencia del lujo, que busca la exclusividad, este discurso busca la identificación. Se usa un lenguaje coloquial, directo y sin pretensiones, donde el sujeto que come, busca o cocina los alimentos es el protagonista de una historia de resistencia frente a la crisis.

Asimismo, se puede decir que, al priorizar la estética, dichas plataformas actúan como motores de una economía de la atención que despoja al contenido de su peso político y social. El usuario consume imágenes de opulencia como entretenimiento vacío, lo que impide una reflexión crítica sobre la desigualdad que representan. Además, al convertir la desigualdad en un espectáculo visual estéticamente agradable, la plataforma ayuda al influencer a normalizar la existencia de burbujas de privilegio, diluyendo la urgencia de las demandas sociales.

No obstante, aunque estas plataformas incentivan la creación de contenido que premia la apariencia sobre la realidad, no son las únicas culpables, éticamente hablando. Existe una falta de responsabilidad social cuando el creador de contenido no contextualiza su consumo. La ética exige una sensibilidad hacia el entorno y omitir la crisis de hambre y pobreza en el discurso digital no es solo una elección de nicho, sino un acto de invisibilización de la realidad nacional.

Incluso, podría decirse que, de manera inconsciente, ayudan a vender la imagen país del discurso oficial al distorsionar o segmentar la realidad. A corto plazo, actúan como filtros que presentan una Cuba “de vitrina”, que existe para un sector privado y turístico, pero que no es la Cuba de las colas para el pan o la falta de proteínas.

Sin embargo, la ética de los influencers gastronómicos en Cuba también puede verse intersecada por intereses económicos y por su propia necesidad de supervivencia. Muchos de estos creadores reciben comida gratuita o pagos directos por reseñar lugares. En un contexto donde el dinero escasea, la tentación de omitir críticas negativas para no perder la fuente de ingresos es altísima. Esto convierte la reseña en publicidad encubierta, lo cual es una falta de transparencia. El espectador está consumiendo un contenido patrocinado que ignora los problemas de calidad o de precio que el consumidor real debería conocer.

De hecho, la promoción sin ética puede fomentar una economía de enclave. Restaurantes que solo sirven a una élite o a turistas, promocionados por influencers que ignoran la desigualdad, contribuyen a profundizar la brecha social en lugar de integrarse al tejido económico nacional.

Entonces, ¿existe una forma ética de ser un food blogger en Cuba? 

La respuesta no es la censura de la abundancia, sino la responsabilidad del discurso. Una ética de la responsabilidad implicaría reconocer la realidad económica en el discurso, evitando la desconexión total con la situación del país. Tampoco deberían centrar toda la narrativa en el lujo, sino también ilustrar la cultura culinaria popular, la resistencia gastronómica y la creatividad ante la escasez. Además, deberían declarar explícitamente cuándo un contenido es una colaboración pagada o una invitación y utilizar las plataformas no solo para mostrar el consumo, sino para visibilizar temas de seguridad alimentaria o apoyar emprendimientos que tengan un impacto social positivo. La ética exige que el creador de contenido no sea un espectador indiferente, sino un actor consciente de su impacto en la psique colectiva de su audiencia.






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