El jinetero sabe más de libertad que el político

Existe una suerte de superioridad moral que nadie narra en la historia del día a día de Cuba.

No viene del disidente, opositor o preso político. Tampoco del activista contestatario, del influencer provocador, ni del intelectual comprometido que se cansó de la Revolución a la hora de su velorio. La experimenta el muchachito arrinconado por todos —el Estado, la Iglesia, las izquierdas, los centros, las derechas—, ese que desde el día cero asumió que la única contrarrevolución en Revolución es “pirarse pa´ la pinga” de Cuba.

Al jinetero cubano nunca lo tentó la toma del poder. Ni su transición hacia otro poder que él o ella igual tendrían que padecer.

Mientras generaciones heroicas se inmolaban con solemnidad, el jinetero descubría la lengua sagrada de la fuga, antídoto alegre contra la venganza disfrazada de cosa cívica. No se salvaron del totalitarismo ofreciéndole resistencia, sino singándose a un extranjero al azar.

Emigrar en masa, sin demagogia ni hipocresía. No perder ni un minuto más en nuestro estercolero natal. Sustraerse del país a lechazo limpio. Robarle al castrismo la clave de su perpetuidad. Dejarlo sin sujetos a quienes someter.

Si el aeropuerto era la última estación del itinerario insular, ¿para qué desperdiciar media existencia en un vía crucis a cuentagotas? Ha sido cruel agobiar familias y consumir recursos del exilio, posponiendo lo que desde el inicio íbamos a hacer. Irnos.

Una sociedad que se vacía de gente es una amenaza terminal. Para Cuba y para los Estados Unidos. Que se jodan los dos. La hégira es más violenta que la insurrección popular o el golpe de Estado entre cúmbilas criminales.

Emigrad de inmediato, cubanitos del futuro. Dejad a la gerontocracia militar a la deriva, atragantada con sus obituarios y mausoleos. Que se maten entre ellos directamente, no a través de tu cuerpo en la picota patria.

El jinetero cubano lo supo mejor que nuestros filósofos y mártires. La libertad se conquista con el filo del pasaporte. Basta con un par de mamadas en un simulacro de amor. El mundo se merece nuestra mascarada. Hasta poder respirar tan lejos como sea posible de Cuba y de los cubanos.





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